Diarios de viaje > Argentina, América del Sur
Norte Argentino: Salta y Jujuy
Escribe: punger
Recorrer el norte argentino, atravesar esas ciudades y pueblos mínimos dónde la cultura ancestral de sus poblados aún permanece casi intacta - y que más allá de los hermosísimos paisajes que los circundan, resulta ser el gran diferencial a la hora de elegir un destino - era un deseo que hacía mucho tiempo se imponía en mi lista de lugares a conocer.
Yavi
Yaví, Argentina — lunes, 5 de abril de 2010
Llegué a Yavi cuando el sol se alzaba como una corona de fuego sobre el pueblo, sobre mí y los pocos habitantes que a esa hora se animaban.
Cargada, llena de tierra y curiosidad busqué hospedaje en una vieja casa de adobe y techo de barro y paja, como todas las casitas del pueblo, este pueblo amarillo y terracota, de arbolitos secos de sombras diminutas, antiguo pueblo de marqueses y también de batallas heroicas. Porque aquí no siempre fue la paz que ahora se respira y en sus calles de tierra sangra también la historia.
Hago lo único que se puede hacer aquí. Camino. Me pierdo, me voy a la Iglesia de más de 300 años que duerme en un oasis verde dentro de la puna, una zona increíblemente verde y fresca, tan distinta al resto del pueblo. Entro y me siento por un rato. La iglesia es oscura, sencilla, algo desmejorada y aquí descubro el silencio más absoluto, el mas callado, el que duele, el que me deja a solas con mis pensamientos, quizás algunos de los que vengo huyendo. No se que tiene este lugar, cual es su secreto, pero allí sentada, con mis emociones a flor de piel, siento como todo se va moviendo dentro de mí. Pasan de a uno todos los días desde que llegué a Salta, pasa mi casa, pasa la familia, pasa el amor, pasan los amigos, pasa mi vida entera en este momento en el que estoy sola frente a un altar dorado, en un pueblito de apenas 500 habitantes (y la mitad de ellos, hombres jóvenes, se han ido a trabajar afuera).
Los santos y ángeles me miran, me escuchan sollozar, hasta parece que comprendieran. Que bueno! porque ni yo logro comprender que me pasa, porque este pueblo me hace sentir tan vulnerable, tan lejana, tan indefensa.
Será que tuve que recorrer sus calles una y otra vez buscando algo para comer y todas las puertas estaban cerradas. Había algunas que parecían abandonadas para siempre. Puertas roídas por el tiempo y candados enormes en ellas. Sí, deben estar abandonadas, porque nadie cierra sus puertas en Yavi. La gente confía y no hay miedo.
Será que estaba sola en el hostel con un encargado con mirada turbia y yo sin llave en mi habitación. Yo sí sentía miedo. Yo venía de afuera y temía a los de adentro. Tonta de mí.
Será que nada de esto tendría importancia si alguien me acompañara, si pudiera mirar a mi costado y decir: cuánta belleza, cuánta magia en este lugar, tan solo y sin embargo, tan alegre, tan a salvo de todo. Mira como saluda la gente, te dan los buenos días y las buenas tardes con una sonrisa cuando te cruzan en la calle; no hay semáforos, no hay shoppings ni tiendas que vendan ropa ni electrodomésticos ni cosméticos, no hay cines ni teatros, hay una señora que tiene una almacén desde hace 30 años y abre de 7 a 23 hrs, y eso es todo. Hay un registro civil tan chiquito como el número de matrimonios que han de celebrarse aquí. Hay mucha belleza de la simple, de la auténtica, sana y desenfadada.
Entonces salgo de la Iglesia y camino, respiro el aire fresco, observo unos raros pájaros amarillos, los escucho cantar y aletear desde las copas de los árboles, me siento frente a la ex casa del Marqués (sí un Marqués en Yavi, hace ya cientos de años aquí se instaló el único marquesado de Sudamérica) y dejo transcurrir el tiempo, leo un rato, me pierdo en las historias de amor de La Maga y Oliveira, mientras un par de perros me miran con simpatía y se echan a mis pies. Conversamos un rato, los acaricio, y sigo mi camino, me voy a tomar unas fotos. Pero ellos ya me eligieron. Quizás me vieron demasiado sola, o simplemente les gustaron las caricias (también a mi me gustaron), y me siguen, me siguen toda la tarde con sus agitadas colas y a la noche escoltan mi puerta en el hostal. Fieles a una palabra de afecto, a una caricia. Ni siquiera tenía comida para compartir con ellos. Pero más tarde me di cuenta que no importaba. Ellos daban lo que habían recibido: compañía, afecto. Y entonces yo también los elegí como compañeros y los cuidé de las peleas callejeras, y del sol sin clemencia, compartí con ellos mi agua, nos tomamos fotos juntos y terminé riéndome de mí misma mientras un anciano con un enorme sombrero de ala ancha nos miraba ensayar el automático de mi cámara y divertido, también reía.
La noche fue la más tranquila que recuerdo haber vivido, tan silenciosa, tan estrellada, y tan fría en las calles. El hostel resultó ser una delicia de lugar, cálido, con buena música, repleto de historias, leyendas y recuerdos colgando en las paredes, invitando a la lectura continua.
Afortunadamente, esa noche llegaron tres viajeros más con los que compartí habitación. También compartimos una botella de vino de cafayate a la hora de comer unos ricos ravioles que nos preparó el dueño del hostel para la cena (que ya lucía menos intimidante, por cierto), y que devoré en pocos minutos.
Luego del brindis, la calma, el sueño, el gato blanco que se echa a mis pies en la cama, dormir las horas que el cuerpo quiera, sin relojes despertadores, sin apuros y sin fantasmas.
Parto en la misma atmósfera de silencio en la que llegué. Le dejo una nota al dueño del hostel que aún dormía junto al pago de mi cena. Me despido de mis perros que también dormían en la puerta del hostel y que al verme, saltaron contentos dejando mi pantalón oscuro lleno de patas amarillas, amarillas como Yavi, amarillas como sus casas y sus calles y sus árboles, amarillas como la luz que me llevo al dejarla.
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Últimos comentarios
MONIARGENTINA dice:
Hola Patry, volví nuevamente a tu diario para recomendárselo a mi hija, quien sueña con el NOA.
Te agradezco nuevamente su publicación, es delicioso leerte !! termina aquí o hubo más ? Un abrazo !
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