Después de vivir una semana con mi amiga, decidimos (o mejo dicho se lo rogué) ir a Sankt Moritz en la Alta Engadina, en Suiza. Yo quería ir, a pesar de un fuerte resfriado, porque ese era el refugio más importante de mi filósofo, Nietzsche. Además había visto fotos del lugar y me parecía demasiado bueno para creerlo.
¡Esta es la verdadera Suiza!, a la que cantan los poetas, a la que exaltan los viajeros, la que está plagada de esquiadores de todo el mundo... Cuando yo miraba la foto de la casa de Nietzsche en Sils María, me imaginaba esta humilde casita perdida entre montañas, rodeada de pinos gigantes y de riscos salvajes... En realidad, está metida entre dos enormes multifamiliares en una ciudadela bastante modernizada y centro de atractivo turístico. ¡St, Moritz es una ciudad con rascacielos!!! (bueno, multifamiliares muy altos...)
Si Suiza es un país caro, vayan a St Moritz, ¡a ver si esto les parece caro!!! Ciudad cara, presuntuosa, snob... resultado de generaciónes de celebridades que pasaron por sus calles y sus laderas... encantadora, rodeada de lagos de ensueño y austeras montañas, bellísima tanto en verano como en invierno... No puedo más, no hay palabras. Cuando me haga millonaria me mudaré ahí.
Para llegar viajamos en uno de esos famosos trenes panorámicos, en los que el techo es trensparente y puedes ver, con vértigo, las montañas centinelas, escoltando el paso del tren.
Pasamos la Navidad ahí en un lindo hotelito, conocimos la casa de Nietzsche y a la postre, subimos a Corvatsch, a 3000 metros sobre el nivel del mar. ¡Había 19 grados celcius bajo cero afuera!!!! y una neblina que hacía parecer que la tierra se disolvió...
De regreso salió el sol ¡y los paisajes eran indescriptibles!