Viaje a pelo por Mauritania y Mali
Escribe: A-Orihuela
Hicimos unos amigos y yo un viaje a pelo sin agencia por mas de 4.000 kms desde Nouakchof a Tombuctu y vuelta. Lo relato en los sucesivos capitulos y si te interesa está en miviajeamali.blogspot.com
Tombuctu
Tombuctú (Tombouctou), Malí — jueves, 14 de octubre de 2010
Por fin llegamos a Timbuktu después de tres días por el río. De acuerdo con los libros que he leído sobre el tema y con mi amigo Sergio es -por río- la manera correcta de ir a esta ciudad, como los exploradores de antaño. Ir a la misma por avión no es lo mismo y por carretera una locura sin sentido, solo llegar por el desierto es comparable, pero eso son palabras mayores.
Timbuktu es un mito, no nos decepciono la ciudad porque ya estábamos advertidos de lo que era y de cómo estaba. Las sucesivas revueltas de los tuaregs a lo largo de la historia con sus deseos de independencia y con intención de que esta fuera la capital de un nuevo estado han hecho entre otras razones, que esté abandonada por las autoridades de Bamako. De hecho, hasta hace breves fechas, creo que en 1995, no era aconsejable ir por allí, pero firmado el armisticio correspondiente se abrió de nuevo a los extranjeros que ya pueden ir sin peligro. Como digo Timbuktu es más una leyenda que una realidad. Djenné es más bonita y más coherente cien veces, pero el mito le corresponde a Timbuktu
El rey Kanka Moussa perteneciente a la dinastía Askia dentro del reino de Shongai se convirtió al Islam y se presto a cumplir allá por el 1300 con uno de los preceptos de tal religión el de ir al menos una vez a su ciudad santa, a la Meca. Pero éste menda no hizo un par de maletas y se fue con alguna de las caravanas que hacían la travesía con quince o veinte personas que le ayudaran en el viaje, que para eso era el rey. No no, el emperador se fue a la Meca por la ruta de las caravanas pero atento, se fue con, según unos historiadores, un séquito de 60.000 personas y según otros con menos pero eso si, cada uno de los expedicionarios cargaba con un lingote de oro cada uno para sus gastos. Si eso llevaban los súbditos, ¡Cuánto llevaría el rey¡ Cuando la expedición llegó a la ciudad santa y antes por cada una de las ciudades de paso, entre ellas el Cairo, derrocho tal cantidad de oro que hizo bajar estrepitosamente el precio del oro. El mito de Timbuktu había comenzado.
La riqueza de la ciudad se había ido cimentando con el comercio y por el hecho de ser puente entre dos mundos. La ciudad era la puerta de entrada y salida donde se encontraban las mercancías de esos mundos. Los europeos llevaban sal, textiles, cobre y se llevaban oro, animales exóticos, esclavos… por lo que se había convertido en la capital de hecho de la zona.
Poco a poco se fue convirtiendo no solo en la capital económica sino también la capital cultural del Islam del subsahara. Allí se encontraron todas las escuelas coránicas, así como los más importantes imanes del momento. En una de las plazas reza un cartel que dice: “Tombouctou la ciudad de los 333 santos”. Hoy por hoy para un turista occidental convencional seguramente quede defraudado con la ciudad ante la sucesión de calles polvorientas, secarrales continuos y la sensación de que el desierto –que está a las puertas- se la pueda comer en cualquier momento. La misma decepción ya la tuvieron los primeros europeos que arribaron a la misma allá por el 1830 ávidos de conocer la ciudad que se suponía estaba asfaltada con oro. Del esplendor que tuviera en el siglo XIV no quedaba sino polvo, arena y decadencia.
En realidad nunca llego a ser lo que los europeos pensaron tras el alarde del rey Moussa y algún otro predecesor. Pero el mito no dejo de crecer hasta que se supo la realidad. Las luchas internas, la creación de nuevas rutas caravaneras y en definitiva el devenir de la historia hicieron que la ciudad mítica llegara al estado actual y que sin la ayuda internacional recibida la ciudad se moriría irremediablemente.
Una vez visitada la ciudad -apenas un pueblo grande- decidimos que a la mañana siguiente nos lanzábamos hacia el final del viaje, camino de Nouakchott. Nos quedaban casi dos mil kilómetros de los que unos mil eran por pistas de tierra.
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