San José del Pacífico, en medio de la magia de las montañas

Escribe: analexia
La travesía comenzó en la ciudad de Oaxaca. El plan original era ir hacia la playa, Mazunte, Zipolite, pero se decidió hacer escala en San José del Pacífico, en medio de la sierra, a casi 3500...

 

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Capítulo 1

San José del Pacífico, en medio de la magia de las montañas

San José del Pacífico, México — sábado, 2 de agosto de 2008

La travesía comenzó en la ciudad de Oaxaca. El plan original era ir hacia la playa, Mazunte, Zipolite, pero se decidió hacer escala en San José del Pacífico, en medio de la sierra, a casi 3500 metros sobre el nivel del mar. Tuvimos que tomar un autobús urbano hasta Miahuatlán y de ahí transbordar para tomar un camión que hacía parada en San José.

El autobús estaba lleno, muchos parados, sentados sobre las maletas, lugareños, gente con costales de comida y jóvenes mochileros, todos esperando a que el chofer arrancara para iniciar la travesía. Desde Miahuatlán hicimos aproximadamente una hora y quince minutos hasta el pueblo: sobre la carretera unas cuantas casas a los lados, alguna tienda, cabañitas, un café internet y sobre todo mucho frío, un viento con ráfagas esporádicas pero intensas.

Dos de mis compañeros habían estado en el pueblo varias veces, así que nos llevaron con Don Leo, donde por 50 pesos la noche nos quedamos seis en una cabaña. Don Leo nos preguntó que quiénes de nosotros íbamos a viajar con hongos por primera vez, tres levantamos la mano, se paró frente a nosotros con las majestuosas montañas de fondo y comenzó a relatarnos de sus viajes, sus experiencias y consejos. Decía que uno debía llegar limpio, sin drogarse ni medicarse con absolutamente nada, que uno debía hablarle al hongo, pedirle permiso a la familia, contarle los problemas personales y estar tranquilo.

Nos comentó que muchas personas que entraban al bosque a viajar aventaban sus teléfonos celulares pues se daban cuenta de que eso no era necesario, y nos recomendó llevar una botella de agua por si alguien se desesperaba. Seguimos al señor para cada uno elegir la familia que iba a ser preparada en té. Esperamos media hora mientras veíamos el cielo limpio, inmenso, y las montañas infinitas. Al cabo de un rato subimos a la cabaña- comedor, donde la esposa de Don Leo nos dio los vasos deshechables con el té, para que nos los pudiéramos llevar al bosque.

El grupo de seis caminamos sobre la carretera, la única calle del pueblo, y luego nos adentramos al bosque bajando una pendiente y caminando hacia un arroyo bellísimo, lleno de árboles que respiraban en sintonía; dos horas después subimos una pendiente y después caminamos por una vereda para subir y sentarnos en lo alto. Desde ahí he visto una de las imágenes más hermosas de toda mi vida: la eterna cadena de montañas, una tras otra, coronadas por el mágico cielo totalmente azul, nubes luminosas, aire puro, todo lleno de vida y de árboles y plantas ancestrales que comparten su existencia en total armonía con los habitantes del monte. Tan alto, tan cerca de las nubes que sientes que casi puedes tocarlas, pasa el tiempo y mientras el Sol se mete empiezan a llover gotas casi invisibles, suaves.

La oscuridad llega al tiempo que baja la neblina, no hay luces fuera de la cabaña, el aire es helado y totalmente fresco. Al día siguiente, después de desayunar deliciosa comida oaxaqueña con un toque totalmente hogareño nos subimos al camión para despedirnos del pueblo mágico. Con o sin viaje de hongos, San José del Pacífico es un lugar que está fuera de esta dimensión, uno de los puntos más altos de la sierra, también caracterizado por sus rituales de temazcal.


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