Victoria Falls y el Delta del Okavango

Escribe: KhokaMoya
Vic Falls y el Delta del OkavangoDespués de 10 días en Sudáfrica cogimos un avión desde Johannesburgo hasta Victoria Falls en Zimbabwe. Nuestra intención era pasar un par de días en las...

 

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Capítulo 1

Victoria Falls y el Delta del Okavango

Victoria Falls, Zimbabue — domingo, 30 de noviembre de 2003

Vic Falls y el Delta del Okavango

Después de 10 días en Sudáfrica cogimos un avión desde Johannesburgo hasta Victoria Falls en Zimbabwe. Nuestra intención era pasar un par de días en las cataratas Victoria y desde allí partir hacia el Delta del Okavango. Antes de aterrizar en el aeropuerto, el comandante nos deleitó con unas fantásticas vistas de las cataratas desde el aire, las mejores que tuvimos de ellas. Una vez en tierra, pasamos el control de aduanas y nos compramos un doble visado, mucho más económico si se tiene previsto entrar y salir de Zimbabwe que un visado simple. A la salida del aeropuerto nos esperaba nuestro taxista que nos llevaría hasta el Savanna Lodge, nuestro alojamiento en Vic Falls. Cuando le vimos, con su aspecto desaliñado y con un folio sucio y mal escrito con nuestro nombre, por un momento pensamos en hacernos los suecos, pero optamos por seguir con la aventura. Nuestro taxista era un joven zimbabwés de apenas 20 años, que conducía un coche totalmente destartalado, con mugre en todos sus rincones y que, sin ningún tipo de dudas, no era un taxi oficial. A pesar de todo, subimos al que a partir de aquel momento se convirtió en nuestro taxi oficial en Vic Falls y nos dirigimos hacia nuestro alojamiento. Durante el trayecto nos percatamos que cada vez que circulábamos en bajada nuestro conductor apagaba el motor y seguíamos en punto muerto. Más tarde descubriríamos que en todo Zimbabwe había graves problemas para conseguir gasolina y pudimos ver largas colas de kilómetros de vehículos esperando la llegada del preciado oro negro, incluidos taxis, ambulancias, bomberos...
No es fácil encontrar alojamiento barato en Victoria Falls y nosotros nos inclinamos por el Savana Lodge porque era de los propietarios de la agencia con la que iríamos al Delta del Okavango. Se trata de habitaciones sencillas sin ninguna comodidad ni encanto y con baños compartidos, pero con un equipo muy amable y dispuesto ayudar en todo lo que sea necesario. Tampoco se puede pedir más por mil pesetas la noche.
Lo primero que hicimos fue conseguir algo de cambio. Actualmente, Zimbabwe está atravesando una importante crisis económica y su moneda se devalúa cada hora que pasa. Ante esta situación es fácil comprar moneda en el mercado negro a un precio superior al del cambio oficial, pero nunca se debe comprar en la calle. Nosotros lo hicimos en el mismo lodge y conseguimos el doble que según el cambio oficial. De todas formas, en Vic Falls prácticamente todo se paga en dólares americanos, excepto la artesanía, así que no cambiéis demasiado.
Para nuestra primera cena, escogimos el restaurante del Hotel de lujo Ilala Lodge. Para los turistas comer en restaurantes de lujo es relativamente barato y su calidad es excelente. Por el equivalente a seis mil pesetas, cenamos como en el mejor de nuestros restaurantes.
Por la mañana, nos dirigimos a visitar las míticas Cataratas Victoria. Nada más llegar el acoso de los vendedores fue brutal, pero conseguimos escaparnos sin comprar nada. Llevábamos todo lo que necesitábamos cámara de fotos, impermeable y fundas protectoras para la cámara. Las cataratas Victoria, también conocidas con el nombre de Mosi oa Tunya, tienen una anchura de 1,7 kilómetros y una altura máxima de 107 metros. Son realmente im-presionantes, pero el día no nos acompañaba y a pesar de ir protegidos acabamos tan mojados como si saliéramos de la ducha y sin haber hecho una buena foto a causa del constante chirimiri.
Decepcionados nos fuimos a pasear por el mercado de artesanía local, donde para nuestra sorpresa éramos los únicos turistas. No os podéis ni imaginar el agobio al que nos sometieron los vendedores. Decidimos irnos y volver al día siguiente para comprar con más calma.
Victoria Falls es un paraíso para los amantes de los deportes de riesgo se puede practicar pointing sobre las cataratas, rafting y la oferta turística es inabastable, pero los precios son realmente prohibitivos, 150 dólares para saltar desde el puente sobre las cataratas. Finalmente, como no nos gustan las actividades extremas optamos por una excursión en canoa por el río Zambeze, que resultó ser mucho más excitante de lo que habíamos imaginado.

Navegar en canoa por el río Zambeze tiene peligros con los que no habíamos contado. El más importante es la abundante presencia de hipopótamos, que pueden volcar la canoa cuando salen del agua para cojer aire e iniciar una nueva inmersión. Afortunadamente, la excursión fue de maravilla y no tuvimos que lamentar ningún incidente a pesar que el corazón nos dio un vuelco en un par de ocasiones por la presencia de varias familias de hipopótamos.

Personalmente lo mejor de Vic Falls fue tomar el té en la terraza del Victoria Falls Hotel disfrutando de la fantástica vista que se dispone de las cataratas y de un servicio impecable. Por lo demás, Vic Falls carece de ningún encanto y jamás lo incluiría en mi lista de destinos favoritos.

Justo lo contrario de nuestra siguiente etapa: el Delta del Okavango. Para realizar esta etapa habíamos contratado un viaje de cinco días con Nomad Tours. Se trata de una empresa sudafricana que organiza viajes de bajo coste en camión y tienda de campaña desde Sudáfrica hasta Kenia. Nuestra primera sorpresa fue saber que éramos los únicos que íbamos a realizar el viaje. Así que teníamos para nosotros solos un camión de 30 plazas, un conductor y un cocinero. ¡Todo un lujo! En realidad lo de lujo es un decir porque la comida era más bien infecta, pero logramos sobrevivir a los potajes de nuestro cocinero.

Después de un largo viaje, de un día medio, por carreteras polvorientas sin asfaltar llegamos por fin a nuestro campamento base en el Delta, Makwena. El transfer al Delta fue todo un acontecimiento, primero dejamos el camión para subirnos en un 4x4 hasta el punto de reunión donde nos recogió una lancha rápida con la que surcamos las azules aguas del Okavango. El Delta del Okavango es un inmenso delta interior de más de 15.000 km habitado por centenares de especies de pájaros de todos los colores, que se posan a descansar sobre las ramas de los papiros que habitan en sus orillas.

Durante el trayecto en lancha vimos hipopótamos, cocodrilos, pájaros de todas las medidas y colores, y nos asamos de calor. Finalmente, la lancha nos dejó en un trozo de tierra que hacía las funciones de "estación de mokoros". Los mokoros son las embarcaciones que utilizan los habitantes del Delta para desplazarse. Se trata de una especie de canoas impulsadas por la fuerza de su conductor que permiten disfrutar relajadamente de la belleza del entorno.

Unos niños alertaron de nuestra presencia a los aldeanos y, en un abrir y cerrar de ojos, nos convertimos en la atracción local. Muchos se acercaron a ver de cerca a los turistas blancos y, durante una hora, nos hicieron compañía. Cuando ya estábamos al borde de la extenuación como consecuencia de las elevadas temperaturas, llegó Agfa, nuestro guía con su mokoro y nos adentramos en el Delta buscando un lugar donde pasar la noche. Montamos las tiendas de campaña y salimos de safari a pie con Agfa. La verdad es que no tuvimos mucha suerte en el avistamiento de animales, pero el paisaje era magnífico y no los echamos de menos. Cuando llegamos al campamento nuestro cocinero ya había encendido el fuego y estaba preparando la cena. Al anochecer, charlamos al lago del fuego intentando ahuyentar los miles de mosquitos que nos acosaban. Una tormenta empezó a acercase sigilosamente hasta que, a media noche, nos obligó a salir de la tienda para colocar el sobretoldo y a romper las normas de supervivencia, según las cuales, cuando se acampa al aire libre no se puede salir de la tienda de campaña en toda la noche para no ser atacados por los animales salvajes.

Al día siguiente volvimos a recorrer el Delta en mokoro y visitamos el poblado de nuestro guía Agfa. Es sorprendente lo poco que se necesita para vivir. La aldea estaba formada por una quince o veinte chozas de madera, vacías todas ellas en su interior. Para dormir, utilizaban esterillas o sacos de dormir y no había nada parecido a un mueble en toda la aldea. Agfa nos presentó a su abuela, que se encargaba de cuidar el huerto, y nos enseñó los trabajos de artesanía que realizaban las mujeres para vender a los turistas.

Por la tarde, la lancha volvió a recogernos y fuimos a ver pescar a la águilas pescadoras.
En todo el trayecto no nos encontramos con ningún turista y eso nos hacía sentir como los descubridores de África, rodeados de personas negras que observaban todos nuestros movimientos en la inmensidad de un paisaje sin igual.

Dejamos el Delta con gran pesar, pero debíamos iniciar el camino de vuelta a Victoria Falls y a casa. Pero antes de finalizar nuestro viaje, no quisimos perdernos un fantástico crucero y un safari por el río Chobe. Ambos fueron sencillamente espectaculares, pero lo mejor de todo fue poder contemplar un grupo de leonas preparándose para dar caza a una manada de indefensos antílopes.

La vuelta a casa fue un auténtico shock. Después de 3 semanas viviendo según las normas de la naturaleza, el retorno al ritmo diario fue insoportable. Echábamos de menos los ruidos de la noche, las estrellas, la gente... todo. Pero lamentablemente, la rutina acaba imponiéndose y volvemos a adaptarnos a nuestro entorno.


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