Transmongoliano Verano 2008
Escribe: Gor-K
El viaje que me permitió recorrer prácticamente el continente asiático de punta a punta. Desde Pekín (China) hasta Moscú (Rusia), un viaje de unos 6 000 km donde pudimos ver culturas muy dispares, así como parajes increibles: desde desiertos áridos, lagos inmensos, profundos bosques de coníferas, junglas asfixiantes y urbes masificadas. Claramente, algo de lo que estaré orgulloso el resto de mi vida.
Billete nº2: Ulaanbaatar - Irkutsk
Ulán Bator, Mongolia — jueves, 7 de agosto de 2008
Este tren era más ruso que el primero que cogimos, que tenía muchos detalles chinos. La verdad es que era más nuevo y me resultó más cómodo. Teniendo en cuenta que ese mismo día habíamos amanecido en un ger del desierto del Gobi, ya cerca de Ulan Bator; que habíamos llegado a la capital, nos habíamos duchado y habíamos comprado la comida, desayuno y cenas para nuestro trayecto en tren, subimos ya al tren agotados de tanta aventura en el polvo del desierto. Esa noche enseguida nos hicimos los bocadillos de jamón con tomate natural (un placer dejar el arroz con cabra vieja de los nómadas mongoles y cambiar los hábitos alimenticios) y nos metimos a la cama, sin más demora. La verdad es que eran un lujo comparadas con las de los gers.
Cuando desperté a la mañana siguiente, noté que estábamos parados. Había descansado como un bebé. Me asomé por la ventana del pasillo y ¡sorpresa! Estábamos parados porque la locomotora y el resto de los vagones... ¡Habían desaparecido! Todo resultó ser que el tren que habíamos cogido la noche anterior en Ulan Bator seguía las vías del transmongoliano, pero no llegaba hasta Rusia. Sólo nuestro vagón y alguno más hacían ese recorrido. Por eso, en ese lugar, nos habían desenganchado del tren mongol para reengancharnos con el que realmente llegaría hasta, al menos, Irkutsk.
Me pasó las dos noches lo mismo, tanto la noche en el tren que nos llevaba a Ulan Bator, como esta: al amanecer, el paisaje había cambiado bastante con respecto a lo último que recordaba de la tarde anterior. En el primer caso, dejé los prados chinos, aún verdes (tampoco era una jungla húmeda típicamente asiática, pero paisaje verde, vaya), y amanecí en mitad de un desierto de tierra ocre y polvo. En este caso, dejé un paisaje soleado y algo seco, para retornar a uno más húmedo y nuboso: llovía.
Antes de nos engancharan al nuevo convoy, nos dio tiempo a bajarnos en la estación y hacer algunas compras. Cuando retomamos la marcha, no pasó más de una hora y algo, que llegamos a la frontera con Rusia. Estábamos mirando por la ventana, disfrutando del cambio de las colinas de Ulan Bator, de prado verde huérfanas de árboles, por las siberianas, plagadas de troncos de pinos altos y marrones, cuando observamos que el tren aminoraba la marcha hasta detenerse. Unos militares rusos, con gorras de estas de capitán altas que tantas veces hemos visto en películas de James Bond, acompañados de pastores alemanes, se prestaban para subir a bordo. ¡Menudo miedo, que vienen! La verdad, es que imponían un poco.
Tocaba paso fronterizo, y no habíamos tenido una grata experiencia entre China y Mongolia, esperando durante tantas horas. A ver qué tal los rusos. Nada. El proceso fue igualmente aburrido, largo y tedioso. Primero, entraron los guardias a registrar los compartimentos en busca de polizones y contrabando. Ahí hacían su labor los perros. Luego, unos militares mongoles nos pidieron los pasaportes, visados de Mongolia y los papeles de declaración que rellenamos al entrar al país. Ya podíamos salir del país y teníamos el sello en nuestro pasaporte. Y de seguido, una militar rusa con pintas de castigadora (es que no veáis como imponían los militares rusos. Parecían estar enfadados...), nos pidió de nuevo los pasaportes y repartió unos papeles para declarar lo que metíamos al país.
Parece que todo estaba en orden. Al cabo de un buen tiempo (yo diría 2 horas, pero hablo de memoria), nos devolvieron los pasaportes con el sello de entrada al país en la página de al lado del visado que traíamos desde España: éramos bienvenidos. Definitivamente llegué a la conclusión de que lo peor de este viaje eran, y serían, los pasos fronterizos. Eran largos, muy largos y lentos. Y no podías hacer nada más que esperar en el compartimento a que te devolvieran tu pasaporte. Al menos en este, no hubo cambio de vías y eso agilizó el proceso más que cuando entramos en Mongolia.
Cuando reanudamos la marcha, ya legalmente en Rusia, era por la tarde. Nosotros habíamos aprovechado el paso fronterizo para comer. ¡Cómo se notaba que no era el primero que pasábamos y habíamos aprendido bien la lección!
Pasamos la tarde como pudimos, cenamos y nos dispusimos a pasar nuestra segunda noche consecutiva y, a la vez, última. A las 7:00 de la mañana del día siguiente estaba prevista la llegada a Irkutsk.
Tips:
En los trenes rusos del transmongoliano, se suelen pasar las empleadas vendiendo empanadillas gigantes de carne, del tamaño de "Calzone" italianas. Creo que se llamaban dumplings. No las dejéis escapar! Nos sabían a gloria y es un buen complemento a los alimentos que llevéis en el viaje en tren.
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Últimos comentarios
Tafuri dice:
Muy weno!!
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