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Zurich: clásica y moderna
Escribe: Merlinna
Zurich es la capital económica suiza, y uno de los grandes centros financieros mundiales. Clásica, moderna e impecable, la ciudad, cuyo idioma es el alemán, impresiona por la concentración de riqueza. Su encanto turístico va a la par, gracias a su larga historia y bella arquitectura.
Capítulo 1
Zurich: clásica y moderna
Zúrich, Suiza — domingo, 11 de diciembre de 2005
Esta ciudad sorprende con la multiplicidad de sus escenarios: por un lado es una ruidosa y palpitante metrópolis internacional y por el otro, las románticas callejuelas de la parte antigua transmiten paz y tranquilidad.
Zurich se encuentra enclavada junto al Zürichsee, el lago en el que desemboca el río Limmat, que atraviesa la ciudad. Es una ciudad en la que la modernidad y la actividad comercial se entremezclan con las callejuelas peatonales de su casco histórico: el Niederdorf.
Los lugares más interesantes que encontramos en esta urbe son la iglesia Zürich-Altstetten, dominada por una elegante y alta torre; la iglesia de los santos Félix y Régula, de moderno diseño; la Catedral, un imponente edificio que data del siglo XI, y el Lindenhof, un antiguo bastión.
Poco podían imaginar los centuriones romanos que defendían un puesto fronterizo, Turicum, al norte del imperio, que 2.000 años más tarde aquella diminuta elevación junto al río Limmat sería el corazón de uno de los centros financieros más importantes del mundo. Hasta bien entrada la edad media, Zurich no tuvo consideración de ciudad, pero la fuerza de sus gremios de artesanos la llevó a establecer una constitución y una firme muralla que ha preservado su magnífico barrio antiguo hasta nuestros días.
En sus orillas se pueden disfrutar panoramas alpinos, pasear por los parques y admirar los veleros del lago. En verano abren numerosos balnearios. Los más aventureros preferirán las noches. La noche de Zurich es conocida hasta más allá de las fronteras. Innumerables locales de conciertos, clubes de baile en antiguas fábricas, acogedores cafés y pequeños refugios para los amantes de la vida nocturna: Aquí se encuentra todo. Tranquilidad y actividad ruidosa, eventos grandes y pequeños.
En un día soleado, Zurich puede resultar una ciudad extraordinariamente atractiva. Pequeña, rodeada de bosques y colinas, vive abrazada a un hermoso lago y dividida por un río que parte en dos mitades la antigua villa medieval. En el corazón de ese barrio se encuentra uno de los establecimientos de más solera, Schober (Napfgasse, 4), un pequeño y abigarrado café que desde 1837 es el favorito de los zuriqueses. Sus desayunos son insuperables. Se sugiere un chocolate con kirsch y un pedazo de tarta de cerezas para empezar el día.
Vale la pena dedicar un par de horas a perderse por las callejuelas perfectamente conservadas de este lado del río. Aquí y allá se elevan orgullosas algunas torres, antiguas casas de ricos. De pronto, una calle pierde su alineamiento y se ensancha en una suerte de plaza donde antiguamente se establecían los distintos mercados: bovino, porcino, hortalizas y quesos, especias, etcétera.
El medio de transporte ideal en esta pequeña ciudad de 360.000 habitantes, aparte de las piernas, es el tranvía. Es rápido, limpio, silencioso y tiene calefacción en los asientos en invierno. En las oficinas de turismo se pueden adquirir a buen precio pases, para uno o varios días, que sirven para todo tipo de transporte, incluidos tren y barco.
Personajes e historias
Esta ciudad donde se encuentran también juguetes increíbles (sobre todo bellas réplicas de los juguetes de antaño, autos de hojalata, trompos de madera, muñecas a la antigua) fue elegida a lo largo de los siglos como lugar de residencia por artistas, escritores e investigadores que apreciaron su ambiente estable y favorable a la cultura. Thomas Mann pasó en Zurich los últimos años de su vida, donde tiempo antes se había establecido, y Rosa Luxemburgo trabajó como periodista, iniciándose en política. A un personaje menos conocido, el alcalde de Zurich Heinrich Escher, se le debe la gran difusión del chocolate en Suiza: durante un viaje a Bruselas, en 1697, Escher probó la infusión dulce a base del cacao llevado de América a Europa y regresó con noticias sobre su exquisito sabor. Un pequeño viaje que trajo grandes negocios, como siempre en Suiza.
En ese entonces, Zurich no era más que un pueblo: basta pensar que a principios del 1800 tenía apenas 17 mil habitantes. El siglo XIX le trajo crecimiento y progreso, y aunque tuvo que resignar a manos de Berna el rango de capital federal, fue elegida como sede de la Escuela Politécnica, lo que desde entonces le dio gran proyección en el campo de las ciencias y la investigación. A mediados del siglo XX, Zurich volvería a dar que hablar: es curiosamente en esta ciudad, modelo de organización, donde nace el iconoclasta movimiento dadaísta. Una placa recuerda todavía, en la Spiegelgasse 1, que allí se inauguró el 5 de febrero de 1916 el Cabaret Voltaire, donde se reunían Tristán Tzara, Jean Arp, Sophie Tauber y otros artistas deseosos de crear un arte nuevo y original, una vanguardia capaz de responder y terminar con los cánones del arte de su tiempo. Así nació el “dadá”, proyectado luego de Suiza al resto de Europa, y una de las fuentes del surrealismo, que en el convulsionado siglo XX prefirió refugiarse en el mundo de los sueños y el subconsciente.
Al aire libre
Los paseos más lindos de Zurich están a las orillas del Limmat y el lago de Zurich (Zurichsee), resplandecientes de flores y árboles que perfuman agradablemente el ambiente. Las aguas son el reino de los veleros y de las embarcaciones a motor, que salen y llegan continuamente a los distintos embarcaderos, e invitan al turista a conocer los paisajes de la ciudad también desde el agua. Cuando el sol asoma entre las montañas, el paseo a orillas del Limmat –el Limmatquai– se vuelve un cuadro perfecto de romanticismo, y no se puede sino caminar tarareando la canción de uno de los músicos suizos más populares en toda Europa, Stephan Eicher: Les filles du Limmatquai (Las chicas del Limmatquai).
A medida que se sigue hacia el Mythenquai, las vistas sobre el Zurichsee y los Alpes se hacen cada vez más abiertas y dejan ver el bellísimo panorama de la ciudad, extendida majestuosa a orillas del agua. Los campanarios y las fachadas históricas se reflejan en el agua. Los principales son los de la iglesia Fraumünster (famosa por sus vitreaux de Marc Chagall), la Grossmünster (sus “torres gemelas”, dos campanarios gemelos, son el distintivo de la ciudad) y la iglesia dedicada a San Pedro, que se enorgullece de tener el mayor reloj de campanario del mundo.
Aquellos viejos tiempos
La ciudad en sí es mucho más antigua: sus orígenes se remontan a una vieja colonia romana, a orillas del lago. Se ven todavía algunos vestigios de paredes y monumentos, como en Lindenhof, un parque donde se conservaron restos de murallas. Esta historia se puede apreciar en el Museo Nacional Suizo, que presenta colecciones de objetos de culturas prehistóricas y algunas de las ruedas más antiguas que se hayan encontrado.
Hay que ver también la Opera de la Ciudad (inaugurada en 1891), no tan famosa como la Scala o la Opera de Viena, pero también considerada por los músicos como una de las más importantes de Europa. El observatorio Urania es también una linda experiencia, no sólo por la arquitectura del edificio con su llamativa torre de observación sino también por sus actividades y presentaciones.
Museos para todos los gustos
Fuera de la ciudad medieval, pero no lejos, se encuentra una calle residencial flanqueada de villas y jardines. En una de las casas, como el que no quiere la cosa, puede admirarse una de las más extraordinarias colecciones privadas de arte del mundo. Se trata de la Fundación Bührle (Zollikerstrasse, 172). Ocupando los antiguos salones de la que fuera su residencia, cuelgan cuadros de Monet, Manet, Van Gogh, Goya, Picasso, Modigliani, Renoir, Sisley... Imprescindible echar un par de horas, como mínimo, ante cuadros sublimes que casi pueden tocarse con la mano.
Otra visita obligada es la Fraumünster, un antiguo convento de monjas, en la parte occidental del río, cuya primera abadesa fue biznieta de Carlos V. Tras la Reforma de Zwingli ( «ora et labora» ) en el siglo XVI, todos los cuadros e imágenes de la iglesia desaparecieron pero, en cambio, ahora pueden admirarse unas magníficas vidrieras de Marc Chagall.
Y ya estamos en la famosa Banhoffstrasse, una de las arterias comerciales más importantes del mundo. Es una calle semipedestre, sólo los tranvías se deslizan silenciosamente por los raíles que la surcan, donde se suceden con sus lujosos escaparates las tiendas, joyerías y boutiques más caras del planeta. Si quiere comprar algo, le atenderán primorosamente, pero contemplar los refinados productos que se exhiben puede ser una entretenida forma de pasar el tiempo, antes de adentrarse en las callejuelas que hay a este lado del río, donde se encuentra la famosa iglesia de San Pedro, con su torre de agudísima espadaña, en la que reposa el reloj con la mayor esfera de Europa (8,7 metros de diámetro). Junto al río, hay un pequeño café con una deliciosa terraza, ideal para reponer fuerzas entre horas. Es el Café Wühre (Wühre, 11).
En lo alto
Finalmente, no hay que irse de Zurich sin pasar por Ütliberg. Se trata de “la montaña” de Zurich. En realidad culmina a unos 871 modestos metros de altura, pero ofrece una vista sin igual sobre la ciudad, el lago y los Alpes. Se llega por una pequeña ruta, o mejor aún por ferrocarril. Desde la estación, se camina en la cumbre parquizada hasta llegar al punto panorámico. El lugar está adornado por esculturas de extraños animales de cemento pintados de colores vivos, que hacen más placentera todavía la sorpresa de descubrir este lugar. Basta que un rayo de sol salga para completar la delicia del paseo, poniendo colores sobre los techos de Zurich, purificando los azules del lago y poniendo más verdes en las faldas de las montañas. Desde allí arriba viene a la mente otra canción suiza, casi un himno: Là-haut sur la montagne (Ahí arriba sobre la montaña), una especie de cuadro de la Suiza ideal e idílica que Heidi ayudó a difundir en todo el mundo.
Mientras tanto, abajo, está la Suiza moderna y actual, la Suiza pujante y dinámica, un torbellino de empresas tecnológicas, de eventos culturales y de salidas nocturnas. Un último dato, para decidirse: a pesar de no pasar del millón de habitantes, Zurich ofrece más de 50 museos, 100 galerías de arte y más de 1700 restaurantes, desde la cocina suiza más típicamente regional hasta la más exótica.
Cabaret Voltaire
Durante la Primera Guerra Mundial, en la entonces pequeña y neutral ciudad de Zurich, se gestó el movimiento dadaísta que, encabezado por el exiliado rumano Tristán Tzara, provocó uno de los quiebres más drásticos en la concepción del arte. Con actuaciones descabelladas, muestras de pintura y declamaciones contra la barbarie bélica, el grupo dadaísta sacudió la neutralidad suiza desde el hoy legendario Cabaret Voltaire.
Un piano algo desafinado comienza a sonar y de inmediato entran en escena un hombre y una mujer. El viste de manera tan extravagante que más que risas provoca una muda sorpresa entre los pocos presentes. Ella, en cambio, luce formal hasta que en un instante rompe esa imagen convencional y comienza a realizar una extraña danza para acompañar los poemas fonéticos y las declamaciones de su partenaire. El desconcierto del público –que había acudido a aquella taberna únicamente para tomar un trago y pasar un buen momento– es absoluto. Por momentos, incluso, la actuación de la pareja intimida a los espectadores. Y tal reacción es lógica, ya que la escena transcurre en 1916, en una hasta entonces tranquila ciudad suiza, y en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial. La pareja eran el filósofo, escritor, poeta y director teatral Hugo Ball, y su mujer, la actriz y bailarina Emmy Henning, ambos alemanes que se refugian en Zurich en 1915 y, el 3 de febrero del año siguiente, inauguran el legendario Cabaret Voltaire, en el número 1 de la calle Spielgasse. Fue allí, entre esas cuatro paredes, donde nació el movimiento dadaísta.
Lentamente, las agitadas noches del Cabaret Voltaire fueron decantando en una firme posición que –además de protestar contra la guerra– enfrentaba duramente a todas las formas artísticas clásicas como el cubismo, el impresionismo, el fauvismo y el expresionismo. “¡Estamos hartos de las academias!”, exclamaban los jóvenes enfervorizados, intercalando insultos y proponiendo como único modo de creación la destrucción absoluta de los métodos tradicionales. “Toda construcción converge en una perfección abrumadoramente aburrida” fundamentaban, buscando alcanzar la libertad más absoluta en la concepción de una obra de arte.
Con el tiempo, el grupo dadaísta se fue separando y cada uno de sus integrantes siguió su propio camino. Pero uno de los más firmes en mantener sus principios fue Tristán Tzara, quien unos años después, en 1931, publicó El hombre aproximativo, obra poética de contundente ruptura y profundo contenido social y psicológico: “algunos cadáveres flotan sobre la espesa angustia / donde yacen las etapas angélicas / que el sueño no pudo llevar a la luz”.
Ese era el aire que se respiraba en la Zurich de la Primera Guerra Mundial y de entreguerra, cuando el espanto acechaba a Europa y el temor y la paranoia eran moneda corriente. Hoy, la resplandeciente ciudad suiza –donde está enterrado James Joyce, en el cementerio Flutern– es visitada por turistas de todo el mundo que recorren sus calles de irregular trazado, cruzan el río Limmat, frecuentan sus 30 museos y más de 100 galerías de arte, fotografían compulsivamente los bellísimos paisajes nevados y disfrutan de las pausas en encantadores cafés donde uno se pasaría el día entero. Algunos, muy pocos, a veces se acercan hasta el 1 de la calle Spielgasse para imaginar las convulsionadas noches del Cabaret Voltaire. Y allí, en esa lejana esquina de 1916, como en un sueño, se empieza a escuchar un piano algo desafinado que reproduce, otra vez, los salvajes latidos de dadá.
Zurich se encuentra enclavada junto al Zürichsee, el lago en el que desemboca el río Limmat, que atraviesa la ciudad. Es una ciudad en la que la modernidad y la actividad comercial se entremezclan con las callejuelas peatonales de su casco histórico: el Niederdorf.
Los lugares más interesantes que encontramos en esta urbe son la iglesia Zürich-Altstetten, dominada por una elegante y alta torre; la iglesia de los santos Félix y Régula, de moderno diseño; la Catedral, un imponente edificio que data del siglo XI, y el Lindenhof, un antiguo bastión.
Poco podían imaginar los centuriones romanos que defendían un puesto fronterizo, Turicum, al norte del imperio, que 2.000 años más tarde aquella diminuta elevación junto al río Limmat sería el corazón de uno de los centros financieros más importantes del mundo. Hasta bien entrada la edad media, Zurich no tuvo consideración de ciudad, pero la fuerza de sus gremios de artesanos la llevó a establecer una constitución y una firme muralla que ha preservado su magnífico barrio antiguo hasta nuestros días.
En sus orillas se pueden disfrutar panoramas alpinos, pasear por los parques y admirar los veleros del lago. En verano abren numerosos balnearios. Los más aventureros preferirán las noches. La noche de Zurich es conocida hasta más allá de las fronteras. Innumerables locales de conciertos, clubes de baile en antiguas fábricas, acogedores cafés y pequeños refugios para los amantes de la vida nocturna: Aquí se encuentra todo. Tranquilidad y actividad ruidosa, eventos grandes y pequeños.
En un día soleado, Zurich puede resultar una ciudad extraordinariamente atractiva. Pequeña, rodeada de bosques y colinas, vive abrazada a un hermoso lago y dividida por un río que parte en dos mitades la antigua villa medieval. En el corazón de ese barrio se encuentra uno de los establecimientos de más solera, Schober (Napfgasse, 4), un pequeño y abigarrado café que desde 1837 es el favorito de los zuriqueses. Sus desayunos son insuperables. Se sugiere un chocolate con kirsch y un pedazo de tarta de cerezas para empezar el día.
Vale la pena dedicar un par de horas a perderse por las callejuelas perfectamente conservadas de este lado del río. Aquí y allá se elevan orgullosas algunas torres, antiguas casas de ricos. De pronto, una calle pierde su alineamiento y se ensancha en una suerte de plaza donde antiguamente se establecían los distintos mercados: bovino, porcino, hortalizas y quesos, especias, etcétera.
El medio de transporte ideal en esta pequeña ciudad de 360.000 habitantes, aparte de las piernas, es el tranvía. Es rápido, limpio, silencioso y tiene calefacción en los asientos en invierno. En las oficinas de turismo se pueden adquirir a buen precio pases, para uno o varios días, que sirven para todo tipo de transporte, incluidos tren y barco.
Personajes e historias
Esta ciudad donde se encuentran también juguetes increíbles (sobre todo bellas réplicas de los juguetes de antaño, autos de hojalata, trompos de madera, muñecas a la antigua) fue elegida a lo largo de los siglos como lugar de residencia por artistas, escritores e investigadores que apreciaron su ambiente estable y favorable a la cultura. Thomas Mann pasó en Zurich los últimos años de su vida, donde tiempo antes se había establecido, y Rosa Luxemburgo trabajó como periodista, iniciándose en política. A un personaje menos conocido, el alcalde de Zurich Heinrich Escher, se le debe la gran difusión del chocolate en Suiza: durante un viaje a Bruselas, en 1697, Escher probó la infusión dulce a base del cacao llevado de América a Europa y regresó con noticias sobre su exquisito sabor. Un pequeño viaje que trajo grandes negocios, como siempre en Suiza.
En ese entonces, Zurich no era más que un pueblo: basta pensar que a principios del 1800 tenía apenas 17 mil habitantes. El siglo XIX le trajo crecimiento y progreso, y aunque tuvo que resignar a manos de Berna el rango de capital federal, fue elegida como sede de la Escuela Politécnica, lo que desde entonces le dio gran proyección en el campo de las ciencias y la investigación. A mediados del siglo XX, Zurich volvería a dar que hablar: es curiosamente en esta ciudad, modelo de organización, donde nace el iconoclasta movimiento dadaísta. Una placa recuerda todavía, en la Spiegelgasse 1, que allí se inauguró el 5 de febrero de 1916 el Cabaret Voltaire, donde se reunían Tristán Tzara, Jean Arp, Sophie Tauber y otros artistas deseosos de crear un arte nuevo y original, una vanguardia capaz de responder y terminar con los cánones del arte de su tiempo. Así nació el “dadá”, proyectado luego de Suiza al resto de Europa, y una de las fuentes del surrealismo, que en el convulsionado siglo XX prefirió refugiarse en el mundo de los sueños y el subconsciente.
Al aire libre
Los paseos más lindos de Zurich están a las orillas del Limmat y el lago de Zurich (Zurichsee), resplandecientes de flores y árboles que perfuman agradablemente el ambiente. Las aguas son el reino de los veleros y de las embarcaciones a motor, que salen y llegan continuamente a los distintos embarcaderos, e invitan al turista a conocer los paisajes de la ciudad también desde el agua. Cuando el sol asoma entre las montañas, el paseo a orillas del Limmat –el Limmatquai– se vuelve un cuadro perfecto de romanticismo, y no se puede sino caminar tarareando la canción de uno de los músicos suizos más populares en toda Europa, Stephan Eicher: Les filles du Limmatquai (Las chicas del Limmatquai).
A medida que se sigue hacia el Mythenquai, las vistas sobre el Zurichsee y los Alpes se hacen cada vez más abiertas y dejan ver el bellísimo panorama de la ciudad, extendida majestuosa a orillas del agua. Los campanarios y las fachadas históricas se reflejan en el agua. Los principales son los de la iglesia Fraumünster (famosa por sus vitreaux de Marc Chagall), la Grossmünster (sus “torres gemelas”, dos campanarios gemelos, son el distintivo de la ciudad) y la iglesia dedicada a San Pedro, que se enorgullece de tener el mayor reloj de campanario del mundo.
Aquellos viejos tiempos
La ciudad en sí es mucho más antigua: sus orígenes se remontan a una vieja colonia romana, a orillas del lago. Se ven todavía algunos vestigios de paredes y monumentos, como en Lindenhof, un parque donde se conservaron restos de murallas. Esta historia se puede apreciar en el Museo Nacional Suizo, que presenta colecciones de objetos de culturas prehistóricas y algunas de las ruedas más antiguas que se hayan encontrado.
Hay que ver también la Opera de la Ciudad (inaugurada en 1891), no tan famosa como la Scala o la Opera de Viena, pero también considerada por los músicos como una de las más importantes de Europa. El observatorio Urania es también una linda experiencia, no sólo por la arquitectura del edificio con su llamativa torre de observación sino también por sus actividades y presentaciones.
Museos para todos los gustos
Fuera de la ciudad medieval, pero no lejos, se encuentra una calle residencial flanqueada de villas y jardines. En una de las casas, como el que no quiere la cosa, puede admirarse una de las más extraordinarias colecciones privadas de arte del mundo. Se trata de la Fundación Bührle (Zollikerstrasse, 172). Ocupando los antiguos salones de la que fuera su residencia, cuelgan cuadros de Monet, Manet, Van Gogh, Goya, Picasso, Modigliani, Renoir, Sisley... Imprescindible echar un par de horas, como mínimo, ante cuadros sublimes que casi pueden tocarse con la mano.
Otra visita obligada es la Fraumünster, un antiguo convento de monjas, en la parte occidental del río, cuya primera abadesa fue biznieta de Carlos V. Tras la Reforma de Zwingli ( «ora et labora» ) en el siglo XVI, todos los cuadros e imágenes de la iglesia desaparecieron pero, en cambio, ahora pueden admirarse unas magníficas vidrieras de Marc Chagall.
Y ya estamos en la famosa Banhoffstrasse, una de las arterias comerciales más importantes del mundo. Es una calle semipedestre, sólo los tranvías se deslizan silenciosamente por los raíles que la surcan, donde se suceden con sus lujosos escaparates las tiendas, joyerías y boutiques más caras del planeta. Si quiere comprar algo, le atenderán primorosamente, pero contemplar los refinados productos que se exhiben puede ser una entretenida forma de pasar el tiempo, antes de adentrarse en las callejuelas que hay a este lado del río, donde se encuentra la famosa iglesia de San Pedro, con su torre de agudísima espadaña, en la que reposa el reloj con la mayor esfera de Europa (8,7 metros de diámetro). Junto al río, hay un pequeño café con una deliciosa terraza, ideal para reponer fuerzas entre horas. Es el Café Wühre (Wühre, 11).
En lo alto
Finalmente, no hay que irse de Zurich sin pasar por Ütliberg. Se trata de “la montaña” de Zurich. En realidad culmina a unos 871 modestos metros de altura, pero ofrece una vista sin igual sobre la ciudad, el lago y los Alpes. Se llega por una pequeña ruta, o mejor aún por ferrocarril. Desde la estación, se camina en la cumbre parquizada hasta llegar al punto panorámico. El lugar está adornado por esculturas de extraños animales de cemento pintados de colores vivos, que hacen más placentera todavía la sorpresa de descubrir este lugar. Basta que un rayo de sol salga para completar la delicia del paseo, poniendo colores sobre los techos de Zurich, purificando los azules del lago y poniendo más verdes en las faldas de las montañas. Desde allí arriba viene a la mente otra canción suiza, casi un himno: Là-haut sur la montagne (Ahí arriba sobre la montaña), una especie de cuadro de la Suiza ideal e idílica que Heidi ayudó a difundir en todo el mundo.
Mientras tanto, abajo, está la Suiza moderna y actual, la Suiza pujante y dinámica, un torbellino de empresas tecnológicas, de eventos culturales y de salidas nocturnas. Un último dato, para decidirse: a pesar de no pasar del millón de habitantes, Zurich ofrece más de 50 museos, 100 galerías de arte y más de 1700 restaurantes, desde la cocina suiza más típicamente regional hasta la más exótica.
Cabaret Voltaire
Durante la Primera Guerra Mundial, en la entonces pequeña y neutral ciudad de Zurich, se gestó el movimiento dadaísta que, encabezado por el exiliado rumano Tristán Tzara, provocó uno de los quiebres más drásticos en la concepción del arte. Con actuaciones descabelladas, muestras de pintura y declamaciones contra la barbarie bélica, el grupo dadaísta sacudió la neutralidad suiza desde el hoy legendario Cabaret Voltaire.
Un piano algo desafinado comienza a sonar y de inmediato entran en escena un hombre y una mujer. El viste de manera tan extravagante que más que risas provoca una muda sorpresa entre los pocos presentes. Ella, en cambio, luce formal hasta que en un instante rompe esa imagen convencional y comienza a realizar una extraña danza para acompañar los poemas fonéticos y las declamaciones de su partenaire. El desconcierto del público –que había acudido a aquella taberna únicamente para tomar un trago y pasar un buen momento– es absoluto. Por momentos, incluso, la actuación de la pareja intimida a los espectadores. Y tal reacción es lógica, ya que la escena transcurre en 1916, en una hasta entonces tranquila ciudad suiza, y en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial. La pareja eran el filósofo, escritor, poeta y director teatral Hugo Ball, y su mujer, la actriz y bailarina Emmy Henning, ambos alemanes que se refugian en Zurich en 1915 y, el 3 de febrero del año siguiente, inauguran el legendario Cabaret Voltaire, en el número 1 de la calle Spielgasse. Fue allí, entre esas cuatro paredes, donde nació el movimiento dadaísta.
Lentamente, las agitadas noches del Cabaret Voltaire fueron decantando en una firme posición que –además de protestar contra la guerra– enfrentaba duramente a todas las formas artísticas clásicas como el cubismo, el impresionismo, el fauvismo y el expresionismo. “¡Estamos hartos de las academias!”, exclamaban los jóvenes enfervorizados, intercalando insultos y proponiendo como único modo de creación la destrucción absoluta de los métodos tradicionales. “Toda construcción converge en una perfección abrumadoramente aburrida” fundamentaban, buscando alcanzar la libertad más absoluta en la concepción de una obra de arte.
Con el tiempo, el grupo dadaísta se fue separando y cada uno de sus integrantes siguió su propio camino. Pero uno de los más firmes en mantener sus principios fue Tristán Tzara, quien unos años después, en 1931, publicó El hombre aproximativo, obra poética de contundente ruptura y profundo contenido social y psicológico: “algunos cadáveres flotan sobre la espesa angustia / donde yacen las etapas angélicas / que el sueño no pudo llevar a la luz”.
Ese era el aire que se respiraba en la Zurich de la Primera Guerra Mundial y de entreguerra, cuando el espanto acechaba a Europa y el temor y la paranoia eran moneda corriente. Hoy, la resplandeciente ciudad suiza –donde está enterrado James Joyce, en el cementerio Flutern– es visitada por turistas de todo el mundo que recorren sus calles de irregular trazado, cruzan el río Limmat, frecuentan sus 30 museos y más de 100 galerías de arte, fotografían compulsivamente los bellísimos paisajes nevados y disfrutan de las pausas en encantadores cafés donde uno se pasaría el día entero. Algunos, muy pocos, a veces se acercan hasta el 1 de la calle Spielgasse para imaginar las convulsionadas noches del Cabaret Voltaire. Y allí, en esa lejana esquina de 1916, como en un sueño, se empieza a escuchar un piano algo desafinado que reproduce, otra vez, los salvajes latidos de dadá.
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Publicado el 24/oct/2008, 11.24 |
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