Diarios de viaje > Sydney, Oceanía
Un largo fin de semana
Escribe: Lillith_2
Comencé a viajar a la tierna edad de 6 meses y desde entonces mi vida ha sido un contínuo ir y venir. Digna heredera de la inquietud de mi padre no me canso de buscar nuevas fronteras,...
Un largo fin de semana
Sydney, Australia — martes, 26 de septiembre de 2006
Primer destino: Sydney, Australia.
Ahí se desarrolló parte de mi infancia. Ahí comencé a balbucear mis primeras palabras. Parece ser que aprendí a decir "mummy" en lugar de "mamá", pero ella estaba igualmente encantada. Entendía perfectamente el Castellano (eso lo recuerdo), pero se me daba mejor el inglés. A los abuelos, a los tíos, a toda la familia que dejamos en la maltrecha España de finales de los 60 les solíamos enviar cintas grabadas donde les contábamos lo bien que nos iba (a mi hermano mayor y a mí) el cole, lo que Santa Claus nos había traído por Navidad: "Hola "buelito", Santa traer a very pretty muñeca" hablaba yo tan redicha y orgullosa.
La nostalgia finalmente pudo con el ánimo de mi madre y al cabo de 7 años regresamos a Madrid, con la promesa de volver después de pasar "el fin de semana" con los abuelitos para que vieran lo mucho que habíamos crecido.
Subimos a bordo de un enooooorme trasatlántico, el Galileo-Galilei, una ciudad flotante donde cada día era un fiesta y cada noche una pelea con mi madre para mantenernos en el camarote sin que mi hermano y yo nos escapáramos a espiar, con la complicidad de Claudio (el asistente de camarotes de la primera planta) a ver cómo los mayores, pasados de Gin Tonics y Whiskeys hacían el payaso disfrazados de lo que esa noche tocara, pues cada noche había alguna fiesta temática en la que los niños también teníamos lugar, pero era mucho más divertido ver cómo los mayores se soltaban sin ningún pudor mientras pensaban que sus "angelitos" dormían al suave vaivén de las olas que mecía a aquel gigante de los mares (ingenuos).
Aún con experiencias así, la memoria es corta y rebelde y yo sólo tenía 7 añitos. Pero recuerdo que después de partir de la bahía de Sydney hicimos parada en Nueva Zelanda, recuerdo bien las danzas guerreras de los Maoríes, el miedo que me daban con sus movimientos tan amenazantes y sus barbillas tatuadas...
Recuerdo la isla de Fijí en el Pacífico, donde por primera vez ví a señores muy negros, muy negros ataviados con graciosas faldas terminadas en picos y las señoras, muy señoronas con sus coloridos vestidos.
En Papua Nueva Guinea me sentía como la niña más blanca de este mundo frente a niños tan negritos y juguetones. Lástima que no tuviera oportunidad de jugar con ellos pues no nos dejaron bajar del barco, la escala fue muy corta.
En ocasiones recibíamos la visita de los duendes del mar. Grupitos de juguetones delfines que saltaban tras la estela de espuma de nuestro barco y nos desafiaban en velocidad y destreza a la vez que nos fascinaban con sus saltos y cabriolas para luego seguir su camino una vez cumplido su papel de perfectos anfitriones del océano.
La travesía continuó durante semanas hasta que atracamos en Acapulco (Méjico) antes de pasar por el Canal de Panamá. En Acapulco fue donde conocí lo que era la miseria en los ojos de un niño mendigo que no podía tener más años que yo misma. No lograba entender por qué iba descalzo, sucio y pedía unas monedas para comer. ¿Por qué su mamá no cuidaba de él?. A pesar de todo disfrutamos de lo lindo viendo cómo los valientes muchachos locales se arrojaban como ángeles caídos desde acantilados de vértigo desafiando las rocas salientes del mar y desafiando a la cordura y a la razón.
Cruzando el Canal de Panamá que me pareció sobrecogedor, mi padre trataba de explicarme con vano esfuerzo, los cambios de horario al pasar de un hemisferio a otro. Muy seria, muy cargada de razón y muy sabionda le rebatía: "Pero Daddy, you´re nuts, si ayer fue jueves, ¿cómo quieres que hoy sea jueves otra vez?, can´t you see...?" Pensaba que tanto barco no le sentaba nada bien y que debía tomarse otra pastilla para el mareo.
Vagamente recuerdo Lisboa y finalmente llegó el día en que atracamos en el puerto de Málaga donde mis tíos y abuelos maternos se deshacían en la impaciencia de abrazarnos y besarnos.
Y así llegamos a nuestro segundo destino: Madrid, donde tenía que volver a empezar desde cero. Otro colegio, otro idioma, con otros niños que nos miraban como si fuéramos bichos raros, otras costumbres, otros juegos y otros horizontes.
Así fueron pasando los años de ese "fin de semana", el más largo de mi vida. Aquél fin de semana duró nueve años.
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Últimos comentarios
MicaBrujita dice:
hola!!! queria preguntarte si me puedes recomendar algo respecto de nueva zelanda, plaeo viajar el año proximo y busco referencias!! gracias!!!!!!!
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Felipe_Silva dice:
Muy bonita historia...
Gracias por compartirla...
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