Encantadora... Guatemala

Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban. Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.

 

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Quirigua

Quiriguá, Guatemala — martes, 6 de mayo de 2003

Martes 6 de Mayo del 2003.     Quiriguá
 
Los primeros rayos del sol se filtraban por la entreabierta contraventana, cuando me desperté, apuntando lo que iba a ser otro caluroso y sofocante día. Desayunamos tranquilamente y partimos hacia Quiriguá, parque arqueológico situado en la frontera de Guatemala con Honduras, donde se encuentran las mayores estelas del mundo maya.
Fuimos recibidos por unos ruidosos loros que hacían divertidas cabriolas al lado de la taquilla de entrada. El camino de acceso al parque estaba flanqueado por grandes ceibas, árboles muy abundantes por estas tierras y causantes del manto blanco que cubría el suelo. Este algodón que envuelve sus semillas tiene un agradable tacto y se puede utilizar para rellenar almohadas y edredones. Al final del bosque se abría un llanura en la que levantaban las majestuosas estelas.
 Estas imponentes estructuras verticales de arenisca fueron hechas por los soberanos mayas para conmemorar efemérides importantes y como medio de granjearse respeto. Cada estela lleva la efigie del rey vestido con sus galas cubiertas de símbolos y rodeado de dioses y animales sagrados. Una de estas estelas, la D, está tan magníficamente decorada que fue elegida para aparecer en la moneda de 10 centavos de Guatemala.
 Los mayas, como fuera, tuvieron que transportar enormes piedras a través de la selva desde alejadas canteras, al parecer sin vehículos de ruedas ni bestias de carga. Los artistas sólo tenían herramientas rudimentarias para ejecutar los complicados relieves y luego levantar las pesadas esculturas a posición vertical. La Estela E de Quiriguá, la mayor del Mundo Maya, pesa sorprendentemente 65 toneladas, mide 10.5 m de alto y tiene esculturas que cubren paneles de 8 m. Se piensa que cada cinco años era instalada una nueva estela en Quiriguá, que tuvo su apogeo entre los años 550 a 850.
Estos monumentos están protegidos por una estructura coronada por una techumbre de bejuco que nosotros aprovechábamos para resguardarnos de los incisivos rayos de Lorenzo. Emilio trataba de mantener viva nuestra atención con el relato de los acontecimientos ocurridos por aquella época y nosotros intentábamos sobreponernos al abatimiento ocasionado por el calor insoportable.
La mayoría de las estelas fueron erigidas durante el reinado de sesenta años de Cauac Cielo, el mayor soberano de Quiriguá. No ha de sorprender que su rostro aparezca en siete de los nueve monolitos del lugar. En el año 738 , Cauac Cielo apresó al rey de Copán y lo hizo decapitar en la Gran Plaza, concluyendo así la prolongada soberanía copaneca sobre Quiriguá. La fecha de ese giro en la historia del sitio se halla inmortalizada en una enorme piedra llamada Zoomorfo G. En Quiriguá hay una media docena de estas curiosas esculturas redondas que parecen tanto animales reales como seres fantásticos. El Zoomorfo G, plantado firmemente en el centro de la Gran Plaza, representa un animal parecido al jaguar que entre sus zarpas aferra lo que podría ser la cabeza del señor de Copán o del mismo Cauac Cielo. El Zoomorfo P, en el extremo norte de la plaza, muestra al omnipresente señor sentado con las piernas cruzadas en las fauces abiertas de lo que parece otro feroz monstruo.
Hacia el norte de la Gran Plaza se levanta la Acrópolis, que fue un complejo habitacional y administrativo. Las paredes del cuadrángulo tienen empinadas escaleras que conducen a un amplio espacio. En el extremo sur de la Acrópolis destacan los palacios de Cauac Cielo y de Jade Cielo, el último soberano conocido de Quiriguá. Estos bajos edificios ahora están en ruinas, pero alguna vez ostentaron numerosos aposentos, bancos de piedra, cortinas y temascales (baños de vapor). No se quien podía tener el valor de utilizarles con un clima semejante.
Andábamos por esta zona, contemplando una iguana encaramada a un árbol cuando nos encontramos con el único visitante, aparte de nosotros, que se hallaba en el parque. Era catalán y aprovechaba un viaje de negocios para visitar la zona. Nos despedimos de él y nos dirigimos a la salida como autómatas, buscando un lugar donde reponer los líquidos que nuestro cuerpo había eliminado por todos y cada uno de los poros de nuestra piel. El objetivo, un atractivo chiringuito al mando de una bella jovencita, rodeado de placenteras mesas y confortables bancos, resguardados por las ramas de portentosos árboles. Allí nos sentamos y degustamos unas exquisitas cervezas mientras contemplábamos el maravilloso paisaje y comentábamos nuestra fascinante visita. Estábamos.... en el cielo.
De vuelta a la tierra, fuimos a visitar una factoría bananera de las muchas que rodeaban la zona. Una enorme extensión de plantas cercaban la entrada y una animada música envolvía el ambiente. Recorrimos unos metros hasta una gran nave sin paredes con una efectiva instalación de raíles sobre los que discurrían unas poleas que se internaban en la plantación y volvían cargadas con enormes racimos de plátanos. Unas 50 personas trabajaban, realizando diferentes labores. Unos chicos cargaban un camión con plátanos de segunda clase para el consumo del país. Otros recogían los racimos que traían las poleas y con una especie de cuchillos curvos cortaban otros mas pequeños y los depositaban en unas artesas llenas de agua que recorrían toda la nave, donde las mujeres los lavaban y seleccionaban. Después pasaban a una cadena de embalaje y por último a una sección de control de calidad que daba el visto bueno definitivo. Este era exhaustivo, no pasaba ningún plátano que tuviera una mota no vaya a ser que se enfaden los yanquis que eran los destinatarios de la mercancía.
Como ya estábamos bastante aplatanados nos despedimos de todos, especialmente, de las chicas, de las cuales alguna recibió la petición de matrimonio por parte de Emilio, repartí algunos cigarros entre unos chavales que descansaban a la sombra y nos fuimos dirección Río Dulce, población que ha heredado el nombre del caudaloso y precioso río que pasa a su lado. Antes de llegar le cruzamos a través de un enorme puente. En mitad de este nos paramos y salimos del bus para disfrutar del fortísimo viento que arreciaba y de la espléndida vista.
Pasamos por mitad del pueblo, en el que había un gran afluencia de gente por sus calles y seguimos hacia el hotel a escasos kms. Su nombre, Banana Palms y estaba situado en la aldea San Felipe a orillas del río. Era precioso, un complejo en el que había un edificio principal donde estaban la recepción, el restaurante y un salón de baile. De aquí partían varias sendas, una hacia la piscina, otra hacia el embarcadero y otra hacia los alojamientos que eran unas coquetas casitas, y todo ello rodeado de una variada vegetación, árboles y plantas. Además, contábamos con unos vecinitos, conejitos, que pastaban alegremente por el césped.
En recepción nos ofrecieron el pertinente cóctel de bienvenida y repartieron las llaves de las habitaciones. Cada una de ellas estaba en casitas diferentes, ordenadamente dispuestas a lo largo del camino. La nuestra era la tercera, tenía una terraza con abundantes plantas, una despensa y un amplio baño. Pusimos en marcha el aire acondicionado y encendimos la televisión. En ese momento acababa de empezar la retransmisión de la semifinal de la copa de Europa entre el Madrid y la Juventus. El partido no fue de los mejores del Madrid pero ganó 2-1 y marchamos a celebrarlo a la piscina. Allí estaba el resto, unos tumbados en las hamacas y otros jugando al voleibol en el agua. El agua estaba buenísima, yo me incorporé al juego y Darío después de bañarse arbitró junto con Amparo el emocionante partido. Por una parte estábamos Diana, Rocío y yo, y por la otra, Juan Carlos, César y Keker. Después de una igualada confrontación, en la que tuvieron el respaldo del cuerpo arbitral, lograron el triunfo. Pero a nuestro favor, comentar, que fuimos autores de las mejores jugadas, plenas de calidad y una gran plasticidad.
Cuando empezó a oscurecer nos fuimos retirando, aunque César seguía en el agua, en su vida anterior debía ser un pez. La mayoría aprovechamos para lavar nuestras sudadas ropas antes de ir a cenar. El restaurante era acogedor para esta hora del día, ya que carecía de paredes, y la suave brisa se hacia notar en nuestros cuerpos. Era bastante grande pero, aparte de la nuestra, solamente, había ocupada una mesa con una pareja. Nos acompañaba Emilio que nos comentó que Antonio se había quedado en su hotel practicando su deporte favorito, ver fútbol en la tele, se tragaba cualquier partido, aunque su equipo preferido era el Real Madrid. El menú consistió en una sopa de espárragos y carne de res con papas que devoramos con avidez ya que hoy tampoco habíamos comido.
Después de cenar nos fuimos al embarcadero donde Juan Carlos nos leyó el horóscopo maya. Pasamos un buen rato, hubo de todo, desde quien se identificó totalmente (Darío), hasta quien no aceptaba ninguna de las revelaciones (Diana). Yo recuerdo, especialmente, una de las frases del mío (el mono) que decía, si en tu camino se cruza un mono, no te lo pierdas, será una experiencia inolvidable.
El lugar era genial y la compañía entrañable, pero habíamos completado un día con muchas actividades y mañana nos esperaban nuevas emociones. Quedamos para desayunar y nos fuimos a descansar.
 


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