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Galicia en tres días

Escribe: ViajesPepeTour
Pasar el último finde de febrero en Galicia aprovechando la conexión aérea de Málaga-Santiago parecía una buena idea. Los conflictos internacionales, sobre todo en el norte de África, nos desanimaron de otros destinos. ¿qué esperábamos? al menos buena gente y buena comida. Pero había mucho más.

 

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De la costa del Sol a la costa de la Muerte

Santiago de Compostela, España — domingo, 27 de febrero de 2011

Desde nuestra base logística en la playa de Almuñécar, salimos sobre las cinco de la mañana, paramos en El Ingenio para llenar el depósito y llegamos al parking S. Isidro sobre las 6 de la mañana. Inmediatamente nos llevaron al aeropuerto, donde descubrimos que íbamos con el tiempo justo, porque en contra de nuestras previsiones, la cola del control de pasaportes era bastante numerosa. No obstante, llegamos con tiempo suficiente a la puerta de embarque de Ryanair, donde ya estaban comenzando el embarque. Después de contar al menos cinco o seis veces al personal embarcado en el avión (debían de tener algún problema de contabilidad), iniciamos el viaje con unos quince minutos de retraso. El vuelo costó unos 75€ ida y vuelta por pareja.

El vuelo transcurrió sin incidencias remarcables, salvo una niña caprichosa y un poco ruidosa a la que la madre no logró poner en su sitio hasta unos minutos más tarde. Llegamos a Santiago de Compostela sobre las 10 de la mañana. Tomamos nuestro autobús en dirección al hotel Eurostar San Lázaro (unos 55€ por noche), que estaba a menos de 10 minutos del aeropuerto y a cinco minutos de Santiago. Una vez que dejamos nuestras maletas en el hotel, nos dirigimos de nuevo a la parada de autobús para coger en número 6 en dirección a Santiago. Allí comenzamos por un paseo por el parque de la Alameda.

La primera impresión es la de una ciudad gris, sin balcones (imagina el contraste con mi tierra andaluza, luminosa y de casas abiertas al exterior). En fin, una sensación adocenada, de falta de colorido y vitalidad en las fachadas y en el aspecto general de la ciudad. La parte histórica da la impresion de no haber cambiado en los últimos cinco siglos, lo que te hace sentirte viajando en el tiempo. La gente es sorprendentemente amable y cálida, aparentemente poco estresada y de buen carácter, en todos los lugares de Galicia, sin excepción.

Nuestros primeros pasos los dirigimos hacia la Catedral, la Plaza del Obradoiro se abre impresionante, después de haber pasado por varias plazas cuadradas donde también son llamativas las flores de colores de los árboles que dan sombra a algunas de ellas.

La plaza está rodeada por la fachada del Ayuntamiento, el antiguo hospital de los Reyes Católicos (ahora albergue) y la fachada de la catedral. El interior de la Catedral es un poco decepcionante desde el punto de vista arquitectónico, poco luminosa y da la sensación de haber sido hecha a trozos. Es posible hacer fotos y videos, incluso escuché a un cura dando una bendición en inglés, lo que da idea de la reciente apertura de cara al turismo. Es posible acercarse a tocar la "chepa" del Santo y bajar al lugar donde reposan sus restos, e incluso coger algunas estampas bendecidas.

Las plazas de los alrededores en todo el caso antiguo son similares, una fuente con cuatro chorros, coronada por cristo crucificado, piedra de cantera por todos lados y pequeñas tiendas de objetos turísticos o productos gastronómicos que parecen estancadas en los años sesenta. Incluso los dueños son personas de avanzada edad, pero siempre muy amables. Tuvimos la suerte de disfrutar de un día soleado con poco viento, lo que nos permitió deslizarnos con suavidad por las silenciosas y cosmopolitas callejuelas.

El edificio público en planta más grande de Galicia y posiblemente el tercero de España (recordemos que el primero es el Escorial) está a la izquierda de la Catedral y se llama San Martin de Pinario, consta de caballerizas en la parte baja, hospedería, albergue, museo, etc. Merece la pena visitarlo e imaginar el poderío económico que ciertas órdenes religiosas llegaron a acumular al final de la Edad Media.

Otro aspecto que llama poderosamente la atención es la limpieza de las calles, ni siquiera se ve un clicle pegado en el suelo, algo que contrasta con la mayoría de los espacios públicos en el sur de España.

Para comer elegimos un bar situado entre el casco antiguo y con vistas a la Alameda. El trato fue excelente, así como los vinos, el pulpo, los mejillones, las gambas....etc. Aunque muchos gallegos preferían las mesas de terraza, nosotros preferimos una zona acristalada y regada por el sol en el interior del bar.

Después del largo viaje, el amplio paseo y la bien regada muestra gastronómica, decidimos volver al hotel para echar la típica siesta andaluza. La tarde nos permitió volver a Santiago para terminar de disfrutar de las zonas peatonales y profundizar en nuestra investigación gastronómica de los productos galegos.

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