Diarios de viaje > Treinta y Tres, América del Sur
La Quebrada de los Cuervos!
Escribe: pirincho
Licencia en setiembre. Unas ganas tremendas. Un viaje corto pero hermoso.
El camino a la Quebrada de los Cuervos. 25 Km a pie
Treinta y Tres, Uruguay — domingo, 9 de octubre de 2011
El coche llegó con un retraso de 20 minutos, retraso que según un lugareño es harto frecuente. Cargué la mochila y me dispuse, junto a mis vecinos de asiento a atravesar Lavalleja por la 8. El paisaje serrano es verdaderamente lindo, aunque un tanto lastimado por la forestación. Pasamos por el camino que conduce al Salto del Penitente, y un poco después por Villa Serrana, luego por Mariscala, Piraraja y José Pedro Varela hasta llegar finalmente a la ciudad de Treinta y Tres. Sabía entonces que estaba cerca del lugar al que desde hace tanto tiempo quería ir. Mi novia lo había visitado antes y desde que me relató con detalles como era la Quebrada no pude más que desear estar allí. Y así fue. El tramo de 30 Km. que separa la ciudad capital de Treinta y Tres con el camino hacia esta Área Protegida del SNAP demoraron para mí una eternidad, pero al fin llegué y bajé en el Km 306 de la ruta 8. El coche me abandonó y allí quedé… sólo en la ruta, observando la cartelería dispuesta a comienzos del paso. Entré a un pequeño almacén que hay allí. Más para hablar con alguien porque sí, que por querer averiguar algo. Pregunté ya sabiendo la respuesta cuantos kilómetros me distanciaban del camping y compré cuatro tortugas.
Hablé un poco con el almacenero, cargué la mochila y salí a patear la aventura con mucho ánimo y con presentimientos de buena suerte para el dedo. Este sentimiento se reforzó cuando a los pocos metros me levantó un trabajador de la zona, veterano, en una camioneta Chevrolet tan espaciosa como vieja que me arrimó unos dos o tres Km. Entonces subí, y mientras íbamos andando pasó a nuestra izquierda una camioneta a toda velocidad… “Que lástima, ese hombre que va ahí va directo a la Quebrada, si no te hubiese levantado yo, él te llevaba seguro”. “Bueno…mala suerte”, pensé, “otro atrás me levantará”. Unas horas después me lamentaría por haberme subido a la camioneta de aquel hombre que por ayudarme me complicó la jornada, jaja.
Bajé de la camioneta agradecido y seguí en el camino.
En resumidas cuentas, caminé los siguientes 22-23 Km. a puro pulmón, sin que nadie me aventara.
Pasé por la escuela de la zona, que está al borde del camino. Todas las vacas del lugar, vacas chucaras, me observaban con gran atención. Nunca me había sentido tan vigilado en mi vida. Era muy gracioso ver como movían sus cabezas, todas coordinadas, lentamente hacia mi dirección; sus miradas sobre mí, como asombradas, como temerosas. Algunas me seguían en rumbo paralelo, del otro lado del alambrado. Realmente no sabía que era lo que les pasaba, pero creo que si hubiera estado junto a ellas me habrían dado una paliza de patadas y corneadas. Unas veces, ya que tuve muchos encuentros como estos, creía que por alguna razón me odiaban y no les gustaba mi presencia; otras veces pensaba que nada acostumbradas a ver mochileros por la zona, quedaban estupefactas por la sorpresa.
El viaje me hacía alguien diferente. Una pila de cosas que viví, como la interacción con las vacas y los caballos, que en otras circunstancias me habrían parecido algo estúpido en ese momento se me ocurrían fantásticas, preciosas. Y fue así porque estaba feliz, muy feliz de estar en ese lugar. La travesía, por lo menos como yo la hice, sirve para revalorizar muchas cuestiones. Pero esta es otra historia.
Siguiendo con el ganado vacuno… unas cuantas no me quisieron mirar ni seguir y se alejaron corriendo. Me asombró percibir el temblor de la tierra bajo mis pies. Las vacas corren más rápido de lo que creemos. Fue algo impresionante, como me sucedió cuando me arrimaba a un pequeño arroyo y unos nueve caballos que calmaban la sed ahí, se asustaron y salieron al trote. La tierra tembló otra vez! Fue algo hermoso. Se me ocurrió que ese era el sonido de la libertad, un estruendo en el silencio de la sierra, algo tan fuerte y puro. Mi corazón latió junto al temblor.
Y así transcurrieron los primeros kilómetros. Intenté dialogar con las vacas y los caballos, pero no hubo respuesta. Me divertía intentarlo: “¿Che, falta mucho pa la Quebrada? ¿Ey, falta mucho? No seas mala, contesta”. Me reía, y es que al fin y al cabo estaba solo y no tenía a nadie con quien intercambiar absolutamente nada.
Sabía, por una referencia, cuando llegaría a los 14 Km, pero no llegaba más. A esa altura del camino queda un establecimiento denominado “La Cañada del Brujo”. Ansiaba llegar a ese sitio, sólo para saber que me quedaba un poco menos.
La dificultad comenzó a ascender. En cierto momento me di cuenta de que estaba peleando con las sierras. Los repechos se hacían cada vez más pronunciados y el sol me quemaba el cuello. Me coloqué una remera en la cabeza, debajo de la gorra, para evitar exponer aún más mi nuca y mis orejas al astro rey que me tostaba. Me crucé con dos hombres a caballo que no me dieron mucho corte. Pude saber cómo es que se las ingenian los ñandúes para atravesar los alambrados que les pusimos. Y supe también cuanto puedo dar de mi.
De esa manera fueron pasando las horas, que al final fueron cinco enteras de caminata. Cuidaba el agua de una manera tal que luego la descubrí innecesaria. ¿Por qué? Porque en mis averiguaciones de información sobre la Quebrada había advertido que allí no había agua potable. Que error! Sí la había, y yo me hidrataba poco con mucho cuidado de no malgastar el líquido que tendría para quien sabe cuanto tiempo. Qué error! Ahora saben, y me lo dijo el guardaparques, que en la Quebrada se puede tomar el agua.
Así seguí mi marcha, con sed pero muy contento y nada cansado. La panorámica era fantástica. Pasaba alguna 4x4 cada tanto pero ni bolilla. Pero entiendo… ¿Qué hace un joven, en semana de primavera, en Treinta y Tres y por ese camino, con tal mochila, de barba, gorro y remera en la cabeza? ¿No encaja con el perfil de un talibán que escapa de la CIA, buscando refugio en un lugar tan tupido como la sierra uruguaya, pretendiendo instalar en nuestro país una célula terrorista? ¿No será un delincuente que al subir a la camioneta nos pondrá un cuchillo en el cuello y nos obligará a darle cuanto tengamos, huyendo con nuestro propio vehículo y dándose a la fuga? Sí, claro que comprendo las razones de aquellos que con tres asientos vacíos y una caja bien espaciosa no quisieron levantarme.
Bien contento y realizando un esfuerzo físico bastante grande, seguí para adelante hasta que me topé con la Cañada del Brujo, una posada, que me indicaba que había llegado al 14 Km. Pasé como si nada, totalmente concentrado y dispuesto a llegar a mi destino cuanto antes. Había gente descansando allí en la posada, que queda pegadita al camino, saludé y seguí metiendo pata. Después me encontraría con esa misma gente en la Administración de la Quebrada. Llegaron en auto sólo unos minutos más tarde que yo, y me felicitaron sorprendidos de que hubiese hecho todo el camino a pie, y me contaron que cuando me vieron pasar allá en la del Brujo se preguntaron si vendría caminando desde la ruta. ¿Por qué no pensaron en ofrecerme un poquito de agua? Jaja.
Para ese entonces, el camino no hacía más que incitarme a la reflexión. No podía hacer mucho más que ir pensando. Me hacía falta compañía, extrañaba mucho a mi compañera, quería vivir aquello con ella, aunque asumo que si hubiese estado presente tendría que haber decidido dar marcha atrás cuando los repechos comenzaron a acentuarse.
La vista era espectacular, como ya dije. Ya había divisado, si no me equivoco, las denominadas Asperezas del Yerbal, una serie de cerros pegados bien cerca, y al fin, cuando el terreno empieza a mostrarse más rocoso, se logra ver la Quebrada. Es inconfundible si se vieron fotos del lugar antes de ir. La alegría que sentí al ver el lugar al que tanto me estaba costando llegar sirvió como para potenciar mi rendimiento físico. Apuré el paso. Me encontré con una casa y no tuve más remedio que pedir agua. La mujer que me atendió, un poco extrañada, aparte de informarme que faltaban algo así como 4 Km. para llegar al camping, me regalo una botella llena de jugo. Le agradecí un montón.
Caminé los últimos kilómetros con mucho entusiasmo hasta que llegué. Un cartel bien grande me daba la bienvenida a esta Área Protegida. La felicidad que me embargaba es indescriptible. Lo único que puedo decir es que, como nunca antes en mi vida, comencé a reír solo. Sí, como un loco. Lo más hermoso fue, a los pocos metros de iniciar el camino a la Administración, que se me cruzara una mulita increíblemente cerca. Me detuve y la miré hasta que se perdió en los pastizales. Seguí riéndome unos metros como un loco.
Es que como diría Thoreau, la naturaleza fue toda mi recompensa.
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Últimos comentarios
claudiaLT dice:
Realmente un valiente!!, yo hice ese camino en auto a fines de octubre y me pareció interminable!
Te felicito por esta experiencia.
Saludos!
Publicado
Violeta83 dice:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡la naturaleza fue toda mi recompensa!!!! hermosa frase...
Publicado
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Capítulos de este diario
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1
El camino a la Quebrada de los Cuervos. 25 Km a pie
Treinta y Tres, Uruguay | 9 de octubre de 2011
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2
Disfrutando la Quebrada de los Cuervos
Treinta y Tres, Uruguay | 19 de noviembre de 2011
En Treinta y Tres...
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