Lisboa, la ciudad del Fado

Escribe: Elvireta
Recuerdo la primera vez que visitamos Lisboa que nos enamoró su estilo decadente, como de artista venida a menos que sueña con recuerdos de mejores épocas. Su atmósfera luminosa y su arquitectura colorista la convierten en una ciudad discreta, lejana a la mayoría de ciudades europeas, y es por eso por lo que no deja impasible a ningún viajero. Antes de partir ya nos invadió la “saudade” y por eso volvimos..

 

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Escapada a Sintra

Sintra, Portugal — lunes, 13 de septiembre de 2010

En Lisboa hay que madrugar un poco para sentirse parte integrante de la ciudad. Y cumplir con alguno de esos tópicos tan imprescindibles que hacen que uno se sienta bien desde primera hora de la mañana.
El desayuno de hoy tiene que ser en la rua Garrett. Podíamos elegir entre A Brasileira o Café Bernard, establecimientos históricos que llevan funcionando desde principios del siglo pasado.
Tuvimos suerte porque había sitio en el primero.

A Brasileira es uno de los cafés con más historia de la ciudad. Tiene decoración art deco que le confiere una exquisita elegancia. Nos adjudicamos unos deliciosos croissants de chocolate con un “meias de leite” (café con leche), después de hacernos la consabida fotografía junto a una escultura que recuerda al escritor Pessoa.

Con toda la alegría del mundo buscamos la Estaçao de tren do Rossio, en el extremo norte de la plaza del mismo nombre.
Cada 15 minutos sale un tren que nos llevó a Sintra, considerada la villa más hermosa de Portugal. ¡No sé, no sé!... no conozco suficiente para comparar, pero había que verla.

Al bajar en la estación de Sintra cogimos el autobús 434 que hace el trayecto circular con inicio y término en dicha estación.
La primera parada fue en centro de la villa y sirvió para darnos cuenta que es un lugar privilegiado donde se mezclan la belleza natural de las estribaciones de la sierra y la creada por el hombre.
Hay que callejear por las estrechas callejuelas y dejarte llevar por sus laberintos. Por un momento pensé que nos encontrábamos en las calles de Dalt Vil.la en la isla de Ibiza.

De nuevo el autobús nos llevó hasta la puerta del Castelo dos Mouros. Sólo ruinas, muros, almenas, escaleras, restos de la mezquita ….quizás nada supere las privilegiadas vistas que ofrece.
Joseph lo recorrió todo, yo esperé sentada en un banco.
A través de la parte alta de la muralla se accede al laberíntico parque Da Pena, con muchísimas especies vegetales y un montón de fuentes, ruinas y galerías.

Tras un paseo de quince minutos, se encuentra el Palacio da Pena, del siglo XIX, construido para recreo de la familia real.
Lo miras y lo encuentras extravagante, con una mezcla de estilos que no se aclara., aunque el resultado interior y exterior es muy curioso.
Comimos muy bien y económico en la cafetería del castillo.
Nos quedó por ver el Parque de Monserrate y el Convento dos Capuchos.

De vuelta a centro villa hicimos una dulce pausa en la Fábrica de queijadas da Piriquita, degustando queijadinhas azucaradas.
Esta escapada se hace mejor en coche porque te permite acortar distancias y puedes recorrerlo todo en un día.
Pero sobretodo hay que coger el coche para acercarse al Cabo Roca, con su faro, donde la sierra se deja caer en el mar formando un acantilado de 140 metros de altura. La panorámica desde este lugar dicen que es única.

De vuelta al hotel, al caer la tarde, la Baixa se llena de melancolía.
Plaza dos Restauradores, plaza do Rossio, plaza da Figueira, rua Augusta … músicos callejeros, mucha gente en las calles, cafeterías y restaurantes; edificios iluminados con luces indirectas, el Castelo de S.Jorge en lo alto …

Tomar una ginjinha antes de ir a dormir es un capricho.
La ginjinha es un aguardiente dulzón, muy sabroso que se puede beber en alguna de las más antiguas y castizas tascas. Se entra en espacios pequeños, se bebe rápidamente, de pie, se paga y se abandona el local. Hacían cola en la calle.

Nuestro hotel estaba en la misma calle que el famoso restaurante Casa Do Alentejo, recomendado en muchas guías como una especie de embajada del Alentejo en Lisboa, Allí se canta, se come, se bebe y se baila. Un lugar especial, pero nosotros preferimos cena más ligera.

Antes de acostarnos nos costaba decidir si Lisboa es más hermosa de día o de noche.


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Sale en todas las guías turísticas como una casa de comidas que hay que visitar.

   

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