Pérgamo
Selçuk, Turquía — domingo, 28 de diciembre de 2008
28/12/08 Desayuno en un amplio salón acristalado con vistas a la calle nevada. Pasan los coches coronados de nieve, exhibiendo sus trofeos blancos. De vez en cuando aparecen fugazmente los botones uniformados para comprobar que todo va bien. ¿Tendrán rangos entre ellos? Salimos en dirección Pérgamo tras darle una propina al botones que nos ha acompañado a la furgoneta con las maletas y ha esperado pacientemente a que las ordenáramos, pasando frío y le he tenido que insistir amablemente tres veces para que la aceptara. Nos ha despedido con una sonrisa sincera, nada protocolaria, como si estuviera despidiendo a sus familiares. Adiós fría Balikesir.
Tardamos mucho en nuestro recorrido: campos completamente nevados, de anuncio para temporada de esquí. Camiones a ritmo lento pues hay hielo en los bordes de la carretera. Conducción un poco tensa para los viajeros por no saber cómo nos encontraremos la carretera más adelante. Todo blanco, nieve, frío, ¿qué se esconde bajo el manto de nieve? Llegamos a Pérgamo tras ascender una carretera estrecha y en pendiente en la que también encontramos nieve, hielo y hasta una máquina quitanieves. ¿Cómo será la bajada? Nos sentimos inquietos, pero antes nosotros se encuentra Pérgamo previo pago de veinte liras por persona, con sus ruinas cubiertas de nieve. Al final tras meditarlo mucho decidimos entrar al ver que subían autobuses cargados de turistas. Si ellos bajan pues nosotros también podremos. Accedemos al recinto, más de dos mil trescientos años de antigüedad nos contemplan, ¿y nosotros nos sentimos intimidados?
Pues no, más bien al contrario, tras ascender una empinada cuesta resbaladiza tentando a la suerte, iniciamos una guerra de bolas de nieve que haría las delicias de los más pequeños, emboscadas entre columnas, parapetados ante muros que en momento recibieron los impactos de flechas: bolazos de nieve que nos hacen estallar en carcajadas y que sin duda los pacientes dioses del Olimpo aprueban. Vamos dejando nuestras pisadas sobre la nieve que tendrá un grosor de diez centímetros pues las zapatillas se hunden completamente. Admiramos el teatro con capacidad para diez mil espectadores, ahora vacío, y realizamos la obligada prueba acústica, esperando no provocar un pequeño alud de nieve. Observamos el templo de Trajano con sus robustas columnas y su friso impecable. Con tanta emoción olvidamos intentar localizar los restos de la biblioteca de Pérgamo -seguramente ocultada bajo la nieve- que llegó a albergar doscientos mil volúmenes y que compitió ferozmente en prestigio con la biblioteca de Alejandría.
Ni el frío que en los dedos de los pies ni en las manos nos impide disfrutar de esta experiencia lúdico-histórica. La bajada, perfecta. Paramos a ver brevemente los restos de la Basílica Roja que después de visto lo visto no nos impresionan tantos, y eso que la basílica era tan grande que llegó a construirse un templo de un interior. Compramos pan, bollería y mandarinas para comer en la furgoneta mientras conducimos en dirección Éfeso, o mejor decir a Selcuk que es la población cercana. Pasamos por Izmir, la ciudad de los azulejos azules y la cuarta ciudad de Turquía. Sobre las siete llegamos a Selcuk. Localizamos el hotel Bella. Acogedor, céntrico, familiar, con habitaciones con encanto y a un precio razonable. Justo enfrente: unas ruinas con sus columnas oteando al horizonte Salimos a dar una vuelta, un chico simpático nos aborda ¿caza clientes? Y tras comentarle que queremos un sitio tranquilo donde fumar narguile nos conduce a un bar con almohadones por el suelo y mesitas bajas donde pasamos dos horas fumando y bebiendo raki, las chicas de compras.
El chico que nos ha acompañado es muy agradable, no pide nada a cambio como sería normal en la cultura occidental, y si tiene trato de comisiones con el dueño del bar por traerle clientes, que seguramente sea así, no desmerece para nada el empeño en agradar. Vuelven las chicas con dulces típicos, pruebo el baklava –viagra turca me susurra al oído nuestro amigo turco con una sonrisa pícara-. Está delicioso, empalagoso, chorrea azúcar y miel por los cuatro costados. Decidimos ir a cenar y otro de los simpáticos animadores del bar se ofrece a acompañarnos a un buen sitio de pizzas turcas que preparan al instante y se despide de nosotros para continuar la partida de backgammon que había dejado a medias. Nos comenta que los españoles siempre sonreímos, y nosotros le correspondemos lógicamente con la mejor de nuestras sonrisas. Nos sentimos cómodos, bien tratados en esta población turística de gente amable. El cocinero que hornea las pizzas tras haberle dado una forma estilizada a partir de una bola de masa blanca, tiene cara de buena persona, de trabajador humilde, amasa cada pizza con esmero y delicadeza. A descansar. En la habitación hay cuadros colgados. El más grande atrae mi atención. Tres mujeres desnudas, del harem, tapadas con finas telas de gasa que no cubre nada. Transparencias rojas, amarillas y doradas. Un hombre de barba blanca está mostrando a una de las chicas a otro hombre bien vestido. La chica se cubre el rostro con el antebrazo, ruborizada por haberse desprendido de la tela que no tapa nada. Salón con tres columnas. Alfombras, tapices. Dos hombres más contemplan la escena desinteresados, uno vestido de amarillo acunando un arcabuz en su regazo, el otro sentado al lado de una de las chicas desnudas y aburrida, únicamente ataviadas con collar y pulseras. La otra chica espera de pie, será la siguiente en ser mostrada, mira curiosa, pícara, desnuda, a su compañera que ocupa el centro del cuadro, de ahí tal vez su sonrojo. El lienzo destila sensualidad.
Tardamos mucho en nuestro recorrido: campos completamente nevados, de anuncio para temporada de esquí. Camiones a ritmo lento pues hay hielo en los bordes de la carretera. Conducción un poco tensa para los viajeros por no saber cómo nos encontraremos la carretera más adelante. Todo blanco, nieve, frío, ¿qué se esconde bajo el manto de nieve? Llegamos a Pérgamo tras ascender una carretera estrecha y en pendiente en la que también encontramos nieve, hielo y hasta una máquina quitanieves. ¿Cómo será la bajada? Nos sentimos inquietos, pero antes nosotros se encuentra Pérgamo previo pago de veinte liras por persona, con sus ruinas cubiertas de nieve. Al final tras meditarlo mucho decidimos entrar al ver que subían autobuses cargados de turistas. Si ellos bajan pues nosotros también podremos. Accedemos al recinto, más de dos mil trescientos años de antigüedad nos contemplan, ¿y nosotros nos sentimos intimidados?
Pues no, más bien al contrario, tras ascender una empinada cuesta resbaladiza tentando a la suerte, iniciamos una guerra de bolas de nieve que haría las delicias de los más pequeños, emboscadas entre columnas, parapetados ante muros que en momento recibieron los impactos de flechas: bolazos de nieve que nos hacen estallar en carcajadas y que sin duda los pacientes dioses del Olimpo aprueban. Vamos dejando nuestras pisadas sobre la nieve que tendrá un grosor de diez centímetros pues las zapatillas se hunden completamente. Admiramos el teatro con capacidad para diez mil espectadores, ahora vacío, y realizamos la obligada prueba acústica, esperando no provocar un pequeño alud de nieve. Observamos el templo de Trajano con sus robustas columnas y su friso impecable. Con tanta emoción olvidamos intentar localizar los restos de la biblioteca de Pérgamo -seguramente ocultada bajo la nieve- que llegó a albergar doscientos mil volúmenes y que compitió ferozmente en prestigio con la biblioteca de Alejandría.
Ni el frío que en los dedos de los pies ni en las manos nos impide disfrutar de esta experiencia lúdico-histórica. La bajada, perfecta. Paramos a ver brevemente los restos de la Basílica Roja que después de visto lo visto no nos impresionan tantos, y eso que la basílica era tan grande que llegó a construirse un templo de un interior. Compramos pan, bollería y mandarinas para comer en la furgoneta mientras conducimos en dirección Éfeso, o mejor decir a Selcuk que es la población cercana. Pasamos por Izmir, la ciudad de los azulejos azules y la cuarta ciudad de Turquía. Sobre las siete llegamos a Selcuk. Localizamos el hotel Bella. Acogedor, céntrico, familiar, con habitaciones con encanto y a un precio razonable. Justo enfrente: unas ruinas con sus columnas oteando al horizonte Salimos a dar una vuelta, un chico simpático nos aborda ¿caza clientes? Y tras comentarle que queremos un sitio tranquilo donde fumar narguile nos conduce a un bar con almohadones por el suelo y mesitas bajas donde pasamos dos horas fumando y bebiendo raki, las chicas de compras.
El chico que nos ha acompañado es muy agradable, no pide nada a cambio como sería normal en la cultura occidental, y si tiene trato de comisiones con el dueño del bar por traerle clientes, que seguramente sea así, no desmerece para nada el empeño en agradar. Vuelven las chicas con dulces típicos, pruebo el baklava –viagra turca me susurra al oído nuestro amigo turco con una sonrisa pícara-. Está delicioso, empalagoso, chorrea azúcar y miel por los cuatro costados. Decidimos ir a cenar y otro de los simpáticos animadores del bar se ofrece a acompañarnos a un buen sitio de pizzas turcas que preparan al instante y se despide de nosotros para continuar la partida de backgammon que había dejado a medias. Nos comenta que los españoles siempre sonreímos, y nosotros le correspondemos lógicamente con la mejor de nuestras sonrisas. Nos sentimos cómodos, bien tratados en esta población turística de gente amable. El cocinero que hornea las pizzas tras haberle dado una forma estilizada a partir de una bola de masa blanca, tiene cara de buena persona, de trabajador humilde, amasa cada pizza con esmero y delicadeza. A descansar. En la habitación hay cuadros colgados. El más grande atrae mi atención. Tres mujeres desnudas, del harem, tapadas con finas telas de gasa que no cubre nada. Transparencias rojas, amarillas y doradas. Un hombre de barba blanca está mostrando a una de las chicas a otro hombre bien vestido. La chica se cubre el rostro con el antebrazo, ruborizada por haberse desprendido de la tela que no tapa nada. Salón con tres columnas. Alfombras, tapices. Dos hombres más contemplan la escena desinteresados, uno vestido de amarillo acunando un arcabuz en su regazo, el otro sentado al lado de una de las chicas desnudas y aburrida, únicamente ataviadas con collar y pulseras. La otra chica espera de pie, será la siguiente en ser mostrada, mira curiosa, pícara, desnuda, a su compañera que ocupa el centro del cuadro, de ahí tal vez su sonrojo. El lienzo destila sensualidad.
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