Tunis
Tunis, Túnez — sábado, 29 de diciembre de 2007
29/12/07 Llegada al aeropuerto de Tunis-Cartagho: trasiego de gente, piel tostada, mujeres con velo. Espera para el famoso trámite del pasaporte rellenando el papelito blanco. Los policías de aduana parecen robots sellando pasaportes con la fecha de entrada. Pasada la traba administrativa ya nos encontramos oficialmente en Túnez.
Nos recibe una marabunta de personas esperando a familiares, carteles en francés y árabe con letras azules sobre fondo blanco, Túnez está bañado por el Mediterráneo y eso se nota hasta en la elección de colores. .
De fondo se oye el canto de bienvenida berebere que hacen las mujeres moviendo la lengua con mucha rapidez emitiendo un grito agudo y continuo. Chocante: veo un ascensor exterior con forma de supositorio, como una cápsula, con partes doradas, no pega ni con cola. Nacho y Majo nos reciben con pasteles típicos, sencillos, dulces, deliciosos. Leve llovizna.
El hotel Maison Doreé está al lado de la avenida más famosa de Túnez, la Habib Bourguiba, padre de la nación y presidente durante unos treinta años del país, también vemos carteles con fotos de la otra persona más conocida en Túnez: Ben Ali, actual presidente y ya lleva 15 años, sobre el fondo rojo de la bandera de la nación. Hotel antiguo, desvencijado y con encanto, urbanita, espacioso, habitación de almohadas duras, decoración de escaso gusto, tonos pasteles: me encanta. Si bien tardo un buen rato en descifrar el funcionamiento de la cisterna. Paseamos por la alargada y amplia avenida, al fondo vemos la torre del reloj iluminada, sucedáneo del Big Ben, marrón y color oro.
Nos dirigimos al Café Bagdad que está camuflado en una callejuela. Tomamos té con piñones y fumamos en cachimba tabaco de manzana y simplemente nos dejamos llevar: relax y conversación. Tras pasar allí más de una hora integrándonos en el ambiente entre el humo suave y oloroso, decidimos ir a tomar algo. Mayoría de hombres por las calles, terrazas repletas si bien todavía llueve levemente.
Cenamos kebap, pizza y crepes. Bajamos la cena dando un paseo hasta la Puerta de Francia, vía de acceso a la medina, sitio no recomendable de noche. Plaza y fuente de chorros de agua que salen de varios orificios del suelo, ahora apagados. Al lado del hotel está la embajada de Francia, edificio de estilo europeo y sobrio flanqueado en sus cuatro esquinas por garitas con policías armados resguardándose del frío y la lluvia. Y la catedral enfrente con una estatua de Dios en su parte superior extendiendo las manos con sus rechonchos dedos.
Nos abre la puerta el botones (lleva uniforme) de unos cincuenta años, amable, rostro tranquilo; y el tranvía que atraviesa la avenida tan romántico y práctico, o el cliente en la recepción del hotel, sentado, observando, europeo con peinado que pretendía ser moderno, silencioso, parecía sacado de una novela de Bowles, misterioso. Le observo a través del espejo. Inmutable, hierático, estatua. ¿Qué misterios esconde?
La lluvia golpea los cristales ligeramente pidiendo entrar. Las farolas de la avenida, afrancesadas, de las que se descuelgan las luces amarillentas, parecen gotarrones de ámbar, y de los dedos rechonchos del barbudo Dios de la catedral con ojos fijos, firmes y autoritarios ante los cuales los viandantes pasan indiferentes, caen gotarrones de fe cristiana, ineficaces (eso creo) en esta parte del mundo pues aquí es Alá quien gana el pulso.
Nos recibe una marabunta de personas esperando a familiares, carteles en francés y árabe con letras azules sobre fondo blanco, Túnez está bañado por el Mediterráneo y eso se nota hasta en la elección de colores. .
De fondo se oye el canto de bienvenida berebere que hacen las mujeres moviendo la lengua con mucha rapidez emitiendo un grito agudo y continuo. Chocante: veo un ascensor exterior con forma de supositorio, como una cápsula, con partes doradas, no pega ni con cola. Nacho y Majo nos reciben con pasteles típicos, sencillos, dulces, deliciosos. Leve llovizna.
El hotel Maison Doreé está al lado de la avenida más famosa de Túnez, la Habib Bourguiba, padre de la nación y presidente durante unos treinta años del país, también vemos carteles con fotos de la otra persona más conocida en Túnez: Ben Ali, actual presidente y ya lleva 15 años, sobre el fondo rojo de la bandera de la nación. Hotel antiguo, desvencijado y con encanto, urbanita, espacioso, habitación de almohadas duras, decoración de escaso gusto, tonos pasteles: me encanta. Si bien tardo un buen rato en descifrar el funcionamiento de la cisterna. Paseamos por la alargada y amplia avenida, al fondo vemos la torre del reloj iluminada, sucedáneo del Big Ben, marrón y color oro.
Nos dirigimos al Café Bagdad que está camuflado en una callejuela. Tomamos té con piñones y fumamos en cachimba tabaco de manzana y simplemente nos dejamos llevar: relax y conversación. Tras pasar allí más de una hora integrándonos en el ambiente entre el humo suave y oloroso, decidimos ir a tomar algo. Mayoría de hombres por las calles, terrazas repletas si bien todavía llueve levemente.
Cenamos kebap, pizza y crepes. Bajamos la cena dando un paseo hasta la Puerta de Francia, vía de acceso a la medina, sitio no recomendable de noche. Plaza y fuente de chorros de agua que salen de varios orificios del suelo, ahora apagados. Al lado del hotel está la embajada de Francia, edificio de estilo europeo y sobrio flanqueado en sus cuatro esquinas por garitas con policías armados resguardándose del frío y la lluvia. Y la catedral enfrente con una estatua de Dios en su parte superior extendiendo las manos con sus rechonchos dedos.
Nos abre la puerta el botones (lleva uniforme) de unos cincuenta años, amable, rostro tranquilo; y el tranvía que atraviesa la avenida tan romántico y práctico, o el cliente en la recepción del hotel, sentado, observando, europeo con peinado que pretendía ser moderno, silencioso, parecía sacado de una novela de Bowles, misterioso. Le observo a través del espejo. Inmutable, hierático, estatua. ¿Qué misterios esconde?
La lluvia golpea los cristales ligeramente pidiendo entrar. Las farolas de la avenida, afrancesadas, de las que se descuelgan las luces amarillentas, parecen gotarrones de ámbar, y de los dedos rechonchos del barbudo Dios de la catedral con ojos fijos, firmes y autoritarios ante los cuales los viandantes pasan indiferentes, caen gotarrones de fe cristiana, ineficaces (eso creo) en esta parte del mundo pues aquí es Alá quien gana el pulso.
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