En mi viaje por Malí llegué hasta Tombuctú, a las puertas del desierto. Desde lo alto de una duna presenciaba la puesta de sol mientras unos tuaregs, los hombres azules, practicaban las oraciones. Imaginaba todos los escenarios posibles en ese extenso paisaje de sol arena y brasas.
Hasta no hace demasiado tiempo tan solo era transitado por caravanas de tuaregs y algunos inmigrantes desesperados en busca del paraíso europeo. Ahora se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Un desierto lleno de lobos y que huele a gasolina quemada.
Los bandoleros comenzaron la quiebra de la normalidad, luego llegaron los traficantes de seres humanos: los nuevos esclavistas, mano de obra barata para Europa, más tarde los amigos de Al Qaeda, y casi a la vez los traficantes de gasolina, y cómo no los que han abierto la nueva puerta de las drogas hacia el continente europeo: aviones procedentes de Colombia y Venezuela con sus panzas llenas de polvo blanco. Algunos de estos aviones al aterrizar en pistas clandestinas se han encontrado con alguna duna no deseada y han sembrado el desierto de cocaína de la más pura entre las ardientes arenas; estúpida mezcla.
Aunque ninguno de estos negocios es tan lucrativo como el secuestro de occidentales, ya sean turistas o cooperantes, tanto da, se trata de pedir una fuerte suma económica por su liberación, así que en las pequeñas poblaciones abandonadas a su suerte por el gobierno central pululan individuos de todo tipo: mediadores, mercenarios, bandidos, los cuales se colocan bajo el amparo de los gobernadores de estos núcleos de tan difícil vida; habitado por tuaregs desertores convertidos en sedentarios haraganes y en el que apenas si se ven mujeres jóvenes, tan solo ancianas encorvadas. Hombres con la piel quemada esquivando las miradas, evitando ser mirados, porque algo esconden, algo ocultan, y cuando miran, lo hacen con ojos diminutos y fieros.
Una región de más de siete mil kilómetros de fronteras, es del todo incontrolable. Conducir un vehículo todo terreno, cuando menos es temerario; casi nadie conoce las pistas que discurren por la arena ondulada, sin puntos cardinales, solo son itinerarios azarosos.
A pesar del espacio infinito, aquello está lleno de vías muertas, callejones sin salida. Un paisaje cerrado a cal y canto donde se buscan la vida multitud de desclasados.