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La Hispaniola y los gallos dominicanos
Escribe: ropavieja
Un recorrido por la República Dominicana, evitando caer en los tópicos turísticos tan abundantes en este país.
La Hispaniola y los gallos dominicanos
Santo Domingo, República Dominicana — martes, 29 de noviembre de 2011
Mi libro guía me tenía avisado de los precios hosteleros, demasiado altos para este país, son similares a los españoles. Me hospedo en un hotel mediano, y a pesar del cansancio y el jet lag salgo a pasear por este barrio lleno de historia con numerosas huellas de los antiguos conquistadores españoles: templos, murallas y fortalezas defensivas. Son calles muy comerciales dedicadas a la venta de moda y de comida rápida, a pesar de ser martes existe mucha animación. Voy recabando información y adaptándome al estilo de vida de los dominicanos. Debo averiguar los horarios de los autobuses para iniciar mi recorrido por el país; un itinerario que de no ser por los sucesos de Haití hubiera sido distinto. Pero quiero dedicar un capitulo aparte sobre estos hechos en el país vecino, bien lo merece. La catedral es el buque insignia de la capital, una verdadera y antigua joya.
He pasado una noche extraña, he sentido como se movía mi cama, eran como ligeros temblores, debo estar sugestionado, no es para menos, justo hace ahora un año, no muy lejos de donde me encuentro, un terremoto destruyó todo un país, lo peor es que no se ven vías de solución. Haití es la cenicienta de toda la región.
El portero de noche del pequeño hotel donde me hospedo acaba su turno a las seis de la mañana, después de un café muy cargado me acompaña para indicarme el lugar de donde salen las guaguas que me llevarán a la península de Samaná. Un colectivo nos transporta hasta la plaza de donde parten, esto me ahorra mucho tiempo.
La guagua se va llenando poco a poco ante las continuas llamadas y reclamos del “banderita”: el muchacho que va colgado en la puerta captando viajeros que coincidan con su recorrido. Los perros callejeros, los charcos pestilentes y los vertidos de basura están presentes en cualquier esquina, exceptuando el barrio colonial. A través de mi ventanilla ya comienzo a ver los bosques de miles de cocoteros, solo existen en estos lugares. Debo tomar una decisión, colocarme los cascos con mi música para evitar las canciones cristianas que de forma insistente va poniendo el chofer del colectivo. De cuando en cuando protesta un gallo, ¿será agnóstico?, que porta un usuario, es un animal de pelea, y esta noche medirá sus fuerzas con otro compañero. Estos espectáculos están considerados como un deporte nacional en la República Dominicana, ¿deporte? En la penúltima parada de la guagua suben un hombre y tres mujeres, sus aspectos desprenden religiosidad a borbotones, uno de ellos se sienta a mi lado mientras manotea entusiasmado acompañando los ritmos espirituales.
Parece que su autoestima ha mejorado desde que se ha subido al autobús, mientras que la mía baja y baja. Si estamos de acuerdo en que la religión elimina cualquier independencia ideológica del individuo, este país está hundido. En el último tramo del viaje sube un policía que también se sienta a mi lado, negro prieto y muy obeso, me aplasta contra la ventanilla, su revolver se va clavando poco a poco en mis riñones, cuando este se apea se sienta una señora y un niño, “es un maniático”, me dice la madre refiriéndose a su hijo, pongo cara de póquer. Después de tres horas desciendo de la guagua, ya muy cerca del hotel donde me alojaré.
Durante el viaje he atravesado el Parque Nacional de los Haitisis, uno de mis objetivos, ahora quiero dedicar unos párrafos sobre este lugar: Actualmente se halla amenazado por la explotación turística, también sus paradisíacas playas. Fue una zona de gran implantación taina, estos indígenas vivían en bohíos y cabañas, utilizaban las cuevas, existen muchas, como abrigo y lugares sagrados. En sus paredes abundan numerosas pinturas, aunque han sufrido un importante saqueo. Para llegar a alguna de las cuevas se necesita hasta seis horas de camino bajo una intensa calor y una humedad del cien por cien. Una llovizna casi perenne a cualquier hora del día alimenta los ríos subterráneos. En los Haitisis existen varias playas totalmente vírgenes que son utilizadas para rodar reality shows televisivos del estilo “La isla de los famosos”, pero el gobierno dominicano no revierte en el parque el dinero recibido por el rodaje de concursos de televisión. Hay algo grave, el impacto ecológico de estas actividades es importante, se han llegado a talar árboles de trescientos años para construir las cabañas que debían habitar estos “famosos”.
Todo continúa, enseguida me dirijo hacia el muelle, debo embarcarme como sea en una lancha para ir a avistar las ballenas jorobadas, el mes de febrero, también en marzo, son los únicos meses del año que estas ballenas eligen para aparearse; esta agua son el único lugar del mundo donde se pueden ver. Después de casi dos horas de espera, incluso colaboré con los organizadores para formar un grupo que amortizarse el barco, no lo conseguimos, y mi ilusión, mi sueño se desmoronó. Los turistas que se acercaban se asustaban al ver el estado del mar, tan picado, además llovía un poco, por lo que ninguno se decidía a enrolarse en la aventura. Así que decidí marcharme paseando junto al malecón; diez minutos más tarde aparece detrás de mí una moto, su conductor me comunica que en un pueblo cercano va a salir un grupo de seis rusos con una lancha y que aceptan que me una a ellos, sin pensarlo me monto detrás de él y salimos disparados hacia la localidad indicada.
El viaje hasta el lugar donde se supone que se encuentran las ballenas es toda una aventura, en algún momento… toda una temeridad; la lancha salta por encima de las olas, estas son de una altura respetable, la pequeña barca parece que en cualquier momento se va partir en dos. Las olas saltan por encima de nosotros, calándonos, a pesar de llevar chubasquero. Aquello va tomando tintes trágicos. Hasta que vemos algo que se mueve a lo lejos, allá vamos a una velocidad vertiginosa, mi ánimo, mi sangre se revoluciona, me olvido por completo del peligro al que nos estamos exponiendo, el agua inunda casi todo en la lancha. Hay varias ballenas, al menos dos, suben…, bajan…, deleitándonos con sus saltos e inmersiones. Hemos tenido mucha suerte, no siempre se consigue verlas, llegamos a estar a unos pocos metros de ellas. Pocas veces había vivido momentos tan intensos, tan vivos. Debo decir que estuve a punto de caer por la borda. Luego pusimos rumbo a la isla de Cayo Levantado, un refugio paradisíaco que cumple todos los requisitos de un anuncio reglamentario de playa tropical. Un islote plagado por una frondosa vegetación, un paraíso natural convertido en parque de atracciones para las ordas turísticas que lo asolan.
Dos horas son suficientes para recorrer sus calas e instalaciones. Retornamos, la lancha me deja en los Cacaos, y desde allí me subo a una moto que me lleva hasta Samaná capital. Existen cientos de adolescentes con sus motos, se les llama motoconchos, por unos pesos te trasladan al sitio más extraño y complicado que les propongas.
Las casas, los bares, los coches… vomitan durante todo el día y parte de la noche los sonidos del merengue, la bachata y el reguetón, un ruido omnipresente, como el dios al que aman tanto.
Sobre las 6 de la mañana, ya estoy en la calle, voy a dedicar el día a caminar entre bosques de cocoteros y calas solitarias, Samaná es así. Son lugares vacíos de turistas, apegados a la zona rural. Han construido pequeños hoteles junto a las calas, pero han fracasado en su mayoría. Los encuentro en un total abandono. Los grandes complejos hoteleros localizados en Punta Cana y Puerto Plata han fagocitado todo lo demás. Para los viajeros independientes esta es la mejor noticia. Nunca iré a esos complejos del Todo Incluido, se puede tomar como una declaración de intenciones. ¿Qué pensaría Colon de volver a ver estos lugares?, él fue el primer europeo que divisó estas tierras y dijo: “esta es la tierra más bella que jamás ojos humanos hayan visto”.
Hablo durante un rato con un empleado de la limpieza, me dice que tiene setenta y cuatro años, me comenta que piensan jubilarlo pronto y pensionarlo, utiliza esas mismas palabras, ahora cobra cinco mil pesos al mes, unos cien euros. Después de varias horas caminando me topo con la civilización, penetro en una gigantesca urbanización de cabañas adosadas, intento bordearla y salir ya a la carretera, pero varias trampas en forma de alambradas y riachuelos de aguas fecales van saliendo a mi encuentro, retrocedo y salgo por la entrada principal del complejo, una vez en la carretera paro una moto para regresar a Samaná.
Llevo tres días comiendo de forma frugal y desordenada, hoy me sentaré tranquilo en un restaurante. Después de una siesta me dedico a recorrer la montaña que se sitúa en la trasera de la ciudad, no veo zonas suburbiales.
Se acerca el fin de semana y a los dominicanos y dominicanas ya les hierve la sangre, ya desean entregarse al baile salvaje, beben cerveza sin límite, a pesar de las borracheras no veo altercados callejeros.
Durante todo el día han caído varios chaparrones, esto es el preaviso de lo que me espera para mañana. Me levanto tarde por primera vez, lleva varias horas lloviendo. He decidido dedicar un día más a los alrededores, me informan de otros lugares, pero debo emplear varias horas de autobús, y no voy a conocer paisajes distintos a lo que estoy viendo ahora. Existe una isla en medio de la bahía comunicada por un estrecho puente de piedra muy mal mantenido, decido ir, llueve, en mis cascos de música suena el Muro de Pink Floyd. Es una isla exuberante, impenetrable debido a su excelsa vegetación; pero está sumida en un total abandono, la suciedad se hace patente por cada rincón, abundan las botellas y los envases de plástico que antes albergaron comida rápida.
Es triste, no existe ningún amor a la literatura, no he visto una sola librería, menos todavía a alguien portando o leyendo un libro. Esto es algo común en muchos países y muy difícil de ponerle remedio. El pueblo solo intenta resistir, subsistir, que ya es mucho.
Hace un momento acabo de salir del patio trasero de San Cristóbal de Samaná, me resultaba algo extraño que no existiera algo así. Mientras escribo estas líneas, tumbado en mi cama, por la ventana se cuela una espantosa contaminación en forma de decibelios, es viernes, la bachata se hace reina de la noche, ya no parará con suerte hasta el lunes. Sobre mi cabeza aletea torpemente un abanico, así llaman a los ventiladores de aspas sujetos al techo. Después de las lluvias se hace más patente la calor.
Hay algo que quiero señalar, los dominicanos siempre han tenido muy malas relaciones con sus vecinos haitianos, los consideran, vamos a decir, “distintos”. Esa realidad ha empeorado, la tragedia haitiana hace que muchos ciudadanos de ese país intenten pasar a la República Dominicana para huir de la muerte que les acecha. Si antes las fronteras ya eran complicadas ahora son infranqueables. Tienen miedo a que el cólera penetre aquí y acabe con la principal fuente de ingresos, el turismo. De hecho ya se han dado varios casos de esta epidemia.
Temprano por la mañana me viene a buscar el muchacho con el que hable la noche anterior, voy a ir con él y su moto hasta Las Galeras, este lugar es de los tramos de costa más atractivos de la península, en el norte de la isla, aunque poco a poco se va alejando de lo que fue una playa virgen y salvaje; los hosteleros ya están colocando ladrillos. Situada entre los cabos Cabrón y Samaná. El trayecto en moto me resulta agradable, aunque veo que una imponente tormenta va penetrando desde el mar. Mi motorista me lleva hasta un pequeño hotel que él conoce, reservo una habitación y me echo a la calle a conocer la pequeña localidad y su costa. Está situada en el extremo de la península muy asolada por los fuertes vientos marinos.
Muy cerca se encuentra la paradisíaca playa Rincón. Después de varias horas decido volver al hotel, mis piernas ya no me soportan. ¡Vaya sorpresa!, el hotel está cerrado a cal y canto, la verja contiene un candado, me canso de llamar y de dar golpes en la valla, sin resultados, hasta que sale un vecino de una casa cercana casi derruida, me abre la verja y me dice que el hotel está vacío, por la mañana la persona que me dio la habitación es la limpiadora y que una vez acabada su tarea se marcha y hasta la noche no viene el vigilante, “vaya…” le digo, “sino es por usted me quedo fuera”. Hay que decir para entender mejor la situación que el hotel es muy modesto y simple, está construido en las afueras de la ciudad, en pleno bosque de cocoteros. Al volver por la noche después de cenar patatas y plátano frito casi no doy con él. Así que voy a dormir absolutamente solo, y supongo que también lo hará el escurridizo vigilante, en ningún momento llegaré a conocerlo.
Los gallos dominicanos exultantes y provocadores me despiertan muy temprano, será por que es domingo.
Recojo mis cosas y me voy en busca de la guagua, sigue mi viaje…Tres autobuses, tres trasbordos para alcanzar Boca Chica: la playa de los dominicanos. No se puede pasar por alto este fenómeno social. La última guagua a la que me subo, ya cerca de la capital, en un cruce de carreteras fue toda una experiencia para guardar en la memoria, o para olvidarla, según se mire. Solo son treinta kilómetros, pero intensos, los pasajeros doblamos la capacidad del vehículo, cada quinientos metros hace una parada para que bajen o suban los usuarios. Hoy es festivo y los capitalinos se lanzan en masa a pasar el día junto al mar con toda la familia y la comida ya preparada en fiambreras, también abundante cerveza y ron. Durante unos kilómetros se sienta a mi lado un individuo con un gallo de pelea dentro de una bolsa de plástico, solo asoma la cabeza y me parece que solo me mira a mí; quizás sea por que soy el único con piel blanca dentro de aquella lata de sardinas.
Decía que esta playa es todo un fenómeno social, es la más cercana a Santo Domingo. Parece una gigantesca piscina de aguas claras y poco profundas. Aquí todo se compra y se vende, todo está sucio, todos están aquí: vendedores, pintores, alquiladores de barcas, de mesas, de sombrillas, de…, cocineros, buscones (muchachos que se dedican a captar clientes para llevarlos a los restaurantes y chiringuitos varios). En sus calles existen bares y clubes llenos de horteras y macarras llegados de medio mundo. Los dominicanos son de calma infinita. El merengue y la bachata no para de funcionar durante todo el día y parte de la noche, los altavoces compiten unos contra otros. No comprendo como pueden soportan tanta música y tan mala, durante tanto tiempo. Las letras de las canciones son simples hasta el extremo, parecen perseguir el aturdimiento total y absoluto de la mente. Soy consciente de lo que digo, lo que acabo de afirmar aquí no es políticamente correcto y que más de uno se puede sentir herido en lo más íntimo, pero ya hace tiempo que asumí esto, en el momento que escribes y lo haces público. En definitiva estamos ante un país bullicioso de sorpresas cotidianas, un país de tainos, de filibusteros y corsarios. Un país lleno de gente hospitalaria y dulce.
La playa es extensa, la recorro de punta a punta un par de veces. Algunos han llevado las mesas y los coches hasta el mismo borde del agua.
Los distintos olores sazonan intensamente el aire que respiro: agua de coco, cerveza, ron, fritos varios, arroz, pollo, papas fritas. Y los niños…. hay centenares de ellos de todas las edades chapoteando en el agua. Hay que decir que aunque los dominicanos viven en una isla, y los ciudadanos de la capital en las mismas orillas marinas, puede suceder que muchos de ellos se pasen meses, incluso años sin ver el mar, pues eso cuesta dinero, y la economía para la mayoría de ellos no les permite semejante lujo.
Mientras escribo estas líneas el sol se está poniendo. Los dominicanos van abordando los distintos medios de transporte que les devolverá a la ciudad, mañana es lunes. La calma, la lentitud los domina, me parece que es una virtud dentro del mundo que nos rodea.
En medio de una intensa calor y con una jaqueca de caballo producido por el merengue y la bachata, abandono Boca Chica; una guagua, luego otra, y decenas de paradas en el camino. Utilizo a un buscón pese a mi reticencia anterior, admito que suelen dar buen resultado, me encuentra un hotel a mitad de precio, también una oficina de cambio, la mejor que he utilizado hasta el momento. El hostal es una vieja casona colonial, necesita una buena obra de mantenimiento, pero no soy exigente. Dedico el resto de la tarde a visitar este antiguo barrio colonial. En Latinoamérica todos guardan mucho parecido entre sí, tiene su lógica.
Una mañana soleada me va a acompañar en mi recorrido por los barrios más alejados de la capital, deseo conocer la vida cotidiana de los dominicanos. Alguien me para y para advertirme que me encuentro en una zona peligrosa, y que debería salir de allí, no le hago caso y persisto en mi idea. Visito una calle con numerosas librerías, al fin… son puestos al aire libre. Converso con un librero, al mientras ojeo un libro de Vargas Llosa, me comenta algo de este autor, le confieso mi animadversión hacia este escritor, entablamos una animada conversación, al final le compro un ejemplar de mi admirado Saramago.
Es curioso, veo a algunos hombres con su gallo de pelea debajo del brazo, están haciendo la compra diaria en el mercado acompañados de la ave como si de una mascota se tratara, incluso se van de cervezas con el agresivo bicho, no encontrarán un amigo más fiel. A lo largo de mi camino me tropiezo con un par de predicadores, megáfono en mano, vendiendo las ventajas de creer en dios, me da la impresión de que se encuentran sumidos en una especie de trance, a un paso del histerismo. El público en general se muestra indiferente, escéptico ante estos individuos.
La tarde la paso con el encargado de la casa donde tengo la habitación, se dedica a dibujar retratos al carboncillo desde una foto, también, si alguna persona que pasa por la calle le encarga alguno no duda en hacérselo. Lleva colgada al cuello una cinta donde ha prendido todas las banderitas de los países que ha visitado, sobre todo los EEUU, muchos dominicanos persiguen el sueño americano y acaban en sus cárceles; hay un millón y medio de ellos en tierras estadounidenses. En la misma calle del Conde, la arteria principal del barrio, existe un edificio, se llama Olarra, aquí mismo, allá por el año 1939 se reunían los refugiados españoles, muchos de ellos intelectuales. Un lugar de encuentro para paliar de alguna forma la nostalgia que les producía el exilio, expulsados por perder una cruel e injusta guerra civil.
Aparece un nuevo día. Tomo un poderoso café expreso, fuerte como el veneno, cambio dinero y me lanzo a la búsqueda de nuevas sensaciones. Un amable anciano al que le pregunto por una calle me propone acompañarme, hablamos mientras caminamos, me narra historias de su vida, de la República Dominicana, en algún momento sale la conversación del pequeño Haití, un barrio de haitianos en Santo Domingo; ya sabia de su existencia, pero lo había descartado de mis objetivos por su peligrosidad, pero… ahora todo cambia, me asegura que si voy con él, puedo estar tranquilo. Este lugar ha sufrido una metamorfosis a causa de los graves sucesos en el país vecino. Hasta hace un año, al barrio citado llegaban coloristas y desvencijados autobuses desde Haití, donde eran cargados hasta lo imposible de frutas, verduras y otros artículos de primera necesidad para transportarlos hasta el necesitado país vecino y obtener así algunas ganancias.
Esto ya no es posible, como ya dije anteriormente la frontera es infranqueable, está cerrada a cal y canto, para los haitianos sobre todo. Las autoridades dominicanas intentan por todos los medios que el cólera no se introduzca en su país. Esto seria una verdadera tragedia, humana y económica. Pero la vida sigue en el pequeño Haití, allí venden flores, artesanía… los oigo hablar en francés, la suciedad lo cubre todo, es un submundo dentro de otro mundo ya de por sí nada privilegiado. Quiero señalar algo, la pintura haitiana es buscada y reconocida en todo el mundo, por su estilo único: Pude conseguir un lienzo. Y claro… el vudú, un ritual de origen africano que difícilmente se puede ver fuera de las fronteras de Haití, en toda su autenticidad.
En mi retorno hacia el centro de la ciudad atravieso el barrio chino, no tiene nada que ver con lo anteriormente dicho. Vengo observando que no existen contenedores de basura, por lo que ésta la depositan sobre las aceras, incluso la arrojan desde las ventanas, por eso hay calles que resultan intransitables.
Esta noche he dormido a trompicones, el insomnio me lo produce el calor, acompañado de un cien por cien de humedad, a punto he estado de bajar a la calle, pero a las cuatro de la madrugada solo discurren por ellas lobos y otras especies depredadoras. Es muy fácil identificar a los haitianos sin necesidad de escucharlos hablando francés, casi todos ellos se dedican a vender fruta en una gran cesta que portan sobre su cabeza.
He encontrado un punto de observación vital para empaparme de la realidad de este país, es un lugar estratégico al final de la calle el Conde, cerca del malecón. Sentado y tomando un refresco en la terraza de un frecuentado bar, por delante de mí se sucede lo más variopinto de Santo Domingo, muy cerca parten las guaguas y otros colectivos hacia los lugares más apartados de la ciudad. Desde aquí se puede tomar el pulso a la ciudad.
Aprovecho la caída del sol, en este momento se produce una luz especial para hacer fotos, así lo hago, me dedico a atrapar con mi cámara todo tipo de puertas, ventanas, casas, jardines, patios, el barrio colonial da mucho de sí, sigo con las plazas, iglesias, todo está muy recuperado.
Me voy pronto a dormir, mañana regreso a mi país y me espera un largo viaje. Quiero apuntar algunas curiosidades: los dominicanos casi exclusivamente se alimentan de comida rápida, se puede encontrar algún restaurante de comida más natural y elaborada, pero resulta algo exclusivo y muy caro.
Las uñas acrílicas en las mujeres es un verdadero boom, existen muchos establecimientos dedicados a instalar estos apéndices artificiales y muchas son las féminas, que los usan, parecen verdaderos felinos con esas uñas profusamente decoradas. La mujer de la limpieza donde me hospedo, que por cierto no ha limpiado ni un solo día mi cuarto, a falta de conocer mi nombre me llama “pelo fino”.
Esta noche duermo mucho mejor, bajo a tomar un café, noto que el popular líquido negro me pone a cien por; a mi lado se sienta un anciano, un patriarca al que todos saludan, le ofrecen cigarrillos a la vez que le preguntan por los últimos sucesos acaecidos en el barrio, su piel casi es blanca, como su profusa barba, viste una guayabera del mismo color, sus andares son torpes y cansinos.
Las últimas horas en la República Dominicana las ocupo realizando un recorrido por la zona del malecón y que todavía no había visitado, entre olas rompiendo en las rocas y montones de suciedad acumulada por todos los rincones. Lo de la conciencia ecológica parece que no ha entrado aún en las cabezas de los dominicanos.
Anochece cuando mi avión despega del aeropuerto de Las Américas. Pasear por la República Dominicana sin calor ni mosquitos ha sido todo un privilegio. Me quedo pensando…, uñas acrílicas, ropa ajustada, cejas perfiladas…, acabo de darme cuenta de que durante todo el viaje, mi aspecto ha sido el de un desaliñado.
HAITI
Después de una larga reflexión, midiendo, calculando los riesgos que debería asumir para ingresar en Haití, decido desechar la idea de penetrar en ese infierno. Cada día que se sucede todo empeora. El caos se ha adueñado de todo. El país y su población desaparecen, es una verdadera tragedia humana. Entrar en Haití hubiera significado una temeridad por mi parte.
Ahora hace justo un año que se produjo el terremoto que sumió a la nación en lo más profundo de la oscuridad, de la destrucción, de la quiebra humana y económica. El resto del mundo, en los primeros instantes también tembló de horror, de dolor…, y organizó la solidaridad. Pero casi todo se quedó en el intento. En este año tan solo ha llegado un diez por ciento de la ayuda prometida.
No existe un gobierno estable, así que los marines estadounidenses se ocupan de mantener el orden establecido y de que aquello no derive, ni se radicalice, ni se cree una situación prerrevolucionaria; ya se han dado algunos síntomas de rebeldía debido al malestar de la población.
El cólera se extiende y la población acusa a los cascos azules de haberla introducido en el país. Las violaciones, las muertes violentas, el secuestro de niños, el hambre generalizado, todo esto sucede entre las montañas de escombros que “adornan” la capital de Puerto Príncipe. La comunidad internacional aseguró de forma rotunda después del temblor que en unos meses se habrían retirado los restos de los edificios demolidos por el terremoto y que éstos serían reconstruidos. Solo ha sido otra mentira más. Los haitianos viven en tiendas de campaña y bajo lonas de plástico, en los parques y descampados, sin nada que llevarse a la boca. Los más desfavorecidos: las mujeres y los niños, como siempre. Los hombres se alistan en bandas de delincuentes u otros grupos armados.
Un verdadero polvorín que ya está estallando en las narices de los gobiernos del mundo desarrollado.
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Últimos comentarios
buvar dice:
Juanito, re bienvenido al mundo de los relatos de viajes, ya qte echaba de menos y me preguntaba ¿pero dónde es que andara nuestro amigo ropa vieja?. Que bueno que esta de regreso y como siempre con un relato entretenidísimo y lleno de datos. Lo he guardado para cuando me toco ir hasta la República Dominicana. Lo pensare eso si si voy a ver las ballenas, me dan miedo las olas grandes. !Me encantó que estes de vuelta en la página!
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ropavieja dice:
Gracias Maria.
Ahora me toca hibernar como los osos en la heladora España. Salud.
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Asturiana dice:
Un placer leer tus diarios ! hace que viaje a esos paises a través de tus ojos ! se bienvenido a esta España nuestra ...
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Silvinita dice:
Qué bueno volver a leer tus relatos después de tanto tiempo! Interesantísimo lo que contás de Dominicana. Estoy harta de escuchar relatos de gente que va a los all inclusive de Punta Cana y viene maravillada de esas playas de plástico. Tenía ganas de saber qué le pasa y cómo vive realmente la gente de ese país y acá nos brindás un panorama muy claro de la situación. Espero más historias de tus viajes! Saludos desde Buenos Aires.
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ropavieja dice:
Gracias Teresa.
Silvina: Es cierto lo que dices, tanto para R. Dominicana como para otros destinos, muchos turistas, nos los considero viajeros, cuentan cosas que para nada coinciden con la realidad del país, se van de él sin haberlo conocido, después de haber vivido una experiencia irreal y carísima, se han perdido lo verdadero, lo auténtico de ese lugar. La mayoría solo hablan con el camarero autóctono que les sirve un mojito delante de una playa de cartón, mientras muy cerca suyo la gente pasa verdaderas necesidades y carencias. Por otra parte esto tiene su lado bueno, esta gente no masifica los lugares que verdaderamente queremos conocer las personas que vamos allá con la capacidad de sorprendernos y de descubrir verdaderos lugares intocables y vírgenes sin manchar por el turismo masificado.
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MARCEDIAZ dice:
Excelente diario para el regreso....
No pude dejarlo hasta llegar al final...
Realmente una aventura tu viaje...
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ropavieja dice:
Gracias Marcela.
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carmenparis dice:
por fin alguién que mira realmente lo que vé y no lo que le muestran las agencias de turismo... gracias por tu relato ! Ahora ese pais parece algo mas veridico.... y Haiti? el mundo ya habia olvidado Haiti mucho antes del terremoto.... saludos
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ropavieja dice:
Tienes razón Carmen, Haití es el gran olvidado, no hay petroleo, no hay nada, que se mueran de asco han debido pensar en al comunidad internacional.
Por desgracia las agencias de turismo venden encantamientos e irrealidades que nada tiene que ver con lo verdadero en ese país. Una mala manera de viajar y engañarse así mismo. Muchas personas vuelven sin haber estado verdaderamente en el país, solo viviendo en una nube. Que falsedad.
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mochacharme dice:
me gustò mucho tu crònica! muy jugosa! tengo una amiga que trabaja en una agencia de viajes y siempre està tratando de tentarme con ir a Republica Dominicana durante una semana de all incluve. Claro ella consigue buenos paquetes! pero yo reniego de la idea, no es el lugar a donde me gustaria ir de esta manera. Te la pasaste arriba de motos y guaguas!! què aventura! jamàs se me ocurriò viajar por esa isla de ese modo, pero creo que es el indicado, o al menos la forma en que me gustaria, no se còmo lo ves para una chica sola... habrà que ver, leyèndote me han dado ganas! ..y sobre Haitì, tambièn leyèndote me he quedado algo triste... la situaciòn tal cual la planteas me recuerda a esas pelìculas de epidemias y cuarentenas, donde la gente termina comièndose entre si. En fin un lugar devastado, golpeado por la naturaleza, pero devastado por las miserias de los seres humanos, el egoìsmo.
Me fascinò Repùblica Dominicana a traves de tu relato! Saludos.
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ropavieja dice:
No lo dudes Lucia, si puedes viajar por tu cuenta hazlo. un a chica sola no creo que tenga problemas, es fácil, y puedes recorrer toda la isla en bus y motos para los lugares más cercanos, son muy seguros, pactando el precio antes.
Por cierto acabo de copiar tu lema de tu perfil, me parece muy bueno.
Gracias y salud.
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estelasenlamar dice:
Gracias por este relato, como siempre me llegan al corazon y me hacen viajar a lo profundo...Me ha dado mucha pena tanta pobreza y tanta dosolación, pero aunque cruda es la verdad de punta a punta, la unica que nos permitirá tal vez, modificar algo... Gracias de nuevo por escribir.
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ropavieja dice:
Así es el mundo de injusto. Ya me gustaría escribir de otra forma, pero debo ser fiel a lo veo. La gente de Punta Cana, etc, solo ven falsificaciones.
Gracias.
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carola273 dice:
buen relato felicidades. y las fotos ni hablar gracias por compartir
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ropavieja dice:
Gracias por tu comentario Carola.
Publicado
ellacristtina dice:
me gustò mucho tu diario
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ropavieja dice:
Gracias por tu comentario Cristina
Publicado
caridad3004 dice:
Que interesante es leer su punto de vista y esperiencias en mi pais
Gracias por su diario muy interesante ... disculpa por el comentario anterior si te parecio inapropiado
Publicado
ropavieja dice:
Lucila... seguro que conocerás la playa, eso es un objetivo. Gracias por colaborar y ser tan disciplente con mi relato, aunque diga cosas no tan buenas de tu país.
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1
La Hispaniola y los gallos dominicanos
Santo Domingo, República Dominicana | 29 de noviembre de 2011
En Santo Domingo...
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