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Aprendiendo a viajar: el Noroeste Argentino
Escribe: noritacecilia
Un recorrido por la Quebrada de Humahuaca y los puntos más relevantes de Salta. Siempre viajé sola, aunque hacia algún destino donde tuviera un amigo que me recibiera. Este fue mi primer viaje parando en hosteles y sin tener conocidos en destino. Es la historia de un viaje a sitios sorprendentes a los que espero regresar; y una confirmación de aquel dicho de que "mejor solo que mal acompañado"
Ascenso por Tilcara
Tilcara, Argentina — miércoles, 18 de enero de 2006
Habremos subido una hora larga, cuando de repente escuchamos un rugido, y vimos una grieta al costado del camino. Nos acercamos cautelosas... un paso... no se veía el río... otro paso... la grieta se profundizaba... otro paso... el borde estaba cada vez más cerca pero el río no se veía... me tiré al piso, de panza, y entonces venciendo el vértigo lo vi, 75 metros más abajo, corriendo entre las piedras, enmarcado por un paredón de roca desnuda quebrada en formas cúbicas. En algunas de las grietas y saliencias crecían cardones y otros cactus, y yo me pregunté como harían para vivir allí, en ese ambiente tan inhóspito. Más adelante se abría un pequeño sendero que bajaba, y logramos llegar al borde de la pared. Había una baranda y de ahí estaban haciendo rapel. Río arriba había una catarata de unos 20 m, la entrada al cañón. Allí desayunamos, era ya el mediodía. Cuando bajamos, decidimos ir directo al Pucará.
Pucará quiere decir en quechua, la lengua de los incas, "ciudad fortificada". El de Tilcara es una fortificación natural, ya que está emplazado en un cerro que "invade" la Quebrada de Humahuaca. Las casas son de rocas encastradas con techo de cardón y barro con paja. Uno va subiendo, los caminos están rodeados de tunas raqueta, y cuando se llega arriba se contempla el dominio total de la Quebrada. Podíamos ver los micros acercarse, entrar a Tilcara, salir y alejarse... se veía más allá de Maimará en un lado, y más allá de Uquía al otro... tomamos mates allí arriba, extasiadas. Ya no sabíamos como ocultarnos del sol porque nos ardía la cara, pero los ojos pedían seguir contemplando aquello, la lejanía, el infinito. Dicen que cuando los incas llegaron allí esa ciudad ya existía... creo que pocos de nosotros, occidentales, tendríamos la visión de esa gente al elegir el lugar para erigir sus ciudades. Nos apoyaríamos más en la tecnología que en la naturaleza... y así también nos iría...
Al descender nos fuimos a recorrer la feria de la plaza, hicimos compras, y comiendo salchipapas (un cono de papas fritas con salchichas cortadas arriba y mayonesa) y tortilla fuimos a retirar los bolsos, a la terminal... y asi nos despedimos de Tilcara.
El desafío era encontrar alojamiento en Humahuaca, por eso, agradecimos nuestra suerte cuando encontramos una niñita a media cuadra de la terminal que nos dijo: "necesitan hospedaje? les cobro $8 la noche en mi casa". Esperamos que la niña hiciera un mandado y luego subimos las 2 cuadras que nos dijo, que resultaron como 6, el lugar era super lejos! Las piernas no nos daban más, y cuando finalmente llegamos, salió un hermano de la niñita a decir que justo se había ocupado el lugar disponible. Con el cansancio y las mochilas a cuestas nos largamos a reir... ¿qué más podíamos hacer? Justo en ese momento apareció uno de esos porteños petulantes de los que te hacen sentir vergüenza ajena, y nos recomendó "el hotel de allá abajo, cuesta $85 la cuádruple y tiene agua calentita, yo estuve ahí anoche". Mientras Sabrina, Paula y yo estallábamos de la risa, Carmela le decía sarcástica "¿y entonces por qué nos vas vos?"
Terminamos en la casa de una señora super amable y un caballero un tanto extraño. La habitación tenía 4 camas, y debíamos compartirla con una pareja de chicos de La Plata que ocupaban la cama de plaza y media. Con Sabrina y Paula juntamos dos camas y dormimos las tres, mientras que Carmela ocupó la cuarta. Aquella noche cenamos como la gente por primera vez; en el restaurante de enfrente servían unas milanesas napolitanas con ensalada que estaban super (o así las vivió mi estómago hambriento). Un conjunto folclórico tocaba canciones puneñas: casi todos eran niños de unos 8 a 12 años, que luego supimos que eran hermanitos.
En puntillas, para no despertar a los chicos platenses, nos fuimos a dormir.
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Publicado el 28/dic/2009, 03.41 |
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