Ceremonial en Tiahuanaco

Escribe: marapz
18 septiembre 2007. Llegó el momento de decir Kamisaki (hola en aimara) al centro ceremonial más importante de Bolivia. Tiwanaku. Se empezó a excavar en 1900 y ciento siete años después tan...

 

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Capítulo 1

Ceremonial en Tiahuanaco

Tiwanaku, Bolivia — viernes, 18 de enero de 2008

18 septiembre 2007. Llegó el momento de decir Kamisaki (hola en aimara) al centro ceremonial más importante de Bolivia. Tiwanaku. Se empezó a excavar en 1900 y ciento siete años después tan sólo se ha descubierto el 4% de todo el imperio que allí se asentó desde el año 10.000 antes de Cristo, aunque no floreció hasta el 100 a.C. y se prolongó hasta el 1.300 de la era cristiana.

Logró acoger a una población de 60.000 habitantes, distribuidas en unas 21.000 viviendas que ocupaban una superficie de 600.000 kilómetros cuadrados. A partir de ahí, las incógnitas que pesan sobre el origen de la cultura tiahuanaca que se expandió a otras zonas del continente no se han despejado aún.

La cordillera occidental y la oriental de los Andes abrigan los 72 kilómetros de carretera que separan La Paz con Tiahuanaco. Por el camino, los perros callejeros, unos 80.000 sólo en la Paz y en el Alto, salen al paso de los vehículos que transitan por una de las pocas carreteras asfaltadas del país. La agricultura y la ganadería de camélidos sustentan todavía la economía de la zona, pero hay quienes han preferido buscar en el turismo o en los viajeros ocasionales, aunque de forma todavía incipiente, su estilo de vida. Por eso no es extraño encontrarse con vendedoras a los pies de la carretera ofreciendo mocochinchi (duraznos cocidos y secos), todo tipo de galletas, panes recién hechos, gaseosas de muy dulce sabor o chicharrones aún humeantes.

Las construcciones solitarias se suceden por el camino, aisladas sin aparente lógica. Al fondo, gigantescos nevados rompen la monotonía de esos valles o punas alfombradas de arbustos pardos con escasa vida. Y así transcurre la hora necesaria para llegar al conjunto arqueológico.

Los rostros de los indígenas, doblegados por ese sol que cae sin piedad a 3.870 metros de altitud, escrutan al viajero que llega a las puertas de esas ruinas. Dentro, vecinos del pueblo trabajan separando los restos de la arena, liderados por arqueólogos en su mayoría extranjeros.

Prohibido sacar fotografías al último de los hallazgos: los restos de un enterramiento con llama incluida. Lo mejor, dejarse llevar por las explicaciones de la guía que sitúa en el tiempo y en el espacio ese enclave, mientras recita nombres impronunciables (kalasasaya, Kherikala, Pumapunku, Akapana...). De todos ellos, el monumento más conocido es la llamada Puerta del Sol (kalasasaya), que deja ver el monolito El Fraile, esculpido en arenisca roja y que soporta en sus manos dos objetos aún no descifrados. En su espalda, un gran dios Viracocha, con cientos de explicaciones e incógnitas. Por fin una chacana auténtica.

Una cruz andina, en Bolivia, o una cruz inca en Perú, que representa los tres mundos de la cosmovisión andina: el mundo de las constelaciones (el cóndor), el mundo de los humanos (el puma) y el mundo subterráneo (la serpiente). Todos ellos están conectados por escaleras que conforman una cruz de cuatro ángulos.

Y con esas incógnitas se pasea durante tres horas por todo ese recorrido energético en dirección a los dos museos que aportan algunas de las claves y a un edificio construido específicamente para albergar una estela (que no monolito porque está conformado por más de una roca) de grandes dimensiones encontrada en el propio lugar.

Regreso a La Paz y parada previa en el mirador Kolo-Kolo, a 4.028 metros, para observar cómo las nieves de las cordilleras se convierten en auténticos reflectores y el viento en una navaja peligrosa. Escuchar el tiempo, el espacio y la naturaleza y disfrutar de su fusión. Uno puede estar en Perú o en Bolivia, en Ecuador o en Colombia, pero cuando los Andes dominan, se difuminan las fronteras.

Esta cordillera marca el estilo de vida y mezcla las raíces míticas y descubre que la vida de las comunidades campesinas es igual de dura a un lado u otro de los Andes.

Por Mar Peláez


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