Diarios de viaje > Provincia de Salta, América del Sur

El chaco salteño

Escribe: AlejaV
5 días. 56 horas de viaje. 5 colectivos. 3 destinos (Salta, Tartagal, Marca Borrada). Incontables anécdotas. Nuevos amigos. Un lugar maravilloso. Una realidad distinta. Un monte lleno de historias. Una marca que llevaré toda mi vida.

 

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En el corazón del monte

Santa Victoria, Argentina — martes, 7 de septiembre de 2010

Sombrero negro, camisa blanca, campera marrón y botas de montar. Un hombre vestía esas prendas y preguntaba por mí en el hotel. Era Lucio Rojas, mi guía en el largo camino hacia Santa Victoria Este y mi anfitrión en su casa en Marca Borrada.

“Así que vos sos Alejandra”
, me dijo con un tono tan amable que me daba vergüenza tratarlo formalmente. Pero no lo tuteé ni un minuto en todo el viaje.

“No vamos solos”, me comentó, y nos adentramos en las afueras de Tartagal para buscar a Modesto Helguero, hermano de Ramón. Ambos cargaron sus instrumentos (bombo y violín) en la parte trasera de la camioneta que estaba rotulada con la leyenda: Marca Borrada, Chaco salteño.

Los muchachos habían estado tocando en un cumpleaños durante el fin de semana y se disponían a dejar atrás los festejos para volver a la rutina del trabajo en el monte.

Lucio me advirtió sobre las condiciones del ríspido camino que teníamos que transitar hasta llegar a Santa Victoria, por lo que se detuvo en un puesto a comprar verduras y luego en un comedor rutero para comprar unos sándwiches y así no pasar el almuerzo de largo.

Despedimos el asfalto para comenzar a andar sobre tierra compactada, y luego sobre un duro ripio. Y así el camino jugaba con nosotros a cambiar de estado y hacernos más difícil o más fácil nuestro recorrido.

Por el contrario, el paisaje permanecía monótono, aunque por momentos la vegetación reverdecía y regalaba otros tonos a los ojos cansados de tanto marrón y amarillo.

Tal como estaba previsto, a los 80 km, paramos para hacer un “piquillín”. La mesa fue el capot de la camioneta, mientras que el comedor sin paredes estaba rodeado por una naturaleza que parecía muerta. A pocos metros de nosotros, dos toros se disputaban lúdicamente su honor y las vacas buscaban algún pasto verde para alimentarse.

Para hacer la digestión, Lucio y Modesto tomaron una gran cantidad de hojas de coca y comenzaron a “coquear”. Para no hacerle desprecio a su ofrecimiento, acepté las cuatro hojitas que me acercó Lucio mientras me decía “sentí el gustito a monte”.  Cómo resistirme, no sólo a ver y a oler, sino también a probar el monte…

El viaje duró unas cuatro horas, tiempo suficiente para obtener algunos datos sobre la zona:

* El departamento Rivadavia tiene una 650 mil hectáreas –principalmente de monte- donde viven criollo e indios chorotes, tobas, wichis.* Sólo las comunidades aborígenes que permanecen en estado primitivo viven de la caza y de la pesca. El resto de los aborígenes ya están insertados en el sistema y se mantienen gracias a los subsidios del estado y las artesanías que producen.* La naturaleza los provee de pescados (sábalo, bagre, dorado, surubí, boga) y de animales para el consumo (conejo, iguana, chivo).* En el monte ya no se encuentran animales salvajes, ya que la caza indiscriminada acabó con muchas especies. Uno de los proyectos de Lucio es comenzar a proyeger la fauna y la flora del lugar y declarar “reserva ecológica” a la mayor cantidad de hectáreas posibles.* La vegetación se compone principalmente de arbustos, palo borracho, zapallo caspi, palo santo y todo tipo de quebracho (colorado, blanco y negro).* La zona es apta para el cultivo de soja, sorgo y maíz.* Hay unos 450 puestos ganaderos con ovejas, vacas, chivas, mulares, gallinas y chanchos. Allí se practica la llamada ganadería de subsistencia. Según Lucio, en la zona hay capacidad para explotar y desarrollar la actividad ganadera, pero no cuentan con un programa especializado para ello.* Muchas de las tierras del chaco salteño fueron vendidas a propietarios privados de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires, Chile, Bolivia e Inglaterra.



Estuve sólo 18 horas en Marca Borrada. No fue suficiente, pero sí intenso…A la mañana siguiente, llegó el colectivo Río Pilcomayo que me llevaría de Santa Victoria Este a Tartagal. Su aspecto parecía no soportar el arduo trajín que nos aguardaba en ese camino de ripio duro y polvo. Adentro, todo estaba cubierto por tierra: los asientos, el piso y la gente que venía desde Bolivia.

Me senté al lado de una ventana abierta que –por casualidad- no se desprendió sobre mi cabeza. No intenté cerrarla, por lo que en pocos kilómetros la mitad de mi cara comenzó a tornarse de un color beige, casi marrón. No era el sol el que quemaba, era el polvo que se pegaba.

Así, con un monte encendido por el fuego del mediodía, comenzaba a guardarme imágenes de toda aquella inmensidad que iba quedando detrás de mí, pensando que quizás esas huellas que borraba el viento a mi paso iban a quedar en la memoria de la tierra y que, algún día, no tan lejano, iba a volver a buscarlas

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