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Uruguay. Paraiso Natural

Escribe: benat
Que bueno que viviste al Uruguay Che

 

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Tacuarembó - Estancia La Panagea

Tacuarembó, Uruguay — viernes, 10 de febrero de 2012

. Tan solo tres viajeros montamos para en un primer lugar dirigirnos a Castillos, cuando llegamos ya era de día, todo parecía que empezaba a moverse, subieron algunos pasajeros más y en el recorrido la cosa se fue animando. A decir verdad es que me enteré de poco, ya que fui durante bastante tiempo dormido, recuperando el sueño perdido por el madrugón.

El viaje hasta Montevideo se hizo corto, no llegaron a cinco horas de viaje, eso que en las paradas los conductores mateaban un ratito hasta que todo volvía a ponerse en marcha con total tranquilidad y amabilidad. Tanto el conductor como el interventor te hacen todo tipo de preguntas para que no te despistes y te bajes en el punto correcto, ya que tienen muchas paradas en un mismo pueblo, y al mismo tiempo se preocupan de tu equipaje.
En Montevideo esperé una hora para coger el que me llevaría a Tacuarembó, en este bus de la Agencia Central casi no viajaba gente, supongo porque era domingo, cuatro horas y media después llegaba a Tacuarembó, (45.000 ha.), con un calor asfixiante.

Di una pequeña vuelta por el pueblo, pero de inmediato volví a los alrededores de la terminal que era el único lugar donde había algo abierto, tomé una empanada de fiambre, unos alfajores y un par de cervezas, hasta que dieron las seis, hora de recogida. Puntualmente la hermana de Juan vino a llevarnos a tres australianos y a mí hasta un cruce donde nos recogería Juan para llevarnos en una chiva hasta a la estancia La Panagea.
Después de las presentaciones y una breve charla llegamos a la estancia, nos esperaban otras cinco personas, una inglesa llamada Ruth y una pareja de irlandeses, Kevin y Didrie y otra pareja de holandeses, Alexander y Joana.

Nos reunimos alrededor de una fogata sobre un gran pedestal de piedra, como si fuéramos a asistir a algún ritual. Algunos chapurreaban el español, pero la mayoría solo en ingles, luego a practicar un poco el inglés.

Estábamos en una autentica estancia de la pampa uruguaya, una gran casa rodeada de árboles con un gran porche orientado al sol de la mañana, un pozo para sacar el agua, hamacas entre la sombra de los grandes tilos y una gigantesca Araucaria donde dormía el majestuoso Ibis, que de madrugada son más escandalosos que los gallos.
Bajo una pérgola se encontraban dos mesas de madera y una gran parrilla junto a un esbelto horno, donde nos tenían preparada la cena. La primera noche hicimos cada uno a su gusto una gran chuleta en la brasa, que la acompañamos con ensalada, patatas asadas y vino tinto uruguayo. Nos dieron las instrucciones pertinentes, a mí me acomodaron con Graeam, un escocés medio australiano. Nos retiramos pronto a dormir ya que el día de llegada se nos hizo cansado a la mayoría, y al día siguiente había que trabajar duro a partir de las 8h 30, siempre de forma voluntaria.

Llegó el primer día con expectación, Juan el amo, nos daba todo tipo de explicaciones de cómo preparar al caballo con la típica silla gaucha, bozal, sudadera, manta, faja grande, silla de cuero, piel de oveja, la faja pequeña y por último la brida.

Después de un par de pruebas, salimos a la extensa pampa a recoger un gran rebaño de ovejas y corderos, mi caballo se llamaba Colorado. Empezamos a cabalgar, la sensación impresionante, en una inmensa llanura un pequeño grupo de nueve jinetes para ir juntando unas quinientas ovejas. La táctica era que unos empujaran desde atrás y otros cubrieran los laterales sin adelantarse demasiado para no frenarlas sin que se desviaran. Lo mejor era llevarlas cuanto antes hacia la valla, y luego siguiéndola llegar hasta la puerta. Una vez de conseguir de que entraran las primeras las demás seguían bien, pero no resultaba tal fácil. Después de cabalgar durante unas tres horas llegábamos al gran redil de la estancia, hacia las doce del mediodía.

La experiencia fascinante y al mismo tiempo muy relajante, ya que casi todo el tiempo se cabalga al paso o al trote, con algún galope de vez en cuando.

Susana la mujer de la casa además de cuidar de sus dos pequeñas hijas, Ambar de dos años y Abril de escasos meses, preparó una exquisita comida en el exterior. Aperitivo con queso de la casa, ensaladas, arroz y un pollo acordonado, que estaba exquisito.
Teníamos tiempo libre hasta las tres y media, suficiente para echar una buena siesta y relajarse en una hamaca paraguaya a la sombra de los tilos, también nos despedimos de la pareja irlandesa, el equipo se redujo a siete.

Por la tarde cambiamos de caballos, ya que teníamos una docena para elegir, esta vez escogí a Nube un caballo tordo con cara de buen chico, ahora tocaban vacas, mejor dicho toros castrados, que había que reunirlos para tenerlos juntos para el día siguiente.
Todo se hacía con una imperiosa calma pero sin parar, mientras cabalgábamos hasta llegar a la zona, aprovechábamos para hablar entre nosotros, y sobre todo con Juan que aportaba conocimientos muy interesantes del lugar, ya que él había nacido en esa misma estancia.

Las vacas son un poco más difíciles para dirigir sobre todo si se escapa una suelta. Nuestra tarea consistió en juntar tres machos que se habían despistado que estaban con las vacas, si se escapa uno había que ir con los otros dos a buscarlo. Por fin lo conseguimos, y juntamos a todos los novillos para el día siguiente.

De vuelta a la estancia teníamos trabajo con las ovejas, en primer lugar las pasamos de redil para que desfilaran por un estrecho pasillo, para separar los corderos grandes de las ovejas, por una puerta lateral salían las ovejas y los coderos lechales para quedarnos solamente con los corderos. Juntamos a los corderos por grupos para suministrarles por vía oral con una jeringa un antiparasitario.

Había que sujetar con fuerza por detrás a los ya creciditos corderos levantándolos de las patas delanteras, para con la mano entreabrirles la boca mientras una de las chicas le metía una dosis de la pócima, otro les pintaba en la cabeza una marca azul. Fue divertido pero cansado, ya que hacía mucho calor. Después de una hora larga, el trabajo estaba realizado .Nos fuimos derechos a la ducha antes de ir a cenar, el día fue largo y había apetito.

La cena como siempre estupenda, a la luz de la luna y con ayuda de luz artificial que duraba dos horas, entre las 20h 30 y 22h 30, luego a descansar que lo necesitábamos realmente.

El siguiente día lo cogimos con más gusto todavía ya que sabíamos más o menos por donde iban las cosas y cómo reaccionar, elegí a Viento, un caballo bueno y rápido en
movimientos.

En primer lugar llevamos al gran rebaño de ovejas a unos terrenos alejados de la estancia, después de una hora de marcha bajo el sol protegidos bajo un buen sombrero gaucho empezamos a juntar el ganado de los novillos para llevarlos hacia el redil, esta vez nos acompañó también un autentico gaucho que trabaja con Juan, montado en un esbelto caballo, vistiendo un llamativo poncho de color azul claro, sombrero negro que cubría su oscura tez con negro bigote.

Costó bastante trabajo juntarlos a todos, Juan y el Gaucho desaparecieron de nuestra vista en la extensa pampa, para luego aparecer con unas cuantas reses. Una vez agrupado todo el ganado unas doscientas cabezas, las fuimos llevando junto al vallado hasta el redil de la estancia. Con dificultad las hicimos pasar entre dos puertas separadas por una pista, el gaucho con gran habilidad se quitó el poncho y lo cogió en una mano a modo de bandera para asustarlos y conseguir que cruzaran la última valla.

Parecía mentira que todo aquello estuviera sucediendo de verdad, estábamos siendo útiles en una tarea que se venía realizando tal cual desde hace mucho tiempo.
Nos duchamos y comimos con gana un maravilloso estofado acompañado de ensalada y legumbres, Juan nos invitó al aperitivo con un rosado espumoso uruguayo que absorbimos como si fuera agua bendita.

Siempre que llegábamos nos relajábamos un buen rato en el porche, donde compartíamos la compañía de Susana y sus dos hijas, Ambar hablaba todo ya en castellano y con su madre suiza hablaba el alemán.

Era un buen momento de comunicación y de compañía relajada. Ruth era simpática y expresiva, a la pareja de holandeses les gustaba mucho los pirineos, y seguían con interés el ciclismo, conociendo muchas cosas del País Vasco, incluso que fuimos balleneros.
Después de sestear en la hamaca paraguaya, los dos australianos Simon y Andrew se quedaron durmiendo, quedando para el trabajo de la tarde la inglesita Ruth, la pareja holandesa Alexander & Joana, el escocés Graeam y yo, además de Juan y el gaucho.
Primero tuvimos que cambiarlos de redil a pie, asustándolos con unas banderas blancas, una vez preparados pasamos los novillos por un pasillo de cuatro en cuatro, fumigándoles el lomo para combatir las moscas. Graeam se encargó del duro trabajo de bombear y pulverizar al mismo tiempo, mientras le ayudábamos a sujetar la aparatosa mochila. El escocés es un tipo duro y muy simpático, hicimos buenas migas.

Finalizado el trabajo montamos para llevarlos a una zona apartada separados de las vacas.

Llegamos al atardecer, eran las ocho y media y nuestro cuerpo estaba realmente cansado.
Brindamos con buen vino argentino el duro día, y Juan se desmarcó de los dos australianos que no habían colaborado, no le gustó su actitud, pero no le dio demasiada importancia y cenamos de maravilla esa última noche en la estancia.

Nadie se quería ir a dormir, encendimos una gran fogata y alrededor de ella participamos de una agradable velada bajo un firmamento radiante y una luna resplandeciente. Corrió la cerveza hasta agotar existencias, y los tres australianos se quedaron hasta las tantas.
Al día siguiente Graeam estaba bastante perjudicado y decidió quedarse en la cama aunque le intenté animar para que viniera. Los dos australianos también naufragaron entre las sabanas quedando para la última mañana de trabajo, Ruth, Alexander, Joana y yo, más los dos gauchos.

Elegí a Tormenta que resultó calma chicha, ya que era un caballo veterano, pero para el último día me vino bien.

Tuvimos que cabalgar durante una hora para llegar a un inmenso prado donde estaban las vacas que recientemente habían parido, los terneros tenían entre una y dos semanas, los terneros marchaba junto a su madre, y uno de ellos con una infección que le afectaba a una pata, costándole mucho andar. La madre se enfurecía con los caballos que le obligaban a marchar junto a la manada.

La marcha fue lenta y muy complicada hasta que llegamos a la estancia, allí separamos las vacas de los terneros con una banderas blancas, para así desinfectar a los terneros el cordón umbilical. La operación se hizo con mucho esfuerzo, ya que había que tumbar al ternero con las manos, doblándole la cabeza y agarrándole de la cola.

El gaucho lo doblaba solo girándoles la cabeza con un movimiento rápido, para luego con la mano y sin guantes aplicarles una pasta desinfectante de color rojo, marcándolos con una pintura amarrilla en la cabeza.

A un par de terneros macho que ya no eran tan jóvenes, en el mismo pasillo de salida los castraron con unas tenazas. Me dijo Juan que no les dolía mucho. Yo no sé, me quedé con la duda.

La tarea fue quizás un poco desagradable para el que no está acostumbrado, pero resultaba interesante ver cómo se iban haciendo las diversas tareas con una gran coordinación. Juan nos felicitó porque habíamos realizado la faena en un buen tiempo. Las dos chicas, Ruth y Joana trabajaron duramente y con mucha valentía, al separar a los terneros dentro de un reducido espacio.

Llegó la hora de la última comida y de la despedida, se respiraba un buen ambiente de equipo, aprovechando los últimos momentos para charlar con Susana y las niñas.
Antes de subirnos a la camioneta que nos llevaría a Tacuarembó, intercambiamos correos y le prometí a Juan que le enviaría un CD de Fito y los Fitipaldis, y otro de Luz Casal, ya que en Uruguay no son conocidos. Nos despedimos cariñosamente de Susana agradeciéndole todo lo bien que nos había tratado durante estos días, llevándola en nuestro corazón.

Llegamos a la terminal de Tacuarembó y cada cual cogió su camino. Las decisiones que vamos tomando, irán cambiando los caminos y lo que nos deparará el futuro.

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