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En el oscuro Peterburgo
Escribe: analexia
Llegamos un sábado, a eso de las 6 o 7 de la mañana, después de toda la noche de viajar en el tren desde Moscú, un extenso grupo de austriacos y algunos mexicanos, coordinados por Mr. Vladimir....
En el oscuro Peterburgo
San Petersburgo, Rusia — sábado, 2 de agosto de 2008
Llegando a la estación del tren salimos a la calle donde esperaba un autobús con guía de turistas en español, exclusivamente para explicarnos a la banda nacional la historia del Peterburgo. Nos llevaron a varias iglesias, pero la mayor parte del grupo, emocionados con el viaje de noche en tren, habíamos tenido un pésimo sueño y nos quedamos dormidos la mayor parte del tour hasta llegar al río Neva donde hay un barco- museo de la marina soviética.
Después fuimos al museo Hermitage, para el cual sólo dispusimos de cuatro horas, así que lo visitamos como en cámara rápida, viendo los cuadros y esculturas más importantes; quedaban quince minutos antes de que partiera el autobús rumbo al hotel, y la necesidad de ir al baño me condujo hacia una sala donde casi pierdo el habla: ante mí estaba Le Jeune Martyre, de Delacroix, apoyada sobre un caballete frente a la blanca pared del cuarto; los quince minutos los pasé contemplándola, extasiada, después tuve que correr hacia el autobús para evitar que me dejara.
De regreso al hotel, todos iban a ir a un restaurante mexicano llamado la cucharacha, pero mis dos compañeras y yo decidimos no gastar tanto dinero y buscamos otras alternativas, así que tomamos un autobús, quién sabe cómo agarramos el correcto, y llegamos al Nevskii Prospekt, y la casualidad hizo que nos bajáramos justo afuera del Kafe Literaturnoye, el último lugar donde estuvo el célebre poeta Pushkin antes de salir a batirse en el duelo que le quitó la vida, con tal de defender el honor de su esposa, la mujer, según dicen, más bella del Moscú de entonces.
Después de comer algo, caminamos un poco más hacia un complejo cultural que encontramos en una guía de turistas, donde se supone había un café, una especie de sala de conciertos y una galería de arte alternativo. Caminamos y caminamos, alejándonos cada vez más de los enjambres de turistas y acercándonos al San Petersburgo invisible, del cual los lugareños no hablan, cuyas calles Rodia de "Crimen y castigo" recorrió sin cesar hasta encontrar un escondite a lo que robó a la usurera. Doblamos a la derecha después de más de media hora de caminar lejos del centro, en dirección sur.
Encontramos el lugar oculto en una fachada antigua, totalmente descuidada, un lugar frío y amplio, pero nos decidimos a entrar. Decidimos no entrar a donde tocaba la banda debido a la falta de dinero, pero aun así quisimos curiosear por el lugar, donde por un largo pasillo pasamos a otro patio mucho más amplio, con unos grafittis bastante interesantes. Ahí había otra construcción de unos cinco pisos donde pedimos permiso de usar el baño, también lleno de graffittis.
Nos tocó la dicha de visitar la ciudad durante sus noches blancas, así que a las 9 de la noche el cielo seguía tan claro y despejado como si fueran las cuatro de la tarde. Salimos del lugar y caminamos en dirección hacia la casa de Dostoyevskii debido a mi insistencia de ir, aunque no pudiera entrar, sino simplemente estar ahí. Durante los otros veinte minutos de camino el cielo comenzó a poblarse con las nubes más oscuras y pesadas que he visto en mi vida.
En menos de cinco minutos se hizo la oscuridad en una noche blanca, pero el alumbrado público permanecía apagado. Llegamos a la calle que indicaba la dirección pero no veíamos nada, sólo casas viejas y bastante descuidadas, escombros en la esquina, un local de comida uzbeka y una sex shop; para matar el tiempo entramos a la sex shop, preguntándonos dónde había quedado la casa del escritor de "El idiota".
Salimos de nuevo y en un instante miré hacia el otro lado de la calle y mis ojos se encontraron con una placa con un busto, ¡esa era! Un lugar que olía a orines y se veía completamente abandonado, pero ahí nació, ahí escribió, esas paredes vieron el desarrollo de uno de los escritores más impresionantes de todos los tiempos, y ahí estaba yo, tocando la pared, conectándome con el pasado.
Al cabo de un rato decidimos que ya era hora prudente para irnos pues algunos vagabundos comenzaban a decir cosas que no entendíamos y no había ninguna luz, así que caminamos en dirección contraria a la sex shop y para nuestra alegría dimos con la estación del metro Dostoyevskaya. La gente nos veía muy raro, estábamos calladas y totalmente desorientadas, nos paramos a la orilla del riel y le preguntamos discretamente, en un ruso bastante tosco, a una señora. El primer ángel de amabilidad en el Peterburgo, en un perfecto inglés (cosa bastante rara de encontrar en la calle, al menos en Moscú) nos explicó cómo llegar hasta nuestro hotel, el cual estaba después de la última estación de la línea rosa a media hora más en camión. Sin embargo, nos perdimos totalmente en el metro, acabamos en algún cambio de estación que no debimos hacer y terminamos saliendo algo lejos de nuestro destino original.
Al abandonar el edificio del metro descubrimos que el cielo era una masa maligna completamente oscura que empezaba a aventarnos agua cada vez con mayor intensidad. Muertas de frío, cansadas, perdidas y sin dinero pedimos direcciones hasta llegar a la parada del autobús, a pesar de que eran más de las once de la noche teníamos la esperanza de verlo pasar. Unos borrachos y un loco que hablaba solo, gritando cosas en ruso, eran nuestra compañía en la parada del autobús... mientras la noche blanca cada vez se alejaba más del nombre y nos adentraba al corazón del miedo.
Súbitamente llegaron dos señoras, parecía que habían salido de un relato ruso de Afanasiev, con una pañoleta sobre la cabeza y la mirada profunda y alejada; les preguntamos cómo llegar al hotel y nos dijeron que ya no pasaba el camión, pero comenzaron a caminar con nosotras dispuestas a acompañarnos hasta el hotel para que no nos pasara nada. Íbamos caminando cuando pasó el camión, once treinta de la noche, quizás un poco más tarde, y pasó. Las señoras nos subieron, le pidieron al chofer que nos cuidara y que nos bajara llegando cerca del hotel, y nosotras todavía sin entender bien qué pasaba llegamos sanas y salvas. Mis compañeras se fueron a dormir y yo subí al techo a mirar la ciudad, esperando horas hasta que las nubes se abrieran, y entonces el Peterburgo accedió y me tendió la mano, abriendo el cielo para que pudiera admirar la luz y el cielo azul todavía y reluciente a las cuatro de la mañana.
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Últimos comentarios
jhonnyga dice:
Mas fotos! PORFAVOR! ![]()
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Moshha dice:
Siii mas fotos... semejante viaje las merece!!
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buvar dice:
Tu relato me trajo saudade, pense ir este año a Rusia, pero es tan complicado reservar desde Chile, conseguir visado, asi que desistimos. Yo soy igual que tu habria caminado todos SP para ver la casa de Dostoievski. !!Gracias por el relato !!. Maria Eugenia.
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analexia dice:
Listo, más fotos, espero que les gusten, disculpen la mala calidad.
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tetraclinis dice:
La casa de Dostoievski. Me anima tu texto a visitar Rusia. No sé, quizás algún día. Las fotos, seguro que las mejorarás. Gracias por escribir. Antonio Konesa
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pedrosalvador dice:
He andado contigo, por esos callejones oscuros y mal olientes, en la busqueda de tu idolo Ruso. He sentido miedo junto a ti, por los vagabundos y borrachos que te asediaban ,
¡ Que bien lo has contado, chiquilla !.
camaraymicrofonos.blogspot.com/
“ VICHEANDO
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En el oscuro Peterburgo
San Petersburgo, Rusia | 2 de agosto de 2008
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