India con mochila. Color, olor y seducción

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Relato del poder de seducción de India en un viaje con mochila de 21 días.

 

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Capítulo 15 – Varanasi, espiritualidad y pillería

Varanasi (Benarés), India — sábado, 10 de diciembre de 2011

Me desperté oyendo a Jaume y Dilek sentados delante de la ventana del vagón esperando llegar a Alahabad. Eran cerca de las 9 de la mañana y aun seguían arriba del tren, cuando deberían haber llegado a las 7. - ¡Es esta estación! ¡Por fin hemos llegado!! Habían llegado a su destino, así que con los párpados aun medio cerrados nos despedimos de ellos y les deseamos que tuviesen buen viaje, nosotros íbamos en dirección a Varanasi y si decidían pasar allí la Nochevieja nos volveríamos a ver.

Cuando bajaron del tren desmontamos las camas para convertirlas en asientos y nos armamos de paciencia, pues si ya llevábamos retraso no queríamos ni pensar lo que íbamos a tardar… A las doce y media, y con más de dos horas de demora llegamos por fin a Varanasi.

Nuestra primera tarea al llegar a la estación fue conseguir unos billetes para ir a Delhi en tren el día 1, y después de esperar poco más de 10 minutos en una oficina en la que no había ningún indio, nos dieron dos billetes en sleeper class, aunque en internet apareciese con waiting list. “Hapy journey” apuntaba el billete, menudo viajecito nos esperaba…

El segundo objetivo fue conseguir llegar a la guesthouse que nos habíamos propuesto, ardua tarea… Pensando que no iba a ser para tanto cogimos un rickshaw a la salida de la estación y le dijimos que nos llevase a Apsara restaurant, una forma de querer llegar a un punto en concreto de Varanasi sin decirle una guesthouse, puesto que sabíamos que empezaría a decir que no es posible, que está completa, que muy cara, etc, etc… Aunque el conductor dijo que si al oír el nombre del restaurante tenía claro desde el principio que iba a hacer lo que le diese la gana,(el hecho de que solo nos pidiese 40 rupias ya hacía temernos lo peor) y la conversación que tenía con el copiloto debía de ser sobre lo pringados que éramos. Éste, además de espabilado era un pésimo conductor, y la primera impresión que tuve de Varanasi se redujo a frenazos y volantazos por calles demasiado transitadas…

Cuando el hombre paró el rickshaw y nos dijo que habíamos llegado confirmamos nuestras sospechas: nos había dejado en una gueshouse de cuyo nombre prefiero no acordarme, en una donde él cobraba comisión. No teníamos intención ninguna de quedarnos en el sitio que él mismo había elegido, y tras su insistencia en que nos quedáramos le pedimos que nos indicara el camino a la guesthouse que teníamos pensada. Pese a su gesto irritado le dimos las 40 rupias acordadas y nos fuimos, con nosotros no le había salido bien la jugada. Pero a nosotros tampoco… y es que si creíamos que nos encontrábamos cerca de la zona estábamos completamente equivocados. Empezamos a dar vueltas por callejuelas estrechas sin ninguna indicación, cada persona a la que le preguntábamos nos mandaba en una dirección, y como ratones desorientados en un laberinto nos dimos cuenta de que así no lo íbamos a encontrar. Allí nos encontrábamos en algún lugar de Varanasi, plano en mano e intentando averiguar donde estábamos.

Decidimos entonces preguntarle a un hombre con un rickshaw de pedales y nos dijo que subiésemos y él nos acercaría, le hicimos caso confiando en la humildad que nos había transmitido conduciendo tan precario carruaje… pero una vez más otra persona intentaba sacar beneficio de nuestra desorientación. Cuando no quedaba duda de que no estaba siendo legal nuestro enfado empezó a aflorar, y con una expresión que rozaba el cabreo le dijimos al pobre hombre que o nos llevaba donde le estábamos pidiendo o no le íbamos a pagar. Finalmente llegamos a un lugar repleto de gente, llenos de tiendas y con un mercado donde el conductor paró y nos dijo que ya habíamos llegado. No vimos señal del Apsara restaurant, así que Toni le dijo que o nos dejaba en el mismísimo restaurante o no habían rupias. Un hombre que contemplaba la escena, y que sabía más inglés que nuestro amigo, habló con éste y nos dijo que el restaurante estaba en el callejón que teníamos delante. Visto lo visto Toni le dijo al conductor que esperara, que iríamos a buscar el lugar y que si estaba en lo cierto volvería y le pagaría. Y como todos los caminos llevan a Roma, finalmente encontramos la calle Ganga Mahal (era el callejón que nos señalaban) y en ella Urvashi guesthouse (encima mismo del Apsara, nuestro objetivo anti-timos-de-hotel). Toni volvió al lugar de partida para pagarle al conductor de rickshaw tal y como le había prometido.

Urvashi guesthouse era un pequeño hostal de varios pisos y con unas rudimentarias habitaciones, camas sin apenas colchon y telarañas en el techo; pero estaba bien situada. Justo abajo tenían el restaurante Apsara y enfrente el Mona Lisa Café que se convirtió en nuestro sitio donde descansar entre visitas. En nuestro afán de investigar el edificio llegamos a la azotea y quedamos prendidos con la vista de Varanasi desde allí arriba. La altura de la guesthouse nos permitía ver la ciudad en su competa extensión: centenares de casa cuyas terrazas permanecían ocupadas por monos y un poco más a lo lejos el Ganges, más tranquilo y menos caudaloso que en otras estaciones.

Nuestros estómagos empezaban a pedir comida a gritos, así que bajamos al restaurante a comer un delicioso Tandori con el que coger energía suficiente para explorar Varanasi. Una hora más tarde y cargados de fuerzas, nos encontrábamos caminando por Ganga Mahal, una calle largísima y estrecha que se convirtió en todo un universo por descubrir.

Comprobamos que la escasa anchura en la que apenas podían compartir el espacio una vaca y una persona no era impedimento para que ésta calle estuviese completamente transitada a cualquier hora del día. Perros, gatos, cebús, monos, palomas, personas, bicicletas motos y algún que otro ricksaw que también se atrevía a pasar, todos tenían algo que hacer por allí.

Y no es de extrañar, pues estaba repleta de restaurantes y tiendas en las que se podía comprar cualquier cosa, desde telas y ropa hasta cd’s de música o algún instrumento como el sitar. Dignos de mención son también las decenas de puestecillos de chai o lassi, en las que siempre había alguien esperando su vaso. Sin nada que envidiar a una avenida de una gran ciudad, Ganga Mahal acogía a personas de innumerables nacionalidades.
Cada paso que dábamos nos ofrecía un nueva imagen, sadhus meditando y otros vagabundeando, niños jugando con cualquier cosa convertida en juguete, vendedores que nos invitaban a pasar a ver sus tiendas, gente dando de comer a las vacas y algún que otro toro que a pesar del escaso sitio para salir corriendo parecía no asustar a nadie, él simplemente rumiaba.

Nos atrapó de tal manera la calle que se hizo de noche, justo la hora para ir a ver un espectáculo a orillas del Ganges. Seguíamos estupefactos aun tras tantos estímulos cuando salimos de aquella calle y nos metimos en Desaswamedh Ghat Rd, entonces un aluvión de gente eclipsó el resto. Cogí a Toni de la correa de su cámara para no perderlo de vista, y cuando mi vista se adaptó a tal cantidad de gente me di cuenta de que todos nos dirigíamos hacia el mismo sitio así que seguimos la corriente y llegamos a Desaswamedh Ghat.

El Ganga aarti, ceremonia de culto al río Ganges se realiza cada día a orillas del mismo y de una manera peculiar a base cánticos, humo y campanillas. Cuando llegamos al ghat ya había empezado y las cientos de personas sentadas en los peldaños  parecían concentradas en el rito. A orillas del río cinco hombres subidos a un escenario hacían sonar unas campanillas y movían unos recipientes al ritmo de la música dándole un ambiente mágico a la escena. Por unos segundos, no sé si intoxicada por el humo que salía de los recipientes o por la luz tenue que reinaba, sentí que todo aquello me cautivaba y por un momento en mi cabeza solo hubo sitio para las campanas y la música. Un joven pasó por mi lado dándome un codazo sin querer y volví a la realidad, entonces miré hacia el río y vi un barco centelleante donde decenas de personas hacían fotos, el rito, aparte de espiritualidad, también buscaba a los turistas.

Cuando el ambiente lleno de humo se hizo irrespirable volvimos camino de la guesthouse parando eso sí en el Mona lisa Café, donde nos esperaba una pizza con sabores indios. El día siguiente quedaría para descubrir el resto de ghats y las incineraciones.



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Llegada en la estación de trenes de Varanasi

   

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