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Al encuentro de Chiloé
Escribe: noritacecilia
Todo viaje nos cambia, nos renueva. Y Chiloé (esa tierra mítica...), es un ámbito que lleva a la reflexión y la meditación, los paisajes te llenan y te llegan hasta el alma...
Este diario trata de los días hermosos que pasé en Chiloé y en los alrededores del Lago Llanquihue, de los lugares que visité y las personas que encontré en el camino.
Mil paisajes
Quemchi, Chile — martes, 12 de enero de 2010
El día que fui a Quemchi, directamente amaneció con Sol. En el desayuno, Antonella me dijo que ella iba a ver un campo para ese lado y que podía dejarme en el cruce, así que ahí nos fuimos las tres, porque mientras yo estaba recorriendo Ancud con Stephanie, llegó al hospedaje una amiga de Antonella que tenía que hacer su práctica profesional. En el viaje a Quemchi conocí a Pamela; y además, pude interiorizarme un poco más de la situación política local, que era un hervidero ante la proximidad del ballotage presidencial entre Frei y Piñera. No había localidad, por pequeña que fuera, que quedara fuera de semejante movimiento.
Me dejaron en el cruce, y a los 10 minutos ya estaba arriba de un minibús que venía desde Castro, y al ratito estaba comprendiendo por qué Quemchi es la comuna de los mil paisajes. Así nomás, no me alcancé a bajar, por la ventanilla del micro pude ver esa diversidad. Y me di cuenta que iba a pasar el día en un lugar precioso.
Lo confirmé cuando llegué a la terminal y me encontré en una costanera pequeña. Me encaramé a la baranda y ahí quedé, mirando, disfrutando, saboreando ese paisaje. ¿La imagen? El mar calmo, que parece un lago, llegando en olas pequeñas a la playa; las entradas del fiordo, una isla enfrente con una pequeña casita rodeada de álamos... ¿Los sonidos? El cantar graznado de las gaviotas, el runrún suave de la lancha que pasa lenta hacia la isla, el susurro casi imperceptible de las olas llegando a la playa... ¿Los olores? Algas, mar, perfumes que trae el viento. Aquello era el paraíso.
Desde el micro había visto la isla de Aucar y su pasarela de madera, y como era un largo camino arranqué temprano pero sin prisa, y fui cruzando Quemchi por su costanera, disfrutando las subidas, las bajadas y las múltiples vistas. Llegué así hasta un desvío que decía ir a Dalcahue, y tras confirmar que mi camino seguía hacia ese lado, arremetí a paso firme por el ripio. Lo único que me guiaba era ver la isla cada tanto entre los árboles, y cuando llegué al puente con cartel de "Aucar" y no vi otra señal, intuí que debía seguir bordeando el fiordo. Dos cuestas más adelante, le hice señas a un paisano que me explicó que me había pasado, que el caminito salía justo donde estaba el río.
Al retroceder encontré el pequeño sendero, casi imperceptible, y salí a la playa donde desembocaba el río Aucar. Un lugar de ensueños. Allí arrancaba la pasarela de madera hacia la isla. 500 metros de madera reseca por el sol, crujiente a cada paso, y un cartel que anticipa que no se permiten más de 10 personas juntas, y esto tiene un por qué.
La pequeña isla de Aucar tiene tres cosas: un jardín botánico, compuesto por plantas con sus respectivos cartelitos; una capillita y un pequeño cementerio. De hecho, se la llama "Isla de las almas navegantes". Según me contó la Señora Luti, cuando hay un entierro, los deudos cruzan por la pasarela y al muertito lo llevan en bote al otro lado; esto no siempre fue así; antes todos cruzaban por la pasarela. Pero resulta ser que una vez, como son 500 metros, los deudos se detuvieron a descansar a mitad de la pasarela y apoyaron el cajón en el piso. Como la pasarela es estrecha, los demás deudos se empezaron a agolpar atrás, con tal suerte que la pasarela cedió, se vino abajo y quedaron todos chapoteando.
Cruzar la pasarela fue emocionante porque por momentos sentía que estaba caminando sobre el agua. Tuve la bendición de llegar con la marea alta; no es mucha la profundidad (será medio metro en promedio), por lo que el mar se retrae mucho con la marea baja, dejando sobre tierra la mayor parte del camino de madera. La islita es tan pequeña que se recorre en pocos pasos, en seguida está la capilla, el cementerio a su lado, y la recorrida en derredor a través del jardín botánico.
Entonces cometí el error, porque ese sitio estaba para quedarse. Cuando estaba por arrancar a cruzar, llegó una familia de Valdivia que estaba alojando en el mismo hospedaje que yo. Crucé con ellos, y al volver, se ofrecieron a acercarme al cruce de Quemchi. Eran 3 km menos de caminata (aunque seguro hubiera podido hacer dedo), pero hubiera sido hermoso sentarme a almorzar en la cabecera de la pasarela una vez que hubiera cruzado de regreso. Cosas que pasan.
Del cruce aún tenía que caminar de regreso los 3 km, y cuando llegué almorcé en un comedor con vista al fiordo. Por $2400 comí congrio frito, papa asada, ensalada y una bebida. Después, salí al balcón y anduve haciendo malabares para sacarme una foto en automático que diera cuenta de que realmente estuve allí...
Y como era temprano (y seguía lamentándome por lo de Aucar), arranqué a caminar por la playa. Primero me fui pegada al cerro, y caminé lento... me senté en el extremo más alejado de la playa y dejé que el tiempo se detuviera entre las gaviotas, las olas, las imágenes. Se iba preparando el atardecer... gracias a Dios había tenido un día luminoso. Ese fue uno de los pocos momentos del viaje en los que extrañé el mate. Curiosamente, la segunda vez que lo extrañé, también fue en uno de los dos mejores días del viaje.
De a poco me fui volviendo, caminando entre las rocas que dejó descubierta la marea al bajar. Me gusta caminar y "ver qué hay". Las gaviotas y otras aves gritaban al verme tan cerca, pero yo iba despacio, así que no se alejaban. Pude fotografiar unas cuantas, incluída una familia de cisnes de cuello negro con tres pichones.
Llegué a la terminal cuando se iba un micro. Era el de Ancud. Era el último... entre que pregunté y me enteré de estos datos y de que quedaba el último que iba a Castro, el segundo minibús arrancó y lo tuve que correr. Con muy buena voluntad, el chofer ofreció alcanzar a su par ancuditano, pero le dije que no había problema si me dejaba en el cruce. Como en la mañana, tras 10 minutos de espera, abordé un Cruz del Sur al terminal municipal de Ancud, donde me bajé, caminé los 5 minutos al hostal y me reencontré con mi mate.
Nunca olvidaré la risa de Don Dago: "¡niña parece que te pilló el Trauco!", porque yo estaba profundamente feliz, pero ya no me tenía en pie. Según calculo, habré caminado algo más de 10 km aquel día en la comuna de los mil paisajes.
Tips:
¿Qué ropa llevar para visitar la Región de los Lagos en Enero? Primero, una buena capa de lluvia!! El clima de por sí es lluvioso, y pese a que las máximas precipitaciones son en el invierno, en los veranos también llueve bastante. La temperatura es fresca, sobre todo por las mañanas y las noches; los días de más calor puede hacer 20 grados a la tarde. Lo mejor es llevar abrigo y ropa que de la posibilidad de vestir "estilo cebolla": superponiendo y quitándose de acuerdo a las variaciones que puedan darse en el día. Y llevar una mochila grande a los paseos para ir guardando todo lo que uno se va sacando!!
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Publicado el 1/feb/2010, 00.36 |
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