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Viaje al Yemen 9/10

Escribe: alxarq
Por tierras de Manakha. Último día de nuestro gran viaje. Nos vamos a quedar a las puertas de la Tihama, esa tierra cálida, reflejo del África cercana que transmite el Mar Rojo a este apéndice...

 

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Capítulo 1
 

Viaje al Yemen 9/10

Yemen — martes, 13 de junio de 2006

Por tierras de Manakha.

Último día de nuestro gran viaje. Nos vamos a quedar a las puertas de la Tihama, esa tierra cálida, reflejo del África cercana que transmite el Mar Rojo a este apéndice de Asia que es la península arábiga. Es por esta ruta principal de Sana’a a Hodeydah, atravesando las montañas de Haraz, las más elevadas del país, por donde hacemos nuestra última ruta; y a poco más de treinta kilómetros de la capital podemos contemplar la mole del jebel An-Nabi Shu’ayb, que, con sus 3.760 metros, es la montaña más alta del Yemen. No impresiona su vista, porque la observamos desde una meseta de 2.500 metros, altura media de las tierras que atravesamos; la carretera descenderá luego, a partir de Bajil, hasta el nivel del mar, en una distancia de tan solo 40 kilómetros. Manakha es la capital urbana de todo este conglomerado de poblaciones serranas; a 90 kms. de Sana’a, y a 2.200 metros de altitud, encajada entre dos valles. Fue importante en el siglo XI, hasta que la legendaria reina Arwa decidió trasladar la capital de sus dominios a Ibb, más alejada de la inquietante amenaza de los imames de Sa’ada. Hoy es visitada, pero en un futuro no lo será tanto, porque su encanto serrano está siendo camuflado tras las modernas construcciones de cemento que la rodean, y porque otras poblaciones montañesas de los gobernorados de Al Mahwit o Hajjah, hasta ahora inaccesibles, han visto mejorados sus caminos para que puedan ser explotados por las agencias de viajes. Por este motivo, no nos detuvimos demasiado en esta ciudad y nos dirigimos a otra, Al Hajjarah, que es una formidable aldea, paradigma de las ciudades fortificadas de las Tierras Altas.
Al Hajjarah se cuelga sobre un valle empinado donde abundan las terrazas de cultivo, rodeada en todo su perímetro por una muralla. La muralla tiene una sola puerta, que está enfrentada al barrio nuevo de la población, donde nos reciben los ya cada vez más habituales recepcionistas-vendedores. Pero aquí es distinto y más organizado que en Thula; seguramente ha debido haber enfrentamientos que han desembocado en una normativa que prohíbe a los vendedores perseguirnos a todo lo largo de nuestro recorrido. Parece ser que cada uno tiene a su cargo un sector de la ruta turística, y solo pueden acosarnos uno a uno, mientras atravesamos sus respectivos sectores; del orden se encarga un vecino que enarbola una vara que supuse era el símbolo de su autoridad. Otra novedad son los tenderetes portátiles: a pesar de que hay numerosas tiendas en el barrio nuevo, al avistarnos, los dependientes de las mismas salen con sus estructuras móviles y en un santiamén nos las plantan delante, sea cual sea el camino que vayamos a seguir (aunque no hay muchas alternativas); es curioso ver a los mozalbetes corriendo con sus puestos, sobrepasarnos, y pararse a pocos metros delante de nosotros para ofrecernos lo de siempre, jambias, incensarios, fragmentos de madera, fósiles y todo aquello que calculan que puede interesar a los turistas.
Como otras ciudades de la zona, Al Hajjarah fue fundada en el siglo XI por la dinastía de los Saluyidas de Ali as-Sulayhi. El recorrido por la población es corto, apenas una hora. Se nota un cierto abandono, y algunas de sus casas están arruinadas por falta de mantenimiento; pero aún pueden admirarse las magníficas torres-vivienda de hasta ocho plantas; algunas aún lucen un blanco encalado en sus fachadas.
Los niños aquí, y en todo el Yemen, merecen una reflexión aparte. Niños alegres, muy despiertos, de hermosos rasgos, como la mayoría de las gentes del Yemen, y muchos, muchísimos niños; toda una promesa de futuro para un país. Aún desarrollan su imaginación y sus habilidades con juguetes fabricados por ellos; aún valoran la posesión de un juguete como la de un tesoro, a diferencia de nuestros niños que, por abundancia y encaprichamiento, desdeñan lo que cuesta conseguir los bienes; aún juegan a esos juegos ancestrales que los enraízan con su pasado, pero que en ninguna manera les condiciona el futuro; lo que les condiciona ese porvenir es la insolidaridad de los países ricos, la insuficiente dedicación de los gobiernos a esa infancia que va a ser el sostén del país, y la carga ideológica de una religión y unas pautas de conducta asfixiantes y empobrecedoras; una religión (religiones) que no se limitan sólo a establecer las normas de convivencia necesarias en un grupo social, sino a castrar mental e ideológicamente a sus adeptos, a imbuirles un sentimiento de pertenencia a un determinado grupo excluyente de los demás y, en suma, a impedir la auténtica igualdad y fraternidad entre los miembros de la especie humana, y a asumir la única pertenencia de esta especie: al planeta Tierra y al Universo donde nos encontramos.
El funduq Shibam Haraz es un lugar acogedor que dispone de una gran sala refectorio tapizada y rodeada de cojines. Las ventanas se abren a los profundos barrancos que rodean la aldea; allí volvimos a encontrarnos con algunos de los viajeros que han hecho nuestra ruta. Una comida relativamente pausada, al uso de los naturales del país, un té, la ración de qat para algunos, y un obsequio especial, el de los jóvenes empleados del restaurante que nos amenizaron la sobremesa bailando unas danzas tradicionales.
En el camino de Al Hajjarah a Manakha hay un desvío que conduce a Husn al Haymi por una tortuosa y traqueteante pista de piedra. Sólo son diez minutos para contemplar un ejemplo excepcional de fuerte (husn) propio de estas Tierras Altas. Al final del camino se encuentra la aldea de Bayt al Amir (las casas del emir), llamada así por albergar dos vistosas residencias del un jeque. Sólo por la contemplación de los profundos valles merece la pena la visita.
Ya en Sana’a, regresamos al hotel Hilltown, aunque sólo para descansar y asearnos, ya que nuestro avión partía a las doce de la noche. Una vez hubimos descansado, metimos el equipaje en un microbús que nos llevó a un restaurante libanés donde pudimos degustar algunas especialidades de aquel país. Los restaurantes libaneses abundan y son muy apreciados en Sana’a. Tras la cena, rumbo al aeropuerto y fin del viaje.

(próximo y último capítulo: El regreso)

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