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Caminando Latinoamérica 2010

Escribe: Alonsocas
Estoy dando una vuelta por mi continente, con los ojos muy abiertos y con una gran sonrisa. Personas y lugares se muestran amables y hace muy feliz todo este presente.

 

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Costa uruguaya, un encanto

Rocha, Uruguay — jueves, 3 de junio de 2010

Al salir de Montevideo me dispuse a recorrer la costa este de Uruguay, pero no quería ver las típicas playas como Punta del Este. Es más, llegué hasta allí pero inmediatamente continué mi rumbo hasta llegar al departamento de Rocha para seguir hasta el poblado llamado La Paloma en busca de lugares tranquilos donde poder combinar el relajo con hermosos paisajes. Y no me equivoqué. He estado en pueblos en los que no hay más de mil habitantes y cuyas playas se encuentran vacías debido a la baja temporada y el frío reinante. Según me han conversado los lugareños este es un destino que en verano es un hervidero de turistas, pero que en estas fechas la mayoría de ofertas no están disponibles por la baja afluencia de personas, tal como esperaba al venir, y eso es lo que logra mantener vivo el espíritu de caletas de pescadores  donde radica su belleza.
Luego me fui a La Pedrera y de allí a Valizas.

En este lugar busqué hospedaje pues la idea era llegar a Cabo Polonio, un pueblo que mantiene la tranquilidad y sus tradiciones pesqueras artesanales  mediante un férreo control que se hace de las visitas al lugar. Declarado como sitio de interés cultural para el gobierno central  no se puede entrar en vehículos que no estén autorizados para hacerlo y, por ello, el bus más cercano deja a unos ocho kilómetros del pueblo. Alguna vez supe de este lugar mediante una revista de viajes de un diario chileno y quedé impresionado. Además tuve la certeza que algún día lo visitaría y ahora lo tenía al alcance. Mientras en el hostel, el único que se mantenía abierto durante el año exclusivamente porque su dueña vive en el pueblo, conocí a Catherine, una estadounidense que huía de Buenos Aires y su convulsionada realidad, y junto a ella hice la travesía  para llegar al cabo.
 
Salimos temprano, a eso de las nueve y algo. Dos horas y medias nos demoramos en cubrir los cerca de diez kilómetros que separa un lugar del otro. La gracia radica en que la caminata se hace entre las dunas, que por momentos se parece a un desierto, y luego se accede a playas interminables en las que el viento golpea duro y la arena, en constante movimiento, se torna pesada y difícil de transitar. Sin embargo, todo adquiere razón de ser al momento en que se visualiza el poblado. Sus casas blancas, en esta fecha en su mayoría cerradas, el orden desordenado de su distribución espacial que busca capear lo mejor posible el viento que se deja sentir, el faro, su lobería. Todo el conjunto adquiere un encanto que no he visto en otros sitios. Es simplemente increíble. Si alguien requiere de paz, este es el lugar...las palabras sobran. Considerando siempre que la caminata no podía extenderse más allá de las cinco y media pues la noche aparece muy temprano, retornamos después de comer un par de frutas y tomar mucha agua.

El viaje ahora se acortó a unas dos horas ya que el viento se transformó en nuestro mejor aliadoUna vez en Valizas aprovechamos de ir a comer al único restorán-bar-centro social del poblado. Un pescado a la plancha con ensaladas compradas en el momento en el negocio que está al lado. Realmente no estaban preparados para visitas, está claro, pero el esmero y cariño lograron que el plato quedara muy rico. El cansancio se hizo notar y nos retiramos temprano. El día siguiente partiríamos para encontrar otro lugar de ensueño, pero en el cual la ducha fuera con agua caliente y el colchón permitiera un real descanso. Así es como llegamos a Punta del Diablo, que está  a unos cuarenta minutos de la frontera con Brasil, pero esa es otra historia.

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Últimos comentarios

MARCEDIAZ dice:
No sé que pasa con el capitulo 3,no puedo leerlo...
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