Ecuador un país de contrastes

Escribe: benat
Amigos viajeros, este diario pretende acercar a los viajeros a las gentes que habitan en este rincón multicolor y fascinante del planeta, y de alguna manera transmitir lo que sentí en lo más profundo de mis sentimientos, con todos mis respetos y admiración, para con aquellos que con muy poco, son felices.

 

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Paseando por la Avenida de los Volcanes.

Riobamba, Ecuador — viernes, 19 de febrero de 2010

La llegada a Riobamba fue festiva, ya que todavía celebraban el carnaval, amablemente siguiendo a unos policías motoristas detrás de las coloridas carrozas llegamos a nuestro destino el Hotel Tren Dorado, magníficamente situado con parking propio gratuito y con unos propietarios encantadores que nos dieron un montón de información práctica para visitar la zona.

Diez dólares por persona con desayuno, la mejor relación calidad precio hasta el momento, salimos a callejear, mucha gente joven y buen ambiente, abundante actividad comercial y locales a la última moda, incluso superiores a los que se veían en el centro de Quito.

 La gran atracción del lugar aparte del Volcán Chimborazo es el tren de vapor que recorre la distancia entre Simbabe y Alausí, un trayecto empinado y zigzagueante denominado La Nariz del Diablo, que formaba parte del ferrocarril transandino que se empezó a construir en 1899 en Guayaquil para unir la costa con el altiplano central. Esta hazaña de ingeniera ferroviaria acabo en 1902 cuando llegó a Alausí superando 1.000 metros de desnivel en escasos kilómetros hasta llegar a los 2.607 metros de altura. En 1905 el ferrocarril llegó a Riobamba, alcanzó su parte más alta 3.618 metros en Urbina y llegó a Quito recorriendo la majestuosa avenida de los volcanes en 1908.

 El fenómeno meteorológico llamado El Niño hizo que las lluvias torrenciales provocaran corrimientos de tierra que destruyeron prácticamente toda la red ferroviaria. Hoy en día solo está habilitada entre Riobamba y Sibambe, en la actualidad se trabaja para mejorar la seguridad de los viajeros, debido a los numerosos accidentes ocurridos en los últimos años.

Cenamos de picoteo en un bar muy bien montado que se llama La Andaluza, con especialidad en jamón serrano, no era de Jabugo pero nos supo a gloria bendita, con su pan con tomate restregado y todo, en fin que nos arreglo el cuerpo después de un día de sustos y carreteras endiabladas.
Cuando cayó la noche los pequeños bares se convertían en disco bar, donde la gente bebía, bailaba y escuchaba música, y si alguien tenía hambre de madrugada tenia lo que graciosamente llaman los agachaditos, puestos callejeros que sirven todo tipo de comidas donde uno disimuladamente puede reponerse sin que le vean demasiado.
Entre el aroma de los humeantes agachaditos nos fuimos a descansar en unas maravillosas camas.

Por la mañana coincidimos en el desayuno con una pareja de Canadienses muy simpáticos, tenían la intención de hacer una excursión al mítico Volcán Chimborazo, el más alto del mundo, aunque no esté activo, su cima de 6.310 metros es el punto más alejado del centro de la tierra debido a su situación geográfica.
 Después de un energético desayuno salimos con nuestro minibolido hacia la Reserva de Producción Faunística del Chimborazo. En el camino pudimos observar una pareja de vicuñas, especie esta introducida de Chile. De pronto una gran mole de color rosado cubierta de hielo y algunas nubes aparecieron inesperadamente, impactando de tal modo que nos quedamos como inmovilizados parando el carro y  saltando llenos de una alegría que desbordaba nuestros sentidos.

Seguimos la ruta con la esperanza que despejara y la intención de acercarnos lo más posible a la mítica cima.
Pasamos el control de los guardas, diez dólares por persona y con mucha calma llegamos al primer refugio situado a 4.800 metros, aquí ya costaba respirar, nos lo tomamos con calma, decidimos realizar el trayecto hasta el segundo refugio con un desnivel de 200 metros, un recorrido que no llegaba a los mil metros, cada cinco minutos parada, traguito de agua, y muy despacito hacia arriba, la sensación era increíble, nos movíamos como en cámara lenta y nos costaba mucho respirar, en el camino nos cruzamos con la pareja de canadienses del hotel, ellos bajaban y nos advirtieron de que la experiencia era corta pero intensa, en el camino nos encontramos con varias lapidas que recordaban a aquellos que habían dejado de respirar, nosotros imaginamos que ya no nos veríamos en otra igual y el reto era llegar, aunque fuera despacio, después de una larga hora llegamos al refugio, nuestra alegría la compartimos con otros montañeros que allí encontramos, el altímetro marcaba 5050 metros, todo un record para nosotros.
       
De vuelta a Riobamba, esa noche tocaba explorar un poco la ciudad, nos recomendaron La parrilla del Abuelo para la cena, nos defraudo bastante, recordando el jamón del día anterior, y los agachaditos con sus humeantes aromas, pero aquí descubrimos un buen vino de origen chileno  embotellado por la fundación Guayasamin, como vino de autor, las etiquetas son reproducciones de obras del autor que varían según el tipo de uva del que está elaborado, fue una agradable sorpresa la que nos brindo el maridaje del buen vino con el arte de Guayasamín, una buena coincidencia que sirvió para remediar una mala cena. Una vueltecita por las oscuras y concurridas calles cercanas a la estación y al catre.
Por la mañana temprano fuimos al mercado artesanal, el gran cerdo asado y abierto en canal  con su gran cabeza de reclamo nos daba la bienvenida justo al llegar a la gran plaza del mercado, vestidos, faldas, sandalias, sombreros de lo más típicos, además de cacerolas y todo tipo de utensilios básicos, en el medio de la plaza modistas ambulantes, que con sus maquinas de coser trabajaban a golpe de aguja Singer, y lo mismo te remendaban un pantalón que te confeccionaban un traje, pocas veces se ve un mercado tan cercano y útil para aquel que quiere conseguir comprar algo que le merezca la pena, sin verse influenciado por los anuncios de la tele, incluso los mismos vendedores eran clientes de los otros, en cuanto disponían de algún dinero lo invertían en algún que otro producto de vital necesidad, se sentía el autentico espíritu del truque, instinto básico de supervivencia, que ha desaparecido en la actual sociedad  consumista.

En el otro mercado, el de La Merced, se ofrecían zumos de frutas, con hielo recién traído del Chimborazo en burro, envuelto en paja por los últimos hieleros, los hermanos Ushca. Esta tradición de los indígenas viene de mucho antes de la llegada de los españoles, que empezó a decaer cuando en 1970, se construyó la primera fábrica de hielo de Riobamba.

Con mucha pena dejamos atrás a Riobamba, ciudad de encrucijadas y de indígenas valientes, los Pururaua, que en su día fueron los mejores guerreros a la hora de defender sus tierras.


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