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Un mundo de maravillas 2

Escribe: amrazgz
Maravillas naturales, prodigios monumentales, mundos acuáticos, enigmas...

 

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Montañas Drakensberg: las montañas nubladas

Sudáfrica — martes, 4 de agosto de 2009

J.R.R.Tolkien nació en Bloemfontein, Sudáfrica, y dicen que cuando escribió El Señor de los Anillos, a la hora de hora de crear uno de los parajes más evocadores de su libro, las Montañas Nubladas, la hostil e infranqueable barrera montañosa en cuyo interior se escondían las siniestras minas de Moria, se inspiró en un recuerdo de su niñez. El modelo que utilizó el famoso escritor tiene también un nombre de fantasía: Las Montañas del Dragón, Drakensberg en lengua afrikaner. Estas montañas de perfil áspero y cumbres a menudo ocultas tras la bruma, están situadas al sudeste de Sudáfrica, separando el gran país africano del pequeño reino montañoso de Lesotho.



Mientras conducíamos por las rectas carreteras de la provincia de Kwazulu-Natal nos acompañaban unos cielos cubiertos de amenazadoras nubes cuya lluvia, por el momento, se contentaba con descargar en los lejanos picos que se alzaban sobre el horizonte. El paisaje era llano, alternando el amarillo de los cultivos con el verde intenso de los campos silvestres extendiéndose en un bordado multicolor de tonos cambiantes. Bordeamos la tormenta, escapando de ella al tiempo que contemplábamos cómo el chaparrón formaba una cortina de tonos púrpura que unía la tierra con el cielo a muchos kilómetros de distancia. De vez en cuando, el manto de nubes se abría permitiendo divisar el brillante azul del cielo. A través de esas ventanas celestes la luz del sol se filtraba, iluminando grandes parcelas de terreno en una estampa casi religiosa.



Una hora después, nuestra visión quedaba totalmente absorbida por la imponente muralla rocosa de las montañas Drakensberg, un farallón rocoso de formas bruscas y agresivas que se asemejaba a las murallas de una fortaleza. Los zulúes llaman a estas montañas uKhahlamba, "barrera de lanzas". Ambos nombres son igualmente gráficos aunque yo me quedo con el primero, más sugerente y menos belicoso. Y la verdad es que se trata de un paisaje que parece directamente extraído de un cuento de hadas, con cascadas que caen desde lo alto de las paredes rocosas, bosques que cubren laderas y valles y arroyos de aguas cristalinas que descienden de cumbres ocultas por un velo de nubes... Esta cordillera, cuya longitud supera los mil kilómetros, rodea al reino independiente de Lesotho como si fuera una especie de ciudadela fortificada. Fue su inusual localización lo que permitió a sus habitantes resistir los embates de los afrikaners y mantenerse alejados del perverso régimen del apartheid. La sección oriental y nororiental de estas elevaciones despliegan una belleza especial que les ha merecido su calificación como Parque Nacional.



Mount-aux-Sources es una enorme montaña que se alza 3.048 metros sobre el nivel del mar en el extremo norte de la cordillera. Una de sus caras mira hacia las colinas del Estado Libre de Orange mientras la otra lo hace hacia las llanuras de KwaZulu-Natal. Su nombre, que significa "montaña de manantiales", se lo debe a dos misioneros franceses, los reverendos Daumas y Arbousset, que llegaron aquí desde el oeste en 1836, la época en la que la vanguardia boer se ponía en marcha hacia el este a la búsqueda de nuevas tierras. Intentaban atravesar las formidables montañas de Lesotho hasta alcanzar la vertiente de KwaZulu-Natal, donde observaron un inusual número de manantiales que daban origen a arroyos y ríos. La cara oriental del Mont-aux-Sources tiene forma curva y cuando se contempla desde abajo, se asemeja a un anfiteatro -de hecho, ése es el nombre que recibe-. Sobre su cresta se desploma el río Tugela en una serie de espectaculares cascadas, una de las cuales tiene nada menos que 183 metros. Las reservas y las zonas agrestes se suceden una tras otra sin que apenas exista separación alguna y la mayoría forman parte del más amplio Parque Drakensberg. Thabantshoyana, de 3.482 m de altura, constituye la cumbre más alta y está situada justo en la frontera con Lesotho; otras cimas son Giant´s Castle, Cathedral Peak, Cathkin Peak, Champagne Castle y la ya mencionada Mont-aux-Sources. Son imanes para los turistas, que vienen de lejos para intentar subir a los picos, explorarlos a pie o a caballo, disfrutar de las vistas y el limpio y saludable aire de la montaña y deleitarse con los ríos cristalinos, la nieve de las laderas más altas y la diáfana amplitud de este bello territorio.



El camping Mahai, en el Royal Natal National Park, estaba a rebosar y no resultó fácil encontrar un hueco para nuestro vehículo. Era Semana Santa y el parque nacional, popular incluso fuera de fechas destacadas del calendario, recibía ahora a numerosas familias que acudían a gozar de unos días de descanso en un relajante entorno natural. Uno de los campistas nos contó que venía todos los años al menos en dos ocasiones y que el tiempo era totalmente impredecible, siendo frecuentes los chaparrones. Su afirmación quedaba demostrada por la humedad reinante en el suelo: el césped estaba totalmente empapado y a pesar de que por la noche las temperaturas bajaron, la única manera de moverse por los alrededores era con sandalias si se quería evitar el acabar con las zapatillas de deporte empapadas. De todas formas, se trataba de un camping magníficamente emplazado: una hondonada cerrada por el sur por los impresionantes acantilados rocosos y con abundantes y frondosos árboles que la protegían del calor durante las horas centrales del día. A pesar de que tras el espectacular ocaso las estrellas quedaron veladas por amenazadoras nubes en cuyo interior se libraba una batalla de truenos, relámpagos y rayos, la ira de los cielos no se decidió a caer sobre nosotros y la noche transcurrió seca y tranquila.



A las seis de la mañana salimos de las tiendas para encontrarnos un día espléndido. Un par de horas después, tras un lento y abundante desayuno, comenzamos una de las caminatas más recomendables del parque. Las 7.400 hectáreas del Parque Nacional Royal Natal, que recibe su apelación de Royal desde que la familia real británica visitó la zona en 1947, constituyen una gran superficie de prados ondulados, paredes y riscos de agreste belleza. Existen múltiples posibilidades pero el destino que nosotros elegimos fue un lugar llamado The Gorge, una garganta rocosa por cuyo interior discurría un río bravo y de difícil vadeo. La caminata supondría un total de 22 km, a los que habría que sumar los cinco kilómetros de carretera asfaltada que separaban nuestro camping del inicio de la senda. Ese primer tramo, sin sombra y por asfalto, fue la parte más aburrida del trayecto aunque hallábamos cierta compensación en la fantástica vista que nos ofrecía el entorno: en cualquier dirección a la que se dirigiera la mirada sólo se veía un manto verde interrumpido por la serpiente plateada de un río de montaña, el Tugela, que descendía del gran anfiteatro rocoso que se levantaba desafiante a cierta distancia delante de nosotros. La vista es tan bella y espectacular que ha pasado a formar parte de los folletos y reportajes sobre el país, un icono turístico repetido una y otra vez. Sobre la parte superior del anfiteatro rocoso comenzaban a acumularse las nubes, provenientes de Lesotho y detenidas por el obstáculo pétreo. Poco a poco, enormes masas algodonosas iban rebosando el muro y condensándose en las alturas, anunciando con su oscurecimiento, del blanco al azul índigo, un empeoramiento del tiempo al cabo de unas horas.



Una vez atravesado el parking situado al inicio del sendero que se dirige hacia la garganta, accedemos a un fantástico entorno protegido por un frondoso y refrescante bosque húmedo, del tipo que se puede ver en Nueva Zelanda o algunas zonas de Escocia, en donde helechos y líquenes son los reyes. Charcos, arroyuelos, cataratas y no pocos barrizales indicaban que nos hallábamos en una zona sometida a intensas precipitaciones. La cadena de las Drakensberg ejerce una intensa influencia sobre las condiciones meteorológicas de todo el país. Se comporta como una especie de canalizador de las lluvias que provienen del océano Índico. En ella descargan las nubes, creando una franja de bosque entre las montañas y el mar que se asienta sobre tierras bien regadas y fértiles. Al oeste de las Drakensberg, el país es considerablemente más árido y cuanto más nos alejamos hacia el norte de las montañas el paisaje va evolucionando, primero hacia la sabana, y luego hasta el desierto del Karoo o del Kalahari, donde las temperaturas llegan fácilmente a los 40º durante el verano. Las Drakensberg son una de una de las pocas regiones del África austral donde las precipitaciones anuales superan los 1.400 mm, con una escorrentía mayor debido al deshielo de las nieves invernales. En realidad, los ríos permanentes más importantes de Sudáfrica nacen en esta cordillera o en sus estribaciones, entre los cuales destacan el Orange, el Vaal, el Tugela, el Pongolo, el Usutu y el Letaba.



Por el momento, sin embargo, el sol castigaba con fuerza los tramos de sendero que abandonaban el frescor vegetal -donde descansaban y tomaban nuevas fuerzas los grupos de senderistas- y que serpenteaban por las laderas del arrugado y cada vez más accidentado relieve. Seguíamos las colinas que esculpían un fantástico valle que desembocaba a nuestras espaldas en una ondulada llanura y cuyo origen, todavía escondido, era nuestro destino. Por el fondo del valle y discurriendo cada vez a mayor profundidad discurría el Tugela. Lo habíamos conocido como una cinta de agua cristalina y cantarina, pero a medida que lo remontábamos y las paredes rocosas lo encerraban, su rumor se volvía más sordo y violento. Aunque el parque es famoso sobre todo por su flora más que por su vida salvaje, tuvimos ocasión de ver desde muy cerca a magníficas aves de presa deslizarse entre las corrientes de aire que recorrían los valles cercanos al Anfiteatro.



Un par de horas después, el camino comenzó a estrecharse con rapidez a medida que se encajonaba entre dos paredes verticales cuyos límites escondía la vegetación. El barro, las raíces y los troncos de los árboles entorpecían la marcha y descorazonaban a los caminantes menos preparados, que decidían dar media vuelta. En un momento determinado, un ramal del río cortaba el camino y obligaba a vadear la corriente haciendo equilibrios sobre ramas y piedras. Tras sortear este obstáculo, nos encontramos con la garganta, The Gorge, un impresionante cañón de asombrosas paredes y que, a medida que nos internábamos en él, iba estrechando sus márgenes hasta que el río que discurría por su centro apenas dejaba espacio en las orillas. Era un terreno difícil, con un suelo cubierto de cantos rodados de variadas dimensiones que iban desde el tamaño de una uña hasta el de un camión, todos intensamente pulidos por la acción de un torrente caprichoso que podía tornarse violento y destructor a tenor de las marcas que el agua había dejado en todos los elementos del paisaje. Los ecos cobraban aquí una extraña sonoridad, apagados por el murmullo del agua al saltar por entre rocas y desniveles.



Las cosas comenzaron aquí a ponerse difíciles. Vadeamos el río dos veces, tarea nada fácil porque a la gélida temperatura del agua había que sumar un lecho áspero compuesto de piedras y cantos rodados que no sólo hacían complicado caminar y mantener el equilibrio sino que se clavaban en las plantas de los pies. Más de uno acabó a cuatro patas en mitad de la corriente, empapando las botas que acarreaba atadas por los cordones al cuello y la comida que portaba en su mochila. Hubo que seguir cruzando el río varias veces siguiendo el mismo ritual: quitarse las botas y los calcetines, atarse el bulto alrededor del cuello, cruzar como mejor se pudiese tratando de no acabar completamente empapado, llegar a la otra orilla y volver a calzarse con los pies mojados, puesto que no nos deteníamos lo suficiente como para dejar que se secasen al aire.



Observamos con inquietud cómo el cielo se iba cubriendo con unas nubes que no presagiaban nada bueno, pero pronto la ascensión nos llevó hasta una escalera de cadenas cuyo tramo superior quedaba ya envuelto por las brumas. Desde el borde de los farallones del anfiteatro, de 850 metros de altura, uno adquiere conciencia de la propia pequeñez. Forman una maciza herradura rocosa semioculta por los frecuentes y cambiantes bancos de nubes. En los valles y laderas que habíamos dejado atrás ya estaba lloviendo, revitalizando los arroyos de montaña y alimentando los prados cubiertos de pequeñas flores. Disfrutamos un rato del bello paisaje en continua transformación antes de descender y sumergirnos en la tormenta. El tiempo en lo alto de las crestas de las Drakensberg puede ser violento y traicionero: tormentas de proporciones épicas descargan de repente envolviendo los picos en una cortina de lluvia que el viento convierte en una embestida violenta. En los meses más fríos la nieve domina el paisaje, pero sólo los escaladores y los senderistas más intrépidos llegan a sufrir esos fenómenos extremos. Los visitantes como nosotros se limitan a caminar por las estribaciones, donde el clima permanece más contenido, aunque, como vimos, igualmente caprichoso. Truenos, rayos, relámpagos y lluvia nos acompañaron durante buena parte del trayecto. Cuando llegamos al camping unas horas después, cansados y ansiosos por disfrutar de una ducha caliente y una cena alrededor de la hoguera, lucía de nuevo el sol.



Para aquellos cuyos intereses tengan que ver más con el arte y la historia que con la naturaleza, el Parque Nacional Royal Natal también cuenta con lugares de interés. Pinturas y petroglifos adornan las paredes rocosas de los alrededores, testimonio de la antigua presencia humana en estos parajes. Los bosquimanos habitaron en muchos lugares de las tierras altas de las Drakensberg: entre las cavernas y saledizos, estos nativos encontraron protección tanto de los elementos como de los ataques de congéneres más belicosos. Las montañas eran su hogar ideal, con acceso fácil al agua y a la caza. Uno de los sitios más sugestivos es la Garganta de Ndedema, que significa "lugar del trueno" en la que 17 "galerías" contienen más de 4.000 pinturas, muchas de calidad excepcional. Solamente una de las cavernas alberga más de 1.100 representaciones.



Antes del advenimiento de la Sudáfrica moderna, esta región del mundo era una especie de isla separada del resto del continente. Su localización geográfica a los pies de una masa continental gigantesca e inexplorada condicionaban las interacciones entre los habitantes de esta zona y el resto del mundo. Pero esto no quiere decir que no las hubiera. De hecho, se produjeron incesantes movimientos migratorios del norte hacia el sur.



Los restos humanos más antiguos del mundo han sido descubiertos en Sudáfrica. Algunos paleoantropólogos sugieren que el ser humano se originó en África meridional hace unos 115.000 años. Se estima que los bosquimanos o San han residido en las regiones costeras occidentales con anterioridad al primer milenio antes de Cristo. Estos grupos vivían en comunidades pequeñas, de 20 a 80 individuos, deteniéndose en su nomadeo cuando encontraban suficiente comida y agua en la zona. Entonces, establecían derechos temporales sobre la región y cuando agotaban sus recursos, bien por el cambio de la temporada climática o bien porque los agotaban, levantaban el campamento y continuaban buscando comida en otra parte.



Pequeños en estatura pero físicamente muy fuertes y resistentes, estos cazadores recolectores vivían así una existencia nómada, sin establecerse demasiado tiempo en ningún sitio. Construían sus refugios a partir de plantas o bien se asentaban en cuevas. Vestían pieles de animales y su dieta comprendía raíces, plantas, insectos, pescado y caza. Ésta última se llevaba a cabo usando lanzas y flechas envenenadas. La propia naturaleza de su existencia implicaba que los San se enfrentaban a periodos difíciles de hambre y sequía intercalados con otros de abundancia. Una vida difícil en la que los lazos parentales eran débiles y los niños aprendían a valerse por sí mismos desde pequeños. Los viejos y enfermos eran abandonados si no podían mantener el ritmo de marcha del grupo. La comida y provisiones eran de propiedad comunal y el número de individuos se adaptaba a las disponibilidades de recursos en cada momento.



La cultura San estaba basada hasta cierto punto en la mitología que había ido transmitiéndose de generación a generación y que se conservaba de manera oral y en las pinturas de las cavernas. Las más viejas de estas representaciones pictóricas han sido datadas en una antigüedad de 70.000 años. Los pigmentos se fabricaban con polvo mineral fijado con grasa. Son pinturas simples y directas,  mucho más antiguas que las que se han encontrado en Europa. No cumplían solamente una función decorativa sino que tenían una significación espiritual como puertas de entrada al mundo de los espíritus.



Hacia el siglo XVI de nuestra era, la forma de vida de los San permaneció inalterada por influencias exteriores. A partir de ese momento comenzaron a aparecer prácticas de pastoreo y agrícolas que implicaron la fijación de la población a la tierra por parte de otros grupos étnicos que habían ido llegando a la región. Por supuesto, los conflictos por el uso de la tierra no tardaron en aflorar pero los San, careciendo de armas para hacer valer sus reclamaciones, acabaron poco a poco arrinconados en los parajes más inhóspitos del desierto del Kalahari, en Botswana, donde continúan hoy día. 

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