Desayunamos en el Hostel pan casero con manteca, dulce de leche y café. A las 9 nos esperaban para recorrer las Salinas Grandes.
Tomamos la ruta y al tiempo nos encontrabamos en la Quebrada de Humahuaca. Las tonalidades verdes se fueron fundiendo en colores tierra.
Llegamos al punto más alto de la montaña y allí estaba ese pueblito perdido en el medio de la nada "Purmamarca". En ese momento dije: Acá es donde empiezan las verdaderas vacaciones. Un estallido de colores, artesanías y folklore. Allí el contacto con la tierra se hace más fuerte y la cultura sale por los poros de los habitantes. Recorrimos el pueblo, vimos artesanías luego partimos hasta un pueblo de lugareños llamado Tres Cruces.
El camino era hermoso y la montaña parecía unirse con el cielo y entre el cielo y la tierra, la nada misma.
En Tres Cruces habitaban solo unas pocas familias que trabajaban del pastorado de las ovejas y de algunos turistas que visitaban el lugar.
Una pequeña iglesia muy blanca que contrastaba con los colores tierras, un sol agobiante, tres burros en el camino y una pequeña casa que servía de comedor para los turistas. La atendían las llamadas Guapas Salineras.
Allí comimos estofado de cabrito y sopa de verduras a tan solo $ 15. El lugar era muy humilde y sin ningún tipo de extravagancias.
Nos quedamos en el pueblo un tiempo y luego nos dirigimos al Gran Salar. Un extenso mar blanco repleto de sal y algunas piletas que se realizan para la extracción de la materia prima.
Regresamos a Purmamarca. La tarde estaba comenzando a caer al igual que la lluvia. Empezamos a buscar un lugar para dormir y no encontrabamos ninguna habitación disponible. Nos separamos para buscar y finalmente dos de los chicos encontraron un Hostal disponible a media cuadra de la Plaza principal. El precio fue de $40 sin desayuno.
Un dato curioso del camino: Vimos que los cementerios se encontraban en lo alto de las montañas, de esta forma la familia del difunto acercaba el alma a lo divino.