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La Sierra de Segura I
Escribe: alxarq
LA SIERRA DE SEGURALOS CAMPOS DE HERNÁN PEREATodo el que se dirige desde el interior de Andalucía hacia el macizo de Cazorla, Segura y las Villas no puede por menos que resaltar la mole pétrea...
La Sierra de Segura I
Sierra de Segura, España — domingo, 27 de abril de 2003
LOS CAMPOS DE HERNÁN PEREA
Todo el que se dirige desde el interior de Andalucía hacia el macizo de Cazorla, Segura y las Villas no puede por menos que resaltar la mole pétrea que surge entre los campos ondulados repletos de olivos; no sucede lo mismo desde el norte o nordeste, donde la serranía andaluza se confunde con la manchega de la sierra de Alcaraz.
Si accedes desde la comarca de La Loma, como es nuestro caso, antes de descender a la llanura por donde discurre, de vuelta, el río Guadalquivir, podrás disfrutar de un soberbio balcón con vistas a la sierra desde las encantadoras localidades de Baeza y Úbeda. Se observa el paso por donde el río sale de la angostura de El Tranco virando en redondo para arribar al valle que ha ido rellenando con el correr de los siglos. De ahí hasta Sanlúcar. Toda una vida marcada por el fluir de la corriente junto a la que se ha gestado una gran parte de la historia de Andalucía.
Bajamos pues del balcón renacentista de La Loma y, tras sobrepasar Torreperogil alcanzamos el llano. Peal del Becerro, salvada la margen izquierda del río, nos coloca en el inicio de la ascensión a la Sierra.. Hay en este pueblo, sin embargo, un cruce a la derecha por el que, siguiendo a Quesada y Pozo Alcón, rodeamos el macizo por el sur hasta llegar al acceso granadino que, a través de Huéscar, y siguiendo uno u otro camino, nos lleva a Santiago de la Espada, en el corazón de la sierra segureña. Pero éste va a constituir precisamente nuestro punto de alejamiento.
De Peal del Becerro a Cazorla. Tiene esta pequeña villa un aire capitalino aumentado los últimos años por el auge de la afluencia de visitantes; se nota en sus establecimientos y en las terrazas de los bares; mucha gente que deambula por sus calles y plazas se adivinan forasteros. Es agradable el ambiente pero, por el contrario, la saturación de la oferta turística ha enmascarado por completo el sabor ancestral de esta villa que trepa hasta los pies de su majestuosa alcazaba.
No era éste nuestro destino, sino sumergirnos en otros paisajes menos hollados; así que compramos la obligatoria película de fotos y nos encaminamos hacia el interior.
La sierra de Cazorla es la que más suena y la más celebrada del conjunto del Parque Natural, pero por ello es también la que soporta mayor presión turística y la que es sometida a mayores controles. Por lo demás, es muy pequeña dentro del gran macizo que comparte con la sierra de Las Villas y, sobre todo, la variedad y vastedad de la sierra de Segura, que es a donde nos dirigimos.
El complejo macizo tiene orientación suroeste-nordeste, y saliendo de Cazorla en dirección nordeste por una carretera (La Iruela, Castillo de la Hiedra, Burunchel) plagada de establecimientos turísticos y ofertas de actividades al aire libre, uno no encuentra la forma de trasponer el imponente murallón rocoso plagado de pinos, pasado el control de entrada al parque, hasta un previsible puerto de montaña que nos hace ascender serpenteando y posteriormente bajar en busca de las aguas del pantano de El Tranco.
La carretera de descenso es umbría y estrecha y se ven por todas partes vehículos aparcados de domingueros y excursionistas. Cerca ya del fondo del valle tomamos un desvío a la derecha que se dirige a Vadillo-Castril y a la ruta turística que nos lleva al puente de Las Herrerías y el nacimiento del Gualdalquivir. No tomaremos esa ruta, puesto que algunos kilómetros más adelante volveremos a tomar un desvío a la derecha cuyo término es el Parador de Turismo. Ese es nuestro destino para esa noche y punto de partida del día siguiente.
A la confortabilidad y la atención de los Paradores se le une en éste de Cazorla, al menos por estas fechas, el ambiente agradable de personas que se ve se encuentran a gusto, españoles casi todos, y que son más locuaces y divertidos, sin llegar a molestar, en una atmósfera cálida y contagiosamente distendida a la que ayuda mucho la general amabilidad del personal de servicio. Aquí se demuestra que la efectividad puede despojarse del hieratismo y congeniar con un acercamiento al cliente hasta el punto que éste lo desee: una frase amigable en el momento oportuno, una información, un consejo o una opinión sobre algo intrascendente bastan para romper el hielo que, a mi juicio, rodea con frecuencia el ambiente de los Paradores.
Aunque el hielo se rompe también con la excelente comida que ofrecen estos establecimientos; extensa carta que incluye un repertorio de platos tradicionales elaborados con esmero. Curiosamente, la cocina tradicional se ha ido relegando a los grandes restaurantes, tal vez por la complejidad de su elaboración, quizá también por lo perecedero de las preparaciones; sea como sea, ciertos platos han quedado en las cartas de casas de reconocido prestigio, con el inconveniente de su elevado precio. Aunque siempre hay establecimientos populares que nos ofrecen un digno repertorio de la cocina de la tierra, desconfíen de los rótulos que invitan a degustar comida casera, pues en muchas ocasiones ocultan a aficionados que se han aventurado en el negocio de la hostelería creyendo que su experiencia en familia les faculta para ofrecérsela a una clientela cada vez más numerosa y exigente. Si para ejercer de abogado, médico o profesor se necesita una profesión de la que da fe el correspondiente título, no veo por qué no se requieren similares exigencias para este noble oficio y arte de dar de comer al viajero... ya, ya sé que sobre este asunto habría muchas opiniones de las que saldría algo aprovechable, pero ahí va esa reflexión para lo que pudiera servir.
El bacalao al estilo de Cazorla es una forma entre cien más de preparar este pescado, hoy casi elemento de la alta cocina y ayer frecuente en las mesas populares. Abunda en muchas cartas de restaurantes serranos la carne de venado y jabalí como si provinieran de los montes cercanos, aunque de todos es sabido que no habría ciervos en España para abastecer las despensas, y hay que recurrir a la importación. Estas novedades no siempre se presentan bien cocinadas, y es preferible cerciorarse de que las preparaciones obedecen a carne autóctona guisada al estilo tradicional de la zona.
Nuestro aposento en el Parador, amplio y confortable, disfruta de unas vistas excepcionales. Varias líneas de montañas se solapan desde cerca hasta la lejanía. Los detalles se van difuminando con la distancia, y las últimas formaciones, como decorados en cartón piedra en sucesivos tonos de gris.
En el vestíbulo del hotel se anuncia la época de la berrea del ciervo. La pudimos oír durante el paseo nocturno tras la cena; el silencio se ve roto a intervalos acá y allá por el sonido lejano de los machos en celo. No faltó incluso el espectáculo de un par de ciervas acostumbradas a los seres humanos, que cruzaban tranquilamente la carretera delante de nuestras narices.
El itinerario que íbamos a recorrer a la mañana siguiente tras el excelente bufé del desayuno, se sitúa en su totalidad en la sierra de Segura, por altitudes superiores a mil trescientos metros, y donde la nieve es visitante asidua todos los inviernos. Basta retomar la carretera de Vadillo-Castril y, dejando a un lado esta pequeña población, nos encontramos un cruce. La carretera de la derecha nos conduce al nacimiento del río cruzando el puente de Las Herrerías; aquí cabe comentar lo que a todo turista se le hace saber: que éste fue un puente mandado construir en un solo día por la reina Isabel la Católica cuando bajaba hacia Granada con el objeto de conquistarla.
Tomamos el camino de enfrente que, a los pocos kilómetros pierde su asfalto ya de por sí en mal estado, y sobre un carril a trechos pedregoso vamos ascendiendo entre revueltas cerradas por un paisaje de margas y calizas tapadas por el abundante arbolado de pinos negrales; hiladas de chopos rodean los barrancos, muchos de ellos secos, pues aunque estamos en otoño, aún las lluvias no se han prodigado como suelen hacerlo por esta comarca; no obstante podemos apreciar un ligero reverdecer en el paisaje, fruto de las primeras aguas otoñales. Pronto, si acompaña el tiempo, estos lugares se verán poblados por centenares de buscadores de setas, una de las aficiones más deleitosas y sanas que se pueden practicar en estos parajes, a pesar de estar limitada su recolección en cotos protegidos por los respectivos Ayuntamientos.
Tras una subida pronunciada volvemos a descender hacia un valle amplio y de suave pendiente; la siguiente formación montañosa nos deja un respiro de un par de kilómetros. La mayor horizontalidad y extensión de este valle o nava ha favorecido el asentamiento humano: la Nava de San Pedro es un hermoso caserío con viviendas diseminadas, alguna de las cuales forman algo parecido a una calle al lado de la pista. Las casas están rodeadas de tierra de labor y de numerosas choperas que en estos días filtran y doran la luz otoñal en una estampa agradable de observar.
Guardamos un grato recuerdo de nuestro anterior paso por este lugar. Una de las casas junto a la pista era una antigua venta que antaño sería más frecuentada por apostarse junto al camino que une Cazorla y Santiago de la Espada. En este tiempo bien podría ser una hostería o bar-restaurante de carretera si hubieran asfaltado la pista; por este motivo fue declinando y, cuando nosotros lo visitamos, sólo encontramos a la dueña con su prole, rodeada de gallinas, y a un guarda forestal. Habíamos salido del campamento del Puente de las Herrerías y tras deambular por varios lugares iniciamos el recorrido por esta pista que, como se dice antes, estaba pavimentada en sus primeros kilómetros; comenzamos a recorrerla en su tramo sin asfalto, y, dado que el terreno estaba en malas condiciones y que nuestro vehículo no era un todo terreno, decidimos volver pasado un trecho. Era ya la hora en que nuestros estómagos demandaban su parte; dimos con la venta y decidimos preguntar a la dueña si servía comida: “Unas migas iba a preparar para hoy; si quieren...”
Ni media palabra más. Entre una interesante conversación entre el guarda y la dueña y la mirada curiosa de los chiquillos, las migas salteadas con trozos de carne y tocino frito fueron dando vueltas en la sartén empujadas por la paleta; y cuando estaban doradas y humeantes, con un olor que levantaba a los espíritus, dimos buena cuenta de ellas en sendos platos que nos prepararon para la ocasión, pues como es sabido, lo usual en zampárselas directamente de la sartén mediante el sistema de “cucharada y paso atrás”. Del precio que nos pidió por las migas acompañadas por unos buenos tragos de vino, mejor ni hablar. En este viaje la venta estaba cerrada y se veía poca gente: una cuadrilla de trabajadores descansaba tomando el desayuno.
A partir de aquí el paisaje cambia. Subimos de nuevo serpenteando las estribaciones de la sierra, una veta kárstica entre formaciones margo-calizas; aquí los pinos ralean entre las formas puntiagudas de las rocas calizas. El paisaje está erizado de estas formas producidas por la desintegración más rápida de los materiales blandos. En una de las numerosas revueltas, y junto a un arroyo denominado de Valdeazores, un camino a la izquierda cortado con cadenas como muchos otros del Parque, conduce a las lagunas del mismo nombre; son unas balsas pintorescas que el arroyo forma rellenando las cavidades; objeto de visita de cientos de excursionistas que realizan el recorrido a pie desde la otra vertiente de la sierra. Olvidamos el camino y seguimos por nuestra ruta que continúa ascendiendo hasta la meseta de más de mil trescientos metros de altitud que está situada entre la sierra de Almorchón y La Empanada. Estas sierras culminan en los respectivos picos que llevan sus nombres, y que son de las mayores alturas del macizo al rondar los dos mil metros.
Al término de la subida atravesamos un control de entrada a la reserva de caza. Es el control de Rambla Seca; un cartel nos avisa que la barrera se cierra durante las noches y nos propone itinerarios alternativos. El control parece servir también para delimitar dos paisajes bien diferenciados: Ante nosotros se abre una llanura desarbolada cubierta de pedregales y pastos con algunas cárcavas formadas por el paso de los arroyos; son los campos de Hernán Perea. El camino discurre suave entre los pastos rebasando algunos refugios de hormigón con cubierta de chapa que brilla al sol en la distancia. Estos refugios vienen bien a los pastores que apacientan las afamadas ovejas segureñas, raza autóctona estimada por su carne, aunque curiosamente no se advierten industrias queseras en la zona y creo que no debe ser malo el queso de estas ovejas.
A pesar de la extensión de estos campos no son muchos los caminos que los cruzan; del que llevamos, que es el principal, la mayoría parten como servidumbre de los cortijos. Hay uno, poco después de Rambla Seca, que se dirige a cruzar la sierra para, una vez pasada, descender hasta Fuente Segura; nosotros seguimos por el principal para desviarnos más adelante, a la izquierda, por una pista en buenas condiciones que discurre más allá encajonada por el arroyo de la Fuenfría y la Rambla de los Cuartos, pero que, a fin de cuentas, viene a unirse nuevamente al camino principal en una curva poco antes de llegar a la aldea de Don Domingo, donde volvemos a tomar asfalto.
Estos campos que hemos atravesado, plácidos y de horizontes abiertos, suelen cubrirse con un espeso manto de nieve en invierno en una estampa que se asemeja a las estepas rusas y que los hacen impracticables durante muchos días de los meses invernales. En el recorrido de hoy, a lo largo de casi cincuenta kilómetros sólo nos cruzamos con un guarda forestal, unos pastores y unos excursionistas; todos ellos en sus flamantes todo terrenos.
Si continuáramos desde el caserío de Don Domingo por la carretera asfaltada llegaríamos hasta Santiago tras atravesar una decena de aldeítas de las que la más importante es La Matea, que se ha configurado como un pequeño núcleo de servicios en expansión y que ocupa en una vega a un censo de agricultores y ganaderos mayor que en el resto de los poblados. Ya tendremos tiempo de recorrer la zona; por ahora, y justo frente al caserío de Don Domingo, hemos tomado el carril que atraviesa la sierra en dirección oeste y que, tras subir un elevado puerto de mil setecientos metros, desciende por la falda del Almorchón, que nos domina desde sus mil novecientos
En el fondo de un pequeño valle se nos viene a unir el camino que dejamos a la izquierda tras rebasar el control de Rambla Seca, y volvemos a tocar asfalto siguiendo la línea eléctrica entre un bosque cerrado de pinos, alisos, chopos y otras especies. Un descenso pronunciado más y damos de bruces con el lugar oficial del nacimiento del río Segura.
En Fuente Segura de Arriba, el caserío donde nos encontramos, se ha adecuado la zona como espacio recreativo alrededor de la poza donde mana el río; una empalizada rodea el hoyo circular de unos cinco metros de profundidad, cubierto de agua cristalina sólo hasta la mitad por causa de la sequía. El manantial no puede desbordarse por el canal aliviadero construido para dirigir su cauce en los primeros metros de corta subida; probablemente la poca agua circule subterránea y aflore más abajo para unirse a los sucesivos riachuelos y ríos menores que engrosarán su cauce. Es lamentable admitir que esta corriente de aguas limpias se convierta, kilómetros hacia levante, en una de las cloacas más infectas de España, la que encuentra el Mediterráneo en Guardamar.
El trayecto ha sido agradable y el día luminoso. Parece que va llegando la hora de reponer fuerzas y rellenar el estómago; para ello decidimos acercarnos a Pontones, ya en la carretera principal que une Santiago con el resto de la sierra.
Hay dos Pontones, el Bajo y el Alto. Ambos, como su nombre indica se han concentrado en torno a un puente que cruza el río Segura y que por aquellas suertes camina encajonado entre rocas calizas y obliga a las casas a apretujarse unas con otras en casi una sola línea. Es curiosa la piedra horadada que campea a la derecha antes de entrar en Pontón Alto; en este pueblo la carretera discurre por la margen derecha del río alineándose allí las casas donde radican la mayoría de los servicios y comercios del pueblo: el estanco, un bar, un taller mecánico, la oficina de correos y una tienda de comestibles. Cruzando uno de los puentes hay una pequeña plazoleta con una parte ajardinada; una flecha nos indica un mesón que está cerrado, y en la plazoleta, un bar que anuncia tapas y comidas caseras: un vistazo dentro y no parece que ese día esté en condiciones de ofrecer comidas. No importa, Santiago está cerca y aprovecharemos para visitar el pueblo.
Aunque llevamos guías, salvo excepciones, las reseñas que te ofrecen sobre restaurantes y hoteles son frías y se limitan a describir comidas y los precios, si acaso. Otras suelen emplearse en añadir alabanzas, pero lo más probable es que los textos hayan sido redactados por los mismos propietarios de los locales, pues se trata de guías publicitarias. Las de más renombre suelen incluir pocos restaurantes “normales”, es decir, sin estrellas, gasolineras o soles, al alcance de (casi) todos los bolsillos, y que no tienen por qué ofrecer basura y suciedad por el hecho de que su precio sea sensiblemente menor; por ello es recomendable preguntar, y, salvo que te tropieces con el primo hermano del dueño de un restaurante, o la persona abordada no tenga mucho sentido de lo que es comer bien y con limpieza, sueles acertar con buenos sitios. Otras veces, si llegas con tiempo y la localidad es pequeña, convienen pasear por sus calles y observar el aspecto de los bares; los que son más concurridos y donde tu experiencia te dicte que podrás comer mejor.
En el caso de Santiago hay poco donde elegir. Ya en la gasolinera preguntamos y nos remitieron sin ninguna duda al hotel San Francisco; decidimos, no obstante, dar un paseo.
Santiago de la Espada, capital del municipio que se fusionó con Pontones, es un núcleo grande dentro del tamaño de las poblaciones serranas. Su término ocupa una gran parte de la sierra de Segura, siendo el mayor con diferencia de todos los demás. Abarca todo el territorio que esta mañana hemos recorrido de los campos de Hernán Perea, lindando con el norte granadino por la sierra de La Empanada; alberga el cauce alto del río Segura y los afluentes que vienen del norte; por aquí topa con el término de Siles, pero por el noreste entra directamente en Albacete; tiene multitud de aldeas, caseríos y otros poblamientos; su núcleo principal supera los cinco mil habitantes; sin embargo, la vida y actividad del pueblo no se corresponde con la de un centro receptor de turismo rural y centralizador de servicios como pudiera ser Cazorla.
Parece que Santiago se abastece y sirve sólo a sí mismo, y que tanto los vecinos del núcleo como los del diseminado recurren a desplazarse a otros lugares, resultando penoso, dadas las distancias y la escasez de comunicaciones. Pocos comercios y establecimientos de hostelería, un taller mecánico, una pequeña gasolinera, un centro de salud y un instituto de secundaria para estos pueblos que sólo tienen en la explotación de sus recursos medioambientales y turísticos la clave de la mejora de la calidad de vida de sus habitantes, y que han visto reducida su población y aumentado su envejecimiento. Pero al mismo tiempo se encuentran en un estado intermedio entre el atraso y la modernidad, y en ese tránsito han perdido sus señas de identidad y, por tanto, la posibilidad de recibir visitantes atraídos por la conservación de su arquitectura popular, costumbres y monumentos.
Así, aunque sábado, las calles de Santiago aparecían vacías. Casualmente pudimos entrar en la iglesia porque se estaba celebrando el culto, pero no era correcto deambular por ella por respeto a la actividad que se desarrollaba en ella. Recuerdo el tiempo en que las iglesias permanecían siempre abiertas: constituían un refugio espiritual aunque también físico. A la iglesia se podía ir a cualquier hora a rezar o a disfrutar de las impresiones que te invadían por todos los sentidos: el olor de la cera y su combustión, de las partículas de incienso suspendidas en el aire; la penumbra rota a trechos por la luz que se filtra por las vidrieras; la visión imprecisa de las imágenes y de las inscripciones; el resonar hueco de las pisadas, el crujir de los bancos de madera, el retumbar de alguna puerta al cerrarse, el misterio de las capillas laterales y de las tumbas adosadas, la sensación al pisar las losas sepulcrales o al subir los peldaños del altar mayor; y el frío, que impera en todas las viejas iglesias, que se hace fresco agradable en pleno rigor de la canícula y que se te mete en los huesos cuando los meses invernales. A veces estaba solo o sintiendo al sacristán y los monaguillos charlando en el local semiprofano de la sacristía; otras veces se divisaban diseminadas por entre los bancos algunas mujeres rezando.
Ya no es así. La rapiña y el expolio de las iglesias han determinado su cierre. Las ocupaciones de la gente en la vida actual no permite que pueda haber personas encargadas de la custodia de estos lugares. Los templos que se encuentran próximos a las rutas turísticas o los que tienen la suerte de atesorar valiosas piezas (o ellos mismos constituyen una apreciada pieza de arquitectura) se las han ingeniado para sacar partido a los turistas y por un módico “donativo” podrán gozar en un horario más amplio de una desangelada visita, guiada o no.
El hotel San Francisco es de nueva construcción, de estilo impreciso, como tantas construcciones que se levantan hoy; en la planta baja tiene un presuntuoso gran salón para bodas, banquetes y comuniones; una barra con algunas mesas y un comedor no muy amplio con la inevitable televisión al fondo. En la barra hacían el sábado algunas personas del pueblo y otros forasteros. Pedimos dos cervezas y con ellas nos sirvieron dos platitos de migas con tropezones que nos cayeron bien dados la hora y el apetito. En todos los bares de Jaén, Granada y Almería acostumbran a acompañar las consumiciones con una tapa por el mismo precio. En Cazorla, por ejemplo, los bares compiten por ofrecer a los clientes la mayor cantidad y variedad posible. No ocurre así en el resto de las provincias andaluzas, donde la tapa se paga aparte (resulta caro ir de tapeo por Sevilla o Málaga); hay detalles que llegan a fastidiar, como que casi te obligan a pedirla cuando el camarero, tras servirte, te pregunta: “¿y de tapa?”
Para almorzar pasamos al salón comedor. La carta no era muy extensa, y entre la oferta pedimos una sopa de almendras y tomate y algo de cordero asado, por probar la carne del país. La comida se mantuvo en lo aceptable, aunque no el vino, un manchego normalito que tenían como el mejor de la bodega.
De nuevo en ruta. Nuestro propósito era hacer la tarde por los carriles que salen de Casas de Carrasco, localidad próxima a Pontones, rodean el embalse de El Tranco y llegan a Hornos, una atractiva localidad enclavada dentro del término de Santiago, muy remozada, y que por la disposición de su caserío y la muestra de arquitectura popular que ofrece al pie de la fortaleza roquera, fue declarada monumento histórico. Este antiguo camino comunica varias aldeas, como La Ballestera, La Parrilla, Los Goldines, Fuente la Higuera y Hornos Viejo.
Para llegar a Casas de Carrasco debíamos volver por la misma carretera principal hasta pasar de nuevo Pontones; pero la intención se quedó en eso: a unos tres kilómetros de Santiago oímos un fuerte chasquido bajo el capó del coche, e inmediatamente se encendió la luz de emergencia y los frenos dejaron de funcionar. Como íbamos cuesta arriba y despacio, no costó demasiado dominar el vehículo y apartarlo de la carretera en una llanada; allí volvimos a comprobar con precaución la magnitud de la avería, y sin tener remota idea tuvimos que emprender a pie el regreso a Santiago para llamar al servicio de asistencia en viaje, pues en la zona donde nos ocurrió el percance nuestra compañía de telefonía móvil aún no había instalado cobertura.
En el panorama pintaban bastos. Probablemente pasaríamos el resto del fin de semana esperando que el lunes repararan el vehículo; y no resultaba esperanzador encontrarnos en unos parajes donde probablemente no había talleres mecánicos capacitados para meter mano a nuestro todo terreno. A medida que caminábamos iba acomodándose la idea de ser remolcados por ciento cuarenta kilómetros de distancia hasta Úbeda, donde al menos podríamos pasar el domingo visitando nuevamente la histórica ciudad.
Al pasar por el tramo donde se vislumbró la avería pudimos recoger del asfalto un fragmento de correa; esto nos animó un poco: probablemente se había partido alguna, con lo que su reparación resultaba posible, si encontrábamos correas de esa medida. Unos extranjeros que recordamos haber visto desayunando en el Parador nos recogieron apenas un kilómetro de iniciada la marcha y nos dejaron en la gasolinera; una vez allí, puestos en contacto a través de la compañía de seguros con la grúa que nos recogería, respiramos algo más aliviados. Nos advirtieron que venían de Cortijos Nuevos, a unos cincuenta kilómetros, y que tardaría una hora en llegar. No fue una hora, sino casi dos, y dio tiempo para tomar café, pasear, preguntar su opinión al mecánico del taller próximo a la gasolinera, que corroboró nuestra impresión de que se trataba de la correa, a que un individuo de raza gitana nos ofreciera cestos artesanos, y a desesperar un poco.
Por fin llegó la grúa. El trayecto, montados en la cabina del camión, resultó ameno, pues el conductor era palabrero y con él conversamos sobre muchos aspectos de la comarca y de su trabajo; le hicimos ver nuestra extrañeza de que en Santiago no existiera ningún servicio de ayuda al automovilista; al parecer ésta y otra radicada también en Cortijos Nuevos son las únicas empresas de grúas establecidas en una comarca de quinientos kilómetros cuadrados: En Orcera y Cazorla hay otras, pero están más lejos. Cortijos Nuevos es un pueblo reciente en expansión; se debe a su situación céntrica y su enclave en la llanura. Aunque administrativamente depende de Segura de la Sierra, nos cuenta que en aquélla hay más actividad: varios bancos, supermercados y talleres, hoteles, un instituto y un hospital del Servicio Andaluz de Salud que dice van a construir. Se observa una cierta rivalidad entre Segura y Cortijos Nuevos: mientras éste es la actualidad, aquélla es la historia. Asistimos al devenir de las poblaciones; la economía y las necesidades determinan implacablemente el destino de los pueblos.
Nos habla también de los atractivos de la comarca; unos los conocemos y otros nos invita a visitar, tal es el caso de El Yelmo, un imponente peñasco que domina el sector nordeste de la comarca, a cuya cima se puede acceder con vehículos todo terreno, y desde el que se puede disfrutar de una impresionante panorámica, sirviendo de base de lanzamiento de alas-delta y parapentes.
Nos habla de Río Madera que pensamos recorrer mañana, como un paraje que no tiene nada que envidiar a Cazorla. De la Cabeza de la Mora, pintoresca aldea que deseamos conocer tras haberla visto en un reportaje de televisión, dice no saber dónde se encuentre. En estas charlas llegamos al taller. El hombre sacó un puñado de correas de distintos tamaños y se puso manos a la obra. Nos indicó que fuéramos de su parte al hotel Los Pinos; sólo quedaba una habitación estrecha con dos camas y con una ventana que daba al paredón de un angosto patio interior. ¡Qué remedio! ; al menos tenemos la esperanza de poder continuar mañana nuestra ruta.
El regreso al taller no nos proporcionó la alegría de tener el coche reparado: aún sudaba el hombre tratando, entre decenas de correas, de acoplar al coche un par de ellas.
- Pero, ¿Es que no las hay de la medida adecuada?
- Unas le vienen largas y otras cortas. – respondía.
Poco a poco fui deduciendo que no disponía de la medida que requería nuestro modelo; puede ser por el deseo de que no se nos aguara el viaje, o tal vez por ganar las pesetillas que suponía la reparación; lo cierto es que no se atrevió a decirnos que no podía arreglar el coche por no disponer de la pieza de repuesto; y allí seguía cambiando, forcejeando y sudando hasta que acudió su compañero de taller y con mucho esfuerzo de los dos y mío pudimos acoplar dos correas que venían cortas.
-¿Cree usted que podremos ir tranquilos?
- Hombre, los rodamientos van algo forzados, se lo he puesto para salir del paso.
- Pero así no puedo ir a gusto hasta Málaga... prefiero esperar hasta tener la pieza.
- La pieza no la tendremos hasta el lunes.
- ¿Y si pusiéramos las correas de aquel Patrol? – propuso el compañero. – Es nuestro y podríamos reponerlas nosotros el lunes, y estos señores se pueden ir tranquilos.
Las correas del otro vehículo estaban seminuevas y en diez minutos las habían cambiado de coche. ¡Llevábamos tres horas y media esperando!. Nos habíamos hecho a la idea de visitar esa tarde Segura y cuando salimos del taller, ya de noche, sólo tuvimos tiempo de tapear algo e irnos a la cama. Mañana será otro día.
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publicado el 27/abr/2003, 14.42 |
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La Sierra de Segura I
Sierra de Segura, España | 27 de abril de 2003
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