1.300 millones y yo

Escribe: Syd
Ecos de la China

 

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Xi'an-Wudang shan-Xi'an

Yichang, China — lunes, 14 de noviembre de 2011

     Tenía varias opciones y pocos días. Debería descartar. Chengdu era una opción tan atractiva como famosa por muchas razones, sin embargo, la eliminé. No quedaba mucho tiempo. Wudang shan estaba relativamente cerca de Xi'an y tenía varias razones personales para ir allí. Por fin un poco de naturaleza, también. Así pues, compré mi billete de autobús en la estación de Xi'an y al día siguiente me subí al vehículo rodado. Pero a pesar de ello, la cosa no marchaba sobre ruedas. Primero porque la partida fue a las 14:30, tardísimo, y segundo porque en lugar de 3 horas, como me habían dicho, el viaje duró casi 6. Y qué viaje. El interminable trayecto se vio realzado por adelantamientos por la derecha, disputas entre camiones, lluvia, bocina con furia, adelantamientos en doble línea contínua y, por supuesto, el programa pseudo-musical-humorístico estridente que tanto agrada a los chinos y que duró 5 horas.
     Bien entrada la noche, bien a oscuras, llegamos a Shiyan. Y menciono esto porque todo el autobús quedó vacío. Sólo quedamos el conductor, y yo. Y el trayecto continuó, y tras un ratito más, llegamos a Wudang shan. El conductor estaba exhausto, deseaba perderme de vista, y con señas, me indicó el final del trayecto.
     Y allí me encontraba yo, solo, a oscuras, sin alojamiento, en un pueblo del interior de China y sin saber muy bien si este trayecto había merecido la pena. Y decidí caminar. El pueblo era bastante bonito, la verdad, decorado con lucecitas y atravesado por un hermoso río. De los árboles caían gotas encendidas de lluvia luminosa y las casas dibujaban siluetas de neón. Y tras esquivar varios precios no excesivamente altos, me instalé en una pensión por 40 yuan. La ama de llaves era una señora muy peculiar. Su sentido del humor era contagioso, y su risa, juguetona e infantil estaba coronada por lo que parecía ser un diente de plata. Solía pasar su jornada en la calle, envuelta en un abrigo de lana rojo, ofreciendo su pensión a transeúntes desencantados que no habían sabido encontrar un lugar adecuado para pasar la noche.
     Y llegó el día. La puerta de partida hacia Wudang shan se encuentra en el mismo pueblo, caminando por la avenida principal unos diez minutos hasta encontrar los carteles y el desvío. Allí hay toda una serie de edificios, tales como tiendas u oficinas de tickets, sin los cuales no está permitido seguir adelante. Y lo digo por propia experiencia. La cosa fue que tras unos diez minutos caminando, tratando de sortear el recinto, en busca de un camino que me ofreciera la posibilidad de subir a la montaña sin tener que pasar por taquilla, lo encontré. Pero tras girar la última curva, en plena ascensión, el guardia también me encontró. Y a fe que se lo agradezco, porque me ahorró ascender un camino de casi una hora en bus a cambio de los 210 yuan correspondientes. Obviamente, me habría dado la vuelta enseguida.
     Una vez arriba, me encontré en una especie de campamento base, con hoteles, tiendas, y sobre todo, dos posibilidades para subir a la cima, los telesillas, o un camino de trekking de unos 3 kilómetros, por el cual, opté yo. No sobra decir que la subida es difícil. Se compone de escaleras de empinados escalones cuyo desnivel es tan elevado que el camino se pierde a la vista aún con el cuello erguido. Pero merece la pena, se puede tomar en un sentido místico e imaginar a los antiguos taoístas pasar este calvario para llegar a la cima. Y antes no había escaleras.
     La cima me decepcionó. Templos, templos y más templos, preciosos, eso sí, pero he visto tantos en tan poco tiempo que más que monumentos ya necesitaba ver cosas en movimiento. Las vistas desde arriba impresionan lo suyo. Me dispuse a regresar, y cuando pensaba que mi visita no había merecido la pena, ya en el campamento base, entré en un templo que me cautivó desde el momento en que lo contemplé en su plenitud alzando la vista hacia lo lejos. Era un recinto abierto, con varios templos en cada planta, a los cuales se accedía recorriendo dos escaleras centrales flanqueadas por múltiples banderas de color rojo y amarillo que contenían el símbolo del yin y del yang. En cada planta, unos cuantos monjes taoístas, con su peculiar aspecto, se desperezaban haciendo estiramientos y poniendo a tono su musculatura. Desde la última planta se podía disfrutar de una vista ejemplar. Se podía ser espectador de lo que sucedía en todas las plantas inferiores. Allí mismo, una chica y un chico que allí trabajaban se me acercaron y me preguntaron si quería aprender kung fu. Luego me señalaron a la planta más baja y me hablaron de un chico que allí se encontraba practicando movimientos con gran destreza. Sólo llevaba un mes en el templo y se quería quedar tres años. Era de los Estados Unidos. Decidí bajar y observar en la cercanía. Nada más verme, el muchacho se llenó de alegría y, tras terminar unos ejercicios, se acercó a hablar conmigo. Era la primera vez que hablaba en inglés desde hacía una semana. Una semana de un mes en el que se levantaba todos los días a las 5:30 de la mañana para empezar a entrenar corriendo por el bosque. Según me contó, era alumno a tiempo completo del maestro de kung fu que ahora se encontraba haciendo ejercicios ante nosotros como si fuera una libélula deslizándose entre rachas suaves de viento. Su elegancia y la belleza de sus movimientos eran asombrosas, y su porte y sus atuendos le hacían heredero de aquellos viejos maestros de kung fu. A nuestro alrededor, el templo se encontraba circundado por montañas de picos redondeados, y la neblina inundaba el lugar de profundo misticismo. Pero, entre todo este hechizo legendario, el último autobús estaba a punto de salir con lo cual me tuve que apresurar a marchar. Por el camino, me invadió una inconfundible sensación de satisfacción que me hizo comprender que la visita había merecido la pena.
     Yo ya sabía que no había servicio de trenes desde Wudang shan a Xi'an, pero sabía que Liuliping, a 10 kilómetros, tenía estación, y decidí acercarme a preguntar. La respuesta fue no, pero fue muy divertida la aventura de regatear con los taxistas y lidiar con la insistencia de dos asistentas de la estación de tren que me perseguían por la calle para convencerme de que comprara un billete que me dejaba en un pueblo y acto seguido cogía otro tren que me llevaba a Xi'an. Y cuando estaba apunto de aceptar, descubro que la partida de este tren era a las 4:30 de la mañana, con lo que las planté. Se quedaron sin recursos? No! Aún me ofrecieron alojamiento, y barato, pero ya no tenía nada que hacer allí.
     Nada más aparecer entre la multitud y la oscuridad de la ciudad me sonrió mostrando su genuino diente de plata, como si ya supiera desde aquella misma mañana que me vería aparecer de entre la muchedumbre con el aire de aquel hijo pródigo que vuelve arrepentido a la casa que nunca debió dejar. Y como buena madre adoptiva, me indicó todo lo que tenía que saber para poder embarcarme al día siguiente en el primer autobús que me llevaría de regreso a la ciudad de Xi'an. Y como buen hermano pródigo, hago saber que la estación de donde parten los buses en dirección a Xi'an se haya en un descampado a la salida de la ciudad, muy muy cerca de la entrada al recinto que lleva a la cima de Wudang shan.
     Otro viajecito, 5 horas de duración esta vez, y que unidas al madrugón y a todo lo que ya llevaba detrás, hacían que ya me encontrara cansado de verdad. Pero tras llegar a Xi'an, el día aún no había acabado. La estación de destino no era la misma que la de partida, pero yo no lo sabía. Y después de caminar y tratar de orientarme, me di cuenta de que me hallaba perdido. Y más aún al preguntar, ya que me decían que me encontraba en algún lugar muy lejano, distante de aquel en el que me debía hallar. Y tenía que estar en la estación de tren, que estaba junto a la de buses, donde debía comprar el billete de mi próxima destinación. Finalmente, cogí un bus que me hizo comprender lo realmente lejos que me encontraba, en algún lugar de Xi'an. Y tras conseguir el billete, decidí volver a mi antiguo hostal, a la espera del día siguiente partir.


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