Triganá, Capurganá y Sapzurro

Escribe: altovuelo
Lunes 18 de julio de 2005: Desde ayer me encuentro en Turbo, población a la cual llegué por vía terrestre desde Medellín. Ahora saldré en lancha hacia Triganá, Capurganá y Sapzurro...

 

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Capítulo 1

Triganá, Capurganá y Sapzurro

Urabá, Colombia — lunes, 23 de junio de 2008

Lunes 18 de julio de 2005:

Desde ayer me encuentro en Turbo, población a la cual llegué por vía terrestre desde Medellín. Ahora saldré en lancha hacia Triganá, Capurganá y Sapzurro poblaciones ubicadas en el extremo norte del Golfo de Urabá. Al salir del baño por poco me quiebro el trasero, pues el piso estaba mojado, en pendiente y resbaloso. Gracias a Dios no me pasó nada. Definitivamente ahí facilito me hubiera podido dañar el paseo.

Desde la seis de la mañana Esteban y yo estuvimos pendientes de la salida de la lancha. Esteban es un cubano que espera pasar a Panamá y de ahí luego a Costa Rica. Pero para estos morenos no hay horas exactas ni información precisa, por lo que debíamos estar esperando cerca al waffe. Desayunamos con el mismo derecho que lo hacía un alcatraz grande que sobrevolaba la bahía buscando un pez para caerle en picada y devorarlo. Vuelan muy bonito estas aves con alas de gran envergadura y pico con canasta incorporada.

Por fin a las nueve arrancó la lancha encendió sus dos motores y zarpamos con cupo lleno. Yo pensé que los mejores puestos eran los de adelante pero alguien se ofreció a cogerme los asientos de atrás en donde brinca menos y no se moja el pasajero. Y es que sí, con la velocidad la nave da brincos muy vacanos. Las mujeres lanzan gritos de histeria y a mí me encanta este frenesí. Atrás la lancha deja una estela blanca y hermosa que se abre cada vez más a medida que avanzan las ondas. Yo me siento feliz y ahora es cuando me digo: siquiera decidí venir! A poco tiempo de salir del muelle o waffe hicimos una primera parada obligatoria para todos los botes en el puesto de guardacostas de la Armada. Más por cumplir un requisito que por realizar una verdadera pesquisa los soldados procedieron a requisarnos a todos los hombres mientras las damas permanecieron en la lancha rápida. Si alguien llevara coca o armas, perfectamente la hubiera podido dejar con una compañera.

El mar al principio es sucio, y se pone más oscuro cuando pasamos cerca de la desembocadura del Río Atrato que, por esta época de lluvias, descarga en el mar bloques de plantas de loto y ramas. Desde esta semana había fotocopiado un mapa del Golfo de Urabá que ahora nos sirve mucho a los pasajeros para ubicar el sitio al cual vamos: Triganá, Capurganá o Sapzurro. Y es que aunque yo inicialmente había pagado los $ 40.000 que cuesta el pasaje hasta Capurganá, carísimo por demás, a última hora cambié mi destino para Triganá. Había un grupo de dos chicas y un muchacho que me parecieron buena gente y cuyo objetivo básico era hacer caminadas ecológicas. Como ese es también mi gusto, decidí unirme a ellos y pasar dos días en la primera bahía antes de Capurganá.

La segunda parada fue en Titumate, un pueblito en una bahía, pintoresco y para mí muy especial porque tiene una montaña cerca desde la cual se debe divisar muy bonito. En hora y media estuvimos en Triganá. Le deseé mucha suerte a Esteban, quien debe enfrentar en pocas horas a la guardia panameña. Ojalá corra con suerte y lo dejen pasar a Costa Rica. El primer sitio en donde averiguamos habitación fue en la tienda al frente del muelle. Allí Laura, una señora muy mandona y ambiciosa nos pidió 25.000 por la dormida y 40.000 con alimentación. Luego buscamos hacia el sur y en la Hostería Triganá que es de unos holandeses, Ernesto, el administrador muy formal, nos alquiló por 15.000 la dormida. Sin embargo Camila y su grupo trajeron carpa y por cinco mil pesos persona les permitieron armarla en la manga. Además tendrán servicio de baño y lavadero, muy cómodos.

Solo hay energía y por ende ventilador hasta las diez de la noche pero así es en casi todos estos pueblos. Cada hostería tiene una planta generadora. Las neveras son a gas y donde lo hay, el teléfono funciona con energía solar. Me gusta ver avisos con recomendaciones acerca del manejo de basuras y en general sobre el cuidado que todos debemos tener con la naturaleza. En los sitios de ecoturismo que he visitado últimamente me he dado cuenta cuánto hemos progresado en ese aspecto. Por acá todo es muy costoso debido al transporte en lancha que es tan caro y no hay otra alternativa. Incluso los dos o tres lancheros manejan muy bien el monopolio a su favor. Es increíble que un pasaje de dos horas cueste los mismos 40.000 pesos de un viaje de Medellín a Cali de 9 horas con seis peajes. Además, las lanchas no gastan llantas ni frenos, y viajan siempre sobre rutas planas y sin curvas que pueden dañar la carrocería u otros sistemas. Para el turista que trae algún dinero no es problema.

Lo difícil es para los nativos que tengan que viajar a Turbo por ese mismo valor. Este sector de Triganá es bien bonito. Una bahía con mar tranquilo y montañas con bosque nativo como fondo. Me fui solo a conocer la parte sur de la bahía. Primero estuve en Villa Daniela, un hostal administrado por José Cabeza, 'Chepe' y su esposa Elena, hija de Martín Jaramillo. Teléfonos: 824 30 49 Celular 300 653 8939. Estaba cayendo una lluviecita persistente característica de las tierras chocoanas. Pero prefiero esa lluvia, que además me encanta, a un sol canicular. Un lugareño que había en el Hostal me aclaró por qué esta mañana tuvimos que esperar tanto para salir del puerto.

'Para los paisas el cliente es el Rey, para el costeño no'.

Y es cierto. Esperando en el waffe yo no me explicaba por qué no arrancábamos y en alta mar el conductor de la lancha se tomó todo su tiempo para arreglar el radio de comunicaciones sin informarnos qué hacía y cuánto tiempo podría demorarse. En el Hostal estaba Melissa una señora muy formal con quien fui a conocer en la bahía siguiente las cabañas de Codelsa que administra su esposo. Son instalaciones muy cómodas que construyó una Cooperativa de empleados de la salud y que también las alquilan. Cuando regresé a la cabaña ya Wilson había armado sus carpas. Es un especialista en eso y disfruta mucho del camping. Ahora estamos en plena cosecha de mangos. Los hemos comido todo el día pues caen suficientes y maduros. Aquí nuestro intestino va a funcionar OK. También estaba en la olla el gallo que mató Ernesto para el almuerzo y del cual a mí me tocó un muslo gigante.

Fui a buscar dónde llamar por teléfono, pero los dos aparatos que hay disponibles se habían dañado con la lluvia de hoy.

Celina y Lilian me invitaron a caminar hacia el sur, hasta San Francisco, un caserío cercano. El camino hasta allá es entre monte natural, con hermosas y agradables sorpresas:

· Un ovillo de palos secos de bambú organizados sobre la playa por las olas del mar mejor que si lo hubiera hecho el más famoso diseñador.
· Varios cangrejos rojos con sus tenazas amenazantes y patas fugitivas ante la presencia de humanos.
· Un tronco seco de muchos brazos desnudos y señalando el cenit.
· Dos caminos de hormigas: uno llevando florecitas amarillas y el otro flores moradas de tamaño tres veces superior al de las transportadoras.
· Un sendero con hojas secas en el piso y cubierto hasta el techo por las ramas. Bajo sus hojas no había lluvia ni sol y el ambiente permanecía húmedo y fresco.
· Las ramas de un almendro con hojas rojas y verdes haciendo un contraste precioso. Parecía el presagio de la Navidad.
· Todo un cerco de una finca sembrado con matas de San Joaquín y flores de color rojo tan intenso como este clima húmedo lo permite.
· Un cangrejito pequeño habitando la casa vacía de un caracol. Más que casa, se trataba de un aparta-estudio, pues el residente era del tamaño de una hormiga culona. Cuando yo le arrimaba una hoja a sus tenazas, inmediatamente la agarraba con qué fuerza y apetito.

Ya en San Francisco anduvimos por sus pocas calles, comimos papitas con gaseosa y continuamos hacia el sur, a veces por la playa y de pronto por el bosque para esquivar las rocas y los arrecifes de coral. Llegamos a Río Seco, un arroyo de agua dulce que llega tímidamente hasta el mar. Durante una hora estuvimos bañándonos. El mar estaba delicioso, un poco picado y muy limpio. Nos dejábamos arrastrar por las olas y balancear por las corrientes subacuáticas.

El sol se estaba ocultando apenas cuando iniciamos el regreso. Esta es la hora de los mosquitos, y sí hubo unos 25 insectos que se atrevieron a chupar la sangre de mis pantorrillas. Pero nada inquietante. En la hostería nos recibió una luna creciente, mediana y hermosa. Me di un baño riquísimo en la cabaña, que es bien cómoda y salí a ver el noticiero porque aquí hay Sky y la planta ya estaba funcionando. La cena fue con una laja de pescado riquísima y de postre una Pepsi Cola para acompañar el borrador del diario. Ahora por la noche no se sienten zancudos y solo hay frescura, tranquilidad y santa paz. De paso para la cabaña un sapo gigante salta sobre la grama cerca de mis pies. Aquí por las noches uno tiene que estar pendiente del alacrancito dentro de los zapatos o la cucaracha gigante y voladora, o el gusanito pendular, pero ese es el precio de un clima tan agradable y esta naturaleza exuberante y bella.

El papel sobre el cual escribo ahora está húmedo sin haberse mojado, pero mis narices están también limpias y frescas permitiéndome respirar un aire siempre nuevo y puro. Saludo a Sebastián, el hijo de Ernesto, un negrito gordo y precioso como de ocho meses.
Martes 19 de julio de 2005:

Dormí delicioso. Una noche fresca y grata. No obstante que a partir de las once no hubo energía ni ventilador, no desperté sino hasta las cuatro de la mañana. Esto se lo agradezco también a mi almohada que siempre me acompaña en los paseos. Pongo mi cabeza en ella con confianza y así son muy pocas las cosas de mi casa que extraño estando por fuera.

A las seis de la mañana ya estábamos en la manga todos menos la pareja de recién casados que ocuparon la cabaña contigua a la mía. Wilson madrugó a hacer el fuego y todos a comer de los mangos caídos. Yo fui a desayunar donde Laura, la de la entrada del muelle. Es una mujer palabrosa y espontánea que poco se mide para decir lo que piensa sobre quien sea. Se parece a su loro. Alguien nos sugirió que reserváramos el cupo en la lancha de hoy para ir a Capurganá. Fuimos a hacerlo donde Laura, pero ella, con parte de razón nos dijo que cada anfitrión hacía la reserva de sus huéspedes. Así que con Ernesto fui a Villa Daniela y él hizo la gestión con el mismísimo Chibolo.

Teníamos que aprovechar las últimas horas en esta bahía. Entonces salimos hacia el occidente a conocer el sitio llamado Sasardí que dicen que es muy bonito. Y si, se trata de un bosque húmedo tropical con muchas otras bellezas:

· Una urbanización de cangrejos, cada uno a la puerta de su casa pero al vernos venir es como si pensaran: ahí viene el hombre, ese temible ser, y se entran rápido a sus cuevas.
· Tendidos de hojas secas gigantes formando una alfombra natural y blanda. Ya se quisieran una igual las estrellas de Hollywood.
· Sobre una roca húmeda hay gran cantidad de caracoles pequeños con sus madres encapsuladas. Una de ellas lleva encima a su cría. No sabía yo que también los caracoles se echan los hijos al hombro.
· Heliconias colgantes de colores muy vistosos y tropicales. Hay muchas matas de estas por todo el sendero.
· Rocas petrificadas a las cuales el mar ha logrado abrirle huecos y hendiduras de tanto golpearlas y persistir.
· Le tomo una foto a un tronco de árbol tan grande que no podría abrazarlo. Está vestido de musgo y como accesorios lo rodean bejucos y otras plantas parásitas pequeñas.
· Hojas redondas de 27 centímetros de diámetro, con nervaduras oscuras y sobresalientes
· Lagartijas correlonas de colores verde y amarillo que dan visos con la luz del sol. Hormigueros en fila india y con su pesada carga vegetal. Gusanos pendulares y cien pies gigantes también hacían parte del paquete.
· Y lo más bonito y nunca visto: unos cangrejos morados y color naranja vestidos con sus mejores galas para vernos pasar antes de esconderse.
· Toda una pared del bosque cubierta con hojas medianas de un color verde claro hermosísimo. Quien va a creer que esa belleza se formó así no más, sin la mano de un hombre que se encargara del diseño. En verdad estas bellezas lo confirman a uno en la idea de un Ser Superior.
· Próximos a la bahía nos encontramos un árbol con guayabas de un sabor reforzado muy rico. El tiempo no nos permite comer sino dos o tres, pero qué delicia! Debo apurar el paso a costa de no ver más los cangrejos en la puerta de sus casas. Como piso más fuerte y ellos tienen sus oídos pegados a la tierra, sienten mis pisadas a distancia y se esconden rápido.

Cuando salgo de nuevo a campo abierto dejo el bastón que venía utilizando clavado en la tierra a la entrada del sendero por si otro caminante quisiera utilizarlo. Al fondo de la bahía está Napú, un sitio a donde llegan los barcos pesqueros y en donde se pueden conseguir crustáceos y pescados.

Desafortunadamente no teníamos tiempo de llegar hasta allá pues hacia las diez y media debe arrimar la lancha por nosotros. Tampoco nos pudimos bañar pues el mar acá es peligroso por las corrientes internas que pueden arrastrar hasta el fondo al bañista. Una gaseosa con papitas donde Laura, y a empacar porque está que llega la lancha. Nunca llegó. Así es la práctica de Calidad en el Servicio de estos lugareños lancheros. Entonces a esperar en el muelle por si pasa alguna panga. Al momento vimos cruzar una que ante nuestras peticiones de auxilio se desvió del camino para Acandí y llegó hasta el muelle. No fue fácil acordar el precio con el barquero, un negro joven y avispado que nos vio la necesidad y se comprometió a llevarnos hasta Capurgana por 30.000 cada uno. Tuvimos que ceder ante sus exigencias pues no nos quedaba otra alternativa. Se llama Carlos el conductor de la panga. Y resultó ser muy conversador y agradable. Celina empezó a entrevistarlo y nos contó toda su vida y aventuras, con algunas exageraciones, claro. Y aventuras, por que qué hombre tan mujeriego y enamorado. Tiene su esposa en Turbo, pero en cada puerto un amor. Y claro, machista a morir. Menos mal le dio varicocele y no puede tener hijos. Pero en San Francisco le van a regalar uno con el cual irá a la notaría y lo registrará como hijo suyo.

Cada mujer tiene un sabor diferente - decía el lanchero -.

Unas son buena gente, pero sin mucho sabor. En cambio otras son mal geniadas pero bastante gustosas.

Quién lo creyera, pero fue una fortuna el que la lancha de Chibolo no hubiera arrimado por nosotros. Con Carlos nos fue muy bien dado que él tenía que arrimar a varios sitios los cuales pudimos conocer. Primero tiramos ancla cerca de unos barcos camaroneros que estaban en alta mar para saludar al capitán. Fue una suerte, porque yo me subí al barco, me hice amigo de Alfonso, el capitán, un ecuatoriano de muchas batallas pero muy formal, sobre todo cuando por el acento se dio cuenta que yo era paisa. Con él recorrí el barco, desde los camarotes hasta el mando y la sala de máquinas. Y lo mejor, al final me dio cinco corvinas del largo de mi antebrazo.

Más adelante nos detuvimos unos minutos en la costa de Caleta, otro puerto y poblado pequeño. Para colmo de bienes la lancha de Carlos traía mangos maduros que disfrutamos mientras el viaje. Elevamos anclas y continuamos la ruta hasta Acandí. Allí cambiamos de lancha o panga como aquí la llaman, y llegamos hasta Capurganá después de haber conocido bastante y disfrutar de un tour muy agradable. Antes de llegar a nuestro destino pasamos frente a playa Soledad y playa Capital, otros balnearios bonitos pero poco habitados. El mar por acá ya es de un azul intenso lindísimo, lo que hace suponer que hay corales en el fondo. Hoy no hizo ni sol ni lluvia, así que fue un tiempo maravilloso. Carlos nos recordó cómo el Chocó, a pesar de ser tan pobre, es el único departamento o provincia de Suramérica que tiene costas distintas en los dos océanos.

La entrada a las bahías, tanto en Acandí como en Capurgana es algo difícil porque allí el mar se encrespa y aunque las olas no se revientan, son bastante fuertes y hacen 'patinar' la panga. Pero en ningún caso la situación se puso crítica. Al cambiar de lancha por una más grande con dos motores Yamaha 200 nos dimos cuenta que tal vez se viaja mejor en una pequeña como la de Carlos que se moviliza pegada a las costas. Es tanto como volar en Twin Otter en el que se conoce más porque vuela más lento y a menor altura.

El pequeño inconveniente ocurrió al desembarcar. Cerca al muelle estaba el jefe del DAS en Capurganá bastante ebrio y le dio por ordenarle a unos policías que estaban cerca que me requisara justo a mí. Yo le dije que no tenía inconveniente pero los policías, claro está no le hicieron caso y más bien se sintieron mal con el funcionario indolente.

Francisco Javier, un vecino de mi urbanización me había recomendado la pensión de Lucía, ahí cerca al muelle. Él estuvo allí con su familia. Así que por $ 15.000 pesos tomé una habitación. Los otros compañeros encontraron cerca camas a cinco mil pesos por persona y con derecho a cocinar en el solar de la casa. En esas apareció Esteban, el cubano, quien no pudo pasar a Panamá pues le exigen de todas maneras tiquete aéreo de ida y regreso. Qué vaina! Menos mal trajimos varios pescados y lo invitamos a almorzar con nosotros.

Todos nos pusimos manos a la obra para prender el fogón de leña y preparar los camarones, las corvinas y los patacones. Porque al final Carlos le regaló camarones a Celina, su entrevistadora. Fue un programa delicioso, muy en equipo y la verdad que todo quedó riquísimo y lo comimos con la mano y sobre hojas de plátano. Quedamos bien satisfechos, pues la corvina es un pescado que tiene mucha carne y es bastante pulpa. Hasta las cinco de la tarde estuvimos dedicados a cocinar y comer.

Capurganá es bien distinto a Triganá. Aquí no hay la tranquilidad y naturaleza de Triganá. Este es un pueblo pequeño, de calles estrechas con mucho comercio de artesanías y productos 'del hueco'. Salí a dar una vuelta por sus calles. Conocí el aeropuerto que es como una calle más y anduve por el muelle en donde disfruté de una gaseosa viendo unos negritos que se bañan en el mar, tirándose desde un viejo barco anclado cerca de la costa. Casi no hay internet que en última instancia depende de que haya fluido eléctrico. A mí como que me están gustando estos climas cálidos y húmedos, para solo tres días, claro está.

Necesitaba un buen baño. El sol y la brisa me aporrearon un poco. Aunque tuvo que ser con agua chorriada, el baño me revitalizó para salir a copiar las fotos de la cámara a un CD. Al poco rato se fue la luz. Me encontré con mis compañeros y el cubano y todos fuimos al Hotel Las Mañanitas en donde estaba funcionando la planta propia. Nos tomamos unas cervezas deliciosas frente al mar. A lo lejos se veían muchos y continuos relámpagos que dibujaban líneas en todas las direcciones y caprichos. Cerca al muro donde conversábamos se escuchaba una melodía sin igual: la que producían las olas que llegaban a la orilla y al devolverse hacían sonar las piedras de la playa cuando chocaban unas contra otras. Parecía un concierto de castañuelas hermosísimo. Mientras tanto, algunos de los temas debatidos en la tertulia con la conducción de Celina, fueron: el amor, las parejas, los hombres y las mujeres.

Mis compañeros no quisieron entrar a la discoteca, no obstante que allí la cerveza costaba los mismos 2.000 pesos que afuera. A las once de la noche me vine para el hotel pues tenía sueño y mucho cansancio.

Miércoles 20 de julio de 2005:

Tan pronto como estuve listo salí a buscar habitación en otro hotel. Esta alcoba de Lucía no me gustó porque está en piso alto y casi no le sube el agua. En el camino me encontré con un grupo que también zarpó con nosotros desde Turbo pero llegaron directo a Capurganá. Me invitaron para ir con ellos a Sapzurro después del desayuno. Me presentaron a Rafael Bello, el dueño de la casa en donde están alojados y por 15.000 conseguí allí una alcoba mucho mejor y en primer piso. Teléfono (094) 682 88 23. Con mis nuevos compañeros comí arepa de huevo en el muelle y trastié mis corotos al nuevo hotel cerca al aeropuerto. Rafael no es nativo sino un paisa que se preocupa porque los huéspedes estén bien y tengan tohalla, papel y jabón. A Lucía le pedí una toalla desde cuando llegué y nunca me la subió.

A las nueve y treinta salimos a pié por el sendero hacia Sapzurro que en lengua aborigen significa: 'bahía profunda'. Nos acompañó Rafael con su filmadora y Rigoberto, un joven moreno muy formal y comedido. Gracias a Rigoberto estoy contando el cuento, pues el me atajó cuando resbalé en el suelo pantanoso y si no ha sido por Rigo me caigo falda abajo. Yo lo molestaba con el chiste:

'Mi mamá me dijo: lo dejo ir a Sapzurro pero si va adelante de Rigoberto pues él le puede salvar la vida'.

Tenía razón mi mamá.

El sendero que comunica a Capurganá con Sapzurro es bellísimo!

Un bosque tropical húmedo muy bien conservado. Al principio está lleno de helechos verdes y absolutamente fértiles. Cuando uno camina las puntas de las ramas le besan las pantorrillas. Mas arriba abundan las palmas de iraca de hojas grandes y con harta clorofila. Y en el descenso priman los llamados platanillos o heliconias. Algunas están florecidas y decoran el bosque con sus pétalos rojo, amarillo y verde que se alternan en la vara y cuelgan muy bonitas. Dice Rafa que es en Enero cuando las heliconias están más florecidas. Alguna vez se planteó la conveniencia de construir un teleférico para cruzar la montaña por el aire, pero debido a la falta de energía se archivó el proyecto.

La subida al alto siempre es pendiente pero aceptable para cualquier persona. Ya en el alto, si uno mira para un lado observa la bahía de Capurganá, más quebrada y amplia y al otro costado está la bahía de Sapzurro mucho más pequeña pero mejor formada y recogida. Sapzurro es la última población de Colombia sobre el Océano Atlántico. Por acá también abundan sorprendentes bellezas:

· En una rama de dos dedos colgaba un nido vacío hecho de pajas, de hermosa filigrana y cavidad profunda. Me sorprendió cómo no había sido destruido a pesar de estar a la orilla del camino.
· Más adelante mi emoción llegó al límite cuando observé cómo saltaba hacia el monte una rana pequeña de fondo negro y pecas de un color verde fosforescente. Qué encanto! Parece de plástico. No había visto nunca un animal tan colorido y bello. Rafa y Rigo no calmaron mi entusiasmo cuando me advirtieron que era muy venenosa.
· Cerca de Sapzurro un árbol de matarratón entrecruza sus ramas caídas sobre el camino formando como un tamiz que filtra el paso y obliga a disminuir la velocidad a los caminantes. Es como un policía acostado, pero en el bosque húmedo.
· En una parte de la vía se escucha insistente el canto de las chicharras. Están en época de apareamiento, nos explica Rigoberto.
· También fotografié un grupo de maticas de hojas anchas y cortas que nacieron en el suelo y dan unos frutos pequeños de color rojo intenso. Se ven como una alfombra decorada a propósito, muy linda

Tantas bellezas vistas en este paseo y dado que ya casi todo mundo tiene cámara digital, me han hecho pensar en la conveniencia de abrir un Portal en internet para que la gente vacie en él y saqué de allí las fotos que desee. Puede ser también un sitio útil para que futuros caminantes planeen su viaje y se fomente el ecoturismo.

Por otra parte sería bueno colocar varios avisos en madera a lo largo del camino, como los que encontré en Baños de Agua Santa, en Ecuador, con leyendas alusivas a la naturaleza y que estimulen la buena conservación del bosque. En esto de la ecología se ha ganado bastante, pero es mucho más lo que falta por hacer. Hoy aprendí que en estas caminatas es preferible llevar la delantera si uno no quiere perderse tantas cosas agradables y bellas. Para los que caminan atrás ya no hay sorpresas: al sentir los pasos, las lagartijas, los cangrejos, los pájaros y las ranas salen a esconderse rápido cuando sienten las pisadas de los caminantes. Quien va de primero aún alcanza a apreciarlos. Rigoberto se subió a una palma a coger los únicos tres cocos que tenía.

Traté de convencerlos de que les dejáramos algo a otros, pero no me hicieron caso. Con el agua de esos frutos calmamos la sed ya en la plaza de Sapzurro, un pueblo pequeño y acogedor. Por ser hoy el día de la independencia hay varias banderas ondeando en las calles. Desde allí llamé a mis hermanas que estaban reunidas en el costurero de Sabaneta.

No nos detuvimos mucho tiempo en Sapzurro, pues la idea era ir hasta La Miel, el primer pueblo en el vecino país de Panamá. Así que con muchos ánimos empezamos a subir las 183 escalas que permiten llegar hasta el alto donde flamean las banderas de los dos países limítrofes. Al borde del camino hay varios árboles sembrados por niños de la escuela de Sapzurro, con protector de madera y los nombres vulgar y científico de cada planta y el del niño que lo sembró. Eso está muy bien.

Los policías de la Guardia Panameña anotaron nuestros datos en el registro de visitantes y empezamos el descenso y en menos de media hora estuvimos en La Miel. En ese momento zarpa una barca de madera desde un muelle natural formado por rocas coralinas. Dicen que va para Puerto Obaldía, la primera población panameña con aeropuerto. Ya en La Miel seguimos hacia el norte por una acera sembrada de palmeras a lado y lado. En diez minutos llegamos a la playa de arena coralina, con un mar limpio, muy azul y de cierta profundidad a pocos metros de la orilla. Hay muchos bañistas y nosotros no nos quedamos atrás. Una vendedora nos da a probar un preparado a base de Sigua, un caracol de mar que 'quien lo come regresa a La Miel' según promete la negra. Acompaño el bocado que tiene un sabor parecido al atún, con una cerveza Soberana, la mejor que se produce en Panamá.

También nos ofrecen 'Coco Loco', una mezcla de licores vertidos dentro de un coco. De este coctel dicen que 'coje más que policía nuevo'. Llegó una lancha de la Policía Panameña, y al coronel que dirige la embarcación le dio por ordenarle al capitán que está al mando de este puesto que se tirara al agua y fuera hasta la lancha. Pero lo hizo no más que para darse ínfulas frente a nosotros de que el coronel era quien mandaba. Estas cosas tan irracionales de la milicia producen rabia.

A las 3:30 llegó la panga que nos regresará por mar hasta Capurganá. La cosa es que va a caer un aguacero fuerte por lo cual corremos a abordar. El mar allí es bellísimo, de un color azul oscuro impresionante. Nunca había visto este color de mar tan intenso en azul. Parece como si se le hubieran derramado miles de frascos de tinta Parker, la del frasco en forma de rombo. Y lo mejor es que cuando las olas pegan contra la roca, las distintas cantidades de agua que regresan tienen tonos más claros de azul hasta el blanco, dibujando un cuadro muy especial de difuminados en color celeste.

En Sapzurro y Capurganá la gente habla con presunción de la filmación de Caracol. Unos porque participaron con las lanchas y la logística, otros porque vieron a Margarita Rosa de cerca y les pareció muy creída, y otros simplemente porque lucen con orgullo una camiseta con el logotipo del Desafío 20 05. Justo después del hito en lo alto de la montaña que señala el punto limítrofe entre las dos naciones, pasamos frente a lo que fue Playa Baja en el reality de la televisión.

Tal como lo esperábamos antes de acercarnos a la 'bahía profunda' se largó un aguacero impresionante. Yo tuve que proteger con varias bolsas plásticas la riñonera donde guardo los borradores del diario y la cámara, pues el agua caía a chorros y con mucha fuerza. Pero era algo maravilloso! Qué espectáculo tan emocionante y divertido. Me sentía feliz. El mar estaba muy quieto y las gotas de agua que caían formaban como pequeñas bolitas de cristal, transparentes y en número infinito. El aguacero con Mária en el mar de Coveñas fue muy divertido, pero este si le ganó en belleza y espectacularidad. Tocamos el agua y la del mar está tibiecita mientras que la que baja del cielo es fría y nos golpea la cara.

Al fin entramos a la bahía de Sapzurro. Llegamos empapados al restaurante en donde nos esperaba un consomé caliente y muy sustancioso, de entrada y pargo rojo frito con patacón de guineo como plato fuerte. Escurrimos la ropa y... a manteles.

Cuando terminamos de almorzar ya había salido un sol suave pero brillante. Anduvimos el pueblo, que es poca cosa, conocimos su iglesia igual al cáncer porque no tiene cura, y la mala noticia fue que mi cámara dejó de tomar fotos anunciándome que la Memory estaba llena cuando solo he disparado diez veces. Qué pesar no poder plasmar estas imágenes tan bonitas. El regreso de Sapzurro a Capurganá fue tan delicioso como no lo habíamos imaginado. Primero pasamos por Cabo Tiburón Chocó Colombia, el mismo lugar que se hizo famoso en el Reality Desafío 20 05 de Caracol. En verdad es una punta de la tierra muy hermosa y verde que se mete al agua. Más adelante está el Peñón del Bobo, otra porción de tierra que sobre sale en el mar. En un árbol hay cantidad de nidos de tijeretas, un ave negra de pecho blanco y cola en forma de tijera. Mientras unas calientan los huevos en sus nidos las otras sobrevuelan el Peñón describiendo círculos concéntricos. Haga de cuenta una urbanización, pero de aves. Por último la isla de Narsa, en memoria de la persona que donó los terrenos para construir el aeropuerto Narcisa Navas de Capurganá. Y ya llegamos al pueblo, con el Hotel Las Mañanitas de techo rojo a la izquierda, el Almar a la derecha y el edificio blanco al norte es el hotel Alcázar.

Rafa me cuenta que en el puente de Octubre se realizan en Capurganá las fiestas de la Sigua, el caracol de mar que probé esta mañana. Para animar los festejos traen una de las bandas ganadoras en el festival del porro de San Pelayo. Y bailan hasta cuando cante 'María Mulata', un pájaro de la región que canta todos los días a las 5:30 de la mañana. Qué delicia de paseo este de hoy. Al entrar al pueblo me encuentro con Carlos, el de la lancha de ayer, prototipo del costeño, alto y moreno de ojos muy expresivos y dientes super blancos. Me preguntó por las muchachas y cuando le conté que no las había visto hoy me recomendó:

'Hombe, no se aleje de las hembras...'.

Llego al hotel donde Rafa me esperaba con la noticia de que debía cambiarme de habitación hacia una improvisada y abierta, en la sala de la casa, pues le había llegado un grupo de huéspedes. Aunque entiendo su punto de vista no me gustó dormir en una alcoba sin baño privado, así que fui a buscar habitación en Los Delfines, el hotel de Aníbal el que tiene una venta de ropa y artesanías a la entrada del pueblo. Inmediatamente me trastié para mi tercer hotel en dos días. Así es la vida de un aventurero como yo: 'con la casa a cuestas y al azar'.

En una sala internet intenté copiar las fotos a un CD, pero algo se dañó, no sé si la cámara o la Memory Stick. Cerca del muelle estaban los amigos que conocí en Turbo. Querían bailar y no me hice rogar. Las mejores piezas las bailé con Carolina: 'El cumpleaños' de Diomédez Díaz y 'Yo la sigo amando', el vallenato de moda. María me contaba bellezas sobre Buritaca, un sitio muy bonito a una hora de Santa Marta que tiene la particularidad de ofrecer no solo mar sino también un río de agua dulce que desemboca ahí mismo. Qué bueno sería conocerlo. De Capurganá solo me falta la caminada 'al cielo', un sitio bonito al cual se llega después de atravesar muchas veces una misma quebrada. Mis amigos hicieron el recorrido a caballo esta tarde. Las bestias se las alquilaron a 10.000 pesos la hora.

Antes de acostarme lavé ropa en un lavadero muy amplio del segundo piso. Yo ya había visto a un homosexual que también está alojado acá. Me saludó extrañado de que estuviera solo, a lo cual le respondí cortante y se fue. Hum, qué tal... Tanto pescado que comimos hoy como que recargó de energía mi organismo y solo pude conciliar el sueño después de la 1:30 cuando se fue la luz.

Jueves 21 de julio de 2005:

Desde las cuatro de la mañana empezó a cantar el gallo. Pero no allá lejos, sino aquí a 93 centímetros de mis oídos. Debía ser un animal de muchos colores y 8 libras y cuarto de peso. Menos mal estiraba el pico cada dos minutos y medio. En los 150 segundos de intervalo, algo podía dormir. El día de hoy es de un sol radiante. Desde las 6:15 los rayos de luz entraron por la ventana de la habitación. Cuando salí a desayunar observé los cables de la energía repletos de golondrinas. Hermosas, acicalándose unas y muy tranquilas todas, sin afán de salir para otro lado en vista del día de verano que nos espera acá. A las siete y treinta estuve cerca al muelle para salir hacia el archipiélago de San Blas en Panamá, en un tour organizado por el Hotel Almar. Saludé a Esteban quien esperaba la panga para Turbo. No tuvo forma de lograr su objetivo de llegar hasta Costa Rica. Le di ánimos:

'A veces cuando uno más perdido se siente, es cuando la oportunidad está más cerca'.

Ojalá le vaya bien al cubano. Le sugerí que tratara de conseguir un trabajo en Turbo para que cubriera sus gastos con algunos ingresos. Y que, eso sí, mente positiva, por más perdido que le pareciera estar.

Mientras tanto en el Hotel Almar, al norte de la bahía ya se estaban agrupando los turistas para abordar el yate. Para quienes no estamos hospedados en el hotel el paseo cuesta cien mil pesos por persona, incluye refrigerios y almuerzo y estaremos todo el día por fuera. A la hora de la verdad no es tan costoso.

Varias parejas como de recién casados abordaron el bote en luna de miel. Como en el Valle los colegios tienen calendario B hay muchos caleños de turismo. El valluno es el idioma predominante ahora en el golfo.

A las nueve se elevaron las anclas. Este bote parece un yate y es genial: grande, muy bonito, cómodo y panorámico, le da a uno sensación de seguridad. Tiene gran fuerza y desarrolla mucha velocidad. Su capacidad es de 35 pasajeros y de Capurganá salimos 24 turistas. Me felicito por poderme dar este gusto con mis propios recursos. Antes, para darme estos lujos dependía, de las empresas en las cuales trabajaba. Tan pronto estuvimos navegando todos empezaron a preguntar y el guía les indica dónde quedaba Playa Alta y Playa Baja, los escenarios del Desafío 20 05. Esta lancha en la cual vamos se utilizó alguna vez para transportar a los participantes de esa competencia.

De Cabo Tiburón Chocó Colombia nos devolvemos para entregar en el puerto una barca rústica que estaba a la deriva en alta mar. Es la misma en la que andaban ayer dos negritos remando solo con dos tablas sin forma de remo. Dejamos la barca en Sapzurro y vuelven a acelerarse los motores. Es algo emocionante y muy bonita la estela de agua blanca que dibuja el yate a su paso. Me ubico en la proa, como buscando un 'number one' o sitio de privilegio. La brisa es deliciosa y el mar azul se ve muy fuerte. Cuándo iba a creer yo que las imágenes que veía por televisión tomadas desde un helicóptero las iba a contemplar ahora en vivo y en directo...

De nuevo cruzamos Cabo Tiburón y unas millas más adelante entramos a territorio panameño. Dairo el guía nos invita a mirar a estribor para ver unos peces voladores, pero yo por lo menos no ví nada parecido. Al acercarnos a Puerto Obaldía las aguas del mar eran tan claras que se podían ver los peces pequeños contra el fondo de piedras. Debemos salir del yate mientras se tramita el permiso de ingreso a Panamá. Muy visible se lee una máxima de la policía panameña:

'Nuestra fuerza no está en lo que tenemos, sino en lo que hacemos con lo que tenemos'.

Ahí mismo salgo a recorrer las calles del municipio. Sus habitantes tienen tipo indígena, de pelo lacio y pequeña estatura. Cerca de la playa hay un parquecito bonito en donde nos agrupamos a la espera de la orden para regresar al yate. Pero parece que hay inconvenientes porque los funcionarios encargados de inmigración acaban de salir de su despacho. Vemos los vestigios de la fiesta que hubo ayer acá en Puerto Obaldía. El cónsul de Colombia disponía de 2.500 dólares para gastar en comida y ron para todos. En este puerto no hay automóviles. La mayoría de las casas son de eternit, pero aún quedan muchas con techo de paja. Las calles tienen un andén central por el que transita la gente. Nos advierten que es prohibido caminar por la pista porque está para aterrizar un avión y eso para mí es una buena noticia. El aeropuerto de Puerto Obaldía atraviesa y divide en dos el pueblo. Es una pista con premio de montaña pues termina en ascenso. Hacia un lado de la pista hay una pequeña bahía. Allí permanecen y desde allí zarpan barcos pequeños que utilizan como muelle las estrías de los arrecifes de coral.

Me llama la atención cómo la gente de este puerto saluda. Los niños de la escuela cuando salen a recreo van hasta sus casas a tomar la media mañana y regresan al salón de clases. Cuando salí a conocer otros frentes aterrizó el avión, un Twin Otter de Aeroperlas que traía solo cuatro pasajeros procedentes de la capital. Pero llevará el cupo completo con pasajeros que pagaron 55 dólares para llegar hasta Ciudad de Panamá. El motor del lado opuesto a la puerta de acceso al avión no fue apagado mientras el embarque. El piloto lleva en la corbata un prendedor con la bandera de EE UU. No obstante en estos pueblos al capitán de la nave le toca hacer de todo: bajar los equipajes, cuñar el avión con un trozo de madera, recibir los pasabordos, etc. Y claro, mi gusto por la aviación me impedía moverme de allí hasta tanto decolara la aeronave.

Han transcurrido cuarenta minutos y seguimos esperando que aparezca el funcionario que autorice nuestro ingreso a Panamá. Mientras tanto averiguo sobre un árbol del pan que hay cerca al muelle. Uno de los lugareños me cuenta que así se llama, pero es una variedad distinta a la que yo conocí en Santafé de Antioquia. La pulpa no la ofrece en pepas con cáscara café sino que el fruto es todo pulpa parecido a una papa. Y sabe casi lo mismo cuando se come en sopas o como guarnición.

Una pareja de franceses comenta sobre la baja del Euro a raíz del No por parte de Francia y Holanda a la Constituyente Común para los 25 países. De 3.200 que se cotizó hace unos meses, ahora el euro se compra por 2.800 pesos colombianos. En esas nos informan que podemos embarcar una vez que el funcionario perdido dio las instrucciones por radio, para que ingresáramos en aguas panameñas. Más adelante nos enteramos que el oficial no se había perdido sino que estaba atendiendo la captura de ilegales colombianos y ecuatorianos que habían sido capturados cerca de Puerto Obaldía.

De nuevo sobre las olas me pongo a conversar con Gloria, una chica de Andes que se bajó en el Almar. En esas los guías nos alertan sobre la presencia de delfines saltarines. Y sí, qué espectáculo tan maravilloso y divertido: van casi siempre por parejas y de un momento a otro empiezan a saltar sobre las olas. Y lo mejor es que saltan como si fuera a propósito, para lucirse ante nosotros, brincan aquí no mas pegados al casco del yate. Preciosos! Todos gritamos al verlos tan de cerca y tan graciosos y los delfines con más ganas continúan su show. Al final los delfines descubren que si nadan detrás del yate encuentran no se si alimento o aguas calentadas por el motor, pero se pasan a nadar debajo de la estela que dejan las aspas. Bueno, ya no tendremos que ir a Miami para ver los delfines inteligentes, aquí no mas nos han presentado su espectáculo. Y no en cualquier piscina, sino sobre este mar azul hermoso, con un sol radiante y por iniciativa de ellos, sin que tengamos que entregarles ninguna recompensa.

Esto parece un sueño. El mar continúa tranquilo, de color azul intenso en un día inmejorable. La brisa nos pega en el rostro, delicioso. Después de hora y media de navegar a buen ritmo llegamos a un banco de arena en donde nos invitan a un refrigerio: sánduche muy rico de jamón y queso con gaseosa, cerveza o agua. Y a disfrutar del mar. El paisaje aquí es hermosísimo y la arena muy blanca. Todos nos bañamos y algunos incluso se van con máscaras al lugar de los arrecifes para observar peces de colores. Yo me entretengo conversando con Gloria, una chica que trabaja en una Fundación que construye Vivienda de Interés Social en el suroeste.

Volvemos a embarcar y pasamos por otras dos islas habitadas: Caledonia y Cuba, con casas cuyas paredes están hechas con juntas de caña brava y techo de paja. Las casas son pegadas unas de otras con escaso metro y medio para el desplazamiento. Estas casitas me recuerdan las que uno dibujaba en primaria como la residencia de los indios antes de la conquista. Solo que las de acá son rectangulares, no redondas como las de los cuadernos escolares. Me encantaría ir en el capacete del yate en donde está el timón, y donde se ubicaron algunos compañeros, pero ni riesgos de exponerme a este sol canicular.

Al fin llegamos a Tubualá. Arrimados al muelle nos esperaba un mar de niños que saludan con un 'hola'. Todos tienen facciones indígenas y pertenecen a la tribu de los Cuna. Si digo que son muchos es porque pasan del montón. En esta comunidad sí tienen televisor pero carecen de fluido eléctrico. Los niños tienen edades entre cinco y catorce años, de cabello lizo y ojos rasgados. Algunos ansiosos, muchos sonrientes pero casi todos alegres. Y no es para menos pues saben que de regalo les traemos dulces, o como ellos los llaman: pastillas.

Qué lástima haberse dañado mi cámara para fotografiar estas caras tan bonitas. Omar Gordillo el pintor valluno se sentiría feliz acá viendo estos niños pobres como los que él pinta a carboncillo: casi todos en edad escolar, sonrientes, con ropa que a veces les queda grande y a veces corta, zapatos invertidos, cordones a medio apuntar y falda con parte del ruedo suelto. Menos mal los de Tubualá casi todos tienen los dientes sanos y solo recuerdo uno de prominente 'estógamo', como dirían ellos. (Léase barrigón). El cielo continúa despejado y el sol de medio día pega bien duro. Además aquí no hay ningún árbol, total que debemos estar a unos 38 grados de temperatura. Nos informan que debemos esperar dentro del yate hasta cuando el jefe de la tribu autorice el desembarco. Llega un adulto hablándoles a los niños en su lengua y se los lleva muy organizados hacia el centro del poblado. Mientras tanto una avioneta de la Fuerza Aérea Panameña aterriza en una isla cercana.

'Haber señor escritor' - me saluda Angela, la paisa, amiga de las caleñas. Ya casi todos los del yate me han visto escribir a cada rato y como que sienten curiosidad. Para mí se ha vuelto una necesidad y un gusto consignar por escrito todas mis observaciones y recuerdos, máxime hoy cuando no tengo cámara. Ojalá todos los turistas hicieran su diario de viaje. Nos informan que debemos dejar la nave y desplazarnos tan ordenadamente como lo hicieron los niños hacia el centro del poblado.

En un salón muy grande especie de templo o auditorio están reunidos los niños, expectantes y en relativo silencio. Esta sala también está hecha con juntas de caña brava y techo de palma, y es de una arquitectura bien bonita. Tiene 15 metros de ancho por 85 de largo. El techo está sostenido por cinco pilares de macana muy gruesos. En el centro, recostado en un chinchorro y con una solemnidad tranquila y natural, se encuentra Guillermo Pérez, el Sayla o jefe de la tribu. Tiene 63 años y hace 23 que es el líder de la comunidad. Con razón dicen que 'cuando el Sayla habla, todo el mundo obedece'. Hay tres grados de Sayla entre los indios cuna, cuando uno muere se desplaza la jerarquía y el nuevo que se elige ocupa el tercer lugar en autoridad y mando.

Atrás en grupitos pequeños entre risas y chismoseos observan las pre-adolescentes. Como que ya se fijan en la figura y atuendos de los turistas. En cambio las mayores de trece años, casi todas colaboran con sus familias en trabajos menores y generalmente llevan un hermanito cargado. Para sostener bien al niño lo colocan sobre su cresta ilíaca al tiempo que inclinan el tronco hacia el lado contrario donde el infante arquea sus piernas. Algunos varones se interesan en mirar lo que escribo. Principalmente Tino, un indígena de unos 17 años, grueso pero de baja estatura. Desde cuando entré se me hizo al lado diciéndome que él era mi 'seguridad'. En cristiano: Tino quería ser mi escolta. Yo le agradecí el gesto y desde ese momento fuimos no más que amigos, uno del otro y otro del uno.

Los compañeros del yate empiezan a repartir los dulces. No hay estrujones ni gritos, todo es con orden y método. La disciplina es una de las cosas que más me ha gustado de esta comunidad. Un compañero de Tino se le acerca y le dice:
'Yucu jaqui negula istende, me patía sine yegue Jucurunda malu yeui'.

Es entonces cuando Tino ejerce también como traductor. Lo que el otro le pidió fue que me dijera a mí que el vende chaquiras a dos mil pesos. Los accesorios que llevan las mujeres es lo que más llama la atención. Las indígenas mayores se colocan apliques de oro en la nariz, mientras que todas las mujeres llevan tanto en las piernas como en los antebrazos una especie de medias sin talón ni puntera hechos con chaquiras de colores muy vivos.

Seguramente antes utilizaban frutos naturales y ahora echan mano de las chaquiras plásticas que son más económicas, duraderas y de tintes muy variados. En la ciudad se usan para elaborar manillas y collares. Las indias combinan especialmente los colores negro, rojo, naranja y verde. Se les ven muy bonitas, además de la blusa de mangas bombachas y diseño de mola, adelante. La falda que se colocan las mujeres es una especie de túnica o lino estampado que se envuelven en la cintura. Se llama Sapure.

Terminada la repartición de 'pastillas`, salimos todos del salón hacia un patio descubierto y a pleno sol. Allí dos grupos de hombres y mujeres nos ofrecen el espectáculo de la Danza Cuna. Los hombres no llevan ningún adorno o atuendo, están vestidos con su ropa 'formal'. Ellos tocan instrumentos de viento hechos con bambú y muy parecidos al charango. El sonido es similar y el ritmo llevado con pequeños brincos es el típico de estas comunidades.

Las mujeres tienen camisas confeccionadas con molas de figuras geométricas y mangas bombachas de flores estampadas. Son ellas las encargadas de llevar el ritmo haciendo sonar las maracas. Las bailarinas son todas indias jóvenes y, como cosa rara, todas tienen el cabello corto.

Terminado el baile es hora de irnos. Mientras caminamos entre las casas veo muchos capachos de coco secándose al sol. Me cuentan que los utilizan para cocinar los alimentos. Le pido a Lucas, que me tome una foto con mi amigo. Quiero tener un recuerdo de su amistad y compañía. Nos despedimos de todos, pero tan pronto arranca el yate, algunos niños y jóvenes empiezan a gritar: Gérman, Gérman, en un coro iniciado, claro está, por Tino. Ha sido este un día emocionante e inolvidable! Salimos a un mar azul divino! Además se ven unas cuantas nubes, palmeras, montañas y copiosa vegetación. Me ubico en la proa con la brisa muy fuerte de frente para no perderme semejante variedad y belleza. Una pequeña bandera de Colombia flamea en lo más agudo de la proa. Victoria, una de las caleñas que va a mi lado, asegura que este mar es más bonito que el de San Andrés, y yo si creo.

Llegamos a otra isla donde nos recibe Vitelbo, un indio albino que los guías nos muestran como una rareza y está encargado del mantenimiento de la playa. Es que los indígenas se casan únicamente entre ellos mismos y por eso se dan estos casos, fruto de relaciones incestuosas. Como evito bañarme en la playa con este sol tan picante de las dos de la tarde, aprovecho para conversar con Marcela, una contadora y esposa de Lucas, el de la foto. Ambos son paisas y claro está, muy amables. Marcela me muestra en la pantalla de cristal de su cámara las fotos que ha tomado, especialmente aquella en la que yo quedé al lado de Tino. Espero recibir estas fotos por correo electrónico.

Qué lugar tan hermoso! Atrás nuestro los árboles y el follaje y adelante el mar con franjas de colores diversos: verde-amarillo, verde-blanco, verde oscuro, verde-azul, verde intenso y azul oscuro. Con este panorama de fondo nos llaman a tomar el almuerzo buffet, servido por los guías que ahora ejercen como meseros. Pollo y pescado apanados con frutas y postre muy ricos. Mientras almorzamos converso con Lucas el personero, acerca de su trabajo y de la labor de sus colegas en los colegios.

El tema alcanza incluso hasta el tinto de las dos y media. Ya con el sol inclinado nos metemos todos al mar hasta las cuatro de la tarde cuando los guías nos invitan a caminar al mirador, en el alto de una montaña pequeña. Allí se llega después de ascender diez minutos por una falda muy empinada. Pero vale la pena el esfuerzo. La vista es la más hermosa! De norte a sur se ven las islas: Ballena, Tubualá y Caledonia. El mar se ve azul y vetiado de verde. La cordillera del Darién al fondo, islotes pequeños cargados de vegetación flotando en el mar, mientras el sol empieza su descenso por el occidente.

Caímos del mirador directo al mar. El agua estaba tibia y el sol bajito. Allí conocí a Susana, hermana de Gloria, quien se desempeña desde hace años como Secretaría. Es muy buena conversadora y entretenida. Como quien dice, lo que yo escribo, ella lo habla. A las cinco de la tarde elevaron anclas e iniciamos el regreso a Capurganá. Pero antes fue necesario arrimar de nuevo a Tubualá para devolver unos insumos. Y cual no fue mi sorpresa cuando en el mulle estaban de nuevo Tino y sus compañeros gritando: Gérman, Gérman. Les agradecí con la mano y continuamos este viaje de fantasía que pocas veces podrá repetirse. Me ubiqué en el mejor puesto: la cubierta de proa con todo el mar a la vista, un cielo despejado que empezaba a opacarse y la brisa marina pegando fuerte contra mi cuerpo. Hacia atrás el panorama es otro pero también precioso. Me refiero al agua chapuceada por las aspas de un blanco intenso y burbujeante, seguido de una estela de orillos como cordones gruesos y blancos, abiertos cada vez más a medida que se distancian del yate.

Hicimos una pequeña escala en Puerto Obaldía para cumplir requisitos de emigración y seguimos sin más paradas hasta nuestro destino final. De nuevo disfrutamos la vista sobre las bahías de La Miel y Sapzurro y la punta del Cabo Tiburón. Y qué belleza la vista de las tijeretas próximas a dormir en sus nidos. Cuando entramos en la bahía de Capurganá ya destellaban algunas luces de las casas y los hoteles. El cielo ahora pintado de nubes grises y oscuras lucía lúgubre pero igualmente hermoso.

Por las calles del pueblo saludé a mis amigos Fernando y compañía. Me di un baño reparador y estuve viendo el primer tiempo del partido Colombia 2 Panamá 3 por la copa de oro en Estados Unidos. A las ocho estuve en las playas del Hotel Almar porque quería conversar con Angela y para conocer cómo eran las carreras de sapos que allí se iban a celebrar. Pero los sapos no son los mejores corredores ni tienen mucho sentido de competencia. Ninguna de las siete carreras terminó en la meta. Lo que siempre ocurría era que el batracio saltaba la cerca, (en eso sí es experto) y hasta ahí llegaba todo dando como ganador al sapo que permanecía en la pista.

Por fin como a las diez de la noche terminaron las competencias y sentados en sillas Rimax, me puse a conversar con Angela en la arena frente al mar. Por si faltara algo, la luna llena colgaba del cielo al frente y en su mejor noche. Nada nos hacía falta, excepto unos cocteles que Angela se hizo servir en el bar del hotel. Conversamos delicioso, como hasta la una de la mañana.


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Capítulo 1
 
 


 

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  • 1

    Triganá, Capurganá y Sapzurro

    Urabá, Colombia | 23 de junio de 2008