Diarios de viaje > Tallin, Europa
Tallin en miniatura
Escribe: marapz
Tallin se abre como una ciudad de cuento, entre caballeros medievales y vikingos, con su muralla de 66 torres, su castillo, sus puntiagudas iglesias, sus casas multicolores, sus tejados verdes… sus ¡hadas! y ¡príncipes! Tallín respira aires medievales por cada recodo, con sus callejuelas serpenteantes y adoquinadas, callejones laberínticos, rincones mágicos. Pero también frío soviético. Más allá de la muralla que ‘abriga’ la ciudad vieja se levanta su pasado soviético. Entre en el cuento...
Tallín en miniatura
Tallin, Estonia — viernes, 17 de septiembre de 2010
Patrimonio de la Humanidad, a Tallín la han llegado a definir como una ‘Praga a escala’, y qué razón. Encanto medieval, sí, pero un tamaño tan reducido que resulta imposible perderse por dentro de sus apenas dos kilómetros de muralla. Todo tiene cabida en Tallín y, a decir por la extensión del país, con poco más de 1,3 millones de habitantes repartidos en un territorio equivalente a Extremadura, todo tiene cabida en Estonia. Un país con pasado convulso -vivió periodos intercalados de dominio danés, alemán, sueco y ruso-, con una población multirracial -un 36% de sus habitantes son aún rusos- y con una orografía rasa –la mayor elevación de las tres repúblicas Bálticas apenas supera los 300 metros de altitud-.
El paseo debe comenzar en la ‘roca’ de 48 metros que se asoma al balcón de la ciudad vieja. En esa ‘colina de la catedral’ o Toompea se disfrutan de las mejores vistas de Tallín, así el viajero ya sabrá qué le espera allí abajo: la ciudad Vanalinn y el Golfo de Finlandia. Para llegar hasta la ciudadela el acceso más espectacular comienza en el punto donde convergen las calles Pikk y Lai. Tras atravesar la puerta, que permanecía cerrada en la época medieval para impedir que entraran los extranjeros, se asciende por una calle empedrada, donde es fácil recrearse en recuerdos de aquellos caballeros con sus carruajes y a aquellas mujeres con sus trajes de época. El paseo conduce a los pies de la mole roja y beige de la Catedral de Alexandre Nevsky. Bonita sin más. O el edificio con fachada rosa y blanca que es hoy la sede del Parlamento estonio.
Y lo mejor es dejarse llevar por las callejuelas y contemplar sus rincones, sus casas palaciegas. Sin guías, sin lecturas… descubrirla simplemente, hasta llegar al mirador que se abre en una plazoleta. Disfrutar de la vista, de los campanarios y de las torres que más tarde, cuando se camina por la parte vieja, se descubren cuáles son.
Con todas las referencias en la retina, llega el momento de perderse por la ciudad vieja. De nuevo, calles estrechas, adoquinadas y recoletas. Viejos almacenes, caserones, iglesias. Calle Pikk, calle Lai, calle Vene, calle Viru, son sólo algunas de las ‘arterias’ principales de esta mini ciudad con las que el viajero se topa una y otra vez en un intento de descubrir todos sus rincones. Y en medio de ese entramado se alza la Raekoda Plats, la plaza del ayuntamiento, con sus casas coloreadas y sus múltiples terrazas llenas de turistas, aunque la temperatura y la lluvia no invitaran a sentarse en ellas.
Por Mar Peláez
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Últimos comentarios
aymundo dice:
He seguido tus diarios y por lo que intuyo Tallin te ha decepcionado, me equivoco????
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Conmochila dice:
Me parece útil este diario. Al menos ya sé que es muy pequeñito. Gracias Mar
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