Al bajar de la avioneta en el minúsculo aeropuerto de San Pedro, lo primero que se piensa es en cómo atravesar la pista hasta la caseta que hace las veces de terminal sin caer en alguno de sus baches.
Conseguido esto, el viajero se encontrará con un cartel que resume el espíritu del encantador pueblecito al que acaba de llegar: «Las leyes de San Pedro: Sin zapatos, sin camisa, sin problemas». Sus calles y la mayoría de sus bares y restaurantes están cubiertos de arena para facilitar el cumplimiento de la primera ley, el calor se encarga de imponer la segunda y sus habitantes siguen a rajatabla la tercera, consiguiendo que el visitante se encuentre en San Pedro como en su casa, con la sensible diferencia de que en su casa, seguramente, no podrá disfrutar de un mar cristalino, de unas increíbles puestas de sol bajo las palmeras al arrullo de las olas que retan al arrecife, ni de una conversación tranquila e inolvidable con alguno de los asiduos parroquianos del imprescindible Tackle Box Bar. Los precios, algo más elevados que en Caye Caulker, y el ambiente, más turístico.