Chichiriviche de la Costa

Escribe: oscarviajar
Salimos tempranito un sábado 24 de Junio, día de San Juan, rumbo a Chichiriviche de la Costa, la aventura comienza desde que la carretera se complica, el paisaje te inunda poco a poco hasta...

 

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Capítulo 1

Chichiriviche de la Costa

Vargas, Venezuela — martes, 19 de diciembre de 2006

Salimos tempranito un sábado 24 de Junio, día de San Juan, rumbo a Chichiriviche de la Costa, la aventura comienza desde que la carretera se complica, el paisaje te inunda poco a poco hasta cubrirte de un verde por un lado y el azul del mar por el otro, luego, entre curva y curva se asoma la Bahía de Chichiriviche que presumiendo de su hermosura logra emocionar la llegada de sus visitantes.

Cuando llegas al pueblo y caminas te encuentras con sus calles de tierra, casas abiertas y gente feliz y sonriente todo el tiempo, si bordeas el río llegas hasta la plaza Bolívar, con su Iglesia y una casona colonial reconstruida invitando a los visitantes a sentarse en sus bancos y disfrutar de la paz que respiras cada minuto, en los colores de la montaña y en el cantar de los pajaritos en la tarde, no hay semáforos, distribuidores, tráfico, ni nada que te mortifique el momento.

Detrás del pueblo, su playa, enorme, con mucha arena para tomar el sol y un tesoro escondido debajo de sus aguas azules, por lo menos así opinan los buzos quienes se citan cada fin de semana para explorar el Micromundo, el Arenal, La Punta, la Laja, La Flauta, entre otros lugares donde además de conocer una variada gama del mundo marino puedes ver hasta un cristo a 22 metros de profundidad.

Mis inmersiones coincidieron con una visita de un Banco de peses infinita que se perdía de vista, fue como ver caminos de peses, carreteras de peses, autopistas de peses, nos rodearon y sus cuerpos brillaban cuando daban su frente con los rayos del sol que se colaban bajo las aguas para mirarlos, yo no hacia otra cosa que contemplarlos mientras algunos de ellos hacían lo mismo conmigo, compartir con ellos en perfecta armonía hizo de ese momento mágico y milagroso.

En la noche los tambores fueron los protagonistas, disfruté sintiendo su sabor y como todos transmitía con sus movimientos y bailes toda la pasión escondida dentro de cada uno de los presentes, yo disfrutaba sintiéndome orgulloso de mis costumbres y de mi folklore.

Mi paseo terminó el Domingo y me despidieron con unas pinceladas que el sol lanzó sobre las pocas nubes que paseaban sobre el cielo, brindando un atardecer lindo lleno de rojos y violetas que duró hasta la llegada de la noche, mirándolo, y como si lo pidieran, les prometí que regresaría pronto…y lo haré.


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