Túnez: riquezas a las puertas del Sahara (parte I)
Escribe: Budha
Tierra hospitalaria, llena de coloridos y de contrastes, olores de especias y perfumes, donde se puede disfrutar de una belleza natural, ciudades antiguas, fiestas vivas, y la amabilidad de su gente, una de las tradiciones más arraigadas en sus costumbres, desde los tiempos más remotos...
Túnez
Tunis, Túnez — martes, 2 de febrero de 2010
Comparada con las capitales de otros países, no resulta mucho más grande que el resto de las ciudades del país. El centro de la capital es fácil de conocer ya que los lugares más bonitos se encuentran en el interior de la medina y de la «ville nouvelle», la parte nueva. La medina es el corazón histórico y cultural de la moderna Túnez y uno de los mejores lugares de la ciudad. Fue declarada parte del Patrimonio Universal de la Humanidad por las Naciones Unidas en 1981. Su estructura fue construida en tiempos de antiguas civilizaciones, fue sufriendo en su fisonomía urbana los cambios derivados de la sucesión de gobernantes y se convirtió en una moderna ciudad colonial francesa en los siglos XIX y XX. De tiempos islámicos nos queda reconstruida la mezquita de Zitouna, remozada en el siglo IX. Sus constructores utilizaron 200 columnas procedentes de las ruinas romanas de Cartago para la principal zona de rezos.
Sinfonía en cúpulas y terrazas, inteligencia y armonía del urbanismo, sombras frescas y olores de otros tiempos, así es la Medina de la capital de Túnez. Rodeada de murallas que se abren en grandes puertas, alberga viviendas, palacios, cementerios, almacenes, plazas y jardines, artísticas terrazas y esbeltos minaretes. A través de un entramado de calles, callejuelas y callejones ensamblados como en una inmensa red, la Medina, todo un cuerpo con vida, conserva los misterios y el encanto indefinible del paso de la historia.
Así como en Túnez -la ciudad mestiza que se fue conformando con sucesivas migraciones- los palacios turcos contrastan con las mezquitas moriscas y los letreros en árabe con los anuncios en francés, las intrincadas callejas de la Medina, a veces casi pasadizos, contrastan con los bulevares que se extienden radicalmente a partir de la avenida central Bourguiba, homenaje al presidente que modernizó Túnez y condujo la evolución social del país. La avenida es un eje urbanístico con escaparates de flores sobre los que revolotean millares de pájaros, que permite recorrer la ciudad capital, y sentir su alma a través de la arquitectura de líneas barrocas que se mezclan con estilos futuristas en una escenografía donde conviven pasado y presente.
A la Medina se puede subir por la Rue de la Kasbah o por la Rue Djemaaa el Zitouna, que desemboca en la Gran Mezquita, en cuyos alrededores están situados estratégicamente los zocos. Los mercados árabes no tienen fin: desde el zoco Al Attarine (de perfumes) hasta Al Trouk (el de los turcos), pasando por el pozo de las mujeres, de la lana o de los orfebres, cada tienda y cada vendedor permiten explorar un poco de ese arte del regateo que tan atractivo resulta en el mundo africano. Por las dudas, hay que recordar que lo mejor de los zocos no cabe en una valija: es la vista de la ciudad que cada uno ofrece desde sus terrazas, y el particular ambiente que se respira en cada uno de ellos.
Yendo hacia el norte de la Medina, se pasará por la Hafsin, que antiguamente fue el barrio judío. Después de atravesar los típicos mercados y cafés se llega a la blanca mezquita de Sidi Mehres, el santo patrono de Túnez, desde donde se pueden dirigir los pasos rumbo a la Place Halfounie, un paso previo al espléndido Palacio del Bardo. Fue el antiguo complejo de palacios ocupado por los beys, pero actualmente sus instalaciones pertenecen en parte al Parlamento y en parte a un magnífico museo. Desde reliquias púnicas (entre los siglos VII y III antes de Cristo) hasta vestigios romanos y restos de la civilización egipcia y griega van tomando lugar en las salas y reconstruyendo el antiguo esplendor del Túnez actual. Sin embargo, el Bardo es famoso sobre todo por los mosaicos romanos y bizantinos que aquí fueron reconstruidos después de haber llegado de todos los rincones de Túnez en épocas diversas. Este tesoro muestra a los ojos del visitante escenas de la vida cotidiana, de los dioses, de la agricultura o de la fauna y flora que rodeaban la vida de los antiguos habitantes del norte de África. Hay algunos retratos célebres, como el de Virgilio flanqueado por las musas, y el de Ulises tentado por el canto de las sirenas. Desde luego, el Bardo no podía dejar de incluir una importante sección consagrada al arte islámico, a los trajes y artesanías regionales.
Sinfonía en cúpulas y terrazas, inteligencia y armonía del urbanismo, sombras frescas y olores de otros tiempos, así es la Medina de la capital de Túnez. Rodeada de murallas que se abren en grandes puertas, alberga viviendas, palacios, cementerios, almacenes, plazas y jardines, artísticas terrazas y esbeltos minaretes. A través de un entramado de calles, callejuelas y callejones ensamblados como en una inmensa red, la Medina, todo un cuerpo con vida, conserva los misterios y el encanto indefinible del paso de la historia.
Así como en Túnez -la ciudad mestiza que se fue conformando con sucesivas migraciones- los palacios turcos contrastan con las mezquitas moriscas y los letreros en árabe con los anuncios en francés, las intrincadas callejas de la Medina, a veces casi pasadizos, contrastan con los bulevares que se extienden radicalmente a partir de la avenida central Bourguiba, homenaje al presidente que modernizó Túnez y condujo la evolución social del país. La avenida es un eje urbanístico con escaparates de flores sobre los que revolotean millares de pájaros, que permite recorrer la ciudad capital, y sentir su alma a través de la arquitectura de líneas barrocas que se mezclan con estilos futuristas en una escenografía donde conviven pasado y presente.
A la Medina se puede subir por la Rue de la Kasbah o por la Rue Djemaaa el Zitouna, que desemboca en la Gran Mezquita, en cuyos alrededores están situados estratégicamente los zocos. Los mercados árabes no tienen fin: desde el zoco Al Attarine (de perfumes) hasta Al Trouk (el de los turcos), pasando por el pozo de las mujeres, de la lana o de los orfebres, cada tienda y cada vendedor permiten explorar un poco de ese arte del regateo que tan atractivo resulta en el mundo africano. Por las dudas, hay que recordar que lo mejor de los zocos no cabe en una valija: es la vista de la ciudad que cada uno ofrece desde sus terrazas, y el particular ambiente que se respira en cada uno de ellos.
Yendo hacia el norte de la Medina, se pasará por la Hafsin, que antiguamente fue el barrio judío. Después de atravesar los típicos mercados y cafés se llega a la blanca mezquita de Sidi Mehres, el santo patrono de Túnez, desde donde se pueden dirigir los pasos rumbo a la Place Halfounie, un paso previo al espléndido Palacio del Bardo. Fue el antiguo complejo de palacios ocupado por los beys, pero actualmente sus instalaciones pertenecen en parte al Parlamento y en parte a un magnífico museo. Desde reliquias púnicas (entre los siglos VII y III antes de Cristo) hasta vestigios romanos y restos de la civilización egipcia y griega van tomando lugar en las salas y reconstruyendo el antiguo esplendor del Túnez actual. Sin embargo, el Bardo es famoso sobre todo por los mosaicos romanos y bizantinos que aquí fueron reconstruidos después de haber llegado de todos los rincones de Túnez en épocas diversas. Este tesoro muestra a los ojos del visitante escenas de la vida cotidiana, de los dioses, de la agricultura o de la fauna y flora que rodeaban la vida de los antiguos habitantes del norte de África. Hay algunos retratos célebres, como el de Virgilio flanqueado por las musas, y el de Ulises tentado por el canto de las sirenas. Desde luego, el Bardo no podía dejar de incluir una importante sección consagrada al arte islámico, a los trajes y artesanías regionales.
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1
Túnez: riquezas a las puertas del Sahara (parte I)
Túnez | 1 de septiembre de 2004
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2
Túnez
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3
Cartago
En Tunis...
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