A través de Melo y 33 hasta La Barra del Chuy y Punta del Diablo
Punta del Diablo, Uruguay — viernes, 10 de febrero de 2012
Cogeré el autobús para Melo, ( 50.000 ha.), donde me quedaré a dormir. Cuando llego ya está oscureciendo, intento buscar un hotel que lo tengo en la guía, pero ya no existe, pero encuentro otro, El Cafer, por 28 euros la noche, es caro para lo que es, pero me quedo.
En la habitación no funcionaba la luz, me dicen que van a subir a solucionarlo cuanto antes, aprovecho para ir a picar algo mientras busco el hotel Príncipe de Asturias y lo encuentro ,resultando bastante gris como el recepcionista, que me dice que le queda la última, eso me lo dicen en casi todos los lados, sale por unos 18 euros, le digo que si no vuelvo en media hora, es que ya me han solucionado lo de la luz. Lo único que tenía algo de color detrás de un triste mostrador de madera muy viejo era una foto dedicada del Príncipe Felipe. Mejor que no se entere en que pared estaba colgado.
La calle Saravia es la principal, estaba bastante animada, con algunas casonas de estilo colonial portugués, que nos lleva a la gran Plaza de la Independencia, donde el Club Unión Obrero tiene un interesante techo de “vitraux”. Otro lugar de interés es la casa natal de la poetisa Juana Ibarborou, autora de Chico Carlo (1944), su bella cara figura en el billete más grande del Uruguay, el del mil pesos.
Las mesas callejeras de los restaurantes y pizzerías estaban concurridas, los comercios de lo mejor que he visto hasta ahora, y mucha gente joven por la calle con rasgos brasileiros, se notaba que estábamos tan solo a 50 km de Brasil.
Cené en un carrito con terraza, un pancho con panceta y una birras que me supieron a gloria, después llegué al hotel con el problema ya solucionado, el recepcionista de noche también tenía la cara gris, será que se mimetizan en la oscuridad de la noche, para pasar desapercibidos y poder dormir sin que nadie les moleste, como dirían los chinos, son difíciles de ver.
Por la mañana temprano cogí el autobús que me llevaría a Treinta y Tres (25.000 ha.), bonito lugar que forma parte de la Reserva de la Biosfera del Este, bañada por el rio Olimar, donde se forman bellos arenales rodeados de frondosos árboles.
En la plaza 19 de abril se encuentra el monumento a los treinta y tres orientales que fueron los que desde Argentina organizaron la ofensiva final, venciendo definitivamente a los imperialistas españoles y portugueses, comandados por Lavalleja, y el héroe nacional instigador de la revolución por la independencia, José Gervasio Artigas, que culminó en 1825 con la declaración de la independencia uruguaya.
Este hermoso lugar bordeado de ríos y lagos con bellos árboles de flores multicolores guarda en su historia un suceso que al mismo tiempo que trágico y heroico me resultó anecdóticamente próximo.
Resultó que un niño olimareño llamado Dionisio, se interpuso entre el cuchillo de su abuelo enloquecido y su madre, junto con su hermana pequeña, salvándoles la vida, quedando el pequeño Dionisio gravemente herido, y muriendo después de llegar a dar el aviso a la autoridad.
Lo anecdótico del caso es que en el País Vasco, conozco a una persona que al cabrearse se caga en Dionisio Pequeño, esto me lleva a deducir que algún antepasado suyo anduvo por 33.
En la plaza Colón se encuentra el monumento al Pequeño Dionisio, donde las intenciones lejanas no llegan, pero sí las acciones cercanas de los variopintos y bellos pájaros, que un día sí y otro también, sin mala intención se cagan en Dionisio Pequeño.
En su día, 33 fue eje principal en su conexión por ferrocarril con Brasil, en la actualidad los viejos vagones duermen con un sueño sin retorno, los animales pastan entre los viejos raíles a la espera de que algún día vuelvan a sonar sus chirridos.
Después de disfrutar de este maravilloso día en 33, por donde pasa también el paralelo 33, subí al ómnibus que me llevaría a la Barra del Chuy, justo en la frontera con Brasil.
Llegamos a las seis menos cuarto de la tarde y tenía que comprar sabanas y toallas para la cabaña. El conductor me dijo que podía comprarlas más baratas en el lado brasileiro, o sea, al otro lado de la calle. Tenía un bus local que salía a las seis para la Barra del Chuy, me apresuré crucé la ancha avenida y en cinco minutos había comprado un juego de sabanas y una toalla de playa por 16 € al cambio, volví a la terminal y todavía estaba el bus que me había traído y que iba para la barra también, volví al mismo con un plus de un euro.
Para las seis y cuarto estaba en La Barra del Chuy mi destino. Me asignaron la cabaña numero 8, pero la luz de la cocina- comedor no funcionaba, como el de mantenimiento se habían marchado, el marido de la encargada me hizo un apaño con una bombilla provisional empalmada al enchufe del micro-ondas.
La cabaña estaba como de comienzo de temporada, con lo que tuve que darle un buen repaso. En el congelador había una pequeña rana y en la habitación otra, pero esta estaba viva, después de unas cuantas peripecias con la escoba para meterla en un cubo, me deshice de ella. El lugar fascinante, en la orilla uruguaya del arroyo, con vistas a Brasil a tan solo 25m.
Lo peor fue el intento de picadura de los mosquitos, no lo lograron porque me embadurné de repelente, pero no pararon de zumbarme en la oreja toda la noche, hasta que con una toalla pequeña me hice un turbante para no escuchar los ataques, y así poder dormir.
Por la mañana me fui caminando hasta el puente del arroyo donde está la aduana uruguaya donde pedí información de la zona. Después de recorrer un par de kilómetros llegué a la barra brasileira del Chuy, un bello faro agrupaba a las bonitas casas de veraneo que bordeaban el arroyo.
Además de los familiares ladridos de los perros, encontré en el suelo un billete brasileño de dos reales, no tenía ni idea de lo que valía, pero era bonito y presagiaba un buen recibimiento.
Di un paseo rodeando el faro y a la salida me paré en una cabaña que vendía pescado. Salió un amable pescador brasileiro y me ofreció cinco filetes de corvina por dos euros al cambio, le enseñe el billete que había encontrado y me dijo que era el equivalente a un euro. Se ofreció para cambiármelo, pero lo guarde de recuerdo, me dijo que jugara a una especie de loto que le llaman el 5 de oro, poniendo las tres últimas cifras del billete. Me dijo que el tenia un buen amigo vasco, sonreímos y nos despedimos cordialmente estrechándonos la mano.
Al volver a pasar por la aduana, me preguntó si el viaje había sido productivo. Por un momento pensé que me iba a cobrar aranceles, y al final me dijo, - al que madruga Dios le ayuda, puntualizándole, siempre que otro no haya madrugado más.
Llegué a la cabaña hacia las doce del mediodía, justo cuando abrían la oficina, me dijeron que me iban a enviar al electricista enseguida, pero tardó una hora en llegar. Lo primero que me dice por si acaso no acierta es que él no es electricista, pero que va a intentarlo. Lo soluciona en cinco minutos, luego me empieza a comentar que en ese mismo lugar a la vista estaba, una casa anaranjada que se la había construido él solito, llevando invertidos con terreno y todo seis mil euros. En dos temporadas de verano la tendrá amortizada. Me dio todo tipo de detalles así como conversación variada, era un tipo peculiar al estilo de un contrabandista. Vino vestido con un chándal del Real Madrid, pero yo no le di bola, seguro que vino a tantear. El pajarua se fue muy contento, pensando que otro año le alquilaría su cabaña.
Fui a por provisiones a uno de los pocos super que están abiertos, luego di un paseo por la inmensa playa de la Barra del Chuy. La noche me la dieron los mosquitos otra vez.
Después de preparar la mochila con un buen bocata, cogí a las 8h 30 el bus de Costa del Sol que me dejaría en la entrada del Parque de Santa Teresa, donde lo cuida el ejercito que lo mantiene de forma impecable, tiene en su interior una variedad inmensa de árboles, haciendo una idea de lo que fue Uruguay en algún tiempo.
Al principio tiene unos invernaderos de plantas en edificios de piedra muy originales. Me llevé la sorpresa de ver a un colibrí picoteando una maravillosa planta de intenso color.
En total tenía como unos siete kilómetros de recorrido, en día caluroso, me avituallé en el super de capitanía y comencé a realizar el circuito, seguí la carretera por el verde prado flanqueado por todo tipo de árboles majestuosos, de los que resaltaban las palmeras. Bordeando una laguna llegué a una zona donde la gente podía hacerse una barbacoa, eran las once y ya estaba la leña ardiendo.
Después de un descanso seguí hasta llegar al Chorro, un lugar preparado para atender al visitante pero que todavía lo estaban montando.
Dejando a un lado este refrescante lugar, llego a la Playa de la Moza, donde están la mayor parte de los acampados, y donde se alquilan cabañas. En esta época del año todavía el super de esta zona está cerrado, a escasa distancia llego a un mirador con magnificas vistas a las playas bravas donde se practica el surf.
Surfistas en la divisoria de la Playa de la Moza y la de Las Achiras.
Después de comer en la playa, poco a poco voy cruzando uno de las varias zonas de acampada, llego al puesto norte de salida, justo al lado de La Fortaleza construida por los portugueses, y posteriormente conquistada por los españoles.
Llevaba cuatro horas danzando y era hora de salir a la ruta 9 para coger el autobús que me llevaría a Punta del Diablo, a unos 14 km. Como el autobús iba a pasar en 50m, aproveché para buscar una sombra, sobre el pareo con la mochila de almohada me eché una buena siesta.
A las 13h30 llegó el bus a la parada y en media hora estaba en el pintoresco lugar de Punta del Diablo, antiguo refugio de pescadores que desde las playas maniobran sus embarcaciones a base de poleas y cables.
Lugar insólito pero de moda en la actualidad, todo está que se cae pero eso gusta, sobre todo al turista interno del Uruguay. Casas de madera, chiringuitos de churros, empanadas, y algunos pequeños restaurantes con las mesas en unas calles en cuesta, llenas de polvo y arena.
Me pegué un buen baño en unas aguas siempre bravas, para luego tomar el sol agustito.
Hasta las 17h 45 no tenía bus para El Chuy, con lo cual, aproveché para merendar tranquilo una empanada de mejillones estupenda, en una galería de madera con vistas al mar.
Llegué al Chuy a las seis y cuarto y no tenía bus a la Barra hasta las once de la noche, esto es así.
Era sábado y aquello era una marea humana comprando en los free-shop uruguayos a un lado de la calle, y al otro lado un desangelado comercio brasileño, donde vendían ropa, toallas y productos de alimentación muy poco interesantes. Me encontraba totalmente desorientado por la falta de interés por lo que allí acontecía, encima empezó a llover con lo que me entraron ganas de salir corriendo de aquel espantoso lugar, pregunté cuanto valía un taxi hasta la barra, al cambio eran 7 €, esperé un rato bajo la lluvia con un chubasquero, hasta que llegó el taxi que me llevó los 9 km que separan al Chuy de la Barra.
Hogar dulce hogar.
Compré un insecticida en la parte brasileña por si algún mosquito me venía del otro lado del arroyo, inmunizados de las pastillas que no les hacían el menor efecto.
Lo dejé para el día siguiente, ya que me dijeron que era muy fuerte y luego había que ventilar bien, o sea que otra noche con el turbante a la cama. Me entraba el síndrome del faquir, cama dura y con turbante.
Llegó el domingo para descansar, pero no, había fiesta popular justo en el arroyo, primero concentración de vehículos 4x4, con las radios a tope, luego exhibición de motos acuáticas. La gente empezó a llegar a partir de las diez de la mañana, llegaban hasta el arroyo por todos los lados, tomaron por completo los terrenos de las cabañas, organizaron parrilladas y después de la siesta otra vez las motos sin parar. Para rematar la Comparsita Clave de Sol, unas cuarenta niñas tocando la melódica, tambores, maracas y triángulos, reforzados con un xilofón y el saxo de la directora, una delicia para el oído de sus padres que aplaudían a rabiar.
Cuando empezó a oscurecer se fueron marchando pero quedaron los más ruidosos con la música a tope, hacia las nueve decidí salir a dar una vuelta hasta la carretera donde estaba instalado el escenario. Mira por donde que La Comparsita estaba actuando fuera del horario programado, Llevaban mas tres horas tocando y la gente todavía les pedía otra. Después de agradecer la directora a un público entregado y pegarse un buen discurso, dijo que iban a tocar la última.
Con el himno a la alegría de la angelical comparsita me fui de vuelta hacía mi bosque del arroyo a descansar de este domingo sonoro.
Si el día fue ruidoso, la noche todavía fue peor, lluvia y viento sin parar, y yo con una mosquitera casera montada con el pareo de la playa, ya que el insecticida dejó algún que otro superviviente.
Por la mañana con el cuerpo abatido y con una terrible resaca sonora, me animé al ver el cielo medio despejado pensando que podría dormir en la playa, pero la lluvia no dio tregua hasta la hora de comer. Aproveché para terminar un interesante libro sobre etarras en Uruguay, (Que fue de ellos,), que compré este mismo sábado en Punta del Diablo.
Preparé la comida y me eché una siesta hasta que el ruido de las fuertes ráfagas de viento me sobresaltó de nuevo. En la puerta de la cabaña me esperaban además del pájaro carpintero, garzas, palomas horneros y demás maravillosas aves. El lugar merecía la pena a pesar de todo.
La última tarde en La Barra resultó soleada y apacible, el paseo por la larga playa que enmarca a este océano bravo, me cargó de energía positiva.
De todas formas ya tenía ganas de marcharme de aquí a otro lugar, me sentía un verdadero superviviente.
Por la tarde se acercó una pareja en moto y en una hora cogieron con una red una docena de Lisas en el arroyo, no era la primera vez, ya que manejaban con destreza los aparejos.
Con la caña ya me dijeron el primer día que no picaban, que solo con red había posibilidades.
Lo de la licencia y cosas de esas aquí nada de nada, la gente respeta bastante y en la naturaleza actúa con total libertad. Eso sí, en cuanto pueden te montan la parrillada, comen una barbaridad, no se ve a casi ninguna mujer delgada, a veces es complicado saber si está embarazada o tiene kupela, existen caras de todo tipo pero la más común corresponde a la mujer de cara guapa redondeada ojos pequeños, pómulos prominentes, nariz pequeña y redonda, labios gruesos, con el pelo castaño liso y melena larga. Además de fuertes tienen bastante delantera y una buena popa. Creo que empiezo a ver al indio que me decía Milton en Valizas.
Los hombres por el contrario los hay de todos los tipos, la mayoría con rasgos del norte de la península ibérica, como gallegos, asturianos, cántabros o vascos, y en la zona norte se aprecia el mestizaje brasileiro.
Aquí la gente es menos amable que en resto de Uruguay, por lo que me ha tocado, de todas formas tengo un colega que es el guarda, le llaman Correita, y disfruta hablando conmigo, sobre todo de futbol, también de la Real Sociedad, conocía hasta el estadio de Anoeta, le encanta, y como no, su sueño sería ver un partido en el Nou Camp o en el Bernabéu. El sábado le dieron cinco días de fiesta, pero me dijo que si podía iba a pasar a despedirme.
Llegó el día de salir hacía Montevideo, el bus de las 8h 15 en la parada uno de La Barra, los niños iban a la escuela en todo tipo de transporte recorriendo la ancha y larga carretera que cruzaba el pueblo, unos en bici, otros andando, y los más afortunados en el carro tirado por un esbelto caballo.
Allí se quedó mi vecina Priscila La Reina del Desierto, en su magnífico autobús anclando en esta Barra con un destino final, pero con unos sueños que no tienen límites ni fronteras.
En la habitación no funcionaba la luz, me dicen que van a subir a solucionarlo cuanto antes, aprovecho para ir a picar algo mientras busco el hotel Príncipe de Asturias y lo encuentro ,resultando bastante gris como el recepcionista, que me dice que le queda la última, eso me lo dicen en casi todos los lados, sale por unos 18 euros, le digo que si no vuelvo en media hora, es que ya me han solucionado lo de la luz. Lo único que tenía algo de color detrás de un triste mostrador de madera muy viejo era una foto dedicada del Príncipe Felipe. Mejor que no se entere en que pared estaba colgado.
La calle Saravia es la principal, estaba bastante animada, con algunas casonas de estilo colonial portugués, que nos lleva a la gran Plaza de la Independencia, donde el Club Unión Obrero tiene un interesante techo de “vitraux”. Otro lugar de interés es la casa natal de la poetisa Juana Ibarborou, autora de Chico Carlo (1944), su bella cara figura en el billete más grande del Uruguay, el del mil pesos.
Las mesas callejeras de los restaurantes y pizzerías estaban concurridas, los comercios de lo mejor que he visto hasta ahora, y mucha gente joven por la calle con rasgos brasileiros, se notaba que estábamos tan solo a 50 km de Brasil.
Cené en un carrito con terraza, un pancho con panceta y una birras que me supieron a gloria, después llegué al hotel con el problema ya solucionado, el recepcionista de noche también tenía la cara gris, será que se mimetizan en la oscuridad de la noche, para pasar desapercibidos y poder dormir sin que nadie les moleste, como dirían los chinos, son difíciles de ver.
Por la mañana temprano cogí el autobús que me llevaría a Treinta y Tres (25.000 ha.), bonito lugar que forma parte de la Reserva de la Biosfera del Este, bañada por el rio Olimar, donde se forman bellos arenales rodeados de frondosos árboles.
En la plaza 19 de abril se encuentra el monumento a los treinta y tres orientales que fueron los que desde Argentina organizaron la ofensiva final, venciendo definitivamente a los imperialistas españoles y portugueses, comandados por Lavalleja, y el héroe nacional instigador de la revolución por la independencia, José Gervasio Artigas, que culminó en 1825 con la declaración de la independencia uruguaya.
Este hermoso lugar bordeado de ríos y lagos con bellos árboles de flores multicolores guarda en su historia un suceso que al mismo tiempo que trágico y heroico me resultó anecdóticamente próximo.
Resultó que un niño olimareño llamado Dionisio, se interpuso entre el cuchillo de su abuelo enloquecido y su madre, junto con su hermana pequeña, salvándoles la vida, quedando el pequeño Dionisio gravemente herido, y muriendo después de llegar a dar el aviso a la autoridad.
Lo anecdótico del caso es que en el País Vasco, conozco a una persona que al cabrearse se caga en Dionisio Pequeño, esto me lleva a deducir que algún antepasado suyo anduvo por 33.
En la plaza Colón se encuentra el monumento al Pequeño Dionisio, donde las intenciones lejanas no llegan, pero sí las acciones cercanas de los variopintos y bellos pájaros, que un día sí y otro también, sin mala intención se cagan en Dionisio Pequeño.
En su día, 33 fue eje principal en su conexión por ferrocarril con Brasil, en la actualidad los viejos vagones duermen con un sueño sin retorno, los animales pastan entre los viejos raíles a la espera de que algún día vuelvan a sonar sus chirridos.
Después de disfrutar de este maravilloso día en 33, por donde pasa también el paralelo 33, subí al ómnibus que me llevaría a la Barra del Chuy, justo en la frontera con Brasil.
Llegamos a las seis menos cuarto de la tarde y tenía que comprar sabanas y toallas para la cabaña. El conductor me dijo que podía comprarlas más baratas en el lado brasileiro, o sea, al otro lado de la calle. Tenía un bus local que salía a las seis para la Barra del Chuy, me apresuré crucé la ancha avenida y en cinco minutos había comprado un juego de sabanas y una toalla de playa por 16 € al cambio, volví a la terminal y todavía estaba el bus que me había traído y que iba para la barra también, volví al mismo con un plus de un euro.
Para las seis y cuarto estaba en La Barra del Chuy mi destino. Me asignaron la cabaña numero 8, pero la luz de la cocina- comedor no funcionaba, como el de mantenimiento se habían marchado, el marido de la encargada me hizo un apaño con una bombilla provisional empalmada al enchufe del micro-ondas.
La cabaña estaba como de comienzo de temporada, con lo que tuve que darle un buen repaso. En el congelador había una pequeña rana y en la habitación otra, pero esta estaba viva, después de unas cuantas peripecias con la escoba para meterla en un cubo, me deshice de ella. El lugar fascinante, en la orilla uruguaya del arroyo, con vistas a Brasil a tan solo 25m.
Lo peor fue el intento de picadura de los mosquitos, no lo lograron porque me embadurné de repelente, pero no pararon de zumbarme en la oreja toda la noche, hasta que con una toalla pequeña me hice un turbante para no escuchar los ataques, y así poder dormir.
Por la mañana me fui caminando hasta el puente del arroyo donde está la aduana uruguaya donde pedí información de la zona. Después de recorrer un par de kilómetros llegué a la barra brasileira del Chuy, un bello faro agrupaba a las bonitas casas de veraneo que bordeaban el arroyo.
Además de los familiares ladridos de los perros, encontré en el suelo un billete brasileño de dos reales, no tenía ni idea de lo que valía, pero era bonito y presagiaba un buen recibimiento.
Di un paseo rodeando el faro y a la salida me paré en una cabaña que vendía pescado. Salió un amable pescador brasileiro y me ofreció cinco filetes de corvina por dos euros al cambio, le enseñe el billete que había encontrado y me dijo que era el equivalente a un euro. Se ofreció para cambiármelo, pero lo guarde de recuerdo, me dijo que jugara a una especie de loto que le llaman el 5 de oro, poniendo las tres últimas cifras del billete. Me dijo que el tenia un buen amigo vasco, sonreímos y nos despedimos cordialmente estrechándonos la mano.
Al volver a pasar por la aduana, me preguntó si el viaje había sido productivo. Por un momento pensé que me iba a cobrar aranceles, y al final me dijo, - al que madruga Dios le ayuda, puntualizándole, siempre que otro no haya madrugado más.
Llegué a la cabaña hacia las doce del mediodía, justo cuando abrían la oficina, me dijeron que me iban a enviar al electricista enseguida, pero tardó una hora en llegar. Lo primero que me dice por si acaso no acierta es que él no es electricista, pero que va a intentarlo. Lo soluciona en cinco minutos, luego me empieza a comentar que en ese mismo lugar a la vista estaba, una casa anaranjada que se la había construido él solito, llevando invertidos con terreno y todo seis mil euros. En dos temporadas de verano la tendrá amortizada. Me dio todo tipo de detalles así como conversación variada, era un tipo peculiar al estilo de un contrabandista. Vino vestido con un chándal del Real Madrid, pero yo no le di bola, seguro que vino a tantear. El pajarua se fue muy contento, pensando que otro año le alquilaría su cabaña.
Fui a por provisiones a uno de los pocos super que están abiertos, luego di un paseo por la inmensa playa de la Barra del Chuy. La noche me la dieron los mosquitos otra vez.
Después de preparar la mochila con un buen bocata, cogí a las 8h 30 el bus de Costa del Sol que me dejaría en la entrada del Parque de Santa Teresa, donde lo cuida el ejercito que lo mantiene de forma impecable, tiene en su interior una variedad inmensa de árboles, haciendo una idea de lo que fue Uruguay en algún tiempo.
Al principio tiene unos invernaderos de plantas en edificios de piedra muy originales. Me llevé la sorpresa de ver a un colibrí picoteando una maravillosa planta de intenso color.
En total tenía como unos siete kilómetros de recorrido, en día caluroso, me avituallé en el super de capitanía y comencé a realizar el circuito, seguí la carretera por el verde prado flanqueado por todo tipo de árboles majestuosos, de los que resaltaban las palmeras. Bordeando una laguna llegué a una zona donde la gente podía hacerse una barbacoa, eran las once y ya estaba la leña ardiendo.
Después de un descanso seguí hasta llegar al Chorro, un lugar preparado para atender al visitante pero que todavía lo estaban montando.
Dejando a un lado este refrescante lugar, llego a la Playa de la Moza, donde están la mayor parte de los acampados, y donde se alquilan cabañas. En esta época del año todavía el super de esta zona está cerrado, a escasa distancia llego a un mirador con magnificas vistas a las playas bravas donde se practica el surf.
Surfistas en la divisoria de la Playa de la Moza y la de Las Achiras.
Después de comer en la playa, poco a poco voy cruzando uno de las varias zonas de acampada, llego al puesto norte de salida, justo al lado de La Fortaleza construida por los portugueses, y posteriormente conquistada por los españoles.
Llevaba cuatro horas danzando y era hora de salir a la ruta 9 para coger el autobús que me llevaría a Punta del Diablo, a unos 14 km. Como el autobús iba a pasar en 50m, aproveché para buscar una sombra, sobre el pareo con la mochila de almohada me eché una buena siesta.
A las 13h30 llegó el bus a la parada y en media hora estaba en el pintoresco lugar de Punta del Diablo, antiguo refugio de pescadores que desde las playas maniobran sus embarcaciones a base de poleas y cables.
Lugar insólito pero de moda en la actualidad, todo está que se cae pero eso gusta, sobre todo al turista interno del Uruguay. Casas de madera, chiringuitos de churros, empanadas, y algunos pequeños restaurantes con las mesas en unas calles en cuesta, llenas de polvo y arena.
Me pegué un buen baño en unas aguas siempre bravas, para luego tomar el sol agustito.
Hasta las 17h 45 no tenía bus para El Chuy, con lo cual, aproveché para merendar tranquilo una empanada de mejillones estupenda, en una galería de madera con vistas al mar.
Llegué al Chuy a las seis y cuarto y no tenía bus a la Barra hasta las once de la noche, esto es así.
Era sábado y aquello era una marea humana comprando en los free-shop uruguayos a un lado de la calle, y al otro lado un desangelado comercio brasileño, donde vendían ropa, toallas y productos de alimentación muy poco interesantes. Me encontraba totalmente desorientado por la falta de interés por lo que allí acontecía, encima empezó a llover con lo que me entraron ganas de salir corriendo de aquel espantoso lugar, pregunté cuanto valía un taxi hasta la barra, al cambio eran 7 €, esperé un rato bajo la lluvia con un chubasquero, hasta que llegó el taxi que me llevó los 9 km que separan al Chuy de la Barra.
Hogar dulce hogar.
Compré un insecticida en la parte brasileña por si algún mosquito me venía del otro lado del arroyo, inmunizados de las pastillas que no les hacían el menor efecto.
Lo dejé para el día siguiente, ya que me dijeron que era muy fuerte y luego había que ventilar bien, o sea que otra noche con el turbante a la cama. Me entraba el síndrome del faquir, cama dura y con turbante.
Llegó el domingo para descansar, pero no, había fiesta popular justo en el arroyo, primero concentración de vehículos 4x4, con las radios a tope, luego exhibición de motos acuáticas. La gente empezó a llegar a partir de las diez de la mañana, llegaban hasta el arroyo por todos los lados, tomaron por completo los terrenos de las cabañas, organizaron parrilladas y después de la siesta otra vez las motos sin parar. Para rematar la Comparsita Clave de Sol, unas cuarenta niñas tocando la melódica, tambores, maracas y triángulos, reforzados con un xilofón y el saxo de la directora, una delicia para el oído de sus padres que aplaudían a rabiar.
Cuando empezó a oscurecer se fueron marchando pero quedaron los más ruidosos con la música a tope, hacia las nueve decidí salir a dar una vuelta hasta la carretera donde estaba instalado el escenario. Mira por donde que La Comparsita estaba actuando fuera del horario programado, Llevaban mas tres horas tocando y la gente todavía les pedía otra. Después de agradecer la directora a un público entregado y pegarse un buen discurso, dijo que iban a tocar la última.
Con el himno a la alegría de la angelical comparsita me fui de vuelta hacía mi bosque del arroyo a descansar de este domingo sonoro.
Si el día fue ruidoso, la noche todavía fue peor, lluvia y viento sin parar, y yo con una mosquitera casera montada con el pareo de la playa, ya que el insecticida dejó algún que otro superviviente.
Por la mañana con el cuerpo abatido y con una terrible resaca sonora, me animé al ver el cielo medio despejado pensando que podría dormir en la playa, pero la lluvia no dio tregua hasta la hora de comer. Aproveché para terminar un interesante libro sobre etarras en Uruguay, (Que fue de ellos,), que compré este mismo sábado en Punta del Diablo.
Preparé la comida y me eché una siesta hasta que el ruido de las fuertes ráfagas de viento me sobresaltó de nuevo. En la puerta de la cabaña me esperaban además del pájaro carpintero, garzas, palomas horneros y demás maravillosas aves. El lugar merecía la pena a pesar de todo.
La última tarde en La Barra resultó soleada y apacible, el paseo por la larga playa que enmarca a este océano bravo, me cargó de energía positiva.
De todas formas ya tenía ganas de marcharme de aquí a otro lugar, me sentía un verdadero superviviente.
Por la tarde se acercó una pareja en moto y en una hora cogieron con una red una docena de Lisas en el arroyo, no era la primera vez, ya que manejaban con destreza los aparejos.
Con la caña ya me dijeron el primer día que no picaban, que solo con red había posibilidades.
Lo de la licencia y cosas de esas aquí nada de nada, la gente respeta bastante y en la naturaleza actúa con total libertad. Eso sí, en cuanto pueden te montan la parrillada, comen una barbaridad, no se ve a casi ninguna mujer delgada, a veces es complicado saber si está embarazada o tiene kupela, existen caras de todo tipo pero la más común corresponde a la mujer de cara guapa redondeada ojos pequeños, pómulos prominentes, nariz pequeña y redonda, labios gruesos, con el pelo castaño liso y melena larga. Además de fuertes tienen bastante delantera y una buena popa. Creo que empiezo a ver al indio que me decía Milton en Valizas.
Los hombres por el contrario los hay de todos los tipos, la mayoría con rasgos del norte de la península ibérica, como gallegos, asturianos, cántabros o vascos, y en la zona norte se aprecia el mestizaje brasileiro.
Aquí la gente es menos amable que en resto de Uruguay, por lo que me ha tocado, de todas formas tengo un colega que es el guarda, le llaman Correita, y disfruta hablando conmigo, sobre todo de futbol, también de la Real Sociedad, conocía hasta el estadio de Anoeta, le encanta, y como no, su sueño sería ver un partido en el Nou Camp o en el Bernabéu. El sábado le dieron cinco días de fiesta, pero me dijo que si podía iba a pasar a despedirme.
Llegó el día de salir hacía Montevideo, el bus de las 8h 15 en la parada uno de La Barra, los niños iban a la escuela en todo tipo de transporte recorriendo la ancha y larga carretera que cruzaba el pueblo, unos en bici, otros andando, y los más afortunados en el carro tirado por un esbelto caballo.
Allí se quedó mi vecina Priscila La Reina del Desierto, en su magnífico autobús anclando en esta Barra con un destino final, pero con unos sueños que no tienen límites ni fronteras.
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