Un mundo de maravillas
Escribe: amrazgz
Un viaje por lugares extraños y mundos asombrosos.
En el primer capítulo: Amaneció de nuevo con una espesa bruma cubriendo las montañas y los bosques. Aunque la amenaza de lluvia siempre estaba presente -y, de hecho, una espesa cortina de agua nos acompañó durante nuestra salida de Kandy-, esa atmósfera misteriosa también dotaba al paisaje de una belleza especial...
Sydney: la bahía perfecta
Sydney, Australia — domingo, 19 de abril de 2009
A mi izquierda se encontraban los muelles, muy tranquilos a esa temprana hora de domingo. En el agua centelleante se amontonaban los ferrys, anticuados y regordetes, luciéndose ante los pocos transeúntes como si los hubieran sacado de las páginas de un viejo libro infantil. Ahora no había ajetreo, pero en los días laborables de su interior salen ejércitos de oficinistas de aspecto saludable y con trajes ligeros de camino a las torres de vidrio y cemento que se alzan detrás.
A la derecha se extendía un paseo jalonado de palmeras, farolas de diseño y bancos en los que sentarse y disfrutar del panorama. Toda la zona es peatonal y los chaparrones que acababan de caer habían revestido todo de un brillo fresco, limpio, que aportaba un encanto adicional al panorama. El barrio histórico de The Rocks y sus restaurados edificios quedaba casi oculto por un colosal transatlántico del tamaño de un palacio de congresos, anclado en el Ocean Terminal. Junto a él comenzaba la contundente silueta metálica del Harbour Bridge, salvando la distancia entre The Rocks y North Sydney. Hasta el edificio de la Ópera empequeñecía a su lado. Algo más a la derecha, en la orilla del agua, resplandeciente y vacía a esas horas, está Luna Park, un parque de atracciones al estilo del neoyorquino Coney Island, con una cabeza que sonríe a modo de puerta. A la derecha, al final de Bennelong Point, brillando intensamente bajo el sol, se alza el famoso Opera House, con sus atrevidas y angulosas conchas -o velas, según la sensibilidad de quien lo mire- de aire liviano. Al otro lado de la Ópera, hacia el este, la bahía se perdía entre ensenadas, salientes, promontorios y playas. Nada menos que 70 playas tiene Sydney, playas para todos los gustos: familiares, juveniles, tranquilas, ajetreadas.....
Naturalmente, es el Opera House lo que más atrae la atención, y es fácil entender por qué. Resulta asombrosamente familiar. Es algo más que una obra maestra del diseño arquitectónico, es un icono, un símbolo del país, una marca en la línea de la historia. Con su construcción, el gobierno quiso demostrar que la dependencia de la Gran Bretaña, primero, y de Estados Unidos en los años de Vietnam podía romperse. Australia podía crear una cultura propia. El mismo año de la inauguración de la Ópera, el escritor Patrick White ganó el Nobel de Literatura. Era el inicio de una nueva era.
Los blancos azulejos que cubren sus formas relucían, todavía húmedos, al sol. Aún no había abierto sus puertas a los visitantes, así que deambulé un rato alrededor del fantástico edificio sacando fotografías desde diversos ángulos. El vestíbulo, oscuro y elegante, era amplio y moderno. En aquellos momentos se celebraban diariamente en el complejo cultural tres espectáculos diferentes, inaugurándose aquella misma noche la temporada de ópera. Me hubiera gustado poder asistir a alguno de ellos, pero mi ya larga estancia en Australia había estirado demasiado el presupuesto. En cuanto a la visita guiada, que permite echar un vistazo al interior del edificio, existían dos opciones. La más cara -y lo era bastante- incluía una exhaustiva visita guiada de tres horas, visitando hasta el último rincón del complejo, asi como la entrada a una de las representaciones y una entrevista con los artistas. Aquello quedaba fuera de mis posibilidades, así que hube de conformarme con la visita ordinaria.
A la hora prevista, nos reunimos un grupo de 20 personas, para iniciar un fascinante itinerario por escaleras, salones, terrazas de banquetes y patios de butacas, acompañados por Elizabeth, nuestra guía, que nos llevó a uno de los niveles inferiores para comenzar, como era preceptivo, por darnos algunos datos:
- La Ópera de Sydney, donde nos encontramos ahora, es mucho más que una simple ópera. En contra de lo que su nombre pueda hacer pensar, es en realidad un complejo cultural preparado para albergar diversos tipos de representaciones, sede de Opera Australia, el Ballet de Australia, la Compañía Teatral de Sydney y la Orquesta Sinfónica de Sydney. Pero, además, es una obra maestra de la arquitectura, uno de los edificios más emblemáticos del siglo XX y un símbolo de Sydney y de Australia, una imagen reconocible en todo el mundo. La Opera House ha recibido el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad hace tan sólo unos pocos meses, el 28 de junio de 2007, lo cual supone un gran orgullo para nosotros, puesto que, aunque Australia cuenta con muchos lugares incluidos en esa lista, se trata de parajes o maravillas naturales. Al carecer de una trayectoria histórica tan larga como la de otros países, no tenemos muchos monumentos o edificios que puedan alcanzar tal distinción.
Elizabeth nos contó brevemente la historia de la construcción, relato al que a lo largo de la visita fue añadiendo detalles. Que exista este edificio es ya un pequeño milagro. Viendo la moderna urbe de ambiente tan tecnificado como relajado, en primera línea de las vanguardias sociales, tecnológicas o artísticas, resulta difícil por no decir imposible concebir lo atrasada que estaba Sydney en los años cincuenta del siglo pasado. Alejada de todo y de todos, ajena a lo que ocurría en los países más desarrollados y relegada al papel de puritana hermana pequeña de Melbourne, apenas existía vida cultural e incluso los bares cerraban hasta las seis de la tarde.
La idea de construir un teatro de ópera en Sydney comenzó a concretarse en los últimos años de la década de los 40 cuando Eugene Goossens, director del Conservatorio de Música de Sydney defendió la necesidad de la ciudad de contar con un lugar conveniente para las grandes producciones de teatro. En esa época las representaciones teatrales se llevaban a cabo en el edificio del Ayuntamiento de Sydney, a todas luces inadecuado e insuficiente. Entonces Melbourne fue nominada para celebrar los Juegos Olímpicos de verano de 1956 y las autoridades de Sydney, impulsadas por la tradicional rivalidad con aquélla, decidieron apoyar el proyecto de Goossens. Éste insistió de manera especial en que el edificio se construyera en la península de Bennelong Point, sobre la Bahía de Sydney, en contra de la opinión del primer ministro Cahill, que opinaba que era mejor instalarlo en las cercanías de la estación de ferrocarril de Wynyard, en el noroeste de la ciudad, mejorando de esa forma sus accesos. Bennelong es una pequeña península cuyo nombre lo toma de del de un aborigen que hizo de intermediario entre su pueblo y el Comandante de la Flota y primer Gobernador de Nueva Gales, Arthur Philip. El emplazamiento costero demostró ser un inmenso acierto.
El 13 de septiembre de 1955 se convocó un concurso de diseño y se reunió a una serie de respetables ciudadanos para seleccionar al ganador de entre los 233 proyectos aspirantes. No hubo consenso y los jueces pidieron entonces opinión a Eero Saarinen, un arquitecto americano de origen finlandés, que echó un vistazo a la oferta e, inesperadamente, eligió un diseño de entre los inicialmente rechazados por el jurado. Era de Jorn Utzon, un arquitecto danés de treinta y siete años, casi desconocido. Había ganado siete de los dieciocho concursos a los que se había presentado, pero no había tenido la fortuna de ver sus edificios construidos. Posiblemente con gran alivio del jurado, y hay que reconocerles el mérito, aceptaron la opinión de Saarinen y se mandó un cable a Utzon con la noticia. Así que el danés llegó a Sydney en 1957 para ayudar a supervisar el proyecto y la construcción del edificio. No sabía dónde se metía.
La primera fase de las obras comenzó el 5 de diciembre de 1958. Las autoridades querían acelerar los trabajos ante la posibilidad de que el inmenso gasto que iban a suponer acabara generando un movimiento de oposición en la opinión pública. Pero las prisas, como de costumbre, resultaron ser malas consejeras. A comienzos de 1961 ya se llevaba un retraso de 47 semanas respecto a la planificación original, retraso causado por toda una serie de circunstancias que iban desde las inclemencias meteorológicas y el cambio en los documentos originales del contrato hasta el inicio de los trabajos antes de que Utzon realizara los diseños y cálculos técnicos apropiados, especialmente los de las características "velas", que en el proyecto original eran parabólicas.
- Esta obra-continuó nuestra guía- abrió el camino para la construcción de edificios de formas geométricas de gran complejidad dentro de la arquitectura moderna. Fue uno de los primeros ejemplos en el uso de análisis computacional en el diseño de formas complejas. El ser un pionero tiene sus inconvenientes. Elizabeth había resumido en un par de frases lo que para mucha gente no fue sino una pesadilla.
Y es que el famoso techo se convirtió en un quebradero de cabeza. Era osado, único, bien pensado, vanguardista... el problema era que nada tan atrevidamente inclinado y pesado se había construido hasta entonces y nadie estaba seguro de lo que podía pasar. Visto en perspectiva, las prisas con que se empezó el proyecto fueron probablemente su salvación. Uno de los ingenieros jefes escribió después que si alguien hubiera advertido al principio que aquello era prácticamente imposible de construir, nunca se le habría dado el visto bueno. Se tardaron cinco años sólo para descubrir los principios fundamentales necesarios para construir el techo -para todo el proyecto se habían previsto no más de seis- y al final la construcción se alargó durante más de una década y media. El coste final ascendió a 102 millones de dólares, catorce veces más que el cálculo original
Casi desde el principio del proceso de diseño del edificio, las bóvedas fueron proyectadas como una serie de parábolas apoyadas por una estructura prefabricada de "costillas". Este planteamiento tuvo la oposición de la firma inglesa encargada de los trabajos de construcción, cuyos ingenieros no podían encontrar una solución aceptable, tanto estructural como económica, para construirlas. Desde 1957 hasta 1963 el equipo de diseño barajó por lo menos doce diferentes interacciones en la forma de las bóvedas (incluyendo parábolas, costillas circulares y elipsoides) antes de dar con una solución realizable. A mediados del año 1961 el equipo de diseño[url=mid://00000039/%23_ftn1][/url] encontró una solución al problema: todas las bóvedas serían creadas como secciones de una esfera.
Esta técnica evitó la necesidad de construir un costoso encofrado, recurriendo al uso de unidades prefabricadas en las que los moldes se podían utilizar varias veces. Así, las 2.400 "costillas" de la estructura y las 4.000 placas que recubren las bóvedas fueron prefabricados en láminas a pie de obra. Las diferentes secciones se ensamblaron por partes y luego fueron colocadas en sus respectivos lugares con la ayuda de grúas. El resultado fue algo diferente, un conjunto de conchas -el emplazamiento original en tiempos de los aborígenes era conocido por las muchas conchas marinas que allí se hallaban- o velas -símbolizando los veleros que inundan la bahía de Sydney. El propio Utzon nunca se pronunció al respecto. Para él, aquellas complicadas estructuras eran la "quinta fachada" del edificio, una especie de forma orgánica que tendría un aspecto diferente desde cada ángulo desde la que se contemplara, de lejos o de cerca, desde lo alto o a nivel del suelo, vistas contra el cielo, el mar o el sol. Curiosamente, Utzon declaró que su principal inspiración en cuanto a la estructura general del edificio habían sido los templos mayas que visitó en México durante un viaje en 1949. Y, efectivamente, los planos nos muestran que las llamativas conchas se apoyan una plataforma a la que se accede gracias a tramos de escaleras.
Pero, mientras tanto, la obra seguía acumulando grandes retrasos. En 1965 hubo un cambio de gobierno en el estado de Nueva Gales del Sur. El nuevo gabinete cambió los equipos a cargo del proyecto, transfiriéndolo al Ministerio de Obras Públicas. Esto condujo en última instancia a la dimisión de Utzon aquel mismo año. El arquitecto ni siquiera acudió a la inauguración de su obra. Tampoco es que lo invitaran ni, aún más lamentable, mencionaran su nombre en la ceremonia de apertura. La obra elegida, Guerra y Paz, de Prokófiev, era muy apropiada para la ocasión. Eso es lo que fueron los años de construcción de la Ópera, una larga guerra hasta que llegó la paz. El arquitecto abandonó Sydney por la puerta de atrás, descorazonado y con nombre falso para despistar a los periodistas. Se retiró a un lugar tranquilo en Mallorca y no volvió a Australia. Terminó harto de las intrigas, interferencias, zancadillas e incomprensiones que rodearon su trabajo.
Utzon no volvió a diseñar nada ni remotamente tan famoso. Goossens, el hombre que empezó todo aquello, tampoco llegó a ver realizado su sueño. En 1956, en la aduana del aeropuerto de Sydney, le descubrieron encima una llamativa colección de material pornográfico. La puritana Australia de los cincuenta no estaba dispuesta a consentir semejante degeneración y al final hubo de fijar su residencia en otro país. Así, paradójicamente, los dos padres de la Ópera de Sydney, el que la soñó y el que la construyó, no pudieron ver el resultado de sus desvelos.
El Teatro de la Ópera fue terminado oficialmente en 1973 con un desfase de diez años y 95 millones de dólares. Su construcción estuvo a punto de durar más tiempo que algunas catedrales medievales o que las pirámides de Egipto. Tantas cosas pasaron que, con los años, alguien escribió el libreto de una ópera titulada "La octava maravilla", dedicada a los avatares de la obra junto a la bahía. El presupuesto se disparó, las autoridades no sabían ya de dónde sacar dinero. Convocaron una lotería especial y consiguieron que los australianos hicieran una cuestión de orgullo nacional la compra de un decimito. Llegaron incluso a organizar concursos de besos para recaudar fondos. Un escándalo para la época, sí, pero que ha resultado una inversión de primera clase. Es curioso hasta qué punto una obra arquitectónica, por su fuerza y originalidad, por la audacia de su diseño o por su armonía estética, puede representar una ciudad. La Ópera es uno de los edificios de relaciones públicas con más éxito desde las Pirámides. Los problemas y escándalos durante su construcción no son ya más que anécdotas que forman parte de su historia y hacen que los visitantes se asombren aún más al conocerlos.
Todo el complejo tiene unas dimensiones de 183 metros de largo y alrededor de 120 metros en su punto más ancho. Se apoya en 580 pilares hundidos hasta una profundidad de 25 metros bajo el nivel del mar. Durante la visita fuimos recorriendo diversas salas de conciertos e instalaciones. El Opera Theatre, con 1.547 asientos, es el espacio principal de la compañía Opera de Australia; también es utilizado por la Compañía Australiana de Ballet. Como he dicho, precisamente aquel día estaban retirando el parquet utilizado en la temporada de ballet, que había finalizado la noche anterior, hacía tan sólo unas horas, preparando el escenario para la ópera que inauguraba la temporada lírica aquella misma noche. Elizabeth nos hizo sentar en las cómodas butacas del espectacular auditorio mientras los encargados de mantenimiento trabajaban en el escenario.
- Quiero llamarles la atención sobre un aspecto único de este edificio. Tradicionalmente, los teatros reciben al público por un vestíbulo, teniendo el escenario al frente. Ese vestíbulo envuelve el palco de butacas. A continuación está el escenario, que a los lados y en la parte posterior tiene el espacio dedicado a las bambalinas, camerinos, almacenes, etc. Normalmente, la fachada del teatro da a una avenida principal y el edificio está encajonado entre otras construcciones, por lo que la parte delantera es la única que la gente ve. La parte de atrás suele dar a una calle secundaria desde donde se realiza la carga y descarga del material necesario, entrada de actores, etc.
Pero el diseño de la Opera House es diferente. Utzon diseñó este complejo para que se ajustara a la península de Benelong. Los dos teatros principales fueron construidos uno al lado del otro para que ambos disfrutaran de vistas sobre el puerto, con los barcos que van y vienen y la iluminación nocturna dando un toque especial a las funciones de noche. Así que, en este caso, los vestíbulos de entrada, acristalados, envuelven todo el edificio y el escenario queda en el centro. De hecho, el público entra desde detrás del escenario y da la vuelta por los pasillos exteriores. Esto hace que, al contrario que en los teatros tradicionales, no puedan existir grandes alas laterales que sirvan de apoyo a tramoyistas y actores. El escenario esta construido a base de grandes plataformas que suben y bajan para facilitar el cambio de escenografía, que se prepara en los talleres subterráneos. Por otro lado, el "cielo" del escenario queda envuelto por la gran concha principal, a diferencia de los teatros tradicionales, que tiene la forma de estructura trapezoidal que sobresale de la base principal.
El asunto del sonido era otro campo espinoso que requirió de numerosos estudios y pruebas. Era necesario dotar a la sala -tanto esta como la de Conciertos, en el edificio contiguo- del grado de reverberación adecuado tanto para conciertos orquestales como para voces humanas; había que encajar los suficientes asientos en las salas como para que el aforo cubriera los gastos y, aún así, que la acústica y la visibilidad fueran óptimas. Y, además, diseñar un escenario que sirviera tanto para las representaciones operísticas como para conciertos de grandes orquestas, coro y órgano incluido.
- El sonido viaja en forma de ondas y éstas tardan un tiempo en desaparecer. Este tiempo lo conseguiremos acortar si el sonido resulta absorbido, es decir, si la energía es absorbida por materiales blandos -o el público, que para el caso es lo mismo-. Por el contrario, si esas ondas golpean materiales duros, se produce un fenómeno de reflexión, de reverberación. Demasiada "absorción" significará que el sonido no viajará lo suficientemente lejos como para que la gente al fondo de la sala disfrute de una buena audición. Demasiada "reflexión" producirá un eco: la gente escuchará el mismo sonido dos veces. La calidad del sonido se mide por el tiempo que éste tarda en desvanecerse, lo que llamamos reverberación. Dos segundos es lo que se considera óptimo para música orquestal. En el caso de voces humanas, el nivel adecuado es 1,4 segundos.
Así, el volumen de la sala debe ser lo suficientemente grande como para que el sonido viaje la distancia óptima antes de que desaparezca. Además, el sonido de la música y las voces debe distribuirse uniformemente por toda el auditorio para que así la gente sentada al fondo pueda oír bien. Y eso es algo que los ingenieros tuvieron en cuenta. No sólo las paredes y los techos están recubiertos de materiales especiales, sino que el tiempo de reverberación puede modificarse instalando estructuras especiales que cuelgan del techo. Es más, los asientos en los que ustedes se hallan sentados están hechos de una madera especial que absorbe el sonido de tal forma que cuando la sala no está llena los asientos no ocupados absorben el sonido igual que si hubiera alguien sentado. De esta forma, siempre se obtiene un sonido igual al que habría si la sala estuviese llena.
Pero no todo son cifras y datos. Han ocurrido aquí episodios muy divertidos. En una ocasión, por ejemplo, una zarigüeya - marsupial parecido a la rata-, entró en plena representación y la soprano se desmayó del susto; o cuando un tenor ruso quedó atrapado en el ascensor que lo elevaba desde el nivel inferior. Al salir, irrumpió en escena cantando en ruso. Se equivocó de ópera, porque lo que representaban era la Aida de Verdi. Y episodios de toda clase no han tenido lugar sólo en el interior de la Ópera sino también en su exterior. La guerra de Irak de 2003 no fue, desde luego, popular aquí en Australia. Dos individuos escenificaron su oposición escalando al tejado y pintando "No War" en una de las estructuras con forma de vela. Ambos fueron encontrados culpables de daños contra la propiedad pública. Limpiar el desaguisado costó nada menos que 40.000 libras esterlinas.
Explicaciones fascinantes como esta se fueron sucediendo a lo largo de la visita. Hay quien dice que la dimisión de Utzon se produjo demasiado pronto y que nunca llegó a diseñar el interior de su edificio con detalle, por lo que éste siempre resulta más decepcionante que el interior. Es cierto que el concepto que preside el modelo exterior de la Ópera no tiene su reflejo en la estructura y decoración interior, pero aún así, me pareció no sólamente un excelente y completo complejo cultural que cualquier ciudad envidiaría, sino un lugar extraordinariamente vivo y con una incesante actividad. El Concert Hall o Sala de Conciertos, con 2.679 asientos, contiene el órgano mecánico más grande del mundo con unos 10.000 tubos. Además de esas dos grandes salas, el complejo alberga el Drama Theatre con 544 asientos; la Sala de Música, con 398 asientos y vistas al mar, el Studio Theatre, con 364 asientos -todos ellos situados bajo las salas principales de conciertos y convenientemente aislados- además de algunos salones cerrados por grandes ventanales que dan a la bahía y que se pueden alquilar para celebraciones, bodas, fiestas o conferencias. Nos detuvimos un rato en uno de ellos para tomar fotos del lugar -el único sitio donde nos dejaron hacerlo-. La localización era inmejorable. Todos los años se celebra aquí una fiesta de fin de año desde donde se pueden disfrutar los fuegos artificiales que se lanzan desde el puente, con todo Sydney iluminado.
- Por supuesto, no estamos viendo todo el recinto de la Ópera. Tenemos también aquí un estudio de grabación, una sala de exposiciones, cinco salas de ensayo, 42 camerinos, 2 restaurantes, cuatro tiendas de souvenirs, 6 bares y 6 vestíbulos, sin contar las oficinas de administración, la biblioteca y los archivos. En total hay alrededor de 800 ambientes o salas diferentes en todo el complejo. El edificio cuenta con más de 2.200 puertas y ocupa 1,8 hectáreas. El suministro de energía es el equivalente al de una ciudad de 25.000 personas y se distribuye a través de 645 km de cable.
Al atravesar el corredor que unía las dos estructuras del edificio, Elizabeth nos llamó la atención sobre los azulejos que recubrían las "conchas" que forman los elegantes tejados en forma de vela.
- ¿Cuántos azulejos dirían ustedes que se utilizaron para recubrir toda la estructura?-preguntó.
Se hicieron las más variadas apuestas pero pocos se acercaron a la cifra auténtica: 1.056.006 azulejos de un color crema que de lejos parece blanco. Construidos en Suecia, por alguna razón que no recuerdo, tienen una propiedad especial que repele la suciedad.
La visita finalizó en una agradable sala dedicada a conciertos de música de cámara, un espacio íntimo con sillas de diseño y hermosas vistas exteriores. Allí nos contó nuestra servicial guía cómo a fines de la década de los 90, el Patronato de la Casa de Ópera de Sydney había iniciado un acercamiento a Jorn Utzon con el fin de llegar a una reconciliación y asegurar su implicación en una futura remodelación del edificio. Poco después, en 1999, el Patronato lo designó como consultor del diseño para tal trabajo. En 2004, se abrió el primer espacio interior reconstruido para restablecer el diseño original de Utzon, rebautizándose como "Sala Utzon" en su honor.
- Utzon no ha venido a Australia y no creo que ya lo haga-contestó Elizabeth a una pregunta de alguien del grupo-. Es muy mayor, el viaje es largo y odia las multitudes, algo que tendría que sufrir si viniera aquí debido a la expectación que despertaría su visita. Pero conoce el edificio perfectamente y, como les digo, ha comenzado a colaborar de nuevo con nosotros.
Cuando salgo al exterior, el cielo brilla con un azul intenso y los rayos del sol se reflejan sobre las aguas de la bahía y los blancos azulejos de las velas de la Ópera. Es la luz perfecta con la que soñó Utzon cuando un día imaginó su obra. De lejos o de cerca, desde un barco o desde cualquier otro punto en tierra firme, las inconfundibles conchas de la Ópera se recomponen a sí mismas una y otra vez en diferentes y abstractos diseños. Utzon falleció el 29 de noviembre de 2008, un año después de mi visita. Jamás llegó a ver su obra personalmente. Veinte años antes, en 1978, Utzon fue premiado en Europa con la Medalla de Oro de Arquitectura y aclamado como "el mejor arquitecto del siglo XX".
No siempre la Ópera de Sydney ha sido la "niña bonita" del público. Durante muchos años, el elemento distintivo de Sydney y su bahía fue otro muy diferente, en forma, propósito y origen. Dediqué la tarde a visitar ese segundo gran símbolo de la ciudad, el Harbour Bridge.
El puente emana poder, solidez, perdurabilidad y utilitarismo. Puede que el edificio de Utzon sea más bello, pero no le gana al puente en presencia pura y simple. El puente domina la bahía en mayor medida que la Ópera. Sus contundentes formas, hijas de la revolución industrial, del carbón y el hierro, dominan la bahía. Es tan grande que desde lejos resulta diíficil hacerse una idea exacta de sus dimensiones. Sólo cuando nos vamos acercando notamos cómo se nos viene encima. Sus cimientos son inmensos, se levanta sobre nosotros como un edificio de diez pisos, pero parece mucho más pesado. Hasta 1967, fue la estructura más alta de la ciudad y aún continúa siendo el puente más ancho del mundo. sus dimensiones, no obstante, son variables, oscilando 18 cm verticalmente dependiendo de la temperatura. El arco tiene una longitud de 503 metros y su estructura metálica -en la que se utilizaron seis millones de remaches con cabezas como manzanas- pesa 39.000 toneladas. La parte más alta del arco se levanta a 134 metros sobre el mar, aunque esta altura puede ampliarse casi dos metros más en los días de calor por la dilatación del metal.
Los australianos han sabido sacar partido del puente, y no sólo como infraestructura utilitaria. En cada extremo del mismo se levantan un par de pilones de cemento y granito de 89 metros de altura, de cierto aire egipcio y que sostienen la masiva pasarela. En uno de ellos se aloja el museo del puente, una interesante exposición que rinde homenaje a aquellos que hicieron posible un proyecto de unas dimensiones nunca vistas en el continente hasta ese momento. Aquellas salas daban la oportunidad al visitante de profundizar en el entorno social en el que se construyó, la proeza técnica que su tendido supuso para la época, cómo salvó la economía de la ciudad y el papel que juega actualmente, por no hablar de las siempre entretenidas cifras y estadísticas. Para llegar hasta el pilón era necesario subir hasta el nivel del puente por un tramo de escaleras que partía del barrio de The Rocks y caminar un buen trecho por el carril de peatones. La altura sobre el agua era atemorizante pero aun así, el puente ha visto caer 40 suicidas, la mayoría al poco tiempo de inaugurar el puente, durante la Depresión de los años treinta. Sin pretenderlo, el gobierno les había proporcionado la infraestructura ideal para sus desesperados propósitos.
Habían existido planes para levantar un puente desde 1815, pero las cosas no se concretaron hasta 1911. Hasta después de la Primera Guerra Mundial no se empezaron a dar pasos hacia la construcción que supuso un capítulo fundamental en la historia de Sydney. En 1923 cuando los ciudadanos decidieron por fin a iniciar los trabajos, no pensaban en un puente cualquiera, sino en el espacio arqueado más largo construido hasta entonces. Era una empresa ambiciosa para un país tan joven y tardaron en construirlo más de lo que pensaban, casi diez años. Justo antes de terminarlo, en 1932, el Bayonne Bridge de Nueva York se inauguró sin aspavientos y se descubrió que medía 600 metros más.
En 1923 se demolieron 800 viviendas (los propietarios de las casas recibieron una compensación, no así los inquilinos). Las fotografías en blanco y negro de la exposición iban reflejando las distintas etapas de construcción y mostraban a los operarios realizando peligrosas tareas a cien metros de altura sobre el mar sin cordajes ni arneses de ningún tipo, tomándose el almuerzo, bromeando o exhibiendo sus habilidades y ausencia de vértigo. Por otra parte el fotógrafo demostró un valor nada desdeñable al subir con su equipo a los andamiajes teniendo en cuenta las nulas condiciones de seguridad imperantes en la época. Dieciséis obreros murieron durante las obras pero sólo dos fue a causa de caídas. Hubo también varios heridos a causa de la labor de remache -había que calentar los remaches al rojo antes de insertarlos- o padecieron de sordera para el resto de sus vidas a consecuencia del ruido de las remachadoras.
Sea como fuere, la construcción del puente, terminada en 1932, fue una proeza tanto financiera, dada la situación de depresión económica, como de ingeniería. Antes de que existiera, la única manera de acceder desde el centro de la ciudad, en la orilla sur, hasta el barrio residencial, en el norte, era por transbordador o dando una vuelta de 30 km por una carretera por la que habían de cruzarse cinco puentes. Este puente de un solo arco, conocido popularmente como The Coathanger (la percha), tardó ocho años en levantarse, incluida la línea del ferrocarril. Los préstamos para su construcción ascendieron a 6.25 millones de libras australianas, que terminaron de pagarse en 1988.
Los cimientos del puente miden 12 m de profundidad. El arco se construyó en dos mitades sujetas a cada lado con cables de acero. Una vez reunidas las dos partes, se empezó a levantar el suelo. Pintar el puente se ha convertido en una tarea interminable. Exige un mantenimiento continuo para protegerlo del óxido, por lo cual se le han de dar continuamente manos de pintura gris acero. Para cada capa se necesitan aproximadamente 30.000 kg de pintura, los suficientes para cubrir un espacio equivalente a 60 campos de fútbol. Más de 1.500 vehículos cruzan el puente cada día; unas 15 veces más que en 1932. El museo mostraba también varias fotografías del día de la inauguración, con miles de personas atravesando por primera vez la obra que había sido conocida como "El Pulmón de Hierro", pues aunque el 79% del metal utilizado fue importado de Inglaterra, los 1.400 trabajadores eran australianos y semejante obra, aunque costó al final el doble de lo presupuestado, sostuvo la economía de la ciudad en plena Depresión.
Pero hablando de inauguraciones, cuando se trata de grandes ceremonias de apertura hay que mencionar el suceso que marcó la apertura del Sydney Harbour Bridge el 19 de marzo de 1932. El plan era que el primer ministro Jack Lang cortaría la cinta, la multitud vitorearía y todo el mundo se iría a casa con una sonrisa en los labios. Pero había alguien que tenía una idea diferente.
El oficial de caballería retirado Francis De Groot no estaba pero que nada satisfecho con el hecho de que Jack Lang tuviera el honor de cortar la cinta en aquella histórica ocasión. De Groot creía que sólo un miembro de la familia real era digno de tal misión y ante la ausencia del rey Jorge V, De Groot decidió que él mismo se encargaría de la tarea real. De alguna manera consiguió que se le pusiera al frente de la guardia de honor durante el acto de inauguración y, cuando Lang llegó, el jinete aprovechó la ocasión: cabalgó hacia el frente a toda velocidad ¡y cortó la cinta con su espada! La policía intervino rápidamente -aunque ya un poco tarde- y detuvieron al lunático monárquico para internarlo en un hospital psiquiátrico. Se le declaró cuerdo pero no tardó en revelarse que era miembro de un partido político de extrema derecha, New Guard. De Groot fue multado con cinco libras y acusado de comportamiento ofensivo. En cuanto a la ceremonia, la cinta fue atada de nuevo y el protocolo se reanudó como si nada hubiera sucedido.
En la cima del pilón se abre un mirador desde el que se goza de una buena perspectiva tanto del puente como de la bahía. A muchos metros por debajo discurren los carriles para coches, trenes, ciclistas y peatones. Hoy ya no es la única manera de cruzar la bahía. El avance de la tecnología permitió décadas después excavar un túnel que comienza debajo de Macquarie St. y llega al otro lado de la bahía, muy cerca del puente, aliviando la congestión de las horas punta.
Desde el mirador se distinguía una fila de pequeños seres que subían las escaleras que bordeaban el gran arco exterior. Eran turistas, disfrutando de una actividad que por razones presupuestarias yo hube de dejar para otra visita. Se trata del Bridge Climb, cuya base está en el pilón sudeste. Desde 1998 esta empresa se dedica a llevar a pequeños grupos de diez personas a escalar el puente (en realidad se trata de subir por las escaleras de servicio, que no tienen complicación mientras no seas agorafóbico o sufres de vértigo).
Aunque la experiencia dura 3 horas, sólo se pasan 2 en el puente, ascendiendo gradualmente y descansando mientras el guía señala puntos de interés y ofrece información. La hora que se pasa inscribiéndose y equipándose en las modernas oficinas de la base del pilón hace que uno se sienta como si se estuviera preparando para salir al espacio exterior, en parte debido a los trajes de estilo Star Trek, diseñados para camuflarse con el puente (no es una vestimenta colorida que estropee la visión a aquellos que se encuentran a ras de tierra). En el fondo no es tan arriesgado como pudiera pensarse, ya que es imposible caerse gracias a los arneses y al sistema de cables. El único objeto personal que se puede llevar consigo es las gafas de sol, atadas al traje con cuerdas especiales; todo lo demás (desde pañuelos a gorras) viene con el equipo y sujeto de modo similar. Todo ello es para evitar que se caigan objetos sobre los automóviles y las personas que pueda haber debajo circulando por el puente. Esto significa que uno no puede llevar su cámara fotográfica. Teniendo en cuenta que se trata de una de las mejores oportunidades para hacer buenas fotografías, este contratiempo resulta decepcionante y aunque se realice gratuitamente una foto de grupo encima del puente, las propias personas ocultan parcialmente el fantástico panorama.
Por otro lado, el precio no es precisamente barato: entre 179 y 295 dólares australianos según la hora que se elija, ya que hay ascensiones durante todo el día, incluyendo al amanecer y al atardecer. Sólo se cancela la actividad a causa de tormentas eléctricas o fuertes vientos (no resultaría bueno para el negocio que Mrs.Smith de Kansas resultara carbonizada por un funesto rayo o arrastrada por el viento hasta estrellarla contra la calzada 100 metros por debajo).
Pero las vistas desde el mirador donde me encontraba, aunque muchos metros por debajo de la cúspide del puente, eran igualmente magníficas. Por supuesto, el agua era el elemento que dominaba el paisaje, un agua surcada por docenas de embarcaciones que ejecutaban con ligereza y despreocupación un complicado baile: lanchas rápidas, barcos de crucero por la bahía para turistas, los pintorescos transbordadores con su aire de barquito de juguete, cruceros de lujo de gran tonelaje, pequeñas embarcaciones deportivas ancladas en puertos resguardados en recoletas ensenadas, veleros, ...se cruzaban, entrando o saliendo de la bahía.
Sin duda es el puerto lo que ha hecho a Sydney. No es tanto un puerto como un fiordo de 25 km de largo y perfectamente proporcionado: tan grande como majestuoso, pero sin perder su aire doméstico. Estés donde estés, la gente de la otra orilla nunca está tan lejos que parezca remota. Como cruza el centro de la ciudad de este a oeste, divide Sydney en más o menos dos partes iguales, los suburbios del norte y del este (da igual que los suburbios del este estén realmente en el sur, o que muchos de los suburbios del norte estén claramente en el este. Los australianos, no hay que olvidarlo, empezaron siendo británicos). Decir que tiene 25 km de largo no da ni una ligera idea de su extensión. Como constantemente se bifurca y divide en brazos que acaban en pequeñas y apacibles ensenadas y bahías, la línea costera del puerto mide nada menos que 244 km. La costa, además, ha recibido un tratamiento urbano responsable, evitando los desarrollos urbanísticos desordenados. Así, sin salir del centro urbano, se pueden dar largos paseos jalonados por pequeñas calas y bordeados por parques que parecen estar a kilómetros de cualquier ciudad grande. De repente, das la vuelta a un cabo y te encuentras con una nueva perspectiva del edificio de la Ópera.
Circular Quay es un conjunto peculiar y desde lo alto de puente se puede apreciar su extraña variedad. Por un lado, un arrecife de modernos rascacielos de cristal, escaparate de la Australia contemporánea. Justo al lado, el barrio histórico de The Rocks, con sus restauradas casas del siglo XVIII. Los Botanical Gardens, que se adentraban en la bahía en la forma de una estrecha península paralela a Bennelong Point, se veían claramente detrás del elegante edificio de la Ópera. Y el puente, que como un gran padre de cemento y metal domina todo el entorno. Desde aquí el edificio de la Ópera parece un indefenso David frente al inmenso goliat. Pero como David, ha vencido en la batalla de la publicidad y la carrera por conseguir el cariño de la gente. El puente es impresionante por su tamaño, pero sus rotundas formas responden a un propósito práctico y utilitario: facilitar el transporte. La Ópera, por el contrario, pertenece al etéreo mundo de la cultura y Jorn Utzon lo entendió perfectamente cuando planteó su diseño. El puente se ancla firmemente en la bahía. La Ópera parece que vaya a emprender el vuelo. Una extraña pareja que han aprendido a convivir en armonía.
Si quieres leer mas y ver las fotos del viaje visita el blog http://deviajestesorosyaventuras.blogspot.com/
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Últimos comentarios
elisabethcarreraspaz dice:
5 estrellitas es poco el relato merece mucho màs la parte sobre la construcciòn y diseño del teatro de Opera me encanto.... increible que el genio que lo creo nunca viera su obra terminada....
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