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Cielito lindo

Escribe: osorojo
El rincón más al Norte de nuestra América. Un lugar entrañable aún antes de llegar. Por su historia, llena de lucha y dignidad, por una cultura fascinante y unos vínculos maravillosos, sobre todo en los oscuros 70 donde México abrió sus puertas a tantos exiliados. Varios ejes a destacar: la capital, un monstruo imponente, altivo y encantador; la magia de San Cristóbal de las Casas; el paraíso playero de Zipolite. En esta intro, sólo ese anticipo. Que lo disfruten!

 

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Aroma a Rebeldía (y esa conexión de la que tanto hablamos)

San Cristóbal de las Casas, México — martes, 23 de marzo de 2010

Apenas pasadas las 9 la terminal de ómnibus de San Cristóbal de las Casas era una realidad incontrastable. La idea, sin mucha idea, era ir al hostel de Hostelling sabiendo que era lo más conocido y con garantías. Pero nos encararon de entrada desde una agencia de tours que también tenían un lugar para hospedarse. Y me tentó. De todos modos, era importante cotejar antes que decir que sí (o que no). Así que llamamos por teléfono al de Hostelling y a otra data más que teníamos para averiguar sus precios de estadía. La resultante desembocó en la aceptación del primer y sorprendente escenario: Hostal Planet, el primer hostel de San Cristóbal de las Casas, ubicado en la calle Cintalapa 6 (en la Colonia Centro), que sólo tenía una cuadra. Taxi gratis hasta allá y luego de esperar unos instantes en la recepción, visitar el patio que sería nuestro lugar de desayuno en las próximas dos jornadas, subimos al 1er piso donde nos alojamos, más precisamente en la habitación número 13. Vale señalar que el valor que abonaríamos reducía un poco más el monto de lo garpado en Zipolite: 220 por noche. Maru se pegó una ducha, dejamos las cosas y salimos a andar, sin ningún tipo de descanso previo. Fuimos hacia una de las peatonales: Real de Guadalupe o Andador guadalupano. Las vibraciones no tardaron en sentirse y la belleza se hacía presente a cada instante. Enseguida nomás ya estábamos como locos queriéndonos comprar todo lo que había en los diferentes lugares (artesanías, libros, ropa, etc.). {Apostilla 1: no debemos olvidarnos que, al menos en mi caso y probablemente en el de Maru, era la última gran ciudad que visitábamos, por eso la "necesidad" de empezar a dotarnos de regalitos y auto-regalitos} {Apostilla 2: ¡qué paradoja! En la ciudad donde el zapatismo, si no es ley, es un gran paradigma teórico-práctico y sus símbolos pueden observarse en diferentes partes, uno termina actuando compulsivamente, guiado por una sed de consumo típicamente capitalista. En la fascinación romántica, el bolsillo se hace un espacio inesperado. "Hoy su cara está en todas las remeras". Pero, ¿quién las vende esas remeras?}.


            Bajamos un cambio y decidimos ir a almorzar. El lugar elegido fue Tierra adentro, un reducto de clara impronta zapatista. Colaboramos monetariamente con la causa al ingresar y luego nos sentamos en una de las mesas, de las más alejadas respecto a la entrada y al mostrador. Grandes y cómodas sillas nos albergaron en nuestro primer mediodía cristobalense. En derredor, se vislumbraba una continuidad con el afuera: puestos de libros, artesanías y demás baratijas para el recuerdo. Maru optó por el camino de la ensalada (de atún, para ser precisos) mientras que el cronista se clavó, en el marco del menú del día, una milanesa de pollo. Detrás nuestro se apostaba el último número de la revista Rebeldía, cuya temática principal abordaba el 16to aniversario de la insurrección del EZLN allá por el 1ro de Enero de 1994, cuando entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio entre México y EEUU. Nos llevamos 5 en total, a repartir entre amistades y para lectura personal. Más recorrida interna, más consumismo, un poco de música guitarrera en la retirada y tras un examen medianamente detallado de los mapas, decidimos encarar hacia una Feria del Libro que se hallaba enfrente de la Facultad de Derecho. En el medio (ya habíamos sido sorprendidos por la mañana) una curiosidad: algunos carteles - artesanales y electrónicos - que indicaban en cada esquina "Ceda el paso al peatón y a un vehículo". Posiblemente lo más curioso no fuera la simpatía del señalamiento, sino su efectivo cumplimiento por el ciudadano móvil de San Cristóbal. El otro episodio previo antes de recorrer la mini-Feria fue el paso por una casa de cambio en donde 200 dólares se transformaron en 2320 pesos mexicanos, lo cual marca un valor de 11,60 para el dólar (pobretón realmente).


            En la Feria no encontramos nada que impactara y nos fuimos con las manos vacías. La pregunta acerca de qué hacer derivó en los intentos de visita a dos museos: el de Trajes Regionales y el de Culturas Populares. Digo intentos, porque ambos se vieron frustrados por diversos motivos: el primero de ellos inauguraba una nueva exposición al día siguiente y se encontraba cerrado hasta ese instante, mientras que el segundo abría sus puertas unas horas más tarde (realmente no recuerdo a qué museo le corresponde cada una de esas mini-historias, pero lo que pasó, en líneas generales, me parece que queda bastante claro). Tras ese rebotín rebotán museológico, volvimos al hostel un rato. La tarde comenzaba a caer y qué mejor que apreciar San Cristóbal desde un mirador. Hacia uno de ellos nos dirigimos, más precisamente al del Cerro de Guadalupe. Escaleras zigzagueantes, templo y cruz en las alturas, contemplaciones globales, un sol que nos ofrece sus últimas caras antes de esconderse, fotografías de alta magia y un descenso acrobático ya casi en penumbras, solamente iluminados por los faroles. Compramos un adaptador para nuestros celulares y con la decisión de ir al Festival de Cine Ambulante 2010, hicimos una parada previa en el Museo del Café, en donde degustamos un exquisito (y muy barato) café chiapaneco aprovechando una promo de 2x1. No hicimos la visita guiada por los salones del sitio, aunque de todos modos pudimos apreciar en las paredes que nos rodeaban una serie de fotografías dedicadas a la mujer, en diferentes facetas. Allí no compramos ninguna bolsita o paquete, pero averiguamos algunos precios de referencia para su realización posterior (en ese o en otro lugar).


            La película que habíamos elegido, dentro de este festival de documentales realizado a lo largo y ancho del país, se intitulaba "Videogramas de una revolución", dirigida por Harun Farocki y Andrei Ujica. La misma abordaba el proceso en el cual cayó Nicolae Ceaucescu, el dictador socialista que gobernó Rumania durante un largo tiempo. La idea de videogramas apunta al rol que jugaron las imágenes en esos días de fervor inusitado y de sensación de fin de ciclo. Qué es lo que se muestra desde la TV oficial, qué es lo que se oculta, cuáles son los "errores" que permiten develar más claramente lo que en verdad estaba pasando, las cámaras aficionadas y su llegada un poco más allá desde diversos ángulos. Asimilándolo a la Argentina, podríamos acordarnos de aquel famoso titular de Clarín, "La crisis causó dos nuevas muertes", tras el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, y el develamiento posterior que ninguna crisis los había matado sino hombres (si se los puede llamar así) de carne y hueso, con órdenes precisas desde muy arriba. El lugar en que la vimos fue el Cine El Puente, ubicado sobre Real de Guadalupe, en una sala pequeña, con sillitas de plástico, pero muy acogedora. A posteriori tampoco había dudas. Era el día del vinito, así que nos dirigimos a "La viña de Bacco", en donde salió el combo vino y tapas. Primero, mesa compartida con dos mexicanas (a las que luego se sumó un chico), luego mesa solo para nosotros dos, pochoclo sí, palomitas también, retrato fotográfico de ese instante de chinchín y una de los mejores momentos del viaje a la hora de la charla, del diálogo, del intercambio de ideas, pensares y sentires. Política, deseos personales y colectivos, amor, academia, trabajo, presente, futuro, la vida misma.


El frío había aparecido en nuestro viaje. Nocturnamente, la temperatura aquí desciende unos buenos grados y, sobre todo, quien escribe no estaba muy abrigado que digamos. Así que el regreso al hostel fue al trotecito y tiritando. Primer día en San Cristóbal y se venía la primera noche. Tapados abundantemente, opiniones jocosas sobre cantidad y calidad del sexo, una dosis de Rebeldía y otra de García Linera para el cronista, estiramiento de mano derecha para apagar la luz sin levantarme y con un abrazo de osos necesario e inestimable se cerraba el capítulo inicial de una ciudad que no se andaba con chiquitas a la hora de sobresaltar los espíritus.

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Últimos comentarios

martindaco dice:
Cual era la protesta, jaja, (lo digo por lo de la sentada)
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