El autobús me dejó en el terminal cerca de la estación de trenes. Desde allí eran algunos pasos hasta mi hotelito, reservado por Internet y completamente a mi gusto. No había cortinas en las ventanas y desde enfrente podían ver todo lo que querían. Era una situación un poco incómoda, pero parece que muchas de las casas tienen el mismo sistema, y tal como en Amsterdam, la vida discurre sin cortinas, pero nadie mira. Bueno, esto es algo para acostumbrarse, y empecé apagando la luz para cambiarme de ropa. Era una de las pocas formas de hacer frente esta situación un poco desconocida para mí.
A la mañana siguiente caminé por toda la ciudad, con un planito en la mano. Visité la parte vieja de la ciudad, algunas tiendas de libros, en donde no encontré ni un solo título de interés, y la vieja sinagoga de Vilna, testigo del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. La populación judía de Lituania era enorme y todos ellos, o casi todos ellos, fueron exterminados. Estuve en uno u otro restaurante, en donde me sirvieron comida bastante buen y bien preparada. Aparte de la sección vieja de Vilna, no había mucho que ver allí. Es interesante, pero nada especial realmente. A menos que me haya perdido lo mejor por algún descuido, lo cual no creo. Por la noche embarqué en un cómodo y lujoso autobús con destino a Varsovia, capital de Polonia, donde tampoco había estado aún. El viaje duró toda la noche y creo que también era de Eurolines.