Transiberiano 2009
Escribe: Gato_perplejo
Este es el relato de los 21 días que pasamos en Agosto de 2009 recorriendo los casi 8000 km que separan Beijing de Moscú en el transmongoliano, la línea férrea que atraviesa China, Rusia y Mongolia.
El vagón de los perretes
Siberia, Rusia — domingo, 23 de agosto de 2009
La sesión de cine de la nocheanterior terminó sobre las once (para Josefina una hora antes) e inmediatamente nos fuimos a la cama. El día había sido duro, con un par de noches en el tren, el pateo por Irkustk hasta conseguir rublos, el viaje hasta el Baikal, la búsqueda de alojamiento... Total, que estábamos muertos y no amanecimos hasta las diez de la mañana del día siguiente.
Nos hicimos el desayuno tranquilamente y lo tomamos sentados en las escaleras del porche. Hoy está bastante más nublado que ayer y no tiene pinta que se vuelva a repetir el día soleado de la víspera, así que seguramente nos encontraremos con menos gente que en el día anterior.
No tenemos ni idea de cuando tenemos que dejar la dacha. La verdad es que el único personal de la casa que nos hemos encontrado fue el chaval pelirrojo que nos trajo hasta aquí y la abuelilla a la que entregamos el resguardo y que le dijo a Josefina donde estaba el manantial para coger agua. En la casa de al lado sí vemos un grupo de mujeres que entran y salen, pero tienen pinta de estar alojadas, igual que nosotros. A las maestras tampoco se las ve, o han madrugado y se han marchado o están durmiendo. Bueno, después de deliberar un poco decidimos dejarnos preparadas las mochilas, todo recogido y bajarnos a dar una vuelta por el lago para comer por allí y después emprender regreso a Irkustk, donde a las 18:35 tenemos que coger el tren que nos lleve a nuestra siguiente destino: Krasnoyarsk. O sea, hacernos los longuis y dejar la casa sobre las dos o tres de la tarde.
A pesar de que el día no acompaña, la actividad comercial del lago está a pleno rendimiento: mismos puestos de comida y souvenirs ofreciendo sus productos desde por la mañana. Si tuviésemos un día más podíamos plantearnos hacer alguna actividad, como una excursión en barco por el lago o haber ido a pasar esa noche extra a la isla de Olkhom, situada en la zona central del lago, pero a más de siete horas de navegación de donde estamos. Vaya dimensiones las del laguito. También se puede coger un tren que recorre el lago circularmente parando en los pueblos que tienen puerto en él, pero para esto se necesitan varias semanas y como no las tenemos nos vamos a conformar con ir a comer uno de esos pescados que venden en los puestos.
La temperatura es fresca pero hay valientes en la orilla e incluso bastante gente se baña. Por supuesto muchos ya están liados con la cerveza en la mano; ¿por qué nos da la impresión de que todo el mundo va pedo? Los estilimos no tienen desperdicio tampoco. Ellas van muy llamativas y provocativas, y ellos con mucho chandal de Rusia (alguno vemos también de España) y brillos en pantalones y chaquetas. Lo del chandal los domingos parece que es tan común aquí como en nuestro país.
Llegamos hasta la estación de autobuses, donde paran también las furgonetas como la que vinimos. No conseguimos descifrar el horario oficial de autobuses, pero con las furgonetas no hay problema porque salen conforme se van llenando. Otra cosa que nos hacía ilusión era volver en hidrofoil desde el lago a Irkustk a través del río Angara. La pega es que el último de la mañana sale a la una y además creemos que nos deja a 9 km del centro de la ciudad, así que desestimamos la idea.
Pues después de un paseo ya hemos hecho hambre, así que nos vamos al mercado, cogemos una mesa y nos hacemos un combinado de platos de arroz, pinchos de cerdo y tres pescados del Baikal. No tenemos ni idea de que pez es, no pueden ser sardinas ni arenques porque los peces del lago son de agua dulce, así que igual nos da. Compramos dos en salazón y uno ahumado, dos pinchos, dos platos de arroz y unas cervezas. La mesa está al aire libre en pleno mercado, suena música rusa y hay buen ambiente. El pescado ahumado sabe un poco a neumático de primeras, aunque luego el sabor mejora. El de salazón no tiene demasiado sabor, nada que ver con una sardina salá de las nuestras. A mi no me hacen mucha gracia, así que me centro más en la chicha y el arroz. Para los rusos este tipo de pescado es un manjar, se nota que no estamos en una zona pesquera. Si probasen unos buenos espetos de Málaga iban a alucinar. El segundo pescado en salazón ni lo tocamos, pero nos lo guardamos por si luego hay ataque de hambre en el tren.
Subimos tranquilamente a la dacha, nos cargamos las mochilas y vuelta para abajo. No hay nadie de quien despedirse, así que dejamos la puerta abierta con la llave en la cerradura y todo más o menos recogido. La ropa se ha secado casi toda, ya podemos tirar con lo que nos queda hasta el final del viaje.
Bajamos hasta la parada de las furgos, vemos una con un par de pasajeros dentro, preguntamos y nos confirman que va a Irkustk (pronunciar Irkúsku). Nos colocamos con las mochilas en la misma posición que a la ida, aunque esta vez no hay tanta gente y podemos ubicarnos mejor. Una vez colocados la furgoneta se llena rápidamente y pronto aparece el conductor que empieza a mirar el interior. Se fija un poco más en nosotros, pero a pesar de las mochilas no nos dice nada. Este recauda la mosca antes de salir y nos cobra la tarifa estándar, 100 rublos por persona, sin cargo por el equipaje.
El trayecto de una hora transcurre sin incidencias destacables, aparte de las estrecheces, y cuando llegamos a la estación empieza a chispear. Clara se mea viva nuevamente y vamos a la estación, donde hay que pagar 8 rublos por usar el baño. La estación de autobuses de la ciudad desmerece bastante a la de tren, que es bastante señorial. Por suerte o por desgracia he visto bastantes estaciones de autobuses en bastantes ciudades y tengo que decir que casi todas son un nido de rateros, salidos y gente de mal vivir. A ello contribuye que suelen ser muy cutres, aunque en éste sentido la palma de las que conozco se la lleva la de Jaén. Estoy hablando de hace más de diez años, así que por bien de los jienenses espero que ya la hayan reformado.
Mientras Clara espera en la cola dando saltitos, voy mirando que medio de transporte nos lleva directamente a la estación de tren. El tranvía 1 o el 2 nos valen, pero hay que andar un poco para cogerlos. Cuando Clara sale nos ponemos en camino; el problema es que las estaciones de tranvía no están señalizadas, vemos pasar el número 1 que nos adelanta pero nos vamos fijando y no hay nada que marque la parada. Seguimos andando y otro número 1 llega, pero esta vez para y la gente se sube. Echamos una carrerilla y subimos por la puerta delantera, vamos a ver como va lo del billete. Vemos que la gente sube indiferentemente por ambas puertas, luego van hacia el conductor y compran el billete, para terminar picándolo ellos mismos en una maquinita. Así lo hacemos, ocho rublos por billete, en total menos de un euro por los cuatro.
Como faltan dos horas para que salga el tren cuando llegamos a la estación, nos vamos a una especie de fast food que hay enfrente a tomar unos cafés tranquilamente. Después damos un paseo por las tiendas que hay enfrente de la estación y en una que vende tabaco descubrimos que hay Cafe Creme, unos purillos del mismo estilo que los Vegafina que se acabaron allá por tierras mongolas. Compramos dos paquetes para lo que queda del viaje, por fin Fran y yo vamos a recuperar esos momentos de confidencias en el espacio entre dos vagones donde la gente va a fumar en el tren.
Hacemos acopio de provisiones para la noche, éste va a ser el trayecto más corto que haremos, 16 horas, ya que subiremos a las 18:35 y bajaremos a las 12:40 horas de Krasnoyarks, habiendo ganado una hora ya que vamos hacia el oeste.
Compramos agua, unas empanadillas fritas, un bote de Nescafé para el desayuno y alguna cosilla más. Vemos al lado a las tres maestras que están preguntando a un taxista por una dirección, con su mapa abierto sobre el capó del taxi. Creo que aquí se acaban nuestras coincidencias con ellas.
Esperamos el rato que nos queda en la estación al lado de un grupo de gente que lleva unas bolsas gigantes, que de ninguna manera caben en los compartimentos en los que viajamos nosotros. En la estación todo está en ruso, incluido el panel que indica los trenes. Identificaos el nuestro por la hora de salida y por el número de tren, aunque parece que viene con un poco de retraso. A ver como se nos da lo del cambio de compartimentos, porque en nuestros billetes numerados Fran y Josefina van en uno y Clara y yo en el otro.
Llega el tren, localizamos nuestro vagón, enseñamos billetes y pasaportes a la provodnista y ya estamos arriba. Hemos alucinado bastante porque del vagón han bajado tres o cuatro mujeres ¡con varios perros cada una! Perros de varias razas emperifollados como si los llevasen a algún tipo de concurso o exhibición. Aprovechan la parada para que los perros hagan sus cosas por el andén, pero mucho nos tememos que los vamos a tener de vecinos. No teníamos ni idea de que se pudiesen llevar perros en el tren.
En el vagón que nos corresponde a Clara y a mi hay dos personas, parecen padre e hijo, dando buena cuenta de un pollo asado, empezamos mal. El de Fran y Josefina está vacío y no parece que la suba nadie más, así que empezamos a colocar los trastos, pensando que cuanto más instalados estemos, más posibilidades habrá de que nos dejen quedarnos allí. Las mujeres de los perretes suben al tren. Hay una con dos caniches negros a los que les han hecho unas trenzas con lazos verdes, una pena. Otra lleva uno parecido a un collie y un bulldog francés. La de los caniches se queda en un departamento y la otra se mete en el que hay justo al lado del baño. Pasamos por allí a curiosear y el olor a persona, a chucho, a comida de persona y a comida de chucho tira para atrás. Vaya suerte hemos tenido con el vagón de los perretes.
Ahora tenemos que esperar que venga la provonidsta a recoger los billetes y ver si podemos hacer el cambio. Por ahí viene, tendrá unos 50 años, rubia con el pelo quemado de la plancha y semblante un poco desquiciado. Jose y Fran le dan sus billetes, mira los números y los devuelve. Nosotros le damos los nuestros y ni los mira, les hace la marca y nos los da. Pues muy bien, no le hemos dicho nada del cambio, mejor hacernos los longuis y si se sube alguien pues ya veremos si nos entendemos con ellos.
El tren arranca y no viene nadie al vagón, parece que hay buena suerte. A los veinte minutos hace una breve parada y sube al vagón un tío alto y calvete con un maletín de portátil. Se dirige directamente a nuestro vagón y nos enseña el billete, ya tenemos el lío montado. Le explicamos por señas que vamos los cuatro juntos y que si se puede cambiar de vagón al que nos corresponde a nosotros. En el vagón de al lado viene un tío con dos chavales que chapurrea inglés y ha estado bromeando con nosotros sobre si nos interesaba comprar algún perro. En el tren hay mucho personaje y algunos te entran directamente cuando llevan unas copas de más. Ven que eres extranjero y se quieren hacer los simpáticos o los graciosetes, a algunos les damos bola y de otros pasamos directamente.
Bueno, pues el que nos vendía los perros ha captado la situación y le explica al otro que vamos todos juntos y que si nos puede cambiar. El tío no parece muy por la labor pero tampoco se opone directamente, decide esperar a que venga la provonidtsa, que es la que marca la ley a bordo. Tras unos minutos de tensa espera llega la susodicha, los rusos le explican el caso y ella entre grandes aspavientos repite sin cesar “niet, niet, niet”, o sea, que no hay posibilidad de cambio. Un chaval que va con el que nos vendía los perros nos explica que el problema es que el tío que ha subido es uno sólo y nosotros dos, por lo que luego habrá que hacer otro cambio si sube otra persona. En fin, nos resignamos mientras empezamos a recoger nuestros trastos a la vez que la cara de Josefina empieza a descomponerse ante la perspectiva de pasar las noche con extraños. Menos mal que sólo será una noche, ya que por la mañana llegaremos a Krasnoyarsk.
Movemos el campamento a nuestro vagón original, donde el padre y el hijo ya han recogido su cena. Empezamos a instalarnos y nos echan una mano levantando los asientos para colocar las mochilas. Parecen simpáticos, al final parece que no va a estar tan mal la cosa; sobre todo podría haber sido peor, justo al lado de nuestro nuevo compartimento hay dos personajes visiblemente borrachos. Uno, grande y muy moreno va descamisado; el otro, más mayor rubio y delgado tiene varios dientes de oro, ambos han hecho el intento de comunicarse con nosotros pero estos son de los que no nos fiamos, así que los hemos ignorado.
A todo esto los perretes campan libremente por el vagón y de vez en cuando se meten en compartimentos que no son los suyos. Alucino.
Cuando ya nos hemos instalado, el padre nos pregunta (suponemos) de donde somos. España, le decimos. Sabe algunas palabras en inglés e intenta comunicarse, pero cuando se atasca recurre a su hijo para que le diga palabras como “donde” o “cuando” en inglés. Después de un rato de intercambio de información llegamos a la conclusión de que se llama Zhenya y su hijo Oleg. Tiene 37 años, vienen de Chita y van hasta Moscú, donde tomarán otro tren que les llevará hasta una localidad del Mar Negro donde van a pasar las vacaciones.
No esta mal para no tener un idioma común. El mapa del transiberiano que tenemos en la guía hace milagros y ahí nos explica su itinerario y nosotros también el nuestro, además de cuando salimos, los medios de transporte que hemos utilizado, etc.
Después de un rato nos vamos al compartimento de los compañeros, donde Josefina hace como que lee, tensa como la tela de un tambor. Fran dice que Josefina le ha dicho: “Esto para mi es un sufrimiento”. Fran la tranquiliza diciendo que este momento del viaje era posible que llegara, pero parece que no le ayuda mucho la cosa. Además, el viajero nuevo se le ve bastante incomodo con la situación, ha dejado su maletín en la cama y está de pie junto a la ventana y allí permanecerá varias horas, casi hasta la hora de acostarse. Es el tío con menos pinta de ruso que hemos visto en todo el viaje, más bien tiene pinta de paisano, así que lo bautizamos como Senén Castillejo.
Va llegando la hora de la cena y no sabemos como plantearla. Sacamos las cosas que las tenemos en el compartimento de Jose y Fran y salimos al pasillo buscando un acomodo para cenar de pie, pero el poco espacio y el olor a Friskis de los perretes no lo hacen el lugar propicio. Senén se da cuenta y nos señala la mesa del compartimento para que cenemos ahí los cuatro, incluso señala su asiento para que lo ocupemos sin problemas. No es mal tío este Senén.
Las empanadillas ya no son lo que fueron cuando las compramos, pero hay hambre y acabamos con ellas. Eso si, la sardina o lo que sea acaba en la basura, después de haberla montando en furgoneta, tranvía y tren. Una sardina viajera.
Fran y yo nos echamos el purillo, aunque él sigue con sus Lucky que compró en Mongolia. La parte de fumadores se encuentra entre vagón y vagón y es especialmente tétrica por la noche, cuando sólo una tibia luz amarilla la alumbra. Siempre nos encontramos a la misma gente, una chica que más que fumárselos se los come y otra mujer más mayor que se ríe sola mientras fuma. De vez en cuando también aparecen tres o cuatro descamisados, así que se monta allí una buena topera. Pero es en esos ratos cuando el tren recuerda a las películas de espías de la guerra fría, pelis que hoy día se podrían seguir rodando aquí, no creo que el tren haya cambiado mucho desde entonces.
De vuelta al vagón nos cruzamos con el grandullón sin camisa que no para quieto ni un segundo. Se para y nos dice “English, English”, pero pasamos junto a él sin detenernos y diciendo España, para que no haya posibilidad alguna de comunicación. Su compinche de los dientes de oro se nos acercó antes y nos soltó una perorata en ruso mientras señalaba mi reloj, pero le dimos esquinazo pronto.
Volvemos a nuestros vagones con intención de dormir pronto y pasar cuanto antes el trago. Allí hacemos las presentaciones con nuestros amigos rusos: el padre se llama Zhenya, tiene 37 años y su hijo Oleg 15. Una bonita escena ver al padre y al hijo compartiendo horas de tren, partidas de cartas y conversaciones con extranjeros. Después de un rato de intercambiar información sobre futbolistas famosos de ambos países, nos metemos en la cama y a leer un poco para intentar dormir pronto. Mañana llegamos a Krasnoyarsk, donde intentaremos comprar un billete directo a Moscú; por temas de tiempo no vamos a poder visitar Ekaterimburgo, así que nos quedará una tacada de 60 horas para llegar a la capital el jueves por la mañana. El sábado tenemos el avión de vuelta a Madrid, queda poco y hay que aprovecharlo. Aquí os lo contaremos. Hasta mañana.
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Últimos comentarios
Andras dice:
Son pocos los diarios que me atrapan hasta el final, este es uno y creo que aun falta algo, esperare porque vale la pena. Un relato meticuloso, para los que solemos viajar por el mundo de esta manera, nos trae muchos recuerdos de las anecdotas, anecdotas que se las pierden los turistas con viajes "organizados". Los viajeros nos identificamos con este relato: enhorabuena!, gracias por hacerme pasar por momentos que me son comunes, por el sentido del humor al viajar! (sobre todo por estos paises) y Mongolia lleva tiempo en un cajon, intentando salir a la luz algun dia ... este relato es un poco un impulso para apurarlo.
Ahora pasare a ver las fotos ... todo a su tiempo, es como una buena mermelada, disfrutarla poco a poco.
Les he ecomendado en mi web.
http://www.facebook.com/profile.php?v=feed&id=1529464199&story_fbid=1205850036278#/note.php?note_id=154033630732&ref=mf
Un saludo y ansioso de saber como bajan de ese tren.....
Publicado
Gato_perplejo dice:
Andras,
Muchísimas gracias por tus elogios, me ruborizan un poco pero me animan a continuar subiendo capítulos. Te pido disculpas a ti y a toda la gente que lo lee por las incorrecciones que podáis encontrar, ya que el diario lo escribo normalmente al final del día y no siempre repaso los contenidos.
Desde aquí te animo a que visites Mongolia cuanto antes, si necesitas cualquier información, estoy a tu disposción.
Tengo otros diarios de viajes (Japón, Islandia, New York) que quizá me anime a publicar en esta web.
Gracias de nuevo y un saludo.
Publicado
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Capítulos de este diario
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1
Preparativos y previos
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2
Ya estamos aquí
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3
Descubriendo Beijing
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4
La Gran Muralla
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5
30 horas en el tren
Ulán Bator, Mongolia | 30 de agosto de 2009
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6
Esperando en Ulan Bator
Ulán Bator, Mongolia | 14 de agosto de 2009
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7
Rumbo al interior
Ulán Bator, Mongolia | 2 de septiembre de 2009
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8
A las puertas del Gobi
Desierto de Gobi, Mongolia | 16 de agosto de 2009
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9
Las familias nómadas
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10
Karakorum, capital del Imperio
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11
Hustai: los caballos salvajes
Hu-ya-ko-t'e-t'ao-le-kai, Mongolia | 19 de agosto de 2009
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12
Esperando en Ulan Bator (II)
Ulán Bator, Mongolia | 20 de agosto de 2009
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13
Entrando en Rusia
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14
Irkustk y lago Baikal
Baikal Mountains, Rusia | 22 de agosto de 2009
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15
El vagón de los perretes
-
16
Krasnoyark y al tren
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17
Un día en el tren
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18
El día de las 13:00 horas
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19
¡Aquí estamos Moscú!
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20
Aprovechando el final
En Siberia...
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