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Orixas, batucada y litoral
Escribe: ropavieja
Abro mi boca seca… el sol abrasa mis párpados. Me proponen asistir a un ritual de candomblé, cánticos en lengua yoruba, culto de los orixás, ritos del continente negro, con rigurosos vestidos blancos, tiene cierta semejanza con la santería en Cuba,
Orixas, batucada y litoral
Salvador de Bahia, Brasil — martes, 1 de marzo de 2011
Apenas hay turismo, ni tan siquiera en el centro histórico conocido como Pelourinho. Sobre las 17,30 horas ya es noche cerrada. Así que tomo nota de esto, hay que acostarse temprano y madrugar. A las seis de la mañana ya estoy en marcha. Es domingo, casi todo está cerrado… después de caminar más de cinco kilómetros, consigo alcanzar la zona alta de la capital del Estado de Bahía, hay que decir que esta región es más grande que Francia. Me encuentro con multitud de iglesias en plena celebración, los bahíanos presumen de tener más de trescientos templos, uno para cada día del año, me comentan. Entro en uno, los feligreses se encuentran en pleno éxtasis, sugestionados… cantan, bailan, se besan, gritan, y le piden a un ser superior los milagros más imposibles de satisfacer.
Pelourinho, es un barrio colonial de arquitectura portuguesa. Me siento embriagado por una multitud de olores mezclados que suben desde el mar. Los colores pastel de las fachadas me alegran la vista. Voy memorizando los itinerarios y horarios de los transportes públicos, deberé utilizarlos a partir de ya, ando sin control, me encuentro con los mercadillos vacíos. No quiero dejar de visitar el otro Salvador… el de la oscuridad, el las miradas incisivas, el de los niños de la calle, si me dejan, claro; pronto se presenta una oportunidad, alguien me advierte que no siga por esa calle que se dirige hacia el puerto, se encuentra en la parte baja, un pequeño barrio con sus casas medio derruidas, una zona muy degradada, dudo, ante la advertencia estoy por volver sobre mis pasos al ver aquel falso plató de cine en el que parece se va a rodar una película de terror; es una zona muerta… Al fin me decido y bajo sin percance alguno, pero con un subidón de adrenalina muy estimulante. Algunas miradas esquizofrénicas me persiguen hasta que me pierdo entre el tráfico rodado de la ciudad más habitable.
Aprovecho para remojarme los pies en una pequeña cala en la orilla marina, está muy sucia, los brasileños prescinden de la educación medioambiental, el litoral lo utilizan de vertedero, el gobierno ha tomado conciencia de este grave problema e intenta traspasarla a sus ciudadanos en intensas campañas educacionales. Dejo mi cansancio entre las olas del océano Atlántico. Al fin consigo cambiar algo de dinero a un cambista en la calle, contra todo consejo, pero las casas de cambio de divisas me las encuentro todas cerradas.
A las 16 horas llaman a la puerta de mi habitación para limpiarla, ya es demasiado tarde para eso, continuo con mi siesta. En el Faro de Barra, muy cerca de donde me encuentro, durante los días con puesta de sol, o sea, siempre, se produce un acontecimiento social: en la misma punta del Morro se apelotona el personal para esperar que el astro desaparezca. Mientras, actores improvisados arrojan sus párrafos al público, vendedores ambulantes ofrecen agua de coco, cerveza del país y algo parecido al maíz asado en unas ascuas portátiles. Las parejas de enamorados realizan así un ritual, donde quizá, lo de menos importancia es precisamente la puesta sol. Tengo hambre, fame diría un brasileño, al medio día solo ingerí un bocadillo de fiambre, sin dudar me siento en una terraza del paseo marítimo a comer con cuchillo y tenedor. Las playas pegadas al paseo están iluminadas, esto permite que los noctámbulos hagan deporte, se bañen, pesquen, festejen…, he podido descubrir actividades deportivas que no existían nunca antes para mí.
Antes de las ocho de la mañana ya estoy haciendo fila para subir al barco que me llevará hasta la isla de Itaparica. Horas antes ha caído sobre Salvador un fuerte chaparrón tropical, estamos en otoño, ya lo dije antes; que todo se quede ahí. La travesía hasta la isla me lleva una hora. Un trozo de tierra situado en la Bahía de Todos lo Santos. Quince minutos antes de llegar, vuelve a llover, la gran barcaza comienza a balancearse, parece que va a volcar en cualquier momento, los empleados de la embarcación se deben emplear a fondo para extender unos toldos y evitar así que penetre el agua al interior de la misma.
Una vez en tierra, realizo un treking introduciéndome en la selva tropical que se extiende sobre la isla, más tarde, me dirijo hacia la playa, camino durante tres horas hasta una pequeña población pesquera aislada entre el mar y el bosque. Mi piel ya está tomando un peligroso color rojizo. Playas paradisíacas, aunque en algunas zonas algo sucias, veo pequeñas casas dedicadas al turismo en total abandono, casi derruidas, ¿dónde están los vecinos?, tan apenas alcanzo a ver a algún pescador de camarones armado con su red. Consigo encontrar un pequeño bar para tomar una cerveza, mientras, al fondo en el horizonte observo como una tormenta se agarra al sky line de Salvador de Bahía, volverá a llenar de agua sus calles y charcos aún rebosantes del aguacero anterior. Veo varios cargueros cruzando la bahía en el horizonte de la ciudad. Es extraordinario que una isla de estas características, situada tan cerca de un monstruo de ciudad como Salvador, haya sabido resistir a la depredación urbanística, al tentador turismo de masas en busca de tranquilidad, y a tan solo media hora de Salvador, con sus imponentes rascacielos amenazándola. El regreso va a resultar muy parecido, el barco parece una atracción de feria balanceándose de proa a popa y de estribor a babor. Algunas mujeres embarazadas necesitan de algún cuidado, demasiado movimiento para ellas. Un adolescente…, vendedor ambulante de caramelos y otras golosinas, al descender del barco se le cayó al agua la caja que portaba, pude leer en su mirada un deseo…: no le hubiera importado nada haber seguido el camino de su humilde mercancía… el fondo de las aceitosas aguas del puerto; ese accidente significaba su gran ruina.
Llegó el atardecer a Pelourinho, ya lo conocía, pero con todos los comercios cerrados y sin ciudadanos. Todo ha dado un giro de ciento ochenta grados. Hasta las campanas de las iglesias están tocando. Veo muchos vendedores ambulantes de artesanía y pícaros en busca de incautos turistas. Existe mucha oferta de restaurantes de distintas calidades, también representaciones musicales para la noche, bailes de samba y batucadas varias, entre otras percusiones. Asciendo en el popular elevador de Lacerda y visito el museo dedicado al insigne escritor Javier Amado, en sus libros habla sobre las prostitutas, truhanes, trileros, chiquillos de la calle, sacamuelas… y los tenderos portugueses, personajes de su barrio, tan magníficamente descritos. Un autobús me devuelve al hotel. Mi piel enrojecida por el sol me duele, debo aplicarle una crema para aliviarme. Abro mi boca seca… el sol abrasa mis párpados. Me proponen asistir a un ritual de candomblé, cánticos en lengua yoruba, culto de los orixás, ritos del continente negro, con rigurosos vestidos blancos, tiene cierta semejanza con la santería en Cuba, pero me hace sospechar que es algo preparado para turistas. Existen algunos actos de este tipo que son auténticos, pero saber de ellos no es fácil, hay que estar algo introducido en ese mundillo tan cerrado. Si los predican o te lo pasan al oído así como así, tiene muchas papeletas de ser falso.
Me encuentro bastante vital, después de un extenso desayuno, con zumo de maracuyá incluido, me lanzo hacia una gran caminata en dirección de las playas más abiertas al océano, la de Itapua puede ser mi meta, en ella se encuentra un gran faro. La suave brisa de la mañana me ayuda, pero casi no llego, más de quince kilómetros, casi cuatro horas bajo un sol exterminador, empezaba a acusar el cansancio. Ignoraba…, debía haberlo supuesto, en algunos tramos se debe caminar por dentro del casco urbano, algunas partes de la costa las han privatizado para centros deportivos y clubes sociales de gran abolengo, incluso existe algún cuartel militar. Después de insistir varias veces, interrogando a los transeúntes que me salen al paso, consigo averiguar la forma de regresar en transporte público; mis piernas… y mí irritada piel no me permiten dar un paso más. Un apunte: casi todos los brasileños calzan chancletas de goma, un pantalón corto y una camiseta, es el atuendo para todo el año.
Me aventuro en un viaje sobre un catamarán al Morro de Sao Paulo, cualquier marinero con sentido común no hubiera permitido ese embarque con cien personas a bordo durante dos horas y media en un mar embravecido. La mayoría acabaron sacando afuera el desayuno o la borrachera de la noche pasada, los distintos olores se mezclaban por la sala del barco formando un cóctel pestilente, predominando la caipirinha y el café con leche. Resultó ser un viaje rápido, eso sí… en un barco tradicional la duración podría haber sido de cuatro o cinco horas.
La isla se merece todo, no solo por las pequeñas calles de arena, con multitud de posadas, comercios y restaurantes llenos de color, muy integrados en el paisaje que los rodea… mar, bosque tropical lleno de cocoteros y otros árboles selváticos, también por las exóticas e interminables playas salvajes, en un entorno de postal, con el mar tranquilo, teñido de verde y azul. Mi pequeñez resalta ante esa exuberante naturaleza. Este paisaje me trajo recuerdos de Livingstón en Guatemala con su vida nocturna relajada y distendida. Aún pude bañarme en una de esas playas desiertas, muy alejada de la población antes citada. Ir solo resulta algo complicado… no se puede nadar y guardar la ropa. En cualquier momento sale un descuidero de entre una hamaca o un cocotero y te deja sin nada que ponerte y en una total soledad, por desgracia algo muy común por estos lares. El dinero de papel brasileño se puede mojar sin que éste se estropee, y… me pregunto: ¿estará pensado y hecho de esta forma para poder bañarse con él sin arruinarlo? Al desembarcar en la isla cobran una tasa, y… al salir ¡otra!, con dos…sin perjuicios. ¿Quién da más?
He podido percibir que estos lugares son muy frecuentados por los argentinos, pues están relativamente cerca. Me advierten de que hoy es feriado en Brasil, mi intención era subir a Pelourinho en el ascensor, pero sucede que al ser festivo está todo cerrado y toda la zona se convierte en algo muy peligroso, los depredadores merodean a los escasos visitantes. Me invade una extraña sensación…Una pareja de argentinos que he conocido en el barco me proponen llevarme hasta mi hotel, acepto sin dudar. Esta pareja está disfrutando de unos días de vacaciones por prescripción médica. Su estrés, su carga mental era tal que estaban al borde del abismo, un médico inteligente si señor.
Existe algo contradictorio en Brasil, pasearse por sus playas con minúsculos tangas, casi imperceptibles, no tiene mayor importancia, es algo muy natural, pero… el toples se considera algo indecente. He leído en algún sitio que aquí los líquidos se transpiran, sin necesidad de llegar a orinarlos.
La ONU ha declarado Patrimonio de la Humanidad una parte del centro histórico de Salvador, pero sucede lo que en miles de lugares en el mundo, sus propietarios abandonan esas casas porque mantenerlas respetando su originalidad e idiosincrasia resulta carísimo, simplemente no pueden hacerlo en muchos de los casos, y al no contar con ayudas económicas, estos históricos edificios se derrumban y desaparecen con el paso de los años. Así se pierden verdaderos tesoros. Conclusión: declarar Patrimonio de la Humanidad a alguna propiedad privada supone casi con toda seguridad firmar una sentencia de muerte.
Hoy si me paro…, solo me moveré desde mi cama hasta una tumbona en la playa de enfrente, descansaré y me pondré al día en mis escritos. Ya comienzo a olvidar detalles. Ante mí… como si de un escenario teatral se tratara, desfilan vendedores de cerveza, refrescos, sombreros, helados, collares, zumos, vestidos, ONGs, rastafaris, macarras de playa, alfombras, ensaladas, té, cuadros, masajes, cacahuetes, pescado… Queda poco tiempo, aprovecho la noche para asistir a un espectáculo de batucada, en una especie de corrala madrileña. Una plaza entoldada sirve de escenario para un numeroso grupo de percusionistas, toda una exaltación de fiebre brasileña; ni siquiera… un intenso aguacero tropical consigue apagar el fuego que allí se ha originado.
El agua corta la salida de Pelourinho, y deja de funcionar el transporte. Es tarde, noche cerrada, por lo que decido pasarla en un pequeño hotel. Tan apenas duermo, hay demasiados ruidos penetrando por mi ventana y la luz solar enseguida invade mi cuarto, las paredes están decoradas con inscripciones chinas en todos lo colores. No solo ha sido la lluvia la que me ha impedido salir de Pelourinho, para poder acceder a la parte baja de la ciudad hay que atravesar una serie de calles muy degradadas y en completa oscuridad, una zona peligrosa. Hay multitud de personas durmiendo en las aceras y demasiadas miradas turbadoras, desafiantes, mi límite de asumir riesgos ya lo estoy sobrepasando, así que ha sido una buena idea pernoctar aquí, mañana la luz diurna me protegerá. Salgo de allí muy temprano. En una playa de Barra me duermo como un niño bajo una sombra, hoy va a ser un día de relax, ya queda poco…
Con un par de horas recostado sobre el malecón, en cualquier punto de la ciudad, se puede hacer una radiografía muy fiel sobre el país, de una gran parte de esta inmensa nación, claro… Brasil… un país emergente, de grandes…, abismales diferencias sociales. Hasta la misma iglesia católica está dividida en dos, la de los ricos y la de los pobres, la de los multimillonarios con pequeños “ejércitos” privados y la de los moradores de las favelas. El país mantiene el record mundial en desigualdades.
Quiero destacar el importante avance que han hecho sobre protección de la naturaleza, en la creación de distintos proyectos ecológicos. Durante el traslado hacia el aeropuerto para regresar a mi país. Pude observar las dunas, de importante relieve y que se encuentran pegadas a la playa, en el litoral abierto al Atlántico, el trabajo que están realizando con las tortugas es importantísimo…, tan perseguidas tiempos atrás. El país con más biodiversidad del planeta.
Y la selva pegada a la costa, llamada Mata Atlántica, con veinte mil tipos diferentes de árboles, novecientos tipos distintos de aves y cincuenta kilómetros de playas.
Esta ha sido mi primera visita a Brasil, a menudo, suele suceder con muchos países, sirve para romper tópicos fabricados en el tiempo que no dicen mucho de lo autentico, lo verdadero que caracteriza a cada nación. Brasil se identifica con el sexo fácil, el fútbol, los carnavales. Por cierto… el carnaval de Salvador es el menos ostentoso, del todo sincrético, espontáneo, anárquico y disparatado. Parece una ciudad gastada de tan vivida
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Últimos comentarios
buvar dice:
Muy bueno tu diario Juan, solo discrepo con el final del diario, aquello del lugar común que Brasil se identifica "con el sexo fácil, el fútbol y los carnavales", creo que hay un segmento grande de gente que identifica a Brasil con otras cosas, por ejemplo la amazonía, la música, las playas virgenes. No se... en lo particular cuando yo escucho hablar de Brasil, lo primero que me viene a la mente es el Mato Grosso, el pantanal, la inabarcable flora y fauna.
Será porque tiendo a identificar a Brasil, más con Darcy Ribeiro, que con Pelé?
Publicado
ropavieja dice:
Maria, quizá me expresé mal en mi relato, precisamente quiero decir todo lo contrario, estoy de acuerdo contigo.
Publicado
Asturiana dice:
!Que buen comentario! es mi próximo destino Sao Paulo y algo mas que aún no tengo decidido, gracias por compartirlo.
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ropavieja dice:
Que tengas un lindo viaje. Salud.
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Quela dice:
Como siempre, fantástico diario. Un abrazo desde Madrid.
Publicado
ropavieja dice:
Gracias Raquel. Otro abrazo.
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marieldc69 dice:
Lidísimo!! Muy bueno tu diario!! Es un placer leerte!! Y si, los argentinos veranean mucho en el Brasil, y también estoy de acuerdo en que decir Brasil es decir "sexo fácil, fútbol y carnavales" a lo que yo le agregaria "playas", ya que tiene millones y todas muy lindas, las hay turísticas y las hay más tranquilas. Totalmente acertado!!
Hoy, una gran potencia en desarrollo.
Desde Argentina, un gran abrazo!!
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ropavieja dice:
Gracias por tu comentario, Mariel. Saludos.
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Silvinita dice:
Muchos argentinos veranean en Brasil y muchos brasileños vienen de vacaciones a la Argentina todo el año! Me encantó tu nota, como siempre. Saludos!
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Orixas, batucada y litoral
Salvador de Bahia, Brasil | 1 de marzo de 2011
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