Valizas - Cabo Polonio
Valizas, Uruguay — viernes, 18 de noviembre de 2011
Entramos en el pueblo, que se compone de unas cuantas casas y una pista de tierra un poco más ancha que las demás, todo sin asfaltar, gente alrededor de una fogata se agrupaban para pasar una velada diferente a la habitual, Alejandro me dijo que eran unos ………….., que quieres decir le pregunté, ya sabés un poco pirados.
Llegamos a una casa roja donde ayude a descargar la furgoneta, luego me llevó a la mía que se llama Azurra, al entrar se me cayó el alma a los pies, todo muy viejo con olor a humedad y llena de insectos muertos que adornaban las viejas estanterías de madera, era como una cabaña de pescadores, le pregunté por las sabanas y toallas, me dijo que ahora íbamos a por ellas a su casa, la verdad es que voluntad no le faltaba a Alejandro, me ofreció un whisky Chivas de 12 años, me dio café, azúcar y leche para el desayuno, pero la limpieza dejaba mucho que desear, me armé de valor , cogí una escoba y durante una hora estuve barriendo insectos, quitando telarañas, y pasando el trapo por las estanterías, ya parecía otra cosa, cuando saqué el recogedor a la puerta otro impacto imprevisto, una nube de moscas y mosquitos estaban a la luz del porche, y en el suelo un gran sapo simulando al perro guardián de la casa. Cerré la puerta de golpe y respiré profundamente, había que amoldarse a la nueva situación, estaba en una pequeña casa junto a la playa en un poblado aislado de la civilización solo con teléfono y una parada de autobuses, a saber con qué horarios.
Me hice la cama y cerré los ojos pensando, mañana será otro día, así fue, pero las cosas no iban mejor, ya que no pude encender el fuego para hacer el desayuno, tenía truquillo, la cosa era que había que encenderlo en el mínimo, resultado; vaso de leche fría con sopas para desayunar y a buscar la casa roja de Alejandro, menos mal que el pueblo es pequeño, encontré a su hijo Ismael en casa, que quedó en avisarle de inmediato, a los diez minutos ya estaba en casa solucionando el problema ofreciéndose para lo que hiciera falta, me cambió incluso unos dólares, porque aquí solo tienen bancos de madera. Me dijo que me dejaría su bicicleta desde mañana antes de volverse a Montevideo, con esto ya le perdono todo, ya que aquí no alquilan bicis, y con las distancias que hay para todo, estas sujeto al autobús.
Al despedirse me dijo que pasara por la tarde por su casa para tomar un whiskito.
Voy ahora a por víveres, a ver qué sorpresa me llevo, chao.
El súper no está mal para lo que es Valizas, hay que comprar productos fabricados en Uruguay ya que todo lo de importación está más caro que en Europa, poco a poco voy cogiendo el tino a la cosa. Un vino joven Tanat, cuesta entre tres y seis euros, los espaguetis de Barillia salen a tres euros el paquete de 250 gr. y los uruguayos Cololo a un euro el de 500 gr, tipo caseros. Después de prepararme un arroz con jamón, tomate y ajito , rematado con yogurt y fruta me hecho una siestecita a la sombra, luego voy hasta la cantina a devolverle el casco de la cerveza que compré ayer in-extremis a la hora de cenar, reciclaje a la vieja usanza , me fijo que en la pizarra tenía buñuelos de algas, me comentó que tenían todos los días, lo dejaré para otra ocasión, ya que en la mesa de al lado estaba uno comiendo los buñuelos, y lo menos tenía como veinte, que se caían del plato, tenían buena pinta pero habrá que pedir como siempre media, y sino ir con el tuper.
Me propongo dar mi primera vuelta por el pueblo para localizar la terminal de ómnibus, pero claro, estaba cerrada, solo atienden hasta las tres y media de la tarde, unos horarios ajados por el sol que parecen caducos aunque son los actuales, indican los horarios a Castillo, pueblo importante en la ruta 9, que va hasta El Chuy, frontera con Brasil. Los domingos se reducen los autobuses a la tercera parte. Mi último paseo lo he dado por la playa a escasos cincuenta metros de la casa, una playa impresionante con una gigantesca duna al costado que surca hacia el mar como si de un cabo se tratara, entre la playa y la duna, la desembocadura de la Laguna Castillo, una corriente de agua dulce y templada que besa al Atlántico, pregunto por Cabo Polonio, me dicen que primero tengo que cruzar la ría con un bote y luego si bordeo la costa son unos 9 km y si atravieso la gigantesca duna por el cerro Bella Vista, unos 6 km. después de conversar con los boteros me indican que están de 7h 30 de la mañana hasta las 20h. y que cobran 35 pesos, 1,20€ por ida y vuelta en el mismo día, habrá que intentarlo un día que no pegue mucho el sol, y que esté con fuelle, ya que son más de dos horas de camino por arena de ida y otro tanto de vuelta, aunque también se puede volver en una especie de tractor que te lleva a la ruta 10, luego desde allí, no se sabe, habrá que investigar, lo que si me han comunicado los boteros es que para acceder a La Laguna Castillo desde el puente de Valizas , hay buses que te llevan y te traen a diario aunque hay que estar muy al loro de las horas, sino estas perdido.
La excursión por el lago es muy interesante ya que te adentras en el mayor bosque de Ombúes del planeta, una especie de matorrales que crecen hasta parecer árboles gigantes, acompañados de todo tipo de animales salvajes y de aves multicolores. Las expectativas son muy buenas.
Ahora son las siete de la tarde, ya empieza a bajar la temperatura, estaremos como a 20º, todavía queda más de una hora de sol, los días son muy largos y la alegría mayor.
Me preparo la cena antes de que anochezca y aprovecho para estar en el porche hasta la puesta de sol.
Luego llega Ismael que no para de trabajar a las ordenes de su padre, conduce la furgoneta con catorce años, es feliz y se siente muy responsable, descarga los colchones del piso de arriba a los que les han puesto unas fundas y me trae un felpudo y una almohada nueva, todo un detalle, pero lo que pasa es que Alejandro sabe que tiene pecado, y que la casa no estaba todavía en condiciones , como uno de los dos fuegos que no funciona, pero una cosa con otra vamos compensando, por último me dice Ismael que su padre le ha dicho que estoy invitado al asado que estaba preparando, gracias pero ya había cenado, le digo que mañana pasaría después de comer a tomar un café, a ver si me deja la bici, que desde mi casa tardo quince minutos al supermercado, y el sol casca de lo lindo.
Esta noche voy a salir a ver las estrellas, a ver si localizo La Cruz del Sur.
Otro amanecer en este lugar recóndito del planeta, son las ocho y me siento con ganas de caminar, después de un desayuno potente me dispongo a llegar a Aguas Dulces el pueblo más cercano que está como a seis kilómetros recorriendo la orilla de playa, si vas por carretera duplica la distancia, me lo tomo con calma y comienzo la andadura, se divisa al fondo entre una ligera neblina mi meta, Aguas Dulces.
En el camino voy encontrando cabañas de madera, algunas de ellas habitadas por pescadores que lanzan sus redes desde la misma orilla, hacia la mitad del trayecto las cabañas desaparecen, te quedas en tierra de nadie durante más de media hora de camino, cuando iba llegando encontré a dos pescadores que estaban lanzando sus redes, les pregunto que si se tienen que meter mucho mar a dentro, me responden que con las olas que hay no pueden profundizar lo que hubieran deseado hacerlo. Cuando ya me despedía, ya de espaldas le oigo que me dice, “¿Tenés verde? “me doy la vuelta y le digo, que dices, me contesta, cannabis, haaaa, no , ya no fumo, y me dice “ Quizás había “, y le digo, has hecho bien en preguntar, con lo que se hecho unas risas al mismo tiempo que me hizo con su mano un gesto de camaradería.
Según iba llegando a Aguas Dulces me volvían a acompañar cabañas de madera junto a la playa y alguna que otra persona que disfrutaban de un día espléndido.
Pregunté por si había algún cajero automático en el pueblo, pero me dijeron entre sonrisas que no, o sea, como el Valizas, en único banco era el de madera. Tras recorrer la calle principal, esta sí que estaba asfaltada, decidí comer el bocata y darme la vuelta, me quedaba otra hora larga caminando por una orilla maravillosa. De nuevo me encontré con la pareja de pescadores justo cuando levantaban la red, unos de ellos gritaba de contento. Como me vio con la cámara en la mano, me pedía que le sacara una foto, le dije que le estaba sacando con el video, nos acercamos al botín que se componía de dos hermosas y codiciadas Burriquetas, mas dos crustáceos azulados de tamaño medio, llamados Siris. Les pregunté a ver si vendían algo de lo pescado y me dijeron que no, que era para comerlo ellos, que por noche iban a cocinar un Chupín, una especie de marmitako, que le añaden además de patata, galleta (una especie de pan), pimiento morrón y vino blanco. Olía bien el asunto.
Tranquilamente hacia las tres de la tarde llegué de vuelta a Valizas, tenía una nota de Alejandro , el casero, para ver si nos podíamos ver antes de las cinco, me pegué una ducha y nos encontramos en su casa, comentamos los sucesos del día y alguna que otra cosa más, imagináte “ Mujeres”.
Me dejo la bici, y me llevó a ver La Casa Lila, una casita de dos plantas con terraza y terreno al borde de la playa, me dijo que había pagado 25.000 dólares, le había instalado placa solar, y para la ducha tenía un sistema con bombona de butano difícil de explicar, tenias como un hornillo encendido encima de tu cabeza del que salía un tubo que se convertía en ducha de agua de caliente, no sé si lo habrán patentado, pero me temo que da igual.
Luego me acompañó al súper para que compara buena carne, compré dos chuletas de ternera de cuarto kilo, que aquí le llaman costilla, por uno dos euros y medio al cambio, una pasada. Luego me eligió un vino Tanat, crianza del 2009 por unos 5 €, y pan de galleta para acompañar.
Al pasar por el único taller del pueblo, paré para que me ajustaran el sillín, me atendió un señor mayor que no se le entendía casi nada ya que le faltaban casi todos los dientes, se me ocurrió preguntarle por un Cadillac verde turquesa que tenía en el interior, le entendí que era del 57 y que funcionaba perfectamente, una maravillosa joya en el taller más olvidado del Uruguay.
La cena resultó deliciosa, chuleta con ensalada, regada con un buen vino, me acompañaron durante toda la cena una pareja de sapos que se pusieron las botas a la luz del porche, no dejaron títere con cabeza, madre mía que apetito. Después de esta maravillosa velada me voy a dormir para seguir soñando.
Poco a poco creo que me voy dando cuenta donde estoy y de cómo funciona la gente, Valizas es una pequeña aldea que en los meses de enero y febrero se pone hasta la bandera, con lo cual todo este ambiente de ermitaño desaparece, luego la gente del pueblo está acostumbrada a recibir visitantes, y si te descuidas te la meten como en cualquier otro lugar de veraneo, en las pizarras de los bares y del súper anuncian algo interesante que luego casi nunca tienen, con lo cual hay que preguntar antes de sentarse, por los caminos casi siempre saludan solo los hombres, con lo cual yo he decidido saludar a todas las mujeres, por cierto me saludo una que iba en moto.
Por las callejuelas todo el mundo lleva algo en la mano, sobre todo tablones y las cosas más inverosímiles, aquí no se tira nada, todo se aprovecha, casi no hay coches y los que hay están tan cascados que es difícil saber de qué marca son, se utiliza el carro tirado por un caballo, y sobre todo motos pequeñas que apechugan hasta con cuatro la familia. Aquí tener una bici o un carro es de gran utilidad.
Esta mañana después de desayunar, me he cargado la cisterna del wáter que estaba ya medio suelta, con lo que he tenido que recurrir a la basura para encontrar un cable de luz `para sujetarla, de momento funciona.
El asunto que me llevaba esta mañana era que tenía que sacar pesos de un cajero, el más cercano estaba a unos 25Km. en Castillos. Enganché el colectivo de las 11h 50, y para las 14h ya estaba de vuelta, con mucha suerte, ya que el cajero del banco no lo pusieron en marcha hasta las 13h. Donde tenía que meter la tarjeta tenía un hueco como si se hubieran llevado toda la maquinaria y solo quedara la carcasa, justo a tiempo para coger el de vuelta a las 13h 10m el autobús, tanto el de ida como el de vuelta iba lleno de colegiales que se trasladaban de un pueblo a otro al acabar las clases, el conductor que ya los conoce a todos por su nombre advirtió al más movido que lo iba a dejar en la comisaría del siguiente pueblo para que lo recogieran sus padres, ya se calmó algo la cosa pero cuando le tocó bajar, al recogerlo su madre, el chofer le comunicó de lo mal que se había portado. Los de las escuelas públicas, que en el ambiente rural son las únicas, llevan como uniforme una bata blanca con un gran lazo azul, simbolizando la bandera de su país, imaginaros como lleva al lazo un chaval de diez años al acabar la jornada escolar, pero no se les cae porque lo llevan cosido y bien cosido ya que aguantan todo tipo de actividades infantiles, la bata supongo que todos los días a la lejía. Llego a tiempo para prepararme algo para comer, aprovecho para saludar a los vecinos y pedirles un hinchador para la rueda de la bici, amablemente la señora me hincha las ruedas.
Después, una magnifica siesta a la sombra del porche, ya que hace un calor asfixiante. Hasta las siete mejor no moverse mucho, en el locutorio soy de los pocos que va a mirar el correo, aprovecho para realizar alguna llamada y seguir programando el viaje. La señora me atiende amablemente ya que soy de los pocos que le doy conversación, a la vuelta otro camelo en la pizarra del súper, “Hay camarón fresco “, pregunto a cuanto, y me dicen que a 5€ el kilo al cambio, pero que está congelado, llevo unos pocos para hacer con arroz y han salido buenos.
Durante la cena me han acompañado la pareja de sapos de anoche, se han vuelto a poner las botas, menudas relamidas que se pegan con su larga lengua rosada.
Mañana no tengo ni idea de lo que vaya a hacer, dependerá del calor que haga, tengo que ir a Cabo Polonio un día, y otro a la Laguna Castillo en un bote que te lleva desde el puente de Valizas surcando el arroyo hasta llegar a la gran laguna, Intentaré conseguir camarón fresco directamente de los pescadores del arroyo. La cisterna tiene música y no tiene llave de paso a la vista, habrá que darle un meneo antes de ir a dormir.
Por primera vez a amanecido una mañana gris y tormentosa, pero parece que va a clarear, como siempre un desayuno muy musical con el trinar delicioso de mis compañeros de viaje.
En Uruguay todavía se respira un mundo salvaje, en una de las cabañas se lee aquello de Bob Dylan “ Take a wok on the wild side “ , que difícil y sencillo es a la vez vivir de esta manera, es cuestión de proponérselo, renunciar al consumismo feroz y a algunas comodidades, lo que sucede también entre las incomodidades es que surgen situaciones imprevistas, que te obligan a valerte por ti mismo o pedir la ayuda de alguien, con quien entablas una relación más cercana y humana, yo no estoy solo, ellos están aquí al ladito.
Me acerqué al locutorio para ver si había llegado alguna notificación de la estancia Panagea, y de paso hacer alguna llamada.
Cuando estaba recabando información sobre los botes que te llevan al bosque de Ombúes, al otro lado tras un biombo, una voz me daba indicaciones a lo que yo preguntaba, cuando pasé al otro lado un personaje entrado en canas saludaba cortésmente, a lo que yo correspondí con agradecimiento. Comenzamos a charlar distendidamente y con espontaneidad hasta el momento que me dijo que tenía escrito un libro sobre la influencia de las energías en comportamiento humano, me resultó muy interesante el tema, desde el primer momento me di cuenta que era una persona especialmente sensible, y de una claridad mental muy interesante. Le dije que me gustaría mucho leer su libro, a lo que el accedió con gusto, nos fuimos en bicicleta hasta su casa, que resultó muy acogedora rodeada de un delicioso jardín, compartimos un café mientras íbamos charlando de las cosas de la vida, cuando me presentó su libro titulado “Navegación Espiritual en el Mundo Invisible “, me dijo que era fruto de su experiencia de la vida, y de los conocimientos que distintos maestros le fueron otorgando. Como resultado, veinticinco años después finalizó este libro.
Conversamos, o más bien filosofamos de lo espiritual, de lo material, de las relaciones humanas, del amor, de la naturaleza, de la religión, de política, de economía, y sin darnos cuenta de la amistad. Me llevé el libro muy interesado en descubrir las claves de este interesante personaje llamado, Milton Eduardo Rodríguez Machado. Al despedirnos le invité a cenar a mi casa, quedamos para las siete, advirtiéndome que era vegetariano.
Compré unos buñuelos de algas en la cantina y una litrona de cerveza para reforzar la cena vegetariana, llegó a la hora Milton con su vieja bicicleta, descalzo y con una generosa sonrisa que prometía una velada apasionante.
Retomamos la conversación con total naturalidad, los veinticinco años que estuvo viviendo en Estados Unidos de hippie, incluyendo Hawái y México, le otorgaban una visión amplia de una realidad interesante y peculiar Tenía ante mí a una persona especial, no perdía ni el más mínimo detalle de sus palabras, adentrándonos en los pensamientos de uno y del otro sin ningún tipo de obstáculos, penetrando profundamente en lo mental, lo emocional y lo espiritual.
Tomamos el café con la compañía de los sapos de costumbre, los acariciamos y seguimos charlando hasta la hora de ir a dormir. La velada fue muy enriquecedora ya que había leído parte de su libro antes de que llegara, con lo cual pudimos debatir temas de mutuo interés. Los personajes auténticos ya iban apareciendo, ahora me sentía todavía mejor.
Durante toda la noche llovió torrencialmente, la cabaña tenía algunas goteras pero nada importantes, mi cama se libraba por escasos cinco centímetros, pero por la mañana paró, no así el viento que arreciaba de lo lindo. Según transcurría la mañana iban surgiendo claros pero el tiempo no mejoraba del todo, dieron las once, y había que decidir qué hacer, ir al arroyo de La laguna Castillo, o bien ir al Cabo Polonio. Después de algunos consejos de los lugareños decidí coger el ómnibus a Cabo Polonio a las 11h 50, para las 12h 10, llegaba a la entrada de la reserva natural de Cabo Polonio. Había como unas treinta personas esperando al camión de las 12h 30l, que nos llevaría entre dunas de arena y la orilla de playa, hasta ese paraje perdido donde conviven casi todo el año un centenar de humanos y otro tanto de leones marinos.
En viaje fue curioso, el espacio quedó reducido en los bancos de abajo, junto a las mochilas y una vieja cocina de butano. Los rezagados tuvieron que ir en la parte de arriba. Al preguntar al chofer si había peligro de caer, contestó, - si pero luego viene otro detrás que los va recogiendo. La llegada fue espectacular por la estrecha orilla de la playa con un fuerte viento, y el cielo despejado, llegamos a las 13h 15. Si quería empalmar con el que luego me llevara a Valizas, tenía que coger el de las 14H., suficiente para dar una vuelta alrededor del faro y ver a los lobos marinos con el gran macho custodiando el aren.
Me comí el bocata que llevaba y entré a tomar un café en uno de los coloridos chiringuitos del inhóspito lugar. En la única mesa que había en el porche, tres jóvenes hablaban en francés, dos chicas y un joven, que al preguntarme en español de que parte era, y decirle que del País Vasco, me dijo sorprendentemente en euskera, - nundik zatoz?, yo flipé, era de Burdeos, había aprendido euskera con sus amigos labortanos que participaban en eventos culturales en la casa vasca de la capital Bordelesa. Seguimos charlando en vasco ante el asombro de las dos guapas alsacianas que compartían la mesa, una de ellas hablaba el español muy bien y la otra nada, con lo que acabamos hablando en francés. El estaba pasando una temporada por ahí, y ellas estaban de regreso después de haber pasado allí dos días, cogimos el camión de vuelta y él se despidió cariñosamente de ellas. No era para menos.
Las chicas subieron de las ultimas, y les tocó la parte de arriba, con un viento que pelaba, los de abajo nos sentíamos afortunados hasta que el chofer metió medio camión por el agua, dada la estrechez de la playa nos pegamos una calada de aúpa, con lo cual tuvimos que ponernos de pie en los bancos para tan solo mojarnos los pies, pasamos frio pero nos reímos un montón, cuando llegamos cogimos en bus para Valizas y entramos en calor, con la agradable compañía de las dos alsacianas, que iban para Brasil, a la boda de una amiga, tenían todavía tres días para llegar. Eran las mujeres más bonitas que había visto desde mi llegada.
Nos despedimos en la terminal, y me obsequiaron con una encantadora sonrisa.
También viajaban en el autobús dos lugareñas que me acompañaron en Valizas hasta la cantina donde había dejado la bicicleta, me comentaron que ya me habían visto andar con la bici Aquí no me extraña, somos cuatro y el del tambor, a nada que te muevas te ve todo el pueblo. Comenté que el día anterior había estado con Milton, les pregunté si habían leído su libro, entre risas dijeron que sí, y vacilamos acerca del último capítulo sobre el amor.
Al llegar a casa, soplaba un fuerte viento y no tenía luz, el vecino de la casa de enfrente me dijo que había caído un poste y que probablemente estaría solucionado para la noche, eran las tres y no se podía salir de casa por el fuerte viento del sur, llamado Pampero. Llegó la hora de preparar la cenar y todavía sin luz, encendí unas velas por toda la casa, una sensación ya olvidada que resultaba agradable, a pesar del fuerte viento que no amainaba. Hacia las diez volvió la luz y todo parecía ya normal.
Mañana me gustaría ir al arroyo para acceder al bosque de ombúes, pero dependerá del tiempo, que tiene muy mala pinta. Un día raro el de hoy, sol pero con mucho viento todavía, con nubes amenazantes que no se sabe que intenciones traerán.
Miro el correo y los de la estancia me dicen que puedo ir a partir del domingo, con lo cual he decidido quedarme en Valizas un par de días más. Lo difícil es combinar los autobuses para llegar a Tacuarembó, me han recomendado ir hasta Montevideo y luego desde allí coger uno directo. No sé cómo, pero supongo que llegaré a tiempo.
Los efectos de la última tromba de agua y de los fuertes vientos han hecho crecer el arroyo de tal forma que el paisaje de la desembocadura ha cambiado, inclinando peligrosamente una hermosa casa de madera llamada, Navegante, justamente donde el arroyo de La Laguna Castillo se junta con la mar.
Las consecuencias del fuerte temporal de estos dos últimos días han sido mayores de lo esperado, pero a la gente no le ha afectado demasiado, por el contrario están agradecidos de que haya llovido, dicen que hacía falta. El camino que bordea mi cabaña se ha convertido en un riachuelo.
Afortunadamente hoy todo ha cambiado, ya no hace casi viento y luce un sol esplendido.
Después de un consistente desayuno preparo la mochila para ir en bicicleta al arroyo, en 45 m llego al puente de donde salen los botes para recorrerlo, hasta llegar a La Laguna Castillo. Desde allí, adentraremos por tierra al mayor bosque de Ombúes del planeta.
El recorrido ha resultado muy agradable, surcando el arroyo hasta llegar a la boca de la laguna y desde allí por tierra penetrar al fantasmagórico bosque de ombúes, el grupo lo formábamos Diego, el guía local, seis alemanes, una pareja de catalanes, otra mixta uruguayo – extremeña y el menda. Gente muy amable y divertida., el bosque se compone además de los ombúes, principalmente de Coronillas, Canelones, Palmeras y Arrayanes entre otras especies. Cuando llegamos de vuelta, me quedé todavía un rato en el porche de charleta con Diego y Marcos, apurando la Patricia de litro, mientas ellos mateaban sin parar. Compré allí mismo pescado para cenar, una corvina de 250 gr., por un euro y medio al cambio. La cena resultó exquisita.
A la hora del cafecito apareció Milton por casa, charlamos sobre todo de la historia de Uruguay, de los colonizadores, de los portugueses, de los españoles, de los brasileiros, de los paraguayos, de los indios Charrúas, de Artigas, del pirata Moreau, del tráfico de pieles, y en general del exterminio de los indígenas, aunque Milton me aseguraba que la mayoría de la población tenía rasgos indígenas, que los mirara bien y que acabaría viendo al indio. De ahora en adelante seguro que los observaré más detenidamente, supongo que variara mucho dependiendo de las diferentes zonas del país. Me han comentado que al norte del Rio Negro todo es diferente.
Disfruto de una mañana esplendida, me vendrá bien para cargar pilas ya que me espera un largo viaje de madrugada, salgo a las 5h 30 de Valizas hacia Montevideo, unas cinco horas, después hasta Tacuarembó otras cuatro, donde he quedado con Juan, que me llevará durante otra hora más por alguna pista perdida hasta llegar a la estancia La Panagea, supongo que disfrutaré del paisaje al otro lado del Rio Negro, espero que me acomoden en un buen pajar y que el gallo no se despierte muy temprano.
Voy a echar de menos a Valizas, ahora que charlo con el vecino, que me conocen en el super, en la panadería, que la mujer de la cantina me sonríe al pasar, que el viento ha amainado, que los perros me conocen, y que tengo a un amigo llamado Milton.
Llegó la madrugada, era de noche todavía y preparaba los últimos detalles para abandonar la cabaña Azurra, ayudado con una linterna por un camino de tierra llego a la terminal. Una caseta pequeña cerrada en la oscuridad con un autobús a la espera, coincidiendo la hora de salir con el amanecer.
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Últimos comentarios
ClauB dice:
Excelente tu diario!! Esperamos ahora saber como te fue por Tacuarembó.. Ves cosas que uno tan cerca no las disfruta. Te faltó conocer Punta del Diablo, para mi uno de los mejores lugares de las costas de Rocha. Espero ansiosa la otra parte del diario. Saludos desde Montevideo, Uruguay!!
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