1.300 millones y yo

Escribe: Syd
Ecos de la China

 

   Enviar a un amigo   

 
1 ... 13 14 Capítulo 16 18 19

Guilin-Shenzhen-Hong Kong

Shenzhen, China — sábado, 19 de noviembre de 2011

Eran las diez de la mañana cuando el bus hacia Shenzhen, la puerta de entrada hacia Hong Kong y última ciudad China antes de la zona de administración especial, estaba a punto de hacer su aparición. Esperando sentado en un banco de madera, con curiosos ojos cansados, hacía el recuerdo de por qué había decidido hacer este trayecto descartando el tren. Tras esquivar a varios oportunistas en la estación un par de días atrás, recordándoles que no necesitaba ayuda, uno de ellos me facilitó una información fundamental que valoré y decidí aprovechar. El tren, que era más caro, tardaba unas trece horas en llegar, mientras que por su parte, el bus, aparte de viajar de día, que en este caso me interesaba, tardaría unas diez horas con una breve incursión en Guangzhou. Y además el recorrido visual sería en este caso más digno de disfrutar.

- Mi último gran trayecto por tierra - pensé, ante la incierta sensación de incomodidad y poca apetencia ante el mismo, después de tantos y tantos kilómetros (公里) cargados a mis espaldas desde los albores de los primeros días de la ruta.

Con la incomodidad del recuerdo de aquella incursión en bus a Wudang shan, en aquellos asientos estándar y con aquel programa pseudo-estridente-chino-musical aún resonando en mi subconsciente auditivo, subí las escaleras de entrada al pesado rinoceronte del asfalto y, tras descalzarme por petición del ayudante de a bordo, recorrí uno de los dos pasillos laterales en su compañía hacia mi lugar de reposo, donde, con gran sorpresa y alegría por mi parte, se hallaba un amplio espacio para recostarse por completo con dos mantas de pelo suave en una litera junto a la ventanilla exterior.

Y así transcurrió el viaje, que tras los paisajes de Guilin y la inmensidad de los campos de los cultivos de arroz fue dejando paso a siluetas de montañas más sólidas y vegetación cada vez más exhuberante. Y tras muchas y largas horas, bien de noche ya, con cierta inquietud por la posible pérdida de la reserva de mi hostal, ya que había olvidado anunciar la hora de mi llegada, el bus llegó a algún lugar de Shenzhen. Esto era preocupante, pues quedarse sin alojamiento en Hong Kong puede llegar a suponer tener que pagar astronómicas cantidades de metal dentro de una búsqueda incansable y dolorosamente árdua. A ello tenía que añadir que el peso de mi mochila, desde Xi'an, superaba con solvencia la capacidad que yo tenía de poder soportar peso a mis espaldas, y no era el mejor momento de improvisar.

Pero definitivamente, la cosa no iba a ser fácil. Serían sobre las nueve y media de la noche cuando descubrí que tendría que contratar un transporte para llegar a una estación de metro, desde la cual, sabía que podría llegar a Hong Kong. Me dijeron que tardaría como una hora caminando para encontrarla, una barbaridad con mi mochila. Tras esquivar varios precios abusivos de taxistas corrosivos me topé con un tipo con una moto ridícula que me pedía 10 yuan por el obligado trayecto. Eran solo 10 céntimos de euro, pero no pude evitar regatear sin éxito. Y la moto, que de tanto en tanto se tambaleaba por el peso de mi mochila, surcó las calles con el susurro de su motor eléctrico hasta encontrar una boca de metro. Desde aquí recorrí toda Shenzhen en un trayecto interminable de más de una hora, con transbordos, con incursión errónea tras unas indicaciones defectuosas, y con un aspecto ya deplorable, sucio y maloliente, con más cabello del adecuado sobre mi cuero craneal y mis mejillas y barbillas, y con la mirada atenta de decenas de ciudadanos limpitos y aseados que presenciaban la hazaña que ya me suponía cargar y descargar mi espantosa mochila sobre mis hombros.

Tras pasar la frontera y coleccionar un nuevo sello para mi ego, al fin llegué a Hong Kong. Pero aún todavía quedaba más de lo que me esperaba. Otro recorrido interminable para llegar a la Hung Hom station, desde la cual, pude observar un vagón partir entre un continuo timbrar de avisos sonoros. Acto seguido, un hombre de piel morena y rasgos orientales, ataviado con un uniforme de trabajador de estación, me comunicó con la amabilidad y cálida sonrisa del que acaba de terminar su jornada laboral que mi espera a la vereda del andén no era sino vana, y que el último tren acababa de abandonar la estación.

Yo recordaba el trayecto hacia Nathan Road, pero no vislumbraba qué dirección tomar. Con el arduo y pesado camino para mi pobre espalda, haciendo un último alzamiento de valor, y con la inquietante incertidumbre por la reserva de mi hotel, recorrí las calles preguntando una decena de veces, y tras caminar con un chico, llegué a Nathan road y, finalmente, a las Chungking Mansion. Allí descifré con torpeza el mecanismo de su caos nocturno hasta llegar, ya exhausto, a mi destino, la 13ava planta, el Ashoka. Aún tenía mi cama disponible. Respiré aliviado. Eran más de la 1:30 de la madrugada cuando entré, tratando de no molestar, en la habitación donde me dispuse a descansar.



Publicado
Modificado
Leído 1191 veces

    Enviar a un amigo

1 ... 13 14 Capítulo 16 18 19
 
 


Capítulos de este diario