Había llegado el día anterior a Zapala con la intención de descansar un poco y no comenzar la jornada con el cansancio de 18 horas previas de micro, me alojé en un hotel a una cuadra de la terminal de omnibus. A la mañana siguiente descubrí a uno de mis compañeros de viaje que se había alojado en el mismo hotel (no se cómo me dí cuenta, supongo que por la mochila, por esos días no se veían muchas personas con mochilas por el lugar)
El encuentro con todo el grupo y con los guías estaba pactado para ese día cerca del mediodía, yo no conocía a nadie, el resto (después me enteré) se habían conocido el año anterior en Lanín.
Nos subimos en un micro que nos llevaría hasta Chos Malal, alli cambiamos a otro micro en el que llegaríamos hasta Las Ovejas, los pueblos se iban haciendo más chicos y los caminos más ásperos.
En Las Ovejas se suponía que nos iba a esperar una combi que nos iba a llevar en la última etapa de ese día pero en su lugar había una camioneta con caja de madera porque la combi estaba en el taller, en fin, subimos todo el equipo, nos subimos nosotros y salimos. Un detalle, propio de este época en que vivimos inmersos en un mundo altamente tecnificado, y que ponía en evidencia lo alejados que nos encontrábamos: en ese punto se acabó la señal de celular y no volveríamos a tenerla hasta varios días después cuando regresáramos...
Serían las 20:00 horas cuando llegamos a nuestro destino: Varvarco. Un hermoso pueblo patagónico, tranquilo, con calles de ripio, con un río que corre por allá abajo...
Nos instalamos en un par de cabañas, organizamos el equipo, cenamos y nos fuimos a dormir temprano a la espera del día siguiente en el que iniciaríamos la parte dura de este viaje...