Utopía en verde esmeralda

Escribe: Gyogananda
Diario de un viaje al Ecuador, para construir una escuela en un pueblecito llamado San Pedro de Atascoso, provincia de Manabí.

 

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Hacia San Pedro de Atascoso

Santo Domingo, Ecuador — viernes, 29 de julio de 2016

Hoy es lunes diecinueve de septiembre. Es el día en que vamos a viajar hasta San Pedro de Atascoso pasando por la ciudad de  El Carmen.

  Salimos de Santo Domingo a media mañana después de habernos surtido de algunas provisiones de boca y varios complementos que nos faltaban para empezar el trabajo que hemos venido a realizar.

  Vamos en el coche de Don Antonio Verduga, dirigente, proveedor y “prócer” de la comunidad de San Pedro. El coche es una destartalada ranchera “Nissan” con más de cuarenta años a cuestas, sostenida con cuerdas y alambres en varias de sus partes… Juan viaja en la cabina, al lado de Don Verduga. Javier y yo nos instalamos en la caja, sobre todo un estibaje de paquetes, sacos de pienso, mochilas y diversos objetos que nos sirven unas veces de asiento y otras de estorbo…

  Llegamos a El Carmen y nos detenemos en una fundación (del Niño Jesús) que colabora con AISE. En ella vive Pedro, un fisioterapeuta español que lleva instalado bastante tiempo en el Ecuador y que cumple las funciones de “puente” entre los cooperantes que llegan al país y San Pedro, proporcionándoles albergue antes de continuar el viaje que les llevará al asentamiento.

  Se estaba esperando a tres cooperantes que se dirigen al nuevo Subcentro de Salud de San Pedro, Laura, Miriam y Rosi. Laura es una diplomada social, Miriam es diplomada en enfermería y Rosi es fisioterapeuta. Efectivamente, allí nos encontramos. Después de esperar que Don Verduga termine con sus recados y quehaceres, cosa que demora un tiempo respetable, salimos dirección Santa María y La Bramadora, dos paradas que tenemos antes de conseguir llegar a nuestro destino.

  Definitivamente Javier, Juan, un pasajero que se ha agregado, yo y Don Verduga de chofer, tomamos la ruta de la Manga del Cura. Nos siguen los demás cooperantes, además de algunas personas que no sabemos quiénes son. Ellos viajan en un todoterreno Chevrolet que es propiedad de Patricia, una persona encantadora, propietaria de una farmacia en El Carmen y protectora de la Fundación Niño Jesús. Por supuesto que tienen unos asientos última generación, climatizador, buenas suspensiones y todas las comodidades… ¡así es la vida…!

  Enfilamos la salida de El Carmen dirección San Pedro por una carretera que en un principio parece estar en bastante buen estado. Pronto cambiamos de opinión. A los pocos quilómetros la cosa empieza a complicarse. Comienzan a aparecer los primeros “baches”, por denominarlos de algún modo, y el asfalto se trasforma en un firme de cantos rodados más o menos compactados lo que confiere a la ranchera un traqueteo constante que nos acompañará durante horas.


  Después de varias horas de viaje en las que apenas hemos avanzado treinta quilómetros, llegamos a un pueblo llamado La Bramadora. Nos detenemos delante de un comercio, al borde de la calle principal que también es la carretera para adquirir no se qué artículos para Don Verduga. Estacionamos pegados al bordillo de la acera y el Chevrolet a un metro por detrás de nosotros. La gente baja a estirar las piernas. Baja Juan de la cabina, se dirige a la parte trasera por encima de la acera y hace intención de salir a la carretera. Yo estoy todavía montado en la caja. De repente, veo a Juan en posición horizontal elevándose hasta la altura del portón trasero de la caja de la ranchera, para a continuación, estamparse de espaldas contra el duro pavimento de adoquines de la calzada… !!!

  En el momento nadie sabe qué ha pasado, pero inmediatamente vislumbramos a un individuo montado en una silla de ruedas que se dirige a toda velocidad por la izquierda y cuesta abajo hacia no se sabe donde, sin tan siquiera volver la vista atrás y mucho menos detenerse. Simplemente lo que ha sucedido ha sido que a Juan lo ha atropellado un tullido en silla de ruedas.

  En el primer momento, el susto que nos hemos llevado ha sido de órdago, pero luego, al ver que las consecuencias son solo unas magulladuras sin importancia, la vis cómica de la situación se impone y las risas son (aunque disimuladas) incontenibles.

  Reemprendemos la marcha al poco tiempo por donde hemos venido. Avanzamos durante  cinco o seis quilómetros para tomar un desvío a la derecha que nos sumerge en una pista de tierra, piedras y barro. El camino empieza a ser bastante duro para los que vamos en la caja trasera. Los baches se suceden uno tras otro. Cruzamos arroyos, y corrientes de agua más o menos caudalosas. Subimos y bajamos colinas continuamente. El zigzagueo es constante y la polvareda nos va cubriendo con un manto blanco que lo impregna y penetra todo. Siempre adelante, pasan las horas y el paisaje no cambia en absoluto. Bosque tropical. Algunas plantaciones de bananos. Más selva. Más arroyos y más horas. De pronto, el camino desciende hacia un rio realmente caudaloso. Es el Rio de Oro, sin puentes para cruzarlo, a no ser montando los coches en una gabarra o almadía, a la que se abarloa una piragua con un motor fuera borda, para ir empujando el artilugio hasta la otra orilla, confiando en la diosa fortuna.

  Conseguimos cruzar sin ninguna dificultad hasta la otra orilla para reemprender el camino, sube y baja, izquierda y derecha, más riachuelos, más polvo. Paulatinamente va oscureciendo. En esta latitud ecuatorial, a las seis de la tarde es prácticamente noche cerrada. Don Verduga prende las luces del coche y seguimos avanzando por las trochas de la selva, ahora polvo, ahora barro…y seguimos sin llegar…

  Cuando ya es noche cerrada llegamos por fin a San Pedro de Atascoso deteniéndonos, de una vez por todas (o eso creía yo), a la puerta del Subcentro de Salud del pueblo.


  Detenemos los todoterrenos delante de la puerta del Subcentro y procedemos a descender, renqueando y estirando piernas, brazos y riñones, intentando desentumecernos de las ocho horas largas que nos ha costado llegar a este lugar. La oscuridad reinante sería total a no ser por los faros de los coches y una pequeña luz en la vecina casa, sobre un billar situado bajo un amplio porche de chapa ondulada.

  Miriam y Laura se disponen a instalarse en el Subcentro. Disponen de una litera doble, un plegatín y una camilla de curas. A nosotros nos dijeron que dispondríamos de camas, sábanas, mantas… En principio no hacía falta llevar nada de ropa de cama, no obstante, algo hemos traído cada uno de nosotros, sábanas-saco, algún saco de dormir, mosquiteras… Pregunto dónde vamos a dormir nosotros:

-  Don Verduga… ¿Dónde vamos a dormir e instalarnos? -le  pregunto a nuestro amigo Verduga, temiéndome la respuesta.

-  Ustedes tienen una casa de los Chávez, pero hay que limpiarla…

-   ¿Y vamos a dormir en…?

-   Tendrán que dormir en el suelo…

-  ¿Los colchones, almohadas, etc…?

-  No hay nada…

-  ¿Cómo que no hay nada…? ¡Esto no es lo acordado, o por lo menos esto no es lo que nos han dicho en España! ¡¡¡…Javier, nos volvemos a casa, no estoy dispuesto a semejante situación…!!!

-  No se me apuren –dice Don Verduga- Esta noche vienen a mi casa y mañana ya arreglaremos el problema…

  Mal se presenta la cosa. Si empezamos así, no sé lo que puede pasar con los acuerdos adoptados por la gente del pueblo con AISE. Según el Dr. Ney Zambrano, fundador y presidente de AISE así como promotor de la actuación que hemos venido a ejecutar. Se supone que a cambio de construirles una escuela con el dinero que hemos recaudado con tanto esfuerzo, además del considerable gasto de nuestros bolsillos para poder llegar hasta este lugar perdido de Dios, ellos nos van a proporcionar alojamiento adecuado, tres comidas al día, mano de obra… aparte de lo prometido por el alcalde de Chone en dinero y materiales… Empiezo a sospechar que esto va ha ser una guerra burocrática para conseguir que alguien se implique en el proyecto.

  Volvemos a subir a los coches (afortunadamente no habíamos bajado la impedimenta) para deshacer el camino que nos ha traído hasta aquí. Retrocedemos como un quilómetro hasta llegar a la casa de Don Verduga.

  La casa de Don Verduga es como la mayoría de las que vemos por estos pagos. En un origen son palafitos, es decir, casas sobre pilastras de madera. Con el tiempo y la prosperidad, algunos han cerrado la parte inferior con paredes de obra de adobe, convirtiendo la parte baja en almacén multiusos según las necesidades del momento o la estación del año. El resto de la casa se construye toda la estructura así como el suelo, de madera, exceptuando las paredes que son de caña de bambú partidas y abiertas a lo largo, y la cubierta, invariablemente (salvo algunas excepciones) construida con chapa metálica ondulada. Normalmente las casas son bastante espaciosas, disponiendo de tres o cuatro habitaciones amplias, una estancia que hace las funciones de comedor, lugar de estar y de lo que haga falta, una cocina de leña o carbón y quizás un pequeño retrete en un lugar apartado o escondido. Los más pudientes pueden disponer de un depósito de agua elevado que se suele llenar con una motobomba para elevar el agua del río. Esta agua en principio solo se usa para lavar utensilios, la ropa y la higiene personal. Si se quiere para beber o cocinar se debe hervir dos veces antes de su uso.

  La cena en casa de Don Verduga es toda una experiencia. Entre nosotros y la gente que vive en esta casa somos como dieciocho para cenar. Cena que consiste en una especie de potaje de algo difícil de identificar con unas tripas y despojos flotando en el plato. Se supone que es un manjar exquisito, pero a más de uno se le revuelven las tripas y es un acto heroico introducirse la cuchara en la boca… En lugar de pan, arroz, para beber, agua o jugos.

  Después de cenar nos disponemos a acostarnos para descansar los huesos de tanto traqueteo y tantas emociones. Cada cual se acomoda donde y como puede. Al cabo de poco tiempo reina el silencio, exceptuando algún ronquido suelto aquí y allá. Mañana empieza la verdadera aventura. Buenas noches. 

 



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