San Pablo: la megalópolis del sur

Escribe: Merlinna
San Pablo es fárrago, actividad incesante, moles de cemento que se levantan de la noche a la mañana, fábricas que brotan de la tierra, gente y más gente que va y viene del trabajo. Esta mega ciudad ha crecido en tal forma que fue absorbiendo los pueblos aledaños, incorporándolos al casco urbano, de manera tal que los poetas aventureros aseguran que se puede deambular por kilómetros saltando de techo en techo...

 

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Capítulo 1

San Pablo: la megalópolis del sur

San Pablo, Brasil — martes, 28 de junio de 2005

San Pablo también es cada tormenta eléctrica que una vez al día, a cualquier hora, llega casi sin lluvia para recordar a los paulistas que la Mater Natura sigue allí, bajo sus pies y por encima de sus cabezas.
A excepción de la escasa planicie donde se erige el centro de la ciudad, los barrios aledaños se continúan sobre una superficie rugosa, copian el relieve de esa sierra baja cuyas escasas cimas rajan los lienzos de eternas nubes tendidas para que le sirvan al firmamento de lecho, en tanto, allá abajo, la gente bulle, trabaja. Y entonces, descansado, cualquier noche el trueno deje paso al cielo estrellado para que algo por un instante se detenga allá arriba y equilibre el trajín terrestre.

Historia

La fundación de San Pablo se inserta en el proceso de ocupación y exploración de las tierras americanas, realizada por los portugueses a partir del Siglo XVI. Inicialmente, los colonizadores fundaron la Villa de Santo André da Borda do Campo (1553), constantemente amenazada por los pueblos indígenas de la región. En esa época, un grupo de padres de la Compañía de Jesús, de la cual formaban parte José de Anchieta y Manoel de Nóbrega, escalaron la sierra del Mar llegando a la peniplanicie de Piratininga donde encontraron condiciones climáticas semejantes a las de España. En ese lugar fundaron el Colegio de los Jesuitas el 25 de enero de 1554, y a su alrededor, comenzaron a construirse las primeras casas que dieron origen al poblado de San Pablo de Piratininga
En 1560 el poblado se transformó en villa, aunque por estar lejos del litoral tuvo una posición insignificante durante los siglos de la América portuguesa. Hasta el Siglo XIX, las rutas del triángulo formado en sus vértices por los Conventos de San Francisco, de Sao Bento y do Carmo, concentraban el comercio y la red bancaria y los principales servicios de San Pablo

En 1681, San Pablo fue considerada cabeza de la Capitanía de San Pablo y en 1711, la Villa fue levada a la categoría de Ciudad. Al final del Siglo XIX, la ciudad pasó por profundas transformaciones económicas y sociales, debidas al crecimiento de las labores cafeteras en la región y la construcción de la línea ferroviaria Santos-Jundaí (1867) y el flujo de inmigrantes europeos. Las más importantes realizaciones urbanísticas del siglo pasado fueron, de hecho, la apertura de la Av. Paulista (1891) y la construcción del Viaducto do Chá (1892) que promovieron la unión del "centro velho" con la "ciudad nueva".
El siglo XX con sus manifestaciones económicas, culturales y artísticas pasa a ser sinónimo del progreso pujante de esta gran ciudad.

San Pablo

Si Río de Janeiro es la ciudad turística de Brasil, San Pablo, la principal megalópolis del continente americano y una de las más pobladas del mundo, con un área metropolitana que alberga 15 millones de personas, es el centro financiero. Tales dimensiones urbanas hacen de San Pablo, fundada hace cuatro siglos y medio, un caótico batiburrillo de rascacielos y coches, con grandes contrastes entre los barrios ricos y de clase media, habitados por cultos profesionales liberales, y los barrios de chabolas, dominados por la marginación.

Los altos niveles de ruido y contaminación han llevado a las autoridades a reconvertir San Pablo en una ciudad más habitable y atractiva para residentes y turistas, recuperando el centro histórico y otros edificios emblemáticos, como el barroco Teatro Municipal, el edificio Copan diseñado por Oscar Niemeyer, el Museo de Arte o el Patio de Colegio, del siglo XVI.

 Cada mes, 1.400.000 viajeros aterrizan en Guarulhos y Congonhas, los aeropuertos de esta mega ciudad que el año último celebró su 450° aniversario y que es la cuarta entre las más pobladas del mundo. Muchos de esos pasajeros van en tránsito hacia otros puntos más turísticos de Brasil. En cambio, de los que se suman por unos días a los once millones de paulistas, la mayoría lo hace en viaje de negocios.
Casi siempre, esos viajeros de negocios paran en la zona de la Avenida Paulista y los Jardins, barrios que concentran los headquarters de las multinacionales, el metro cuadrado de propiedad más caro, los cinco estrellas, los mejores restaurantes y tiendas, y que también reflejan la gran desigualdad social en esta ciudad.

No es buena idea intentar cubrir distintos sectores de San Pablo en auto y con poco tiempo: los embotellamientos en ciertos barrios son casi permanentes (hasta el tránsito de los helicópteros es problemático). Mejor elegir una zona, caminarla y, en todo caso, moverse después con la amplísima red de subterráneos.

Para Jardins y alrededores, se puede empezar por la Avenida Paulista, donde alguna vez hubo mansiones de cafeteros y ahora se alinean grandes bancos, en la versión brasileña de Wall Street. No es un panorama precisamente turístico, menos en un país rico en playas y morros de postal. Pero es inevitable para quienes atienden compromisos profesionales en esta ciudad, sede de ferias, congresos y foros.

Industrial y cosmopolita

San Pablo es la ciudad moderna de Brasil por excelencia, al menos una con historia propia y no nacida del toque de varita mágica del siglo XX, como sucedió con Brasilia. Avenidas, rascacielos y cosmopolitismo son las marcas de fábrica de San Pablo, donde se rinde culto a la cultura del trabajo y de los negocios (como para despegarse fuera y dentro de las fronteras de los alegres carnavales cariocas).

Quedan en la ciudad, pese al frenesí constructor que dejó poco y nada, algunos testimonios coloniales como el de la iglesia do Carmo y el convento da Luz: sin embargo, su carácter más auténtico es el que se desprende del distrito bancario y comercial del Triángulo y la Avenida Paulista. San Pablo es también ciudad de inmigrantes, por eso tiene zonas donde apreciar las influencias italianas, árabes, alemanas o japonesas, y sobre todo se ha convertido en uno de los grandes centros culturales de Brasil, por lo que no hay que perderse la visita al Museo de Arte de San Pablo (MASP), el Museo de Arte Contemporáneo y la Pinacoteca del Estado.

Arte y finanzas

Al 1500 de Paulista, a metros de la estación de subte Trianon (línea verde), está el Museo de Arte de San Pablo (MASP), edificio colorado que se inauguró en 1968 y que es un icono de la ciudad. Su colección de arte occidental quizá sea la más importante en América latina, con obras de Renoir y Van Gogh. Casi en frente está el parque que le da nombre a la parada del subte, un insólito paseo verde en el centro paulista, de fines del siglo XIX, con bancos para recuperar el aire que a veces falta entre tantos coches y edificios. Con suerte, un mediodía se puede coincidir allí con algún ensamble de jazz bajo la arboleda.

Del parque Trianon, por Paulista, basta con caminar pocas cuadras para llegar a la estación Consolação. La próxima calle será Rua Augusta y conviene tomarla a la izquierda. La Augusta es netamente comercial, con locales de todo rubro, desde libros hasta ropa. Lo más curioso aparece en la Galeria Ouro Fino, al 2690: cuatro pisos de casas de diseñadores alternativos, ropa vintage, disquerías para DJ y cosas por el estilo (moderno), además de todas las tarjetas de discos, clubes y conciertos de rock pertinentes para armar una buena agenda nocturna.

La calle siguiente a la Ouro Fino es Oscar Freire, la rúa comercial más chic, junto con Haddock Lobo, que es la primera desde Augusta hacia la derecha. En Freire y Lobo, los paulistas compran (también se puede simplemente mirar) relojes Breitling, lapiceras Mont Blanc, y modelos de Ralph Lauren y Hugo Boss. Para presupuestos ajustados, por Haddock Lobo, apenas a metros de la esquina con Oscar Freire, un pequeño local vende revistas importadas y libros de moda y diseño a precios razonables. La zona arde especialmente en enero y junio durante las dos ediciones anuales de la São Paulo Fashion Week, semanas de la moda a veces con mayor producción aún que las europeas y neoyorquinas.
Hay buenos restaurantes en Jardins. La mayoría, caros. La minoría... carísimos. Pero también se puede dar con opciones recomendables y accesibles, como Capim Santo, de comida tradicional bahiana al gusto paulista (es decir, más suave) en Ministro Rocha Azevedo 471. Al mediodía, el gran patio con cocoteros, cercado por altos edificios, se llena de ejecutivos atraídos por la fama del primer Capim, el de Trancoso, Bahía. Buffet libre de farofa, vatapa y otras delicias por unos 30 pesos.
Para terminar un buen día paulista, sin necesidad de alejarse demasiado de Jardins, el barrio de Vila Madalena espera con casas bajas, bares y tiendas de artes decorativas.

En el centro, el Mercado Municipal

Contaminación, récord de ruidos, de publicidad callejera, de graffiti (¿cómo llegan con el aerosol hasta ahí?); caos de autos, peatones, vendedores ambulantes y personajes indefinibles, negocios de todo lo imaginable y un trazado asimétrico... El centro de San Pablo se caracteriza por dos cosas: es el lugar de la ciudad con más color e historia y... es uno de los sectores más peligrosos cuando cae el sol.
Si se decide conocerlo, lo que a pesar de todo es muy aconsejable, hay que tomar las precauciones de siempre: no llevar objetos de valor, pasar lo más inadvertido posible y saber adónde se va, no sea cosa de aventurarse, por ejemplo, en las oscuras calles de Crackolandia, así conocidas por el alto consumo de crack. Sí, auténtico turismo aventura.
La estación de metro São Bento, a media mañana, puede ser un buen comienzo. Allí está precisamente el monasterio benedictino del mismo nombre, famoso por su coro gregoriano. Si se sigue camino cruzando el puente Santa Ifigênia se tendrá una vista panorámica del paisaje de hormigón, del parque de Anhangabaú y del movimiento incesante por todos lados. Desde allí se puede avanzar hacia otros hitos urbanos como el edificio Martinelli, el Teatro Municipal y la iglesia de Nossa Senhora do Rosario dos Homens Pretos.

Sin mapa, es fácil perderse en esta zona comercial que siempre sigue un poco más allá. Conviene, por ejemplo, agendar una visita al Mercado Municipal (de lunes a sábado, Rua da Cantareira 306). Inaugurado en 1933, la arquitectura es típica de los años de auge del cultivo del café, con techos a más de diez metros de alto y grandes vitrales con motivos de agricultura. En el mercado se puede pasear entre decenas de puestos de frutas, embutidos y todas las variedades de aceitunas imaginables. Y tanto en la planta baja como en el primer piso se puede comer. El Hocca Bar es muy famoso y tiene sucursales en los dos niveles, legendarios pasteles de bacalhau y sándwiches de mortadela (5 reales), el doble de clientes que otros locales y un cartel con este aviso: Cuidado: este bar causa dependencia.

Ibirapuera, el parque de Oscar Niemeyer

En una ciudad tan grande y congestionada, el parque Ibirapuera es un regalo. Literalmente, el gobierno municipal se lo ofrendó a la ciudad en 1954 para celebrar su cuarto centenario. De los más de treinta parques públicos de San Pablo, Ibirapuera es el más grande e interesante. Fue diseñado por el arquitecto carioca Oscar Niemeyer, tan conocido por su trabajo en la ciudad de Brasilia y que, con 96 años, inauguró hace algunos meses su último edificio para el parque, un auditorio con aspecto de rampa y capacidad para 840 espectadores. Otro agregado por los 450 años de la ciudad fue la fuente multimedia, con música, luces y un salto que llega hasta los 60 metros.

Con unas 160 hectáreas, Ibirapuera es un notable ejemplo de espacio público, tanto por los senderos para hacer ejercicio o pasear al perro como por el pabellón Ciccilio Matarazzo, donde se hace, desde la apertura del parque, la Bienal de Arte de San Pablo, y por sus raros sectores abiertos, pero techados a la vez, donde se instalan los skaters. Allí están los museos de Arte Contemporáneo, de Arte Moderno, de Folklore y de Aeronáutica, y el Planetario.


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