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Costa rica ii isla tortuga

Escribe: maraton
Escoltados por cantidad de apuestos marineros inmaculadamente vestidos de blanco, iniciamos la travesía confortablemente sentados en el puente superior de la embarcación... amenizados por una sugerente música caribeña y la vista no menos atractiva... de unas impresionantes mulatas que apostadas en la proa del barco, no podían reprimir al aire de esta música unos ligeramente insinuantes contoneos...

 

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Capítulo 1
 

Costa rica isla tortuga

Puntarenas, Costa Rica — miércoles, 20 de noviembre de 2002

COSTA RICA II ISLA TORTUGA 

La segunda excursión que realizamos en Costa Rica, fue al Golfo de Nicoya en el Océano Pacífico.
Antes de seguir me veo obligado a hacer una rectificación sobre la fecha en que realizamos este viaje.En el primer Capítulo lo situé en 1999 o 2000 y en realidad lo hicimos en Noviembre del 2002. Disculpen esta imprecisión que subsano ahora, después de buscar y visionar de nuevo el largo e inaguantable video familiar del viaje. 

Salimos del Hotel muy temprano en un Autobús de unas 50 plazas. Por cierto, a diferencia de los Europeos, que poco adaptados al  turismo son la mayoría de los grandes autobuses en América. Ignoro si es por razones de seguridad, pero las ventanas son extremadamente pequeñas, además la visibilidad delantera se ve obstaculizada por unas puertas interiores que separan la parte del conductor con la de los pasajeros. Tampoco el piso tiene inclinación lo que todo junto implica que te sientas como encajonado en un cubil desde el que a lo más alcanzas a ver el cogote del pasajero del asiento precedente y menos hacerte cargo de por donde discurre el vehículo.
Esto es aplicable, según nuestra experiencia, prácticamente desde Nueva York a Argentina. 

Bien, creo recordar que dado lo temprano que salimos del Hotel, el comedor de desayunos no estaba abierto, por lo que en el inicio del viaje nos facilitaron un pequeño bocadillo con una banana y un botellín de zumo... me recordó mis tiempos de excursiones de colegial. 

Parece ser que pasamos por Jacó y Quepos para llegar al puerto de Puntarenas después de unas 2 horas de viaje. Como galantemente cedí el asiento de ventanilla a mi Esposa, por lo antes indicado, poco o nada puedo describirles de esta parte del país. 

Puntarenas es una anodina población que parece ser que en algún tiempo no muy lejano era escala favorita de grandes barcos turísticos.
Ahora a pesar de la cercanía del Parque Nacional de Manuel Antonio ha quedado en bastante desuso y deterioro. Los grandes barcos de Cruceros recalan en Limon, mientras para usos comerciales la principal actividad se concentra en Moin, tal vez por la proximidad de las áreas de cultivos de la Piña y la Banana. 

Mientras esperábamos embarcarnos en un enorme e impresionante catamarán pudimos observar como anticipo de las muchas especies que vimos en la excursión marítima, varios pelícanos pardos posados en las pequeñas embarcaciones ancladas en el tranquilo Océano.
Intuyo que lo de Océano Pacífico aquí en Puntarenas, se cumple en todo tiempo, pues no vi rompeolas o protección alguna. 

Escoltados por cantidad de apuestos marineros inmaculadamente vestidos de blanco, iniciamos la travesía confortablemente sentados en el puente superior de la embarcación... amenizados por una sugerente música caribeña y la vista no menos atractiva... de unas impresionantes mulatas que apostadas en la proa del barco, no podían reprimir al aire de esta música unos ligeramente insinuantes contoneos... 

Todo ello en el marco de un paisaje marino nada desdeñable, pero que en un principio al navegar por el centro de la gran bahía, aparecía un poco monótono con un mar envolvente, pero alentados por la promesa de unas islitas que justo se vislumbraban en la lejanía. 

A pesar de que el calor no era sofocante, un camarero pasaba ofreciendo en una bandeja bocaditos de sandía, que, agradecieron los que les gusta este fruto, yo no me cuento entre ellos... especialmente desde que en un viaje comercial programado a China, fue la sandía el único postre al que tuvimos acceso en los siete días de estancia... miento... un mediodía que para variar almorzamos en un Hotel de una cadena Francesa  al final de la comida (por una sola vez de estilo occidental) pudimos degustar un glorioso sorbete helado... naturalmente de sandía. 

Recalamos en una isla refugio de vida silvestre, donde dejamos un grupito de viajeros que debíamos reembarcar al regreso, ya que aparte de un “Tarzan” residente que guarda la isla, nadie puede permanecer en ella por la noche.
Parece que los visitantes sólo se alimentan con lo que produce la pequeña isla naturalmente. No nos atrevíamos a aventurar que famélica cara traerían estos “Robinsones” por la tarde si la pesca no había sido abundante. 

Al poco llegamos a la isla Tortuga. Una playa deslumbrante de blanca y fina arena bordeada de palmeras nos acogió.
Las finas nubes que hasta aquí nos habían acompañado iban disolviéndose y el baño ya se hacía imprescindible. 

Tanta felicidad no podía durar... así ocurrió que a mi Esposa en el agua, le picó en el brazo alguna especie de bicho raro, produciéndole un escozor tremendo. Lo que es casi seguro es que no se trataba de una medusa, especie que por desgracia conocemos bien en el Mediterráneo y por allí no distinguimos ninguna. 
Lo lamentable es, que en un viaje tan bien organizado no dispusieran en el barco ni en la isla de un mínimo Botiquín de Urgencias.

Afortunadamente mi previsora Esposa llevaba un ungüento para quemaduras y acuciada por la falta de otro remedio se atrevió a aplicárselo y fue tremendamente eficaz. 
Tampoco pareció preocupar en absoluto el incidente a la tripulación... nadie se acercó a preguntar si mi Esposa se encontraba mejor. 

Olvidado el percance, disfrutamos esta vez en vivo, de los sones caribeños de dos músicos pertenecientes a la tripulación, con ayuda de un xilofón, mientras en la gran Barbacoa de carbón se asaban muslos de pollo. 
Dimos cuenta de ellos con profusión de ensalada y regado con una especie de sangría local (vino tinto aderezado con ron y frutas tropicales) una delicia que levantó los ánimos, si es que alguno precisaba de éste aditivo.

Varios pasajeros caribeños respondieron a la invitación de la música y nos ofrecieron una demostración de sus bailes típicos, que con la buena voluntad que abundaba en el grupo, fueron muy aplaudidos.  
Sentados en mesas gozando de la sombra que nos proporcionaban  las palmeras, la sobremesa fue muy placentera. 

Pero como a mí siempre me gusta explorar, me acerqué a una cabaña que un poco apartada parecía una taberna. Había observado que desde allí partía un caminito que monte arriba, se adentraba en la espesura. Al acercarme descubrí un letrero que advertía que para hacer el recorrido 
que daba la vuelta a la pequeña isla había que abonar en la cabaña una módica cantidad.   
Regresé a la mesa y decidimos dejar a los animados y ruidosos compañeros de viaje para vagar un rato por la jungla.
No me complacía mucho tener que pagar por el solo hecho de andar pero, por otro lado pensé que aquellos seres casi olvidados  por el mundo esperaban éste óbolo en recompensa, imagino, por limpiar la senda  de maleza. 
Bueno, aparte de alguna rara especie de lagarto negro camuflado en los árboles y de unas preciosas vistas de la playa desde las alturas, el paseo no nos deparó otros alicientes.
Desgraciadamente mis conocimientos en botánica son prácticamente nulos y no pude apreciar en su medida los encantos de las raras especies de la casi extinguida  selva seca (sólo un 2 % de la vegetación mundial) Por otro lado, los inteligentes pájaros sabedores de la incordiante frecuencia de las visitas de los humanos, han emigrado a otras islas vecinas. 

Ya avanzada la tarde y en el viaje de regreso, antes de recalar en Puntarenas nos ofrecieron una gira por las varias islas del Golfo... creo recordar que pasamos cerca de Negrita, Chirra, Venado, Bejuco, Caballo, Guayabo, Gitano, Jesuita y Cedros y en especial, la “Isla de los Pájaros” abarrotada de aves de diversas especies: entre ellas, “pelícanos” “gaviotas risueñas” “fragatas magníficas” y “piqueros morenos”.
Algunos árboles parecían nevados de tanta pluma blanca. 

La tripulación nos señaló a lo lejos la isla de San Lucas, tristemente famosa por haber albergado un enorme penal (1837-1991). Parece ser que los presos, que trabajaban en las salinas, gozaban de total libertad para deambular por la isla ya que las autoridades no temían que alguno intentara escapar, estando las aguas que la rodean infestadas de tiburones.
Tengo noticia de que José León Sánchez que estuvo preso en la isla 30 años lo describe muy bien en su novela “La isla de los hombres solos”  

Justo al enfilar hacia Puntarenas el sol se ocultó tras las montañas ofreciéndonos un maravilloso anochecer teñido de rojo, que me trajo a la memoria la historia de dos afamados pintores (creo que uno de ellos era Anglada Camarasa) que residían en la Española Isla de Mallorca y que acostumbraban a subir a un monte cercano para deleitarse con las puestas de sol y que no podían reprimirse y “aplaudir” este espectáculo cuando “El Creador” se prodigaba en su belleza. Por cierto, que los paisanos del país, lo contemplaban con otro matiz... mucho más aferrado a la experiencia y lo terrenal... decían “cel rogent... pluja o vent” (cielo rojizo... lluvia o viento). 
En cuanto a lo de la lluvia se cumplió con creces en Costa Rica ya que prácticamente, la lluvia no nos abandonó en el resto de nuestra estancia en el País.     

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