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Hombres, dioses y tumbas
Escribe: ropavieja
Este lugar es de origen mameluco, aquí edificaron inmensos mausoleos, era algo más que simples tumbas; también estaban destinadas al entretenimiento, parece ser que lo copiaron de la época de los faraones, en la que la gente iba a merendar a los cementerios. Ahora son tumbas-casa, las lápidas sirven de mesa y entre ellas cuelga la ropa tendida al sol filtrado por la espesa nube de la contaminación, muchas de ellas están abandonadas, caminar por esas calles produce una sensación extraña
Hombres, dioses y tumbas
Sahara, Egipto — viernes, 9 de diciembre de 2011
A través de la ventana ovalada de mi avión advierto un ocaso perfecto sobre el lago Nasser, casi un mar interior. Son las 5 de la tarde y se hace de noche. Tramito el visado y en un momento estoy circulando por las turísticas calles de Aswan. A la derecha abundan los hoteles siguiendo la arquitectura de los antiguos egipcios, a la izquierda, barcos fluviales limitados a la navegación por el Nilo, en busca de templos y pirámides, ejerciendo también de hoteles. Todo sirve para almacenar a las coloristas ordas turísticas que invaden Egipto durante todos los días del año, ahora en invierno si cabe todavía más, es temporada alta hablando en términos turísticos, las temperaturas son más soportables, lejos de los cuarenta y cincuenta grados de los meses de julio y agosto.
Estos barcos compiten entre sí en servicios y lujos sibaritas, copias de aquellas pomposas embarcaciones organizadas por los privilegiados y millonarios viajeros egipcios. Los primeros oligarcas tras la independencia de Gran Bretaña.
Después de la cena compuesta de gastronomía cercana a la italiana me voy a dormir. Sobre las 2 de la madrugada debo levantarme para viajar por carretera hacia Abu Simbel. Llevo dos noches en las que apenas duermo dos o tres horas. Debo exprimir al máximo los nueve días que voy a permanecer en Egipto.
Un café a esta inhumana hora y me incorporo a la caravana de vehículos militarizada en dirección de Abu Simbel. En los años pasados se produjeron algunos atentados dirigidos a los turistas intentando sabotear la principal fuente de ingresos en este país: el turismo.
El desierto líbico a la derecha, el Nilo a la izquierda y una carretera en buenas condiciones. Tres horas después llego a los templos. Ramses II, faraón y dios viviente con su amada preferida Nefertari, fueron los motivos por los que fueron construidos. Los dos fueron trasladados piedra a piedra a un lugar más alto doscientos metros más allá de las aguas del lago, del gran pantano que se estaba formando a causa de la gran presa de Aswan. Aún con todo, los templos tienen un futuro incierto, las aguas y la humedad, tan cercanas, están minando sus cimientos, su estructura.
Puedo observar que entre los numerosos grupos de turistas circulan civiles armados con un subfusil ametrallador colgado del hombro. Los egipcios son conscientes que se juegan mucho si vuelve la inseguridad.
Abu Simbel se encuentra a unos pocos kilómetros de la frontera con Sudán, de hecho el lago Nasser penetra más de cien kilómetros en territorio sudanés. La carretera que lleva a Darfur, la capital del país vecino, se le llama: “camino hacia una muerte polvorienta”, a causa del intenso calor.
Durante el viaje por carretera a los templos noté cierta desorganización en la comitiva de vehículos; pero la vuelta fue todavía más caótica. Sinceramente pensé que si alguien hubiera tenido malos pensamientos hacia la caravana, le hubiera resultado muy fácil atentar contra la expedición.
Realizamos una parada para visitar la presa de Aswan, otro proyecto faraónico, aunque este moderno. Esta obra cambió por completo el país. Egipto no disponía de ningún tipo de energía, ahora incluso la exporta a otras naciones. También la agricultura se transformó, sobre todo en el desierto, el norte del país es un autentico vergel. Claro que las aguas pantanosas inundaron casi todo el territorio nubio, decenas de poblaciones, sus fértiles tierras y muchos templos faraónicos.
Otra parada más antes de llegar al barco-hotel, esta vez para realizar una pequeña travesía en falúa por el Nilo y conocer así el río desde su cauce, sus islas, la fauna, las dunas... nada más comer, el barco inicia su andadura río abajo hasta Luxor.
Desierto, arena, oasis..., aprovecho el tiempo disfrutando de estos parajes y escribiendo, la cubierta del barco me ofrece una estupenda cobertura para esto. La temperatura no puede ser mejor, un poco de calor al mediodía y algo de fresco al ponerse el sol, muy lejos de los cuarenta grados y más en los meses de verano, un verdadero infierno, un país irrespirable.
Atracamos en el puerto fluvial de Kom Ombo (montaña de oro), son las 5 de la tarde y ya casi anochece. En este lugar se encuentra el templo con el mismo nombre, construido en época de los griegos, el cual se dedicó a un dios malo: Sobek, y un dios bueno: Haroeris. Las figuras, glifos, jeroglíficos y símbolos lo llenan todo. Me siento algo agobiado por la marea de visitantes que han desembarcado en la misma hora, a la salida del templo todo va en aumento, los vendedores ambulantes me acosan con sus turbantes, chilabas, pulseras... La verdad que los precios son muy bajos, pero no necesito nada de esa mercancía. A las 6 de la tarde iniciamos otra vez la navegación, esta vez hasta Edfu.
Desde luego que los egipcios saben cuidar la gallina de los huevos de oro, me refiero a que están muy organizados y son escrupulosos en su trabajo diario con los turistas y viajeros de todo pelaje que traspasan las fronteras de este país milenario. Observo muchos visitantes indios, coreanos y japoneses. Apenas si hay europeos.
El barco suelta amarras en medio de las llamadas a la oración que se emiten desde el muecín. Sonidos árabes, musulmanes, inmersos en su obediencia, una pausa en el trabajo, todo se neutraliza por unos minutos. En el aire flotan los sonidos de las sirenas de una docena de barcos separándose del puerto, los gritos de los tripulantes, el ruido de las máquinas, de los cables de acero. Focos, luces, olor a carburante, a río...
Todo se hace rápido..., despertarse, un café y subirse a un colectivo para visitar el templo dedicado a Horus, el dios de la cabeza de halcón, el mejor conservado de Egipto y el segundo más grande. Sus muros repletos de bajo relieves representan diversos motivos sobre la vida del antiguo Egipto.
Me hubiera gustado callejear por esta pequeña ciudad llamada Edfú y mezclarme con sus habitantes, debo resaltar la importante cantidad de caballos que circulan por sus vías urbanas.
El barco motonave vuelve a iniciar su singladura, son las 8 de la mañana, hace algo de frío, en unas horas alcanzaremos la esclusa de Esna para salvarla.
Tumbado sobre la cama de mi camarote observo el río y otros barcos en busca de las maravillas de Egipto.
Infinitos ruidos me despiertan. Una ciudad loca. Parece grande, su bullicioso tráfico lo certifica. Un grupo de niños se arroja al agua ante la llegada a puerto de nuestro barco pidiendo a gritos alguna moneda, si alguien arroja alguna recogen antes de que se hunda en el fondo del río; se someten a un fuerte riesgo, las hélices del barco no están demasiado lejos. Salvamos un desnivel de unos doce metros a través de la esclusa para continuar viaje hacia Luxor.
Una tormenta de arena a gran altura deja apagado el sol, un manto nebuloso impide que sus rayos lo traspasen. Se crea un momento especial, de esos que se repiten muy pocas veces. En las orillas del río se suceden pequeñas construcciones de adobe, algunas casas de dos o tres plantas a medio acabar. Hombres y niños con chilaba, muy sucios... La vegetación es importante, sobre todo se compone de palmeras y arbustos, terreno ganado al desierto con la gran ayuda del Nilo. Mítico río.
Es la hora del té, una costumbre adquirida en tiempos de los ingleses, la verdad que no quedan muchas señales de este país colonizador, los egipcios cuando se acuerdan de ellos es para denostarlos y reprocharles el continuo saqueo al que sometieron los templos y tumbas. Solo hay que visitar el British Museum en Londres para percatarse de lo que afirmo. Medio Egipto se encuentra en sus salones.
Desciendo del barco para visitar Luxor; oscurece enseguida pero aún se pueden divisar en la lejanía los templos de Karnak que visitaré mañana. Me interno en la ciudad, es buena hora y está muy animada. Los cafés rebosan de hombres fumando el narguile mientras juegan al dominó, también hay algunas mujeres con pañuelo en la cabeza. Mientras recorro el mercado me entran unas ganas imperiosas de vaciar mi vejiga, entro en un recinto que resulta ser una iglesia copta en plena celebración de un ritual religioso, sale a mi encuentro un amable señor que me indica un servicio en un local anexo al edificio religioso. Mi relajo es total.
Comienzo la jornada visitando la necrópolis de Tebas, el Valle de los Reyes y las tumbas de los faraones, el templo de Medinat Habu y los colosos Memmon. Aquí se encuentra el conjunto monumental más grandioso de la antigüedad: los majestuosos templos de Karnak y Luxor. Es cierto que difícilmente se puede encontrar en el mundo algo que lo iguale, pero mi saturación de piedras está en su máximo exponente.
Continuamente se están descubriendo ruinas, tumbas, esfinges. Se afirma que debe haber aún mucho por descubrir. Una ingente tarea de esfuerzo y dinero para recuperar todo lo enterrado por el paso del tiempo.
¿Guardianes o ladrones?, en las cercanías de Luxor existen barracas de barro donde viven grupos de egipcios, estos son acusados de robar en las tumbas, pero ellos se defienden afirmando que gracias a su presencia, los ladrones no se atreven a acercarse a las tumbas. El caso es que el gobierno los va a retirar de allí.
De regreso al barco me llevo una desagradable sorpresa, no está dónde lo había dejado, lo movieron sin previo aviso, estaba atracado en otro lugar del puerto. No estoy para incidentes de ningún tipo, enseguida debo recuperar mis cosas y salir para el aeropuerto, a la noche debo estar en El Cairo. Pero todavía queda algo de tiempo, decido subir a la cubierta del barco, tres pisos más arriba y me recuesto sobre una hamaca, estoy así durante un buen rato, hasta que los rayos solares dejan de calentarme, el sol ya está muy bajo, hace frío. Detrás de mí, al otro lado de paseo se encuentra el Palacio de Invierno y enfrente... todavía bañadas por unos tímidos rayos solares... las montañas del Valle de los Reyes.
El CAIRO
El frío y el viento se apoderan de la ciudad. Sus veinticinco millones de habitantes tiritan, no es muy normal esta temperatura a pesar de ser invierno. Ya es muy tarde cuando llego a un céntrico hotel pegado al Nilo. Un hotel grandioso y muy bullicioso con más de ochocientas habitaciones repartidas en casi cuarenta plantas. Lo elijo para poder moverme con facilidad por la ciudad sin usar demasiados transportes.
Sin cenar me abrazo a mi enorme cama, estoy cansado. Afuera la ciudad bulle, hierve; el tráfico, el ruido, la polución es incontrolable. Una urbe que ocupa uno de los primeros lugares del mundo. Casi un tercio de la población de Egipto vive en la capital. Decenas de miles de mezquitas, cuarenta mil cafés, estos datos dicen mucho de su magnitud. Una capital poderosa, donde el aire es sucio e insano, respirarlo equivale a fumar un paquete de cigarrillos al día. Un millón de vehículos mal conservados atestan las calles. Las furgonetas compiten con los burros en el tráfico rodado. Las deterioradas infraestructuras de la ciudad no soportan tanta demanda. Las fachadas medievales que flanquean las calles están muy deterioradas.
Madrugo para llegar sin demasiados agobios al conjunto monumental de Gizeh, ahí están las pirámides de Keops, Kefren y Micerinos, la Esfinge y el templo del valle de Kefrén. Es un día extraño, frío y ventoso. Has podido ver miles de fotos de estas pirámides, pero conocerlas in situ, tocarlas y penetrar en sus interiores es algo verdaderamente sorprendente. Existen muchas leyendas y teorías sobre su construcción, no voy a entrar en eso; tampoco en los efectos varios que ejercen sobre nosotros. Penetré en el interior de una de ellas y pude apreciar como los visitantes esperaban algo extraordinario, algo así como energías y emociones paranormales. Nada de eso debemos esperar y si alguien se siente extraño, diferente, solo se puede achacar a la autogestión.
Las pirámides para los cairotas solo son símbolos. Un recurso turístico, lo importante para ellos son los cafés y las mezquitas. Pero no quiero seguir hablando de pirámides..., hay miles de publicaciones que hablan de ellas, o con tan solo clic en Internet es suficiente para ahogarse de información. Hay un momento del día que son miles las personas que circulan por sus alrededores, muchas de ellas son visitantes nacionales, en su mayoría escolares de distintas edades. El turismo masivo amenaza a las construcciones milenarias. Hay que destacar algo: la Esfinge sufre del cáncer de las piedras y está siendo devorada desde su interior. De vuelta al centro de la ciudad me quedo atrapado en un enorme atasco, es algo común, los coches ya no caben en las calles.
Me dirijo a la estación de trenes, necesito obtener un billete para mañana a la histórica ciudad de Alejandría, al norte del país, en la costa mediterránea. Un lugar famoso por su antigua biblioteca, desaparecida en un incendio, fue una gran perdida para el mundo. Una ciudad que mantuvo una intensa relación con Cleopatra. La estación ferroviaria está en obras, toda ella desmantelada, a pesar de ello sigue milagrosamente funcionando, me resulta casi imposible adquirir mis billetes, averiguar los horarios y el andén de salida.
Al atardecer me acerco hasta el mercado de El Khalili, un zoco típico árabe, interminable y rodeado de mezquitas. Dicen que aquí se encuentran los mejores charlatanes del mundo. No existen apenas semáforos y los pasos de cebra no son respetados nunca, por lo que cruzar las amplias avenidas o una simple calle se convierte en una ruleta rusa. Te la juegas, te sometes a un alto riesgo al puedes ser atropellado por un taxi alocado o un bus desvencijado. Anoche a la llegada al hotel pude ver un accidente, todos los días mueren varias personas de esta forma. Un tributo que deben pagar todos los ciudadanos cairotas, consecuencia de una nula y fracasada planificación de la movilidad. Sobre las pequeñas y pobladas azoteas vuelan bandadas de oscuros pájaros azorados.
6 de la mañana, persiste el viento y el frío. Está algo nublado. Para asegurarme la llegada a la estación ferroviaria, tomo un taxi, el resultado es todo lo contrario. En estas latitudes, los taxistas son los más pícaros y mafiosos del mundo. Debo utilizar dos taxis, el primero me engaña vilmente y me lleva a otro lugar, lejos de la terminal de trenes. Antes de subir al vehículo se debe negociar el importe y apuntarlo en un papel delante de el chofer, esto es importante por que al final cambian el precio e intentan cobrarte más de lo pactado. Hay que estar discutiendo y peleando todo el día con ellos.
Tres horas más tarde, el tren me deja en la estación central de Alejandría, luego el autobús urbano me acercará hasta la biblioteca, en la Corniche, mirando al mar. Un edificio de arquitectura moderna que nada tiene que ver con la que se extinguió en el incendio hace cientos de años. Ignoro si será siempre así, hay cientos de escolares visitándola. Todavía faltan muchos volúmenes para llenar sus estanterías. Se quiere alcanzar la cifra de ocho millones de libros. Su interior es funcional y muy acogedor. En los pisos bajos y en el sótano hay montadas varias exposiciones de escultura y pintura. Hay algo que me llama la atención, existe una sala dedicada al asesinado presidente Sadat, este líder egipcio cayó muerto a causa de los disparos de un soldado que se salió de la formación militar que desfilaba frente a él. Estos hechos causaron una verdadera catarsis en el país. El traje que llevaba ese día está expuesto en la sala que cito, luce el agujero que le produjo la bala y la sangre del presidente.
Salgo de la biblioteca para llegar caminando hasta la fortaleza al final de la Corniche, bueno... el último tramo lo hago montado en un coche de caballos. Adolescentes de ambos sexos me paran para saludarme o para hacerse algunas fotos conmigo, no es muy frecuente para estos estudiantes ver extranjeros.
Las últimas horas de la tarde, antes de volver a coger el tren de vuelta a El Cairo las dedico a recorrer el “patio trasero” de la ciudad, algunas monumentales mezquitas y un mercado de frutas, verduras y animales domésticos. La suciedad, la falta de mantenimiento de los edificios y calles es lo que reina, hay momentos que el hedor es insoportable al atravesar montones de basura y escombros. Sin embargo la seguridad es total, ya lo he afirmado otras veces, en los países musulmanes la delincuencia se castiga severamente. La dejadez y el abandono se hacen más patentes conforme me voy adentrando hacia el interior de la ciudad.
El Cairo otra vez, el tren rueda por la estación hasta una vía muerta. Una nube de taxistas me asalta ofreciéndome sus servicios, pero ya he decidido ir caminando hasta el hotel. Ya lo sé, hay que armarse de mucho valor para cruzar estas vías urbanas, las aceras no existen o están impracticables a causa de los objetos de todo tipo que vas encontrando en ellas.
La polución convertida en un manto de niebla no me deja ver los edificios que tengo enfrente, miles y miles de vehículos taponan las calles; sobrevivir en esta urbe se hace muy difícil. Tomo un taxi hasta la ciudadela, un conjunto monumental compuesto por mezquitas y museos en el interior de una fortaleza defensiva, otro taxi hasta el barrio copto, iglesias cristianas ortodoxas conviviendo con una sinagoga. Otro taxi más y me introduzco en un lugar muy especial: “la ciudad de los muertos”, pero de esto quiero hablar en un capitulo aparte. El último taxi del día será para llegar a mi hotel, atravesando media ciudad.
Hoy es viernes y festivo para los musulmanes, el tráfico de personas y coches en las calles es casi inexistente. Aún así me resulta complicado cruzar al otro lado de las avenidas. Paseo por las orillas del Nilo intentando relajarme, pero me asaltan los malos olores y la suciedad acumulada durante años en las aceras y orillas del río. Algunos ciudadanos aprovechan el día festivo para disfrutar del paisaje que les ofrece el Nilo o simplemente se dirigen a una mezquita para rezar.
Al atardecer despega mi avión hacia Madrid.
LA CIUDAD DE LOS MUERTOS
Este lugar es de origen mameluco, aquí edificaron inmensos mausoleos, era algo más que simples tumbas; también estaban destinadas al entretenimiento, parece ser que lo copiaron de la época de los faraones, en la que la gente iba a merendar a los cementerios. Ahora son tumbas-casa, las lápidas sirven de mesa y entre ellas cuelga la ropa tendida al sol filtrado por la espesa nube de la contaminación, muchas de ellas están abandonadas, caminar por esas calles produce una sensación extraña.
Es un lugar peligroso, de hecho me aconsejaron que no fuera, allí viven gentes desarraigadas, carentes de todo. Un extraño y extranjero se convierte en objetivo principal.
Tenía un presentimiento, algo parecido a una fuerza exterior que me empujaba a acudir a esa cita. Había curiosidad, intriga, incertidumbre. Tuve conocimiento de este lugar unos meses atrás, su nombre me resultaba atractivo, también producía desazón. Vivos viviendo en “la ciudad de los muertos”, en un cementerio. Los mausoleos son las viviendas. La degradación actual es mayúscula, nada comparable a lo que debió ser en sus orígenes, siglos atrás, un lugar lúgubre y agotado, solares plagados de escombros, de obscenos olores, colores de muerte, muros de silencio, miradas indiscretas, niños jugando entre las tumbas... Los rayos de sol entran horizontales, el aire está inmóvil, la temperatura es distinta...
Muchas de las casas-tumba están en una completa ruina. Gracias a un lugareño que me brindó su apoyo y se ofreció a acompañarme, me incliné a introducirme en ese submundo. Una persona extraña a él se le considera un intruso, por lo que puede generar reacciones nada amigables. Las personas que lo habitan se encuentran al margen por completo de la sociedad que les rodea y no obedecen normas. Se posicionan en los límites, en el filo, para ellos la línea fronteriza entre la vida y la muerte es muy delgada, no lo olvidemos... “conviven” con la muerte.
Pude llegar a ver el rostro de alguno de ellos, con expresión agresiva, despectiva. Se les ve cansados, ¿vencidos? Un lugar equívoco, enigmático. Ya me marchaba... cuando vi., como unos ojos árabes escudriñaban cada rincón, cada sombra.
No alcanzo a imaginármelo por la noche, cuando todo es oscuridad y penumbra. Son los olvidados. Un paréntesis en la sociedad… en la ciudad de El Cairo.
LA CIUDAD DE LA ALEGRIA
“Nosotros también podemos”, gritan los jóvenes egipcios. Cada vez son más, han venido de todo el país. Internet, la telefonía móvil…la tecnología en general han sido sus armas. Por eso el sátrapa Mubarak, lo primero que hizo fue eliminar esas posibilidades. De hecho un bloguero fue el que produjo la primera chispa que incendió el país de los faraones y de las momias. Ahora es un mártir, fue asesinado por la policía del dictador. El tiempo del absolutista se acabó, será la próxima momia. Un tirano apoyado por los gobiernos hipócritas occidentales. Otro que se había enamorado de la erótica del poder y de los privilegios que proporciona este.
El pueblo egipcio lleno de ira desafía a los poderosos, se han quedado a vivir en la Plaza de la Alegría, de la Liberación. Parados, parias sin techo. En El Cairo hay muchos más habitantes que camas, estudiantes, profesores, mujeres, cada vez más mujeres, profesionales, conductores… Los uniformados los miran desconfiados, esperan órdenes. Todos saben que suceda lo que suceda ya no hay vuelta atrás.
Hay otros espejos donde mirarse. La esperanza cabalga por muchos países árabes: Túnez, Argelia, Marruecos… Sus dirigentes acabarán haciendo las maletas, uno a uno, no hay prisa. El pueblo quiere que sean juzgados como lo que son, vulgares delincuentes de cuello alto. En sus corazones ya no cabe más impunidad. El rais y sus cómplices no osarán teñir las calles de sangre egipcia.
Estoy especialmente sensibilizado por estos sucesos, a veces son emociones sangrantes. Unos días antes de que explotara tanta rabia acumulada, recorría las calles de esas ciudades, ahora escenarios de las revueltas que cito. En El Cairo me hospedaba en un hotel junto a la plaza de Tharir: “La Ciudad de la Alegría”, de la Liberación, a cincuenta metros del Parlamento, sede del último pucherazo electoral; de la televisión estatal, la madre de todas las mentiras, a punto de ser asaltados por el pueblo enfurecido. Desde mi habitación podía ver el puente sobre el Nilo, y que ahora sirve de check point para controlar a los que ingresan en la plaza, eje central de la revuelta.
Los blogueros y asiduos de las redes sociales ahora se encaraman a las verjas del parlamento, megáfono en mano, para exponer sus ideas, para que el incendio no se apague.
En un enloquecido desasosiego, la multitud ruidosa pulula por las calles sucias. La extrema pobreza se mezcla con la máxima opulencia. Hasta que no alcancen su sueño no regresaran a sus barrios, que parecen termiteros escavados en la tierra roja, barriadas de lata donde viven junto a miles de perros callejeros.
El régimen intenta ralentizarlos, ellos aceleran, añaden pausas para recobrar el aliento, se mueven bien entre laberintos formados por barricadas y tanques. Una revolución sin armas ha derribado al último faraón. Quieren que sea escondido en el almacén de la historia.
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Últimos comentarios
dorisgonza dice:
Es interesante y siempre proclive a buscar informacion de un pais como Egipto y un continente como Africa y por tu relato es por demas interesante con todo lo que contas desde la llegada, la ciudad, las protestas juveniles, la vida misma de la gente.
Saludos
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ropavieja dice:
Gracias Dorys por tu comentario. Es cierto aquello está en ebullición.
Publicado
Quela dice:
Hace muchos años que visité Egipto, y veo que no ha cambiado nada. Me fascinó la caótica ciudad de El Cairo, y el pais en general.
Estoy aboslutamente segura de ellos tambien pueden.
Te mando un fuerte abrazo.
Publicado
ropavieja dice:
Gracias Raquel, esperemos lo mejor para los egipcios. Besos.
Publicado
buvar dice:
Aunque parezca raro, a mi me gustan las ciudades caóticas...
Publicado
ropavieja dice:
No es raro Maria, ahí está la vida.
Publicado
Silvinita dice:
Fascinante tu relato! Me siento como si hubiera estado ahí... Saludos!
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ropavieja dice:
Gracias Silvina
Publicado
marieldc69 dice:
Realmente impactan tus historias. Es un placer leerlas. Eso sí, a la ciudad de los muertos no iría!! Saludos!!
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ropavieja dice:
Gracias por tu comentario Mariel. Salud.
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