Un mundo de maravillas 2
Escribe: amrazgz
Maravillas naturales, prodigios monumentales, mundos acuáticos, enigmas...
Troya: El Sueño de Schliemann
Selçuk, Turquía — viernes, 24 de abril de 2009
La mañana era espléndida, plena de luz mediterránea, y el mar, oscilando levemente bajo el efecto de la brisa, brillaba sereno en el embarcadero de Çanakkale, en el extremo asiático del estrecho de los Dardanelos. Era un perfecto día otoñal para visitar las cercanas ruinas de Troya, a pocos kilómetros de esa ciudad de relajado aire mediterráneo. Hay dos maneras de visitar el famoso yacimiento: con o sin recorrido guiado.
Si se opta por la primera, como fue nuestro caso, uno deberá soportar grupos numerosos y un ritmo que no siempre se ajusta al propio. Si se elige la segunda, lo más probable es que, a menos que se sea un iniciado en los oscuros caminos de la arqueología, nos veamos incapaces de interpretar lo que estamos viendo -y en algunos casos no viendo-.
Esperaba poco de Troya. Dada la antigüedad de los restos y el carácter legendario de la historia, pensé que el plato que nos servirían los turcos sería algún cebo cazaturistas a medio camino entre la tomadura de pelo y el parque temático. Pero lo cierto es que fue bastante más interesante de lo que había imaginado, gracias sobre todo a las competentes explicaciones de la joven que ejercía de guía y cuyo padre había estado más de treinta años trabajando como arqueólogo en la mítica ciudad. El grupo en el que nos vimos sumergidos estaba formado sobre todo por norteamericanos, australianos y algún neocelandés, éstos últimos no tanto interesados en la visita del emplazamiento del legendario conflicto narrado por Homero sino en su personal peregrinación a las tumbas de sus antepasados enterrados en el cercano campo de batalla de Gallipolli.
Tras entrar en el recinto y aparcar el autobús en la amplia explanada habilitada para acomodar a miles de visitantes, nos reunimos con la guía junto al horrible caballo de madera que para disfrute de los más horteras se alza al comienzo del recorrido.
- La guerra de Troya comenzó con una disputa femenina- empezó la guía- Las tres principales diosas del Olimpo, Hera, esposa de Zeus; Palas Atenea, diosa de la sabiduría, y Afrodita, deidad del amor, discutían quién de ellas era la más bella y, por tanto, tenía derecho a quedarse con el premio establecido por Zeus, una manzana de oro. Harto del jaleo y la mala sangre que aquella situación estaba generando, el líder del Olimpo nombró un árbitro, Paris, que, aunque hijo de Príamo, rey de Troya, por alguna razón se hallaba ejerciendo de pastor en las montañas. Las tres diosas no pensaban jugar limpio, claro. Cada una de ellas trató de sobornar al joven con los atributos que representaban. Hera le ofreció poder más allá de sus sueños, Atenea la sabiduría de los siglos y Afrodita, mejor conocedora de la naturaleza masculina, prometió entregarle la mujer más bella del mundo.
Por supuesto, Paris no necesitó pensárselo mucho: entregó la manzana de oro a Afrodita. Ésta cumplió su promesa: hizo que Helena, esposa del rey Menelao, se enamorase de él. Ambos se fugaron -con el tesoro real- a Troya y el poderoso rey Agamenón, hermano del agraviado, levantó un ejército para recuperar a su cuñada y lavar el honor familiar.
La gente parecía encantada con esta poética versión de la Guerra de Troya. El grupo se deshizo durante cinco minutos para que los que quisieran pudieran trepar a la panza del feo caballo de madera y asomarse por la ventana que se abría en la panza, saludando al amigo o familiar que se encargaría de tomar la ineludible foto desde el exterior.
Como suele suceder, la versión romántica del conflicto cantado por el poeta ciego de Esmirna, tan del agrado de los visitantes, no es más que eso: una fantasía que disfraza acontecimientos más mundanos que tienen que ver con el poder, el comercio, la expansión económica y el elemento común a todos ellos: la guerra.
Los límites geográficos entre Asia y Europa son prácticamente inexistentes, puesto que ésta última no es sino una mera prolongación peninsular del inmenso continente asiático. Sin embargo, una cosa es el mapa físico y otra muy diferente el humano. Las diferencias culturales entre las civilizaciones de uno y otro continente han acabado en muchas ocasiones en guerra.
La península de los Balcanes es una de esas zonas de permanente roce; y otra es la línea marítima que une el Mediterráneo con el mar Negro. Entre ambos mares se abren los estrechos de los Dardanelos -conocidos en la Antigüedad con el nombre de Helesponto- y el Bósforo, dejando entre medias el mínimo ensanche del mar de Azov, que los griegos llamaban la Propóntide. En algunos puntos la distancia que separa a los dos continentes es de apenas quinientos metros de agua, y en la ciudad de Estambul, la antigua Constantinopla, la más antigua todavía Bizancio, un puente sobre ese hilo de agua es el único lazo físico entre el mundo europeo y el asiático.
Una de las más antiguas tradiciones griegas, que se remonta a la época es la del viaje de Jasón y los Argonautas, quienes a bordo del barco del cual tomaron su nombre, el Argo, partieron desde Grecia en busca del Vellocino de Oro, una legendaria piel de cordero hecha de oro que se encontraba en la lejana Cólquide, custodiado por hechizos y bajo la protección de un reino cuya princesa era Medea. El viaje de ida y vuelta de Jasón y los suyos forma parte del canon de la literatura clásica y de nuestra tradición cultural más antigua. Sin embargo, ese relato tiene un trasfondo muy real que no es otro que la apertura de una ruta comercial que unía el Mediterráneo con las ricas tierras que bordeaban el mar Negro.
El alto valor estratégico de ese camino marítimo fue también conocido por otros pueblos además del griego; y uno de los principales, procedente de la orilla asiática, en la región de Anatolia o Asia Menor, fue el que estableció allí una ciudad que recibió el nombre de Ilión -por su rey fundador, Ilo- y a la que los griegos llamaron Troya. Así pues, el origen y la razón de ser de la ciudad no era otro que la riqueza que se derivaba del cobro de un impuesto de tránsito a los navíos que fueran o vinieran por el Helesponto.
Podemos imaginar que los antiguos griegos no veían con simpatía el auge y poder de Troya, al fin y al cabo conseguidos gracias al dinero que sus comerciantes se veían obligados a pagar. El enfrentamiento era inevitable. Hacia el año 1200 a. C. lo que hoy conocemos como Grecia estaba dividido en una serie de ciudades-estado que, aunque compartiendo la misma cultura, eran independientes entre sí. Las más importantes eran Esparta, gobernada por Menelao y Micenas y Argos, lideradas por Agamenón. Las ciudades, continuamente enfrentadas entre sí, decidieron poner fin a sus rencillas y aliarse contra los molestos troyanos. Nació así la Liga Aquea y su consecuencia fue la guerra de Troya, un asedio que según los historiadores no duró diez años, como apunta Homero, sino alrededor de uno, puesto que en aquella época un sitio prolongado estaba más allá de la capacidad organizativa de los ejércitos.
La ciudad fue finalmente tomada y quemada y la consecuencia fue el surgimiento del gran poder naval y continental de los griegos sobre todo el Mediterráneo oriental y la apertura de las vías de comunicación hacia el mar Negro y del comercio hacia Asia. Ese poder iba a durar varios siglos y sólo se vería de nuevo seriamente amenazado cuando en Asia se instalara un nuevo y agresivo pueblo: los persas. Cuatro siglos después de la guerra, hacia el año 850 a. C. los aqueos habían sido barridos de la historia por los invasores dorios. Estos no sólo conservaron la inestable y fragmentada organización política a base de ciudades-estado, sino un sustrato cultural que les sirvió para dotarse de un sentimiento nacional, de un pasado -aunque imaginario- común.
Y es en ese contexto donde hay que encuadrar el poema épico de la Ilíada, atribuido de acuerdo con la tradición, a Homero, un poeta ambulante que recorría las ciudades griegas recitando sus versos a los nobles y grandes señores. Homero significa "el ciego" porque, también de acuerdo a la tradición, carecía de vista. Esto no supuso ningún impedimento a su arte, porque su prodigiosa memoria le permitía recitar miles de versos con una sensibilidad que tocó el alma de los griegos.
Se dice que nació en Esmirna (aunque otras seis ciudades reclamaban tal privilegio) y que murió en la isla egea de Íos, donde fue enterrado. Heródoto pensaba que había vivido en el siglo IX a. C., aun cuando el estudio de los textos homéricos señala que su vida se pudo desarrollar en la segunda mitad del silgo VIII a. C. Para algunos autores, por el contrario, Homero ni siquiera existió y de haberlo hecho, era analfabeto, pues en su época aún no dominaban los griegos el arte de la escritura. Sea como fuere, el autor de la Ilíada realizó un trabajo de compilación de una tradición oral que se había mantenido viva durante siglos antes de recibir una estructura formal. En el siglo VI a. C., el tirano de Atenas Pisístrato ordenó la redacción de la Ilíada y de la Odisea, cuyos textos hubieron de estudiar y aprender los escolares de Atenas. De esa manera se convirtió Homero en el padre espiritual de los pequeños atenienses.
En cualquier caso, la Ilíada de Homero no narra la guerra de Troya, sino sólo un episodio concreto acontecido diez años después de que ésta empezara al desembarcar los aqueos dirigidos por Agamenón, con la intención de rescatar a Helena. El conflicto narrado comienza con el enfrentamiento entre Agamenón y Aquiles, el más grande de los guerreros aqueos, a causa de una mujer capturada con el botín y que ambos codician. Aquiles, enfurecido, se retira a su tienda y decide no combatir más para el rey que le ha ofendido.
En el siguiente choque entre aqueos y troyanos, éstos salen de su ciudad encabezados por el príncipe Paris, que acaba huyendo acobardado ante la furia de Menelao, el esposo de Helena. Avergonzado por los reproches de su hermano y primer héroe de Troya, Héctor, Paris reta a Menelao a un combate singular con Helena como trofeo. Gane quien gane, los aqueos deberán dar media vuelta y regresar a sus ciudades.
El esposo deshonrado tenía todas las de ganar gracias a su mayor experiencia y fortaleza física pero Afrodita, la diosa beneficiada por la decisión del joven príncipe tiempo atrás, interviene y salva a Paris llevándolo al palacio de su padre en Troya. Se suceden las luchas, los duelos y las batallas. La lista de muertos, incluso entre los héroes, no para de crecer. La ausencia de Aquiles del campo de batalla inclina la balanza a favor de los troyanos. Patroclo, amigo íntimo de Aquiles, le ruega que se una al ejército aqueo en la cada vez más desesperada lucha. El guerrero no cede, pero consiente en que Patroclo vista su armadura y, haciéndose pasar por él, dirija una nueva carga contra los troyanos.
La treta da resultado. Propios y extraños creen que el gran Aquiles ha vuelto al combate y, con su moral restaurada, hacen retroceder al enemigo hasta las puertas Esceas de la ciudad. Pero he aquí que Héctor se enfrenta a Patroclo, matándolo en combate. La furia de Aquiles al enterarse de la muerte de su amigo es tal que jura destruir a Héctor, olvidando su orgullo y haciendo las paces con Agamenón.
El resultado de la batalla es favorable a los aqueos. Aquiles se enfrenta al príncipe troyano y lo atraviesa con su lanza, arrastrando luego el cadáver con su carro para finalmente llevarlo a su campamento y dejarlo expuesto a las fieras y las aves carroñeras. El anciano Príamo logra entrar en el campamento de los aqueos y suplica al héroe que le permita llevar a su hijo a la ciudad para poder celebrar un funeral adecuado, petición a la que Aquiles, conmovido, accede. La Ilíada termina precisamente con las exequias de Hector dentro de Troya
Probablemente, los turistas que alegremente se hacen fotos dentro y fuera del caballo de madera, el caballo de Troya, ignoran que en el relato de Homero no existe mención alguna. No sólo eso, sino que tampoco se dice nada del mismo en el otro gran poema épico del griego de Esmirna, la Odisea, protagonizada por Odiseo o Ulises, rey de la isla de Ítaca e inventor de la estratagema del caballo que permitió a los griegos conquistar Troya. ¿Cuál es el origen de ese mito?
Los historiadores que rechazan la verdad literal de la historia del caballo de madera han interpretado el relato de los escritores de la Antigüedad en formas diversas. Una es que el caballo fue una especie de torre de asedio o ariete que se empleó contra las murallas de Troya. Pero aunque hubo cercos en la Edad de Bronce, no hay pruebas de que se utilizaran máquinas de asalto. Otra teoría es que, puesto que Homero se refiere a los barcos como "caballos del mar", el "caballo de madera" representa la flota griega. Una posible explicación es que el caballo que los troyanos arrastraron al interior de sus murallas fuera un dramático símbolo de cómo los habitantes de la ciudad atrajeron la destrucción sobre sí mismos. Los egipcios tenían una historia sobre la oculta introducción en una ciudad de soldados metidos en sacos que los habitantes tomaron por regalos, y la historia del caballo de madera puede haber nacido de ésta.
El caso es que desde el mismo momento en que apareció el poema -que, como hemos dicho, tuvo en un principio forma oral- los rapsodas o recitadores profesionales no cesaron de añadir nuevas anécdotas. El episodio del caballo apareció en textos posteriores al siglo VII a. C. Otros episodios muy conocidos de la leyenda, como la muerte de Aquiles a consecuencia de una flecha disparada por Paris a su talón, son también añadidos posteriores de época griega o romana. Según estos "apéndices", el destino final de Troya tras diez años de guerra fue el fuego y el saqueo, la matanza y sus mujeres repartidas entre los vencedores. Helena regresó con Menelao, Príamo murió en las llamas que devoraron su palacio, Ulises, en su regreso a casa, emprendió su particular Odisea; y Eneas logró escapar con su familia hasta llegar a unas tierras lejanas donde fundó una ciudad que, con el tiempo, sería conocida como Roma.
Sea como fuere, la obra de Homero ha conseguido cabalgar a través de los siglos fascinando a todas las generaciones con una historia que es madre y raíz de todas las aventuras épicas que en Occidente fueron apareciendo con el transcurso del tiempo. Pero volvamos al mundo real, al polvo y la piedra que pisan nuestros pies en la colina Hisarlik, sobre la cual se edificaba la ciudad.
Troya no fue una, sino muchas. Nada menos que nueve encarnaciones. Los hallazgos arqueológicos nos dicen que la ciudad fue destruida y reconstruida en muchas ocasiones antes de ser definitivamente abandonada. La Troya de Homero corresponde al nivel VIIa, esto es, seis ciudades vivieron y murieron sobre ella y si todavía pueden verse restos antiguos fue gracias a que los romanos enterraron muchas de las estructuras más antiguas para construir sobre ellas.
Un sendero de tierra discurre entre arbolillos de ramas retorcidas por el viento que sopla con fuerza sobre la colina. A los lados se encuentran esparcidos en aparente desorden muros, cimientos, pedruscos, sillares corroídos por el tiempo y exiguos restos de edificaciones, todo ello no mejor conservado que lo que se puede encontrar en otras antiguas ciudades griegas y romanas de todo el Próximo Oriente. Pero, asombrosamente, uno de los testigos pétreos que se mantiene extrañamente íntegro son las Puertas Esceas, mencionadas en el poema homérico y a través de las cuales los héroes troyanos salían a combatir. Fue a los romanos a quienes les debemos su supervivencia ya que decidieron cubrir de tierra y piedra el perímetro y edificar encima un templo.
Desde uno de los extremos de la colina de Hisarlik la guía nos explica cómo se cree que estaba configurada originalmente. El mar queda hoy mucho más lejos de las murallas que en tiempos históricos y resulta difícil hacerse una idea precisa del perímetro de una ciudad que, además, fue alterando su forma con el pasar de los siglos. Dicen que unas colinas que se divisan desde el altozano pasan por ser las tumbas de Patroclo y Aquiles, aunque nadie ha emprendido la tarea de excavar en un túmulo de tierra en el que no se puede abrir un túnel sin que se venga abajo.
Troya es terreno de sueños, de leyendas, un lugar donde los románticos vienen a perseguir sus fantasmas, más imaginarios que reales. Quizá fue por aquel agujero en el muro por donde Eneas huyó de la matanza; es posible que por esta calleja caminara Paris mostrando a Helena su nuevo hogar; aquellas piedras pudieron formar parte un lejano día del palacio de Príamo, desde el que el rey contemplaba el choque de los ejércitos y los héroes... El poder pasear entre ruinas completadas por la fantasía se lo debemos a alguien cuya pasión por el poema de Homero, rozando la obsesión, sólo fue superada por su tenacidad a la hora de demostrar que Troya existió, quizá en otro tiempo, pero desde luego en nuestro mundo.
Nuestra guía mencionó de pasada algo sobre este novelesco personaje, Heinrich Schliemann, datos fríos como la fecha del descubrimiento de la ciudad o algunos de los tesoros que halló. Pero esos someros comentarios no hacían en absoluto justicia a la fascinante historia moderna de Troya y las tribulaciones por las que pasaron los objetos aquí encontrados. La biografía de Schliemann es, de hecho, tan fascinante como la de Aquiles: un hombre que superó una infancia difícil para convertirse, merced a su talento, esfuerzo y perseverancia, en un empresario inmensamente rico y un arqueólogo que se ganó el reconocimiento de todo el mundo.
El joven Schliemann había nacido en 1822 en Mecklenburgo, en el nordeste de Alemania, en el seno de una familia de escasos recursos económicos, hijo de un párroco protestante de dudosa reputación (todo el mundo conocía sus escarceos con una sirvienta y cómo se casó con otra al poco de morir su mujer de parto. De hecho, sus superiores le acabaron obligando a abandonar su ministerio). En su diario, Schliemann describe a su padre como un perro loco, un tirano, un personaje violento e hipócrita.
Dejado al cuidado de su tío, el joven ingresó en una escuela donde cursó estudios durante tres años antes de abandonarla al tener que ponerse a trabajar como aprendiz para ayudar a sacar a su familia de las deudas que la asediaban. Cuando no escobaba y fregaba, vendía sardinas, mantequilla, azúcar, alcohol y aceite. Fue en aquella dura infancia, trabajando en un comercio, cuando entró en la tienda un alemán borracho. El Schliemann niño le escuchó recitar de memoria versos de Homero en griego clásico. Según él mismo relató en sus memorias -y esto hay que tomarlo con mucho cuidado dado el carácter teatral y algo megalomaníaco del Schliemann adulto- aquella extraña lengua lo fascinó hasta tal punto que decidió aprenderla. Cuando por fin fue capaz de comprender los poemas épicos en su lengua original, decidió dedicar sus esfuerzos y recursos a encontrar los lugares que Homero menciona: Troya, Micenas, Ítaca... Pero para eso aún quedaría un largo camino.
En 1841 tuvo que dejar el trabajo al herirse mientras transportaba un pesado barril. Soñaba con marchar a Nueva York, pero su padre se oponía. Acabó aprendiendo contabilidad, alistándose en un mercante -que no le llevó más lejos de Ámsterdam- y entrando a trabajar en un almacén. Ya entonces era consciente de que el mundo está regido por aquellos que pueden manipular los números y las palabras y no tardó en ponerse manos a la obra. Empleó su tiempo libre en aprender idiomas y en el curso de unos cuantos meses era capaz de hablar inglés, francés, portugués e italiano.
En marzo de 1844, Schliemann fue empleado por una firma holandesa como chico de oficina. Su paga era minúscula, pero era un trabajador duro y su dedicación dio resultados. Empezó a estudiar ruso con la ayuda de una gramática y un diccionario. A finales de enero de 1846, la compañía lo envió como representante comercial a San Petersburgo. El joven tenía entonces 24 años y llevó a cabo con éxito su labor, cerrando además negocios a título particular relacionados con el índigo. Hasta tal punto fueron bien sus asuntos que llegó a inscribirse como comerciante particular. Su único punto negro fue un chasco sentimental: animado más por su mejora de estatus social que por su cuenta bancaria, pidió la mano de su amor juvenil, Minna. Era demasiado tarde: ella ya se había casado.
En 1850, Schliemann marchó a California, donde hizo varios negocios antes de regresar a San Petersburgo dos años después, donde se casó con Katerina Petrovna Lyshin, la hija de un abogado local. Fue un matrimonio infeliz que dejó tres hijos.
La Guerra de Crimea (1854-1856) que enfrentó a Rusia y Turquía (aliada con Gran Bretaña y Francia) supuso la fortuna para Schliemann. Suministró alimentos, equipo militar y productos estratégicos (plomo, azufre...) a los ejércitos del zar. Al término de la contienda había doblado su fortuna. Con Rusia de nuevo en paz y su porvenir asegurado, nuestro hombre se centró en sus estudios de griego. En pocos meses ya era capaz no solo de hablar griego moderno, sino que también se manejaba con soltura en el clásico y La Ilíada y La Odisea se convirtieron en textos familiares.
La crisis de 1857 pasó por su lado sin tocarle y, aunque tentado de liquidar sus intereses comerciales, decidió en cambio conservarlos y dedicarse a viajar. Se dirigió primero a Suecia y Dinamarca para continuar luego hacia el este mientras llevaba un diario en seis idiomas. Visitó Constantinopla, el Danubio, El Cairo, el Nilo, Jerusalén, Petra, Siria, Atenas, España...
Tuvo que volver a retomar la actividad comercial -algo que hacía siempre personalmente, trabajando en el almacén y tratando con vendedores y compradores directamente-. Para entonces, no sólo el índigo figuraba en la lista de mercancías con las que trataba, sino que mercadeaba a gran escala con aceite, te y algodón -éste último especialmente rentable debido al bloqueo de los puertos del sur de Estados Unidos durante la Guerra Civil en ese país-. Con su fortuna más que asegurada, se lanzó a viajar de nuevo en 1864. Durante seis meses recorrió la India, China y Japón para terminar en San Francisco. Este viaje -que resultó decisivo en su desarrollo intelectual- representó una doble ruptura: por un lado con el mundo de negocios ruso en el que había conseguido su posición económica y social; y, por otro, con su mujer, con quien la relación hacía ya tiempo se había deteriorado -de hecho, ella le odiaba y, según el propio Schliemann cuenta en una de sus cartas, tenía que violarla para que le diera hijos- Haciendo bueno el tópico de que todos los ricos son tacaños, Schliemann compró sólo billetes de segunda clase en los ferrocarriles indios, se quejaba si la comida no era de su gusto y regateaba las tarifas de los hoteles. Rozando el medio siglo de vida, era inmensamente rico. Y, según cuenta en sus notas autobiográficas, aburrido ya de una existencia que no le proporcionaba ninguna emoción, recuperó su sueño infantil.
Llegó a Francia a principios de 1866 con la intención de establecerse en París y estudiar arqueología. Dicha decisión no le impidió viajar a Moscú en marzo de aquel año y viajar por Baviera y Suiza hasta mediados de octubre. Especuló con propiedades en la capital gala e hizo todavía más dinero. Acudió a la Sorbona, donde estudió lenguas asiáticas, sánscrito y egiptología además de filosofía griega y árabe, poesía clásica y literatura contemporánea francesa.
Dejó aparcados sus estudios y marchó en viaje de negocios a Estados Unidos, donde invirtió en ferrocarriles y compró tierras en Cuba. En su diario repleto de números y referencias comerciales, Schliemann alaba el espíritu emprendedor de los norteamericanos, aunque temía que la emancipación de los esclavos reduciría la productividad en un tercio. A finales de enero de 1868, volvía a sentarse en las aulas de la Sorbona, atender a clases en el Collège de France y a reuniones de sociedades científicas.
Durante un viaje de cuatro semanas a Roma, Nápoles y Pompeya así como a otros lugares ricos en restos de imperios pasados, Schliemann sintió despertar en él con fuerza la pasión arqueológica. Viajó a la península griega y a su vuelta a París escribió un libro, "Ítaca, el Peloponeso, Troya", que, a pesar de sus errores, atrajo el interés del mundo universitario. La teoría que el alemán proponía era innovadora: pretendía buscar la Troya homérica en la colina de Hissarlik en el entonces territorio del Imperio Otomano. Se llevaba excavando allí desde 1795, pero como no se había encontrado nada, los trabajos se habían trasladado algo más lejos, hacia la aldea turca de Bunarbashi. Schliemann demostró que aquello era un callejón sin salida. Fuera lo que fuese lo que los expertos creyeran, los escritores de la antigüedad no habían situado la ciudad greco-romana de Ilium -sucesora de la Troya de Homero- en Bunarbashi, cuya topografía no coincidía en absoluto con las descripciones que aparecían en La Ilíada.
Pero el propio Schliemann no estuvo convencido de ello desde el comienzo y, de hecho, al principio creía, como todos los demás, que se debía excavar en Bunarbashi. Comenzó a cambiar su opinión tras su encuentro con el norteamericano Frank Calvert, el hijo del vicecónsul americano en los Dardanelos y un arqueólogo amateur que poseía algunas tierras en Hissarlik. Había hecho algunas excavaciones bastante prometedoras y Schliemann, aunque mencionándolo en su libro, se reservó a sí mismo la parte del león, presentándose como el solitario luchador individualista, lúcido, valiente e intuitivo, enfrentado a la reaccionaria comunidad científica. Sería más correcto decir que el alemán, habiendo estado abierto a las ideas de otros hombres, forjó su propia teoría a través de la reflexión, numerosas lecturas y una nutrida correspondencia con Calvert.
Entusiasmado en el empeño de recuperar los escenarios de la literatura clásica, millonario y famoso, fue recibido por los atenienses con alborozo. Y entonces, Schliemann decidió casarse otra vez y tener una esposa griega. Pasó buena parte del año1869 en los Estados Unidos, país del que había conseguido la nacionalidad, y se trasladó a Indianápolis para aprovechar la legislación local referente al divorcio, que se consumó finalmente en junio. Y se dispuso a buscar esposa. Diseñó para tal propósito una estrategia insólita: puso un anuncio en los periódicos, afirmando que desposaría a aquella muchacha que supiera recitar de memoria, y sin duda ni fallo ninguno, la Ilíada en griego clásico. Se presentaron un buen puñado de ellas y escogió a una chica de diecisiete años de edad llamada Sofía, después de suspender a no pocas de ellas. La joven, que entonces tenía 17 años, era la sobrina de un viejo amigo y antiguo profesor de griego. El alemán nacionalizado americano soñaba con convertirse en el Pigmalión de su esposa, imbuyéndole el conocimiento que completara su belleza.
Tras pasar la luna de miel en Paris, los Schliemann regresaron a Atenas a principios de febrero de 1870. Allí les esperaba una decepción: el permiso oficial turco habilitándoles para comenzar las excavaciones en Hissarlik no se había materializado. Así que Heinrich se dispuso a pasar una temporada en las islas Cícladas, donde completó su adiestramiento como arqueólogo e incrementó sus conocimientos sobre la cultura y la vida clásicas. Por fin, Schliemann cruzó a Turquía y comenzó sus excavaciones en la colina de Hisarlik. Cuando inspeccionó la zona, entendió que el paisaje cuadraba a la perfección con las descripciones que Homero hacía en la Ilíada sobre "la ventosa Ilión".
Movió todas sus influencias políticas, gastó dinero en comprar las tierras de Hisarlik a sus propietarios y, en el otoño de 1871, dio el primer golpe de piqueta en tierra. Al tercer día de trabajo, en las ruinas de una casa, encontró una moneda con la siguiente inscripción: "Héctor de Troya". Schliemann casi bailó de alegría, seguro de que la legendaria ciudad estaba enterrada bajo sus pies. En los dos años siguientes, Troya, mejor dicho, las Troyas, fueron asomando de nuevo a la luz, la primera de ellas fechada entre los años 3000 y 2500 a.C. y la última, entre el 85 a.C. y el 600 d.C. El amateur Schliemann bautizaba a capricho cuanto encontraba y no era muy escrupuloso a la hora de desdeñar aquello que no le parecía de interés, incluso destruyéndolo. Por fortuna, junto a él trabajaba un arqueólogo profesional, Wilhelm Dörpfeld, que reconstruía con mimo cuanto su jefe arrasaba e iba datando las diversas capas de tierra y de ruinas, lo cual suponía una evolución en las técnicas arqueológicas. Así, se estableció, cosa en la que hoy todo el mundo está de acuerdo, que la Troya homérica, alzada sobre Hisarlik entre los años 1250 y 1180 a.C., aproximadamente, era la Troya VII.
Mientras que en las ciudades anteriores y posteriores se apreciaba que los temblores de tierra habían sido la causa de su ruina, en los recintos de la VII se encontraron numerosas puntas de flecha, lanzas y esqueletos que presentaban heridas, como una mandíbula rota por un mandoble. En las piedras de las murallas se distinguían huellas de un gran incendio. La Ilión de Homero no era un lugar imaginario.
En la primavera de 1873, hacia las siete de la mañana, Schliemann y Sofía se sentaban junto a una de las zanjas en espera de que se reanudaran los trabajos. El sol asomó sobre las ruinas y algo brilló en la trinchera. De inmediato, Schliemann concedió a los obreros jornada de descanso, engañó al representante del gobierno turco encargado de vigilar las obras y, ya a solas, ayudado por su mujer, comenzó a excavar. Así encontró el mejor hallazgo de todos: una colección fabulosa de joyas de oro, plata y bronce, en la que se contaban, entre otros objetos, casi nueve mil pendientes, además de diademas, collares y vasos de oro. Schliemann decidió llamarlo el "Tesoro de Príamo", sin reparar, como luego se ha demostrado, que el lugar donde se encontraron aquellas riquezas pertenecía a la Troya II, datada entre el 2500 y el 2300 a.C, muchos años antes de que reinara en la ciudad Príamo, el padre de Héctor.
La manera en que Schliemann se las arregló para trasladar el hallazgo a Grecia provocó un escándalo. Para evitar los engorrosos procedimientos legales, sobornó al gobierno turco ofreciéndoles 50.000 francos a cambio de que renunciaran a su derecho de propiedad sobre el tesoro, por lo que se convirtió en el dueño de las joyas. Meses más tarde, el tesoro estaba en el Museo de Berlín y Turquía aún sigue soñando con que algún día le sea devuelto. Las exposiciones tuvieron un éxito enorme aun cuando el bombardeo publicitario que orquestó el arqueólogo hizo sospechar a otros colegas de la autenticidad de los objetos. Pero eran reales, y en Inglaterra una serie de sociedades científicas invitaron a Schliemann a reunirse con sus miembros. El alemán convenció a todo el mundo.
Entre aventura y aventura, el matrimonio tuvo dos hijos, a los que bautizaron como Agamenón y Andrómaca. Schliemann se hizo construir una casa en Atenas, con vistas a la Acrópolis, una suntuosa mansión adornada con estatuas de héroes y de dioses. El matrimonio recibía a sus huéspedes vestidos con túnicas, al modo de los tiempos clásicos. Y hablaban con ellos en griego homérico.
Schliemann siguió excavando, esta vez en el Peloponeso, y encontró el palacio de Agamenón en Micenas, junto a muchos objetos de oro y varias máscaras mortuorias, a una de las cuales, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, bautizó como "Máscara de Agamenón". Era un hombre de suerte: donde clavaba la piqueta encontraba un tesoro o despejaba seculares dudas históricas. Excavó también en Tirinto, no lejos de Micenas, y destruyó los bellos frescos aqueos, tomándolos por bizantinos. Por fortuna, sus ayudantes lograron reconstruirlos luego. Y también quiso hincar el pico en Cnosos, pero la resistencia de las autoridades le hizo desistir. La gloria de los palacios cretenses quedó para el inglés sir Arthur Evans
Siguió recorriendo el mundo en su afán por revivir el pasado: Ítaca y Orcómenos, en Beocia, con resultados poco espectaculares; las Termópilas y Maratón, también sin demasiado éxito; América Central y Cuba y por último Egipto. Su sueño era descubrir la tumba de Alejandro Magno en Alejandría, algo que no consiguió. Agasajado e invitado por toda Europa, Schliemann estaba en la cúspide de su fama. Él mismo admitió que de las inmensas rentas que percibía cada año de sus inversiones, se gastaba anualmente la mitad en sus investigaciones arqueológicas.
A él se debe el nacimiento de la arqueología "de investigación", si bien a estas alturas comenzaba a darse cuenta de que su método y objetivo -casar los restos arqueológicos con los textos clásicos- tenía sus límites. Nunca dejó de ser una figura polémica. Celosos y resentidos por sus hallazgos, académicos y estudiosos atacaron sus orígenes y el poco ortodoxo sendero intelectual que había seguido. Para dar publicidad a sus descubrimientos, eligió no las revistas especializadas, sino las publicaciones más populares. Y los ataques que sufría a menudo eran más personales que profesionales: se cuestionó el origen de su fortuna, se habló de compras subrepticias y falsificaciones.
Es cierto, sin embargo, que Schliemann compró a periodistas y expertos para que escribieran en su favor. Esta ansia de fama y publicidad acabaría minando su prestigio de cara al público. En 1881, Adolf Furtwängler, prestigioso conservador de los museos de Berlín, emitió su veredicto condenatorio: "Schliemann goza de una gran fama aquí. Sin embargo sigue siendo una persona medio loca, un hombre de ideas confusas que no tiene ni idea del valor de sus descubrimientos". El arqueólogo descubridor de Troya y Micenas jamás sería admitido en la Academia de Berlin, un honor que sólo se reservaba a universitarios. Pero para su resarcimiento, en julio de 1881, con gran pompa, se le nombró ciudadano honorario de Berlín. Schliemann murió en 1890, en Nápoles, y sus restos, según sus deseos, fueron trasladados a Atenas, donde reposan en un pretencioso panteón de aire clásico.
La fortuna que amasó a lo largo de su vida no fue suficiente para él. Dos cosas más le empujaban: el ansia de reconocimiento social y la sed de saber. Su trabajo expandió la visión que hasta ese momento se tenía de la historia del hombre en el Mediterráneo oriental. Antes de él, la Edad del Bronce era prácticamente inexistente. Su descubrimiento de la civilización micénica dio inicio al estudio de la protohistoria del Egeo.
A estas alturas el lector ya se habrá percatado de que el alemán era un personaje con grandes manchas en su biografía. Biografía que, por otra parte, él se encargó de manipular y reinventar de manera tan romántica como los poemas épicos que a él le apasionaban. Su relación con su primera esposa, su tacañería, su afán de gloria, su desprecio por los derechos de los gobiernos en los que realizaba sus hallazgos, son aspectos poco amables de su vida. Y aunque sus métodos de excavación han sido muy criticados por los daños que causaron, también es cierto que intentó mejorarlos contratando a expertos en la materia.
Se dio cuenta también de que captar el interés del público por el mundo antiguo podía ayudar a financiar los trabajos de excavación. Así, su Atlas de las Antigüedades Troyanas fue uno de los primeros libros en reproducir fotografías y las exposiciones que realizó orientadas al público en general animaron el turismo y acabaron protegiendo los intereses económicos de los países propietarios de los yacimientos. Y ese turismo, a su vez, promueve nuevas vocaciones y pasiones. Después de todo, fue la propia visita de Schliemann a Pompeya la que encendió la chispa de su amor por el pasado.
Asombrosamente, Troya y su tesoro, después de tres mil años, siguen siendo fuente de historias dignas de ser recordadas. Al final de la II Guerra Mundial, las joyas troyanas, que se exhibían en Berlín, desaparecieron, y durante décadas se pensó que estaban en poder de algún jerarca nazi huido a Latinoamérica...
Un día de septiembre de 1987, Grigori Kozlov, que había sido nombrado recientemente conservador del nuevo Museo de Colecciones Privadas de Moscú -una rama del Museo Pushkin- recibió una petición de un colega que implicaba fotocopias de algunos documentos. En 1987 en la Unión Soviética, esto era una tarea formidable: las fotocopiadoras no eran comunes en el país y en el Museo Pushkin no contaban con ninguna. Pero Kozlov había trabajado en el Ministerio de Cultura y tenía amigos allí, así que pensó que podía hacer uso de sus contactos para conseguir una fotocopiadora.
Cuando Kozlov alcanzó la cuarta planta, donde se hallaba el Departamento de Artes Visuales, vio columnas de papeles y libros en completo desorden. Al principio creyó que había sucedido algún accidente hasta que encontró a un antiguo colega que se dirigía hacia él con otro montón de viejos documentos bajo sus brazos. Le contó que el jefe del Departamento de Museos había decidido hacer limpieza de morralla. Ya había echado al fuego toneladas de documentos y pidió a Kozlov que le echara una mano para trasladar una pila de ellos al sótano. Kozlov accedió y acompañó a su amigo hasta una puerta que fue abierta por una mujer llevando una bata blanca, mascarilla y guantes de goma además de un largo cuchillo en su mano. La habitación estaba tenuemente iluminada por un par de bombillas desnudas y la atmósfera aparecía opacada por el polvo. Otra mujer con el mismo vestuario estaba sentada junto a una mesa llena de papeles atados con cordeles. Tras cortar éstos, arrojaban los montones a una máquina trituradora.
La mujer les indicó dónde poner los montones. Kozlov vio entonces que una hoja de papel que había en el suelo llevaba el membrete del Museo Pushkin. La cogió y empezó a leer. Su corazón se aceleró ante lo que tenía delante. Su amigo tenía prisa y le dejó leyendo. Pidió permiso a las mujeres para revisar algunos de aquellos documentos. Había encontrado una palabra marcada en rotulador rojo en aquella hoja: "Restitución".
Aquella palabra hacía referencia a la devolución a Alemania Oriental por parte de la Unión Soviética, en 1955, de las obras maestras que habían sido secuestradas por los rusos de la Galería Dresden a finales de la Segunda Guerra Mundial. El "rescate" de la Galería Dresden había sido uno de los eventos culturales más importantes de la Unión Soviética en aquella época y su restitución diez años más tarde se convirtió en una pieza importante de la política y las relaciones entre ambos países. ¿Podía aquel documento en aquella polvorienta habitación significar que todavía había obras de arte escondidas en los almacenes de la Unión Soviética? Kozlov comenzó a cortar febrilmente las cuerdas que ataban las pilas de documentos.
Media hora después, encontraba lo que estaba buscando: las actas de las negociaciones ruso-germanas para la devolución de los cuadros y los documentos referentes a su exposición en Moscú justo antes de dicha devolución. Y allí, entre aquellas gastadas hojas, había una titulada "Lista de las Más Importantes Piezas Artísticas depositadas en el Almacén Especial del Museo Pushkin". Y otra hoja, titulada "Objetos Únicos del Tesoro Troyano", estaba firmada por Nora Eliasberg, conservadora jefe del Museo Pushkin y datada en marzo de 1957. Kozlov había encontrado, por pura casualidad y a punto de ser destruidas, las pruebas de que el tesoro misteriosamente desaparecido de Berlín no había sido destruido ni robado por los nazis, sino ocultado en la Unión Soviética durante más de cuarenta años. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había llegado hasta allí?
En 1881, Schliemann había presentado el tesoro a la nación alemana para "su posesión perpetua y custodia inalienable" y los responsables del museo prometieron que exhibirían los objetos en Berlín para siempre. Y allí permanecieron, primero en el Museo Etnográfico y después en el Museo de Prehistoria e Historia Antigua. En 1939, cuando la guerra se hizo inminente, los responsables de los museos de Berlín recibieron órdenes de poner a cubierto las obras de arte. Todos los objetos fueron empaquetados y guardados en los sótanos. Aquellos hechos de metales preciosos y los considerados irreemplazables -incluido el tesoro de Troya-, fueron repartidos en tres cajas. Se hizo una lista inventario que se cosió a cada una de las cajas y a continuación se sellaron. En enero de 1941, la mayor parte de las exposiciones de los museos, incluyendo las tres cajas, fueron trasladadas a la cámara acorazada del Banco Prusiano para salvaguardarlas de los bombardeos.
Más tarde en aquel año, fueron trasladadas otra vez a una de las nuevas torres fortificadas antiaéreas que los ingenieros de Albert Speer habían diseñado para proteger la capital del Reich. Dos de esas colosales construcciones, consideradas impenetrables, fueron designadas como almacenes para los tesoros culturales de Berlín. Desde la torre situada en el zoo, la Luftwaffe dirigía la defensa de Berlín disparando ensordecedores cañones de 128 mm.
Los objetos del museo fueron guardados allí hasta 1945, fecha en la que toda la zona circundante había sido reducida a la nada. El zoo había sido destruido y la mayoría de los animales habían muerto. Un equipo de veterinarios troceó los cuerpos de los elefantes para utilizarlos como sopa y carne y se dice que los hambrientos berlineses cocinaron colas de cocodrilo y salchichas de oso. En febrero de 1945, los directores de los museos de Berlín recibieron la orden de evacuar todas las colecciones a una zona al oeste del Elba que había sido designada como área de ocupación americana y británica en el caso de que se produjera la rendición. Los alemanes no querían que sus tesoros cayeran en manos soviéticas. Pero los responsables de aquellas piezas se resistieron a acatar la orden: no veían seguro transportarlas por autopistas o vías férreas continuamente azotadas por los bombardeos. El mismo Hitler tuvo que pronunciarse al respecto para que la directriz fuera acatada.
El mariscal Georgi Zhukov, comandante supremo del Ejército Rojo y líder del asalto a Berlín, lanzó el ataque final el 16 de abril de 1945. Para entonces, la mayor parte de los tesoros artísticos habían abandonado la ciudad de camino a diversas minas de sal. Muchos terminaron en Merkers, donde fueron encontrados por el Tercer Ejército del general Patton. Varios miles de cajas llenas de cuadros, esculturas y piezas arqueológicas, fueron descubiertas en Grasleben por el Primer Ejército americano. Pero las tres cajas que contenían el oro de Troya tuvieron un destino diferente....
El Dr.Wilhelm Unverzagt, director del Museo de Prehistoria e Historia Antigua, como leal nazi, había obedecido las órdenes de Hitler y había enviado su colección fuera de Berlín. Excepto las tres valiosas cajas troyanas. No quería que abandonaran la ciudad y cuando el Ejército Rojo atacó la torre del zoo, permaneció con ellas, durmiendo incluso sobre las mismas. El ruido de la batalla era todavía más horrible debido a los lamentos y gritos de los heridos que habían sido alojados en un hospital de campaña en una habitación cercana. Los cadáveres y los miembros amputados se apilaban en los pasillos. Civiles aterrorizados se apiñaban en espacios tan reducidos que apenas se podían mover. La ciudad estaba en llamas. El devoto Unverzagt permaneció en la torre incluso cuando todo el mundo ya se había marchado.
El primero de mayo, el día siguiente al suicidio de Hitler, se produjo su rendición a los rusos. Los soldados rojos entraron en la torre, subiendo y bajando escaleras y registrándolo todo a la búsqueda de botín. Unverzagt aguantó en su puesto hasta que apareció un oficial. Le reveló la existencia del tesoro escondido en las cajas y pidió su ayuda. El oficial apostó guardias en la puerta de la habitación y unos días más tarde el coronel Nikolai Berzarin, el militar al mando de la ciudad de Berlín, llegó para inspeccionar la torre y asegurar a Unverzagt que las cajas serían llevadas a un lugar seguro. A finales de mayo, las tres cajas con el Tesoro de Príamo fueron cargadas en un camión Studebaker y llevadas a Moscú. Unverzagt nunca las volvió a ver. Durante cuarenta años, el secreto constituyó un desafío para estudiosos y uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra Mundial hasta que un funcionario encontró por casualidad una hoja en el suelo de un sótano...
Y así fue transcurriendo la visita, deteniéndonos aquí y allá para escuchar nuevas explicaciones, desgraciadamente no tan detalladas como a algunos nos hubiera gustado.
- ¿Todavía se sigue excavando para encontrar nuevos restos?-preguntó una rolliza canadiense ya dando por sentada la respuesta.
- La verdad es que no mucho. En la actualidad los trabajos de excavación son residuales porque lo único que sacan a la luz son restos romanos y ya sabemos lo suficiente de esa época. Así que lo dejamos estar.
La expresión de la canadiense intentando asimilar desde su perspectiva de ciudadana de un país de trescientos años de historia que los restos de una civilización de hace 2.000 no resultaban interesantes, era merecedora de una fotografía.
El autobús que nos devolvería a Çanakkale dejó atrás una ciudad aparentemente muerta. Hace muchos siglos que los hombres la abandonaron y la olvidaron y tan solo poco menos de ciento cincuenta años desde que sus restos físicos se recuperaron para el patrimonio universal de nuestra especie. Pero en aquel largo lapso en el que Troya permaneció dormida bajo la colina de Hisarlik su nombre y el de los personajes que sellaron su destino, Aquiles, Héctor, Paris, Áyax, Andrómaca, Helena, Menelao, Odiseo, Néstor, Eneas... no sólo no se olvidaron, sino que permanecieron en el imaginario colectivo occidental inspirando a escritores, poetas, pintores y músicos. En la historia de Troya los héroes pusieron su valor, su lanza y su leyenda, Homero su talento y poesía inmortal y Schilemann su fortuna y su excéntrico y apasionado romanticismo. Lo que queda en manos del resto de nosotros, humildes mortales, no es poco: honrar y conservar un mito que ha acompañado al hombre desde hace más de tres mil años.
Para leer más sobre mis viajes y ver las fotos, visita mi blog http://deviajestesorosyaventuras.blogspot.com/
Si se opta por la primera, como fue nuestro caso, uno deberá soportar grupos numerosos y un ritmo que no siempre se ajusta al propio. Si se elige la segunda, lo más probable es que, a menos que se sea un iniciado en los oscuros caminos de la arqueología, nos veamos incapaces de interpretar lo que estamos viendo -y en algunos casos no viendo-.
Esperaba poco de Troya. Dada la antigüedad de los restos y el carácter legendario de la historia, pensé que el plato que nos servirían los turcos sería algún cebo cazaturistas a medio camino entre la tomadura de pelo y el parque temático. Pero lo cierto es que fue bastante más interesante de lo que había imaginado, gracias sobre todo a las competentes explicaciones de la joven que ejercía de guía y cuyo padre había estado más de treinta años trabajando como arqueólogo en la mítica ciudad. El grupo en el que nos vimos sumergidos estaba formado sobre todo por norteamericanos, australianos y algún neocelandés, éstos últimos no tanto interesados en la visita del emplazamiento del legendario conflicto narrado por Homero sino en su personal peregrinación a las tumbas de sus antepasados enterrados en el cercano campo de batalla de Gallipolli.
Tras entrar en el recinto y aparcar el autobús en la amplia explanada habilitada para acomodar a miles de visitantes, nos reunimos con la guía junto al horrible caballo de madera que para disfrute de los más horteras se alza al comienzo del recorrido.
- La guerra de Troya comenzó con una disputa femenina- empezó la guía- Las tres principales diosas del Olimpo, Hera, esposa de Zeus; Palas Atenea, diosa de la sabiduría, y Afrodita, deidad del amor, discutían quién de ellas era la más bella y, por tanto, tenía derecho a quedarse con el premio establecido por Zeus, una manzana de oro. Harto del jaleo y la mala sangre que aquella situación estaba generando, el líder del Olimpo nombró un árbitro, Paris, que, aunque hijo de Príamo, rey de Troya, por alguna razón se hallaba ejerciendo de pastor en las montañas. Las tres diosas no pensaban jugar limpio, claro. Cada una de ellas trató de sobornar al joven con los atributos que representaban. Hera le ofreció poder más allá de sus sueños, Atenea la sabiduría de los siglos y Afrodita, mejor conocedora de la naturaleza masculina, prometió entregarle la mujer más bella del mundo.
Por supuesto, Paris no necesitó pensárselo mucho: entregó la manzana de oro a Afrodita. Ésta cumplió su promesa: hizo que Helena, esposa del rey Menelao, se enamorase de él. Ambos se fugaron -con el tesoro real- a Troya y el poderoso rey Agamenón, hermano del agraviado, levantó un ejército para recuperar a su cuñada y lavar el honor familiar.
La gente parecía encantada con esta poética versión de la Guerra de Troya. El grupo se deshizo durante cinco minutos para que los que quisieran pudieran trepar a la panza del feo caballo de madera y asomarse por la ventana que se abría en la panza, saludando al amigo o familiar que se encargaría de tomar la ineludible foto desde el exterior.
Como suele suceder, la versión romántica del conflicto cantado por el poeta ciego de Esmirna, tan del agrado de los visitantes, no es más que eso: una fantasía que disfraza acontecimientos más mundanos que tienen que ver con el poder, el comercio, la expansión económica y el elemento común a todos ellos: la guerra.
Los límites geográficos entre Asia y Europa son prácticamente inexistentes, puesto que ésta última no es sino una mera prolongación peninsular del inmenso continente asiático. Sin embargo, una cosa es el mapa físico y otra muy diferente el humano. Las diferencias culturales entre las civilizaciones de uno y otro continente han acabado en muchas ocasiones en guerra.
La península de los Balcanes es una de esas zonas de permanente roce; y otra es la línea marítima que une el Mediterráneo con el mar Negro. Entre ambos mares se abren los estrechos de los Dardanelos -conocidos en la Antigüedad con el nombre de Helesponto- y el Bósforo, dejando entre medias el mínimo ensanche del mar de Azov, que los griegos llamaban la Propóntide. En algunos puntos la distancia que separa a los dos continentes es de apenas quinientos metros de agua, y en la ciudad de Estambul, la antigua Constantinopla, la más antigua todavía Bizancio, un puente sobre ese hilo de agua es el único lazo físico entre el mundo europeo y el asiático.
Una de las más antiguas tradiciones griegas, que se remonta a la época es la del viaje de Jasón y los Argonautas, quienes a bordo del barco del cual tomaron su nombre, el Argo, partieron desde Grecia en busca del Vellocino de Oro, una legendaria piel de cordero hecha de oro que se encontraba en la lejana Cólquide, custodiado por hechizos y bajo la protección de un reino cuya princesa era Medea. El viaje de ida y vuelta de Jasón y los suyos forma parte del canon de la literatura clásica y de nuestra tradición cultural más antigua. Sin embargo, ese relato tiene un trasfondo muy real que no es otro que la apertura de una ruta comercial que unía el Mediterráneo con las ricas tierras que bordeaban el mar Negro.
El alto valor estratégico de ese camino marítimo fue también conocido por otros pueblos además del griego; y uno de los principales, procedente de la orilla asiática, en la región de Anatolia o Asia Menor, fue el que estableció allí una ciudad que recibió el nombre de Ilión -por su rey fundador, Ilo- y a la que los griegos llamaron Troya. Así pues, el origen y la razón de ser de la ciudad no era otro que la riqueza que se derivaba del cobro de un impuesto de tránsito a los navíos que fueran o vinieran por el Helesponto.
Podemos imaginar que los antiguos griegos no veían con simpatía el auge y poder de Troya, al fin y al cabo conseguidos gracias al dinero que sus comerciantes se veían obligados a pagar. El enfrentamiento era inevitable. Hacia el año 1200 a. C. lo que hoy conocemos como Grecia estaba dividido en una serie de ciudades-estado que, aunque compartiendo la misma cultura, eran independientes entre sí. Las más importantes eran Esparta, gobernada por Menelao y Micenas y Argos, lideradas por Agamenón. Las ciudades, continuamente enfrentadas entre sí, decidieron poner fin a sus rencillas y aliarse contra los molestos troyanos. Nació así la Liga Aquea y su consecuencia fue la guerra de Troya, un asedio que según los historiadores no duró diez años, como apunta Homero, sino alrededor de uno, puesto que en aquella época un sitio prolongado estaba más allá de la capacidad organizativa de los ejércitos.
La ciudad fue finalmente tomada y quemada y la consecuencia fue el surgimiento del gran poder naval y continental de los griegos sobre todo el Mediterráneo oriental y la apertura de las vías de comunicación hacia el mar Negro y del comercio hacia Asia. Ese poder iba a durar varios siglos y sólo se vería de nuevo seriamente amenazado cuando en Asia se instalara un nuevo y agresivo pueblo: los persas. Cuatro siglos después de la guerra, hacia el año 850 a. C. los aqueos habían sido barridos de la historia por los invasores dorios. Estos no sólo conservaron la inestable y fragmentada organización política a base de ciudades-estado, sino un sustrato cultural que les sirvió para dotarse de un sentimiento nacional, de un pasado -aunque imaginario- común.
Y es en ese contexto donde hay que encuadrar el poema épico de la Ilíada, atribuido de acuerdo con la tradición, a Homero, un poeta ambulante que recorría las ciudades griegas recitando sus versos a los nobles y grandes señores. Homero significa "el ciego" porque, también de acuerdo a la tradición, carecía de vista. Esto no supuso ningún impedimento a su arte, porque su prodigiosa memoria le permitía recitar miles de versos con una sensibilidad que tocó el alma de los griegos.
Se dice que nació en Esmirna (aunque otras seis ciudades reclamaban tal privilegio) y que murió en la isla egea de Íos, donde fue enterrado. Heródoto pensaba que había vivido en el siglo IX a. C., aun cuando el estudio de los textos homéricos señala que su vida se pudo desarrollar en la segunda mitad del silgo VIII a. C. Para algunos autores, por el contrario, Homero ni siquiera existió y de haberlo hecho, era analfabeto, pues en su época aún no dominaban los griegos el arte de la escritura. Sea como fuere, el autor de la Ilíada realizó un trabajo de compilación de una tradición oral que se había mantenido viva durante siglos antes de recibir una estructura formal. En el siglo VI a. C., el tirano de Atenas Pisístrato ordenó la redacción de la Ilíada y de la Odisea, cuyos textos hubieron de estudiar y aprender los escolares de Atenas. De esa manera se convirtió Homero en el padre espiritual de los pequeños atenienses.
En cualquier caso, la Ilíada de Homero no narra la guerra de Troya, sino sólo un episodio concreto acontecido diez años después de que ésta empezara al desembarcar los aqueos dirigidos por Agamenón, con la intención de rescatar a Helena. El conflicto narrado comienza con el enfrentamiento entre Agamenón y Aquiles, el más grande de los guerreros aqueos, a causa de una mujer capturada con el botín y que ambos codician. Aquiles, enfurecido, se retira a su tienda y decide no combatir más para el rey que le ha ofendido.
En el siguiente choque entre aqueos y troyanos, éstos salen de su ciudad encabezados por el príncipe Paris, que acaba huyendo acobardado ante la furia de Menelao, el esposo de Helena. Avergonzado por los reproches de su hermano y primer héroe de Troya, Héctor, Paris reta a Menelao a un combate singular con Helena como trofeo. Gane quien gane, los aqueos deberán dar media vuelta y regresar a sus ciudades.
El esposo deshonrado tenía todas las de ganar gracias a su mayor experiencia y fortaleza física pero Afrodita, la diosa beneficiada por la decisión del joven príncipe tiempo atrás, interviene y salva a Paris llevándolo al palacio de su padre en Troya. Se suceden las luchas, los duelos y las batallas. La lista de muertos, incluso entre los héroes, no para de crecer. La ausencia de Aquiles del campo de batalla inclina la balanza a favor de los troyanos. Patroclo, amigo íntimo de Aquiles, le ruega que se una al ejército aqueo en la cada vez más desesperada lucha. El guerrero no cede, pero consiente en que Patroclo vista su armadura y, haciéndose pasar por él, dirija una nueva carga contra los troyanos.
La treta da resultado. Propios y extraños creen que el gran Aquiles ha vuelto al combate y, con su moral restaurada, hacen retroceder al enemigo hasta las puertas Esceas de la ciudad. Pero he aquí que Héctor se enfrenta a Patroclo, matándolo en combate. La furia de Aquiles al enterarse de la muerte de su amigo es tal que jura destruir a Héctor, olvidando su orgullo y haciendo las paces con Agamenón.
El resultado de la batalla es favorable a los aqueos. Aquiles se enfrenta al príncipe troyano y lo atraviesa con su lanza, arrastrando luego el cadáver con su carro para finalmente llevarlo a su campamento y dejarlo expuesto a las fieras y las aves carroñeras. El anciano Príamo logra entrar en el campamento de los aqueos y suplica al héroe que le permita llevar a su hijo a la ciudad para poder celebrar un funeral adecuado, petición a la que Aquiles, conmovido, accede. La Ilíada termina precisamente con las exequias de Hector dentro de Troya
Probablemente, los turistas que alegremente se hacen fotos dentro y fuera del caballo de madera, el caballo de Troya, ignoran que en el relato de Homero no existe mención alguna. No sólo eso, sino que tampoco se dice nada del mismo en el otro gran poema épico del griego de Esmirna, la Odisea, protagonizada por Odiseo o Ulises, rey de la isla de Ítaca e inventor de la estratagema del caballo que permitió a los griegos conquistar Troya. ¿Cuál es el origen de ese mito?
Los historiadores que rechazan la verdad literal de la historia del caballo de madera han interpretado el relato de los escritores de la Antigüedad en formas diversas. Una es que el caballo fue una especie de torre de asedio o ariete que se empleó contra las murallas de Troya. Pero aunque hubo cercos en la Edad de Bronce, no hay pruebas de que se utilizaran máquinas de asalto. Otra teoría es que, puesto que Homero se refiere a los barcos como "caballos del mar", el "caballo de madera" representa la flota griega. Una posible explicación es que el caballo que los troyanos arrastraron al interior de sus murallas fuera un dramático símbolo de cómo los habitantes de la ciudad atrajeron la destrucción sobre sí mismos. Los egipcios tenían una historia sobre la oculta introducción en una ciudad de soldados metidos en sacos que los habitantes tomaron por regalos, y la historia del caballo de madera puede haber nacido de ésta.
El caso es que desde el mismo momento en que apareció el poema -que, como hemos dicho, tuvo en un principio forma oral- los rapsodas o recitadores profesionales no cesaron de añadir nuevas anécdotas. El episodio del caballo apareció en textos posteriores al siglo VII a. C. Otros episodios muy conocidos de la leyenda, como la muerte de Aquiles a consecuencia de una flecha disparada por Paris a su talón, son también añadidos posteriores de época griega o romana. Según estos "apéndices", el destino final de Troya tras diez años de guerra fue el fuego y el saqueo, la matanza y sus mujeres repartidas entre los vencedores. Helena regresó con Menelao, Príamo murió en las llamas que devoraron su palacio, Ulises, en su regreso a casa, emprendió su particular Odisea; y Eneas logró escapar con su familia hasta llegar a unas tierras lejanas donde fundó una ciudad que, con el tiempo, sería conocida como Roma.
Sea como fuere, la obra de Homero ha conseguido cabalgar a través de los siglos fascinando a todas las generaciones con una historia que es madre y raíz de todas las aventuras épicas que en Occidente fueron apareciendo con el transcurso del tiempo. Pero volvamos al mundo real, al polvo y la piedra que pisan nuestros pies en la colina Hisarlik, sobre la cual se edificaba la ciudad.
Troya no fue una, sino muchas. Nada menos que nueve encarnaciones. Los hallazgos arqueológicos nos dicen que la ciudad fue destruida y reconstruida en muchas ocasiones antes de ser definitivamente abandonada. La Troya de Homero corresponde al nivel VIIa, esto es, seis ciudades vivieron y murieron sobre ella y si todavía pueden verse restos antiguos fue gracias a que los romanos enterraron muchas de las estructuras más antiguas para construir sobre ellas.
Un sendero de tierra discurre entre arbolillos de ramas retorcidas por el viento que sopla con fuerza sobre la colina. A los lados se encuentran esparcidos en aparente desorden muros, cimientos, pedruscos, sillares corroídos por el tiempo y exiguos restos de edificaciones, todo ello no mejor conservado que lo que se puede encontrar en otras antiguas ciudades griegas y romanas de todo el Próximo Oriente. Pero, asombrosamente, uno de los testigos pétreos que se mantiene extrañamente íntegro son las Puertas Esceas, mencionadas en el poema homérico y a través de las cuales los héroes troyanos salían a combatir. Fue a los romanos a quienes les debemos su supervivencia ya que decidieron cubrir de tierra y piedra el perímetro y edificar encima un templo.
Desde uno de los extremos de la colina de Hisarlik la guía nos explica cómo se cree que estaba configurada originalmente. El mar queda hoy mucho más lejos de las murallas que en tiempos históricos y resulta difícil hacerse una idea precisa del perímetro de una ciudad que, además, fue alterando su forma con el pasar de los siglos. Dicen que unas colinas que se divisan desde el altozano pasan por ser las tumbas de Patroclo y Aquiles, aunque nadie ha emprendido la tarea de excavar en un túmulo de tierra en el que no se puede abrir un túnel sin que se venga abajo.
Troya es terreno de sueños, de leyendas, un lugar donde los románticos vienen a perseguir sus fantasmas, más imaginarios que reales. Quizá fue por aquel agujero en el muro por donde Eneas huyó de la matanza; es posible que por esta calleja caminara Paris mostrando a Helena su nuevo hogar; aquellas piedras pudieron formar parte un lejano día del palacio de Príamo, desde el que el rey contemplaba el choque de los ejércitos y los héroes... El poder pasear entre ruinas completadas por la fantasía se lo debemos a alguien cuya pasión por el poema de Homero, rozando la obsesión, sólo fue superada por su tenacidad a la hora de demostrar que Troya existió, quizá en otro tiempo, pero desde luego en nuestro mundo.
Nuestra guía mencionó de pasada algo sobre este novelesco personaje, Heinrich Schliemann, datos fríos como la fecha del descubrimiento de la ciudad o algunos de los tesoros que halló. Pero esos someros comentarios no hacían en absoluto justicia a la fascinante historia moderna de Troya y las tribulaciones por las que pasaron los objetos aquí encontrados. La biografía de Schliemann es, de hecho, tan fascinante como la de Aquiles: un hombre que superó una infancia difícil para convertirse, merced a su talento, esfuerzo y perseverancia, en un empresario inmensamente rico y un arqueólogo que se ganó el reconocimiento de todo el mundo.
El joven Schliemann había nacido en 1822 en Mecklenburgo, en el nordeste de Alemania, en el seno de una familia de escasos recursos económicos, hijo de un párroco protestante de dudosa reputación (todo el mundo conocía sus escarceos con una sirvienta y cómo se casó con otra al poco de morir su mujer de parto. De hecho, sus superiores le acabaron obligando a abandonar su ministerio). En su diario, Schliemann describe a su padre como un perro loco, un tirano, un personaje violento e hipócrita.
Dejado al cuidado de su tío, el joven ingresó en una escuela donde cursó estudios durante tres años antes de abandonarla al tener que ponerse a trabajar como aprendiz para ayudar a sacar a su familia de las deudas que la asediaban. Cuando no escobaba y fregaba, vendía sardinas, mantequilla, azúcar, alcohol y aceite. Fue en aquella dura infancia, trabajando en un comercio, cuando entró en la tienda un alemán borracho. El Schliemann niño le escuchó recitar de memoria versos de Homero en griego clásico. Según él mismo relató en sus memorias -y esto hay que tomarlo con mucho cuidado dado el carácter teatral y algo megalomaníaco del Schliemann adulto- aquella extraña lengua lo fascinó hasta tal punto que decidió aprenderla. Cuando por fin fue capaz de comprender los poemas épicos en su lengua original, decidió dedicar sus esfuerzos y recursos a encontrar los lugares que Homero menciona: Troya, Micenas, Ítaca... Pero para eso aún quedaría un largo camino.
En 1841 tuvo que dejar el trabajo al herirse mientras transportaba un pesado barril. Soñaba con marchar a Nueva York, pero su padre se oponía. Acabó aprendiendo contabilidad, alistándose en un mercante -que no le llevó más lejos de Ámsterdam- y entrando a trabajar en un almacén. Ya entonces era consciente de que el mundo está regido por aquellos que pueden manipular los números y las palabras y no tardó en ponerse manos a la obra. Empleó su tiempo libre en aprender idiomas y en el curso de unos cuantos meses era capaz de hablar inglés, francés, portugués e italiano.
En marzo de 1844, Schliemann fue empleado por una firma holandesa como chico de oficina. Su paga era minúscula, pero era un trabajador duro y su dedicación dio resultados. Empezó a estudiar ruso con la ayuda de una gramática y un diccionario. A finales de enero de 1846, la compañía lo envió como representante comercial a San Petersburgo. El joven tenía entonces 24 años y llevó a cabo con éxito su labor, cerrando además negocios a título particular relacionados con el índigo. Hasta tal punto fueron bien sus asuntos que llegó a inscribirse como comerciante particular. Su único punto negro fue un chasco sentimental: animado más por su mejora de estatus social que por su cuenta bancaria, pidió la mano de su amor juvenil, Minna. Era demasiado tarde: ella ya se había casado.
En 1850, Schliemann marchó a California, donde hizo varios negocios antes de regresar a San Petersburgo dos años después, donde se casó con Katerina Petrovna Lyshin, la hija de un abogado local. Fue un matrimonio infeliz que dejó tres hijos.
La Guerra de Crimea (1854-1856) que enfrentó a Rusia y Turquía (aliada con Gran Bretaña y Francia) supuso la fortuna para Schliemann. Suministró alimentos, equipo militar y productos estratégicos (plomo, azufre...) a los ejércitos del zar. Al término de la contienda había doblado su fortuna. Con Rusia de nuevo en paz y su porvenir asegurado, nuestro hombre se centró en sus estudios de griego. En pocos meses ya era capaz no solo de hablar griego moderno, sino que también se manejaba con soltura en el clásico y La Ilíada y La Odisea se convirtieron en textos familiares.
La crisis de 1857 pasó por su lado sin tocarle y, aunque tentado de liquidar sus intereses comerciales, decidió en cambio conservarlos y dedicarse a viajar. Se dirigió primero a Suecia y Dinamarca para continuar luego hacia el este mientras llevaba un diario en seis idiomas. Visitó Constantinopla, el Danubio, El Cairo, el Nilo, Jerusalén, Petra, Siria, Atenas, España...
Tuvo que volver a retomar la actividad comercial -algo que hacía siempre personalmente, trabajando en el almacén y tratando con vendedores y compradores directamente-. Para entonces, no sólo el índigo figuraba en la lista de mercancías con las que trataba, sino que mercadeaba a gran escala con aceite, te y algodón -éste último especialmente rentable debido al bloqueo de los puertos del sur de Estados Unidos durante la Guerra Civil en ese país-. Con su fortuna más que asegurada, se lanzó a viajar de nuevo en 1864. Durante seis meses recorrió la India, China y Japón para terminar en San Francisco. Este viaje -que resultó decisivo en su desarrollo intelectual- representó una doble ruptura: por un lado con el mundo de negocios ruso en el que había conseguido su posición económica y social; y, por otro, con su mujer, con quien la relación hacía ya tiempo se había deteriorado -de hecho, ella le odiaba y, según el propio Schliemann cuenta en una de sus cartas, tenía que violarla para que le diera hijos- Haciendo bueno el tópico de que todos los ricos son tacaños, Schliemann compró sólo billetes de segunda clase en los ferrocarriles indios, se quejaba si la comida no era de su gusto y regateaba las tarifas de los hoteles. Rozando el medio siglo de vida, era inmensamente rico. Y, según cuenta en sus notas autobiográficas, aburrido ya de una existencia que no le proporcionaba ninguna emoción, recuperó su sueño infantil.
Llegó a Francia a principios de 1866 con la intención de establecerse en París y estudiar arqueología. Dicha decisión no le impidió viajar a Moscú en marzo de aquel año y viajar por Baviera y Suiza hasta mediados de octubre. Especuló con propiedades en la capital gala e hizo todavía más dinero. Acudió a la Sorbona, donde estudió lenguas asiáticas, sánscrito y egiptología además de filosofía griega y árabe, poesía clásica y literatura contemporánea francesa.
Dejó aparcados sus estudios y marchó en viaje de negocios a Estados Unidos, donde invirtió en ferrocarriles y compró tierras en Cuba. En su diario repleto de números y referencias comerciales, Schliemann alaba el espíritu emprendedor de los norteamericanos, aunque temía que la emancipación de los esclavos reduciría la productividad en un tercio. A finales de enero de 1868, volvía a sentarse en las aulas de la Sorbona, atender a clases en el Collège de France y a reuniones de sociedades científicas.
Durante un viaje de cuatro semanas a Roma, Nápoles y Pompeya así como a otros lugares ricos en restos de imperios pasados, Schliemann sintió despertar en él con fuerza la pasión arqueológica. Viajó a la península griega y a su vuelta a París escribió un libro, "Ítaca, el Peloponeso, Troya", que, a pesar de sus errores, atrajo el interés del mundo universitario. La teoría que el alemán proponía era innovadora: pretendía buscar la Troya homérica en la colina de Hissarlik en el entonces territorio del Imperio Otomano. Se llevaba excavando allí desde 1795, pero como no se había encontrado nada, los trabajos se habían trasladado algo más lejos, hacia la aldea turca de Bunarbashi. Schliemann demostró que aquello era un callejón sin salida. Fuera lo que fuese lo que los expertos creyeran, los escritores de la antigüedad no habían situado la ciudad greco-romana de Ilium -sucesora de la Troya de Homero- en Bunarbashi, cuya topografía no coincidía en absoluto con las descripciones que aparecían en La Ilíada.
Pero el propio Schliemann no estuvo convencido de ello desde el comienzo y, de hecho, al principio creía, como todos los demás, que se debía excavar en Bunarbashi. Comenzó a cambiar su opinión tras su encuentro con el norteamericano Frank Calvert, el hijo del vicecónsul americano en los Dardanelos y un arqueólogo amateur que poseía algunas tierras en Hissarlik. Había hecho algunas excavaciones bastante prometedoras y Schliemann, aunque mencionándolo en su libro, se reservó a sí mismo la parte del león, presentándose como el solitario luchador individualista, lúcido, valiente e intuitivo, enfrentado a la reaccionaria comunidad científica. Sería más correcto decir que el alemán, habiendo estado abierto a las ideas de otros hombres, forjó su propia teoría a través de la reflexión, numerosas lecturas y una nutrida correspondencia con Calvert.
Entusiasmado en el empeño de recuperar los escenarios de la literatura clásica, millonario y famoso, fue recibido por los atenienses con alborozo. Y entonces, Schliemann decidió casarse otra vez y tener una esposa griega. Pasó buena parte del año1869 en los Estados Unidos, país del que había conseguido la nacionalidad, y se trasladó a Indianápolis para aprovechar la legislación local referente al divorcio, que se consumó finalmente en junio. Y se dispuso a buscar esposa. Diseñó para tal propósito una estrategia insólita: puso un anuncio en los periódicos, afirmando que desposaría a aquella muchacha que supiera recitar de memoria, y sin duda ni fallo ninguno, la Ilíada en griego clásico. Se presentaron un buen puñado de ellas y escogió a una chica de diecisiete años de edad llamada Sofía, después de suspender a no pocas de ellas. La joven, que entonces tenía 17 años, era la sobrina de un viejo amigo y antiguo profesor de griego. El alemán nacionalizado americano soñaba con convertirse en el Pigmalión de su esposa, imbuyéndole el conocimiento que completara su belleza.
Tras pasar la luna de miel en Paris, los Schliemann regresaron a Atenas a principios de febrero de 1870. Allí les esperaba una decepción: el permiso oficial turco habilitándoles para comenzar las excavaciones en Hissarlik no se había materializado. Así que Heinrich se dispuso a pasar una temporada en las islas Cícladas, donde completó su adiestramiento como arqueólogo e incrementó sus conocimientos sobre la cultura y la vida clásicas. Por fin, Schliemann cruzó a Turquía y comenzó sus excavaciones en la colina de Hisarlik. Cuando inspeccionó la zona, entendió que el paisaje cuadraba a la perfección con las descripciones que Homero hacía en la Ilíada sobre "la ventosa Ilión".
Movió todas sus influencias políticas, gastó dinero en comprar las tierras de Hisarlik a sus propietarios y, en el otoño de 1871, dio el primer golpe de piqueta en tierra. Al tercer día de trabajo, en las ruinas de una casa, encontró una moneda con la siguiente inscripción: "Héctor de Troya". Schliemann casi bailó de alegría, seguro de que la legendaria ciudad estaba enterrada bajo sus pies. En los dos años siguientes, Troya, mejor dicho, las Troyas, fueron asomando de nuevo a la luz, la primera de ellas fechada entre los años 3000 y 2500 a.C. y la última, entre el 85 a.C. y el 600 d.C. El amateur Schliemann bautizaba a capricho cuanto encontraba y no era muy escrupuloso a la hora de desdeñar aquello que no le parecía de interés, incluso destruyéndolo. Por fortuna, junto a él trabajaba un arqueólogo profesional, Wilhelm Dörpfeld, que reconstruía con mimo cuanto su jefe arrasaba e iba datando las diversas capas de tierra y de ruinas, lo cual suponía una evolución en las técnicas arqueológicas. Así, se estableció, cosa en la que hoy todo el mundo está de acuerdo, que la Troya homérica, alzada sobre Hisarlik entre los años 1250 y 1180 a.C., aproximadamente, era la Troya VII.
Mientras que en las ciudades anteriores y posteriores se apreciaba que los temblores de tierra habían sido la causa de su ruina, en los recintos de la VII se encontraron numerosas puntas de flecha, lanzas y esqueletos que presentaban heridas, como una mandíbula rota por un mandoble. En las piedras de las murallas se distinguían huellas de un gran incendio. La Ilión de Homero no era un lugar imaginario.
En la primavera de 1873, hacia las siete de la mañana, Schliemann y Sofía se sentaban junto a una de las zanjas en espera de que se reanudaran los trabajos. El sol asomó sobre las ruinas y algo brilló en la trinchera. De inmediato, Schliemann concedió a los obreros jornada de descanso, engañó al representante del gobierno turco encargado de vigilar las obras y, ya a solas, ayudado por su mujer, comenzó a excavar. Así encontró el mejor hallazgo de todos: una colección fabulosa de joyas de oro, plata y bronce, en la que se contaban, entre otros objetos, casi nueve mil pendientes, además de diademas, collares y vasos de oro. Schliemann decidió llamarlo el "Tesoro de Príamo", sin reparar, como luego se ha demostrado, que el lugar donde se encontraron aquellas riquezas pertenecía a la Troya II, datada entre el 2500 y el 2300 a.C, muchos años antes de que reinara en la ciudad Príamo, el padre de Héctor.
La manera en que Schliemann se las arregló para trasladar el hallazgo a Grecia provocó un escándalo. Para evitar los engorrosos procedimientos legales, sobornó al gobierno turco ofreciéndoles 50.000 francos a cambio de que renunciaran a su derecho de propiedad sobre el tesoro, por lo que se convirtió en el dueño de las joyas. Meses más tarde, el tesoro estaba en el Museo de Berlín y Turquía aún sigue soñando con que algún día le sea devuelto. Las exposiciones tuvieron un éxito enorme aun cuando el bombardeo publicitario que orquestó el arqueólogo hizo sospechar a otros colegas de la autenticidad de los objetos. Pero eran reales, y en Inglaterra una serie de sociedades científicas invitaron a Schliemann a reunirse con sus miembros. El alemán convenció a todo el mundo.
Entre aventura y aventura, el matrimonio tuvo dos hijos, a los que bautizaron como Agamenón y Andrómaca. Schliemann se hizo construir una casa en Atenas, con vistas a la Acrópolis, una suntuosa mansión adornada con estatuas de héroes y de dioses. El matrimonio recibía a sus huéspedes vestidos con túnicas, al modo de los tiempos clásicos. Y hablaban con ellos en griego homérico.
Schliemann siguió excavando, esta vez en el Peloponeso, y encontró el palacio de Agamenón en Micenas, junto a muchos objetos de oro y varias máscaras mortuorias, a una de las cuales, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, bautizó como "Máscara de Agamenón". Era un hombre de suerte: donde clavaba la piqueta encontraba un tesoro o despejaba seculares dudas históricas. Excavó también en Tirinto, no lejos de Micenas, y destruyó los bellos frescos aqueos, tomándolos por bizantinos. Por fortuna, sus ayudantes lograron reconstruirlos luego. Y también quiso hincar el pico en Cnosos, pero la resistencia de las autoridades le hizo desistir. La gloria de los palacios cretenses quedó para el inglés sir Arthur Evans
Siguió recorriendo el mundo en su afán por revivir el pasado: Ítaca y Orcómenos, en Beocia, con resultados poco espectaculares; las Termópilas y Maratón, también sin demasiado éxito; América Central y Cuba y por último Egipto. Su sueño era descubrir la tumba de Alejandro Magno en Alejandría, algo que no consiguió. Agasajado e invitado por toda Europa, Schliemann estaba en la cúspide de su fama. Él mismo admitió que de las inmensas rentas que percibía cada año de sus inversiones, se gastaba anualmente la mitad en sus investigaciones arqueológicas.
A él se debe el nacimiento de la arqueología "de investigación", si bien a estas alturas comenzaba a darse cuenta de que su método y objetivo -casar los restos arqueológicos con los textos clásicos- tenía sus límites. Nunca dejó de ser una figura polémica. Celosos y resentidos por sus hallazgos, académicos y estudiosos atacaron sus orígenes y el poco ortodoxo sendero intelectual que había seguido. Para dar publicidad a sus descubrimientos, eligió no las revistas especializadas, sino las publicaciones más populares. Y los ataques que sufría a menudo eran más personales que profesionales: se cuestionó el origen de su fortuna, se habló de compras subrepticias y falsificaciones.
Es cierto, sin embargo, que Schliemann compró a periodistas y expertos para que escribieran en su favor. Esta ansia de fama y publicidad acabaría minando su prestigio de cara al público. En 1881, Adolf Furtwängler, prestigioso conservador de los museos de Berlín, emitió su veredicto condenatorio: "Schliemann goza de una gran fama aquí. Sin embargo sigue siendo una persona medio loca, un hombre de ideas confusas que no tiene ni idea del valor de sus descubrimientos". El arqueólogo descubridor de Troya y Micenas jamás sería admitido en la Academia de Berlin, un honor que sólo se reservaba a universitarios. Pero para su resarcimiento, en julio de 1881, con gran pompa, se le nombró ciudadano honorario de Berlín. Schliemann murió en 1890, en Nápoles, y sus restos, según sus deseos, fueron trasladados a Atenas, donde reposan en un pretencioso panteón de aire clásico.
La fortuna que amasó a lo largo de su vida no fue suficiente para él. Dos cosas más le empujaban: el ansia de reconocimiento social y la sed de saber. Su trabajo expandió la visión que hasta ese momento se tenía de la historia del hombre en el Mediterráneo oriental. Antes de él, la Edad del Bronce era prácticamente inexistente. Su descubrimiento de la civilización micénica dio inicio al estudio de la protohistoria del Egeo.
A estas alturas el lector ya se habrá percatado de que el alemán era un personaje con grandes manchas en su biografía. Biografía que, por otra parte, él se encargó de manipular y reinventar de manera tan romántica como los poemas épicos que a él le apasionaban. Su relación con su primera esposa, su tacañería, su afán de gloria, su desprecio por los derechos de los gobiernos en los que realizaba sus hallazgos, son aspectos poco amables de su vida. Y aunque sus métodos de excavación han sido muy criticados por los daños que causaron, también es cierto que intentó mejorarlos contratando a expertos en la materia.
Se dio cuenta también de que captar el interés del público por el mundo antiguo podía ayudar a financiar los trabajos de excavación. Así, su Atlas de las Antigüedades Troyanas fue uno de los primeros libros en reproducir fotografías y las exposiciones que realizó orientadas al público en general animaron el turismo y acabaron protegiendo los intereses económicos de los países propietarios de los yacimientos. Y ese turismo, a su vez, promueve nuevas vocaciones y pasiones. Después de todo, fue la propia visita de Schliemann a Pompeya la que encendió la chispa de su amor por el pasado.
Asombrosamente, Troya y su tesoro, después de tres mil años, siguen siendo fuente de historias dignas de ser recordadas. Al final de la II Guerra Mundial, las joyas troyanas, que se exhibían en Berlín, desaparecieron, y durante décadas se pensó que estaban en poder de algún jerarca nazi huido a Latinoamérica...
Un día de septiembre de 1987, Grigori Kozlov, que había sido nombrado recientemente conservador del nuevo Museo de Colecciones Privadas de Moscú -una rama del Museo Pushkin- recibió una petición de un colega que implicaba fotocopias de algunos documentos. En 1987 en la Unión Soviética, esto era una tarea formidable: las fotocopiadoras no eran comunes en el país y en el Museo Pushkin no contaban con ninguna. Pero Kozlov había trabajado en el Ministerio de Cultura y tenía amigos allí, así que pensó que podía hacer uso de sus contactos para conseguir una fotocopiadora.
Cuando Kozlov alcanzó la cuarta planta, donde se hallaba el Departamento de Artes Visuales, vio columnas de papeles y libros en completo desorden. Al principio creyó que había sucedido algún accidente hasta que encontró a un antiguo colega que se dirigía hacia él con otro montón de viejos documentos bajo sus brazos. Le contó que el jefe del Departamento de Museos había decidido hacer limpieza de morralla. Ya había echado al fuego toneladas de documentos y pidió a Kozlov que le echara una mano para trasladar una pila de ellos al sótano. Kozlov accedió y acompañó a su amigo hasta una puerta que fue abierta por una mujer llevando una bata blanca, mascarilla y guantes de goma además de un largo cuchillo en su mano. La habitación estaba tenuemente iluminada por un par de bombillas desnudas y la atmósfera aparecía opacada por el polvo. Otra mujer con el mismo vestuario estaba sentada junto a una mesa llena de papeles atados con cordeles. Tras cortar éstos, arrojaban los montones a una máquina trituradora.
La mujer les indicó dónde poner los montones. Kozlov vio entonces que una hoja de papel que había en el suelo llevaba el membrete del Museo Pushkin. La cogió y empezó a leer. Su corazón se aceleró ante lo que tenía delante. Su amigo tenía prisa y le dejó leyendo. Pidió permiso a las mujeres para revisar algunos de aquellos documentos. Había encontrado una palabra marcada en rotulador rojo en aquella hoja: "Restitución".
Aquella palabra hacía referencia a la devolución a Alemania Oriental por parte de la Unión Soviética, en 1955, de las obras maestras que habían sido secuestradas por los rusos de la Galería Dresden a finales de la Segunda Guerra Mundial. El "rescate" de la Galería Dresden había sido uno de los eventos culturales más importantes de la Unión Soviética en aquella época y su restitución diez años más tarde se convirtió en una pieza importante de la política y las relaciones entre ambos países. ¿Podía aquel documento en aquella polvorienta habitación significar que todavía había obras de arte escondidas en los almacenes de la Unión Soviética? Kozlov comenzó a cortar febrilmente las cuerdas que ataban las pilas de documentos.
Media hora después, encontraba lo que estaba buscando: las actas de las negociaciones ruso-germanas para la devolución de los cuadros y los documentos referentes a su exposición en Moscú justo antes de dicha devolución. Y allí, entre aquellas gastadas hojas, había una titulada "Lista de las Más Importantes Piezas Artísticas depositadas en el Almacén Especial del Museo Pushkin". Y otra hoja, titulada "Objetos Únicos del Tesoro Troyano", estaba firmada por Nora Eliasberg, conservadora jefe del Museo Pushkin y datada en marzo de 1957. Kozlov había encontrado, por pura casualidad y a punto de ser destruidas, las pruebas de que el tesoro misteriosamente desaparecido de Berlín no había sido destruido ni robado por los nazis, sino ocultado en la Unión Soviética durante más de cuarenta años. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había llegado hasta allí?
En 1881, Schliemann había presentado el tesoro a la nación alemana para "su posesión perpetua y custodia inalienable" y los responsables del museo prometieron que exhibirían los objetos en Berlín para siempre. Y allí permanecieron, primero en el Museo Etnográfico y después en el Museo de Prehistoria e Historia Antigua. En 1939, cuando la guerra se hizo inminente, los responsables de los museos de Berlín recibieron órdenes de poner a cubierto las obras de arte. Todos los objetos fueron empaquetados y guardados en los sótanos. Aquellos hechos de metales preciosos y los considerados irreemplazables -incluido el tesoro de Troya-, fueron repartidos en tres cajas. Se hizo una lista inventario que se cosió a cada una de las cajas y a continuación se sellaron. En enero de 1941, la mayor parte de las exposiciones de los museos, incluyendo las tres cajas, fueron trasladadas a la cámara acorazada del Banco Prusiano para salvaguardarlas de los bombardeos.
Más tarde en aquel año, fueron trasladadas otra vez a una de las nuevas torres fortificadas antiaéreas que los ingenieros de Albert Speer habían diseñado para proteger la capital del Reich. Dos de esas colosales construcciones, consideradas impenetrables, fueron designadas como almacenes para los tesoros culturales de Berlín. Desde la torre situada en el zoo, la Luftwaffe dirigía la defensa de Berlín disparando ensordecedores cañones de 128 mm.
Los objetos del museo fueron guardados allí hasta 1945, fecha en la que toda la zona circundante había sido reducida a la nada. El zoo había sido destruido y la mayoría de los animales habían muerto. Un equipo de veterinarios troceó los cuerpos de los elefantes para utilizarlos como sopa y carne y se dice que los hambrientos berlineses cocinaron colas de cocodrilo y salchichas de oso. En febrero de 1945, los directores de los museos de Berlín recibieron la orden de evacuar todas las colecciones a una zona al oeste del Elba que había sido designada como área de ocupación americana y británica en el caso de que se produjera la rendición. Los alemanes no querían que sus tesoros cayeran en manos soviéticas. Pero los responsables de aquellas piezas se resistieron a acatar la orden: no veían seguro transportarlas por autopistas o vías férreas continuamente azotadas por los bombardeos. El mismo Hitler tuvo que pronunciarse al respecto para que la directriz fuera acatada.
El mariscal Georgi Zhukov, comandante supremo del Ejército Rojo y líder del asalto a Berlín, lanzó el ataque final el 16 de abril de 1945. Para entonces, la mayor parte de los tesoros artísticos habían abandonado la ciudad de camino a diversas minas de sal. Muchos terminaron en Merkers, donde fueron encontrados por el Tercer Ejército del general Patton. Varios miles de cajas llenas de cuadros, esculturas y piezas arqueológicas, fueron descubiertas en Grasleben por el Primer Ejército americano. Pero las tres cajas que contenían el oro de Troya tuvieron un destino diferente....
El Dr.Wilhelm Unverzagt, director del Museo de Prehistoria e Historia Antigua, como leal nazi, había obedecido las órdenes de Hitler y había enviado su colección fuera de Berlín. Excepto las tres valiosas cajas troyanas. No quería que abandonaran la ciudad y cuando el Ejército Rojo atacó la torre del zoo, permaneció con ellas, durmiendo incluso sobre las mismas. El ruido de la batalla era todavía más horrible debido a los lamentos y gritos de los heridos que habían sido alojados en un hospital de campaña en una habitación cercana. Los cadáveres y los miembros amputados se apilaban en los pasillos. Civiles aterrorizados se apiñaban en espacios tan reducidos que apenas se podían mover. La ciudad estaba en llamas. El devoto Unverzagt permaneció en la torre incluso cuando todo el mundo ya se había marchado.
El primero de mayo, el día siguiente al suicidio de Hitler, se produjo su rendición a los rusos. Los soldados rojos entraron en la torre, subiendo y bajando escaleras y registrándolo todo a la búsqueda de botín. Unverzagt aguantó en su puesto hasta que apareció un oficial. Le reveló la existencia del tesoro escondido en las cajas y pidió su ayuda. El oficial apostó guardias en la puerta de la habitación y unos días más tarde el coronel Nikolai Berzarin, el militar al mando de la ciudad de Berlín, llegó para inspeccionar la torre y asegurar a Unverzagt que las cajas serían llevadas a un lugar seguro. A finales de mayo, las tres cajas con el Tesoro de Príamo fueron cargadas en un camión Studebaker y llevadas a Moscú. Unverzagt nunca las volvió a ver. Durante cuarenta años, el secreto constituyó un desafío para estudiosos y uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra Mundial hasta que un funcionario encontró por casualidad una hoja en el suelo de un sótano...
Y así fue transcurriendo la visita, deteniéndonos aquí y allá para escuchar nuevas explicaciones, desgraciadamente no tan detalladas como a algunos nos hubiera gustado.
- ¿Todavía se sigue excavando para encontrar nuevos restos?-preguntó una rolliza canadiense ya dando por sentada la respuesta.
- La verdad es que no mucho. En la actualidad los trabajos de excavación son residuales porque lo único que sacan a la luz son restos romanos y ya sabemos lo suficiente de esa época. Así que lo dejamos estar.
La expresión de la canadiense intentando asimilar desde su perspectiva de ciudadana de un país de trescientos años de historia que los restos de una civilización de hace 2.000 no resultaban interesantes, era merecedora de una fotografía.
El autobús que nos devolvería a Çanakkale dejó atrás una ciudad aparentemente muerta. Hace muchos siglos que los hombres la abandonaron y la olvidaron y tan solo poco menos de ciento cincuenta años desde que sus restos físicos se recuperaron para el patrimonio universal de nuestra especie. Pero en aquel largo lapso en el que Troya permaneció dormida bajo la colina de Hisarlik su nombre y el de los personajes que sellaron su destino, Aquiles, Héctor, Paris, Áyax, Andrómaca, Helena, Menelao, Odiseo, Néstor, Eneas... no sólo no se olvidaron, sino que permanecieron en el imaginario colectivo occidental inspirando a escritores, poetas, pintores y músicos. En la historia de Troya los héroes pusieron su valor, su lanza y su leyenda, Homero su talento y poesía inmortal y Schilemann su fortuna y su excéntrico y apasionado romanticismo. Lo que queda en manos del resto de nosotros, humildes mortales, no es poco: honrar y conservar un mito que ha acompañado al hombre desde hace más de tres mil años.
Para leer más sobre mis viajes y ver las fotos, visita mi blog http://deviajestesorosyaventuras.blogspot.com/
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