Viaje en auto a Machu Picchu

Escribe: epulver
Este es el relato de nuestro viaje en auto desde Rosario a Machu Pichu del 3 al 19 de julio de 2010.

 

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Pucará - Puno

Puno, Perú — miércoles, 14 de julio de 2010

A las 7:30 volví al locutorio para llamar al hotel pero no tenían ninguna solución para darme desde Puno. El mismo hombre del día anterior me dijo que iba a conseguir otro camión y que convenía ir a Juliaca donde había más talleres. Fuimos a buscar a otro camionero que por 80 dólares me cargaba el auto y nos llevaba a un electricista que conocía en Juliaca.
Gabriel tuvo que empujar el auto hasta una pendiente (quedó destruido por el esfuerzo en esa altura) y de ahí a la zona donde el terraplén elevado permitía meter el auto en el camión. Lo pude arrancar unos minutos sin bomba de agua hasta posicionarlo ya que con el frío que hacía el motor estaba recontra frío. Subirlo también fue una historia porque pese a que sugeríamos usar dos tablones para salvar el escalón entre el auto y la caja, el hombre insistía con piedras y otros sistemas poco efectivos. Al final puso el único tablón que teína y con Gabriel fueron a buscar a una casa a dos cuadras unos tacos grandes de madera. Después de casi una hora de renegar por fin metimos el auto, que le sobraban apenas 30 cm por lado y un par de metros de adelante y atrás.

Pasamos a buscar a Patricia y Carina por el hospedaje y salimos para Juliaca, ellas en la cabina del camión y nosotros dentro del auto viendo el cielo y la punta de las sierras como hacen las vacas transportadas. También disfrutamos de algo de bosta desparramada en el piso de la caja.

En la mitad del camino se paró el tráfico y Patricia nos avisó por el celular que había un piquete de maestros, por lo que tuvimos que desviarnos por un camino de tierra. Adentro del auto parecía que estábamos en un barco en medio de una tormenta. La tapita del tanque de nafta había quedado abierta y en uno de los cabeceos se dobló al pegar contra
la pared del camión. Por fin llegamos a una zona parecida a un basural donde las montañas de escombros nos permitieron bajar el auto y luego remolcarlo con una soga hasta el taller. Pese a tener dirección hidráulica y servo freno, con el motor apagado es factible remolcar el auto con cuidado ya que para frenar hay que “pararse” sobre el pedal.
Luego de pedirle prestado unos soles al electricista para pagarle al camionero (ya nos quedaban sólo dólares), el primero se tiró abajo del auto y en pocos minutos determinó que el problema era un pavada. Faltaba un bulón y el otro estaba flojo del anclaje del alternador. Lo habían colocado sin apretarlo correctamente y con el uso se fue soltando hasta dejar la correa totalmente floja. Por las dudas le pedí que revise el alternador, cosa que hizo en un par de horas desarmándolo todo y verificando que estaba todo mecánica y eléctricamente en condiciones. 

Pasadas las 2 de la tarde el auto estaba listo para seguir los 40 km faltantes a Puno. Sólo tuve que pasar una experiencia poco agradable de manejar en Juliaca junto al hijo del electricista para buscar cambio en soles. Me llevó por unas calles donde la cuneta más chica parecía el Cañón del Colorado, y entre los mototaxis, los peatones, y los vendedores ambulantes que ponen piedras en la calle para ocupar el asfalto y armar su puestito, llegó a tener que bajar del auto para guiarme y poder pasar entre un puesto de venta y el auto que venía de frente replegando los espejitos y teniendo cuidado de no pisar a la nena que con su padre iba al colegio caminando al lado del auto, mientras un peatón impaciente apoyaba su culo en mi capot para pasar entre el auto y el parante del puestito que yo ya estaba a punto de pisar y doblar con la consiguiente caída del techo de tela del mismo. Mientras los bocinazos me ponían más irascible. Un QUILOMBO NUNCA VISTO!!!  En medio de ese caos tuve que esperar que el muchacho se baje y tras recorrer varios puestos en una galería, consiguiera el cambio que necesitábamos. Volvimos al taller donde nos cobró sólo 10 dólares por las 3 hs de trabajo (le dejé una propina extra ya que me daba vergüenza que me cobren tan poco)

Por fin salimos hacia Puno donde llegamos al hotel Totorani Inn (también muy recomendable, y con calefacción!) en apenas media hora.
El dueño ya no nos esperaba ya que ni le pudimos avisar de nuestro remolque, pero igualmente acondicionó una habitación triple porque la cuádruple ya la tenía ocupada hacía pocos minutos.

Pensamos en retrasar todo el viaje un día pero cuando intenté empezar a llamar a las ciudades donde teníamos reserva en Chile y Argentina para postergar las mismas no me pude comunicar (la historia de cómo marcar llamadas internacionales si es un fijo, desde una  tarjeta prepaga o con celular). Así que optamos por salir al día siguiente, más aún que estábamos a tiempo de hacer la excursión por el Lago Titicaca hasta las Islas flotantes de los Uros.

Nos vinieron a buscar en una combi y emprendimos el paseo con la lancha hacia la zona de islas flotantes construidas con cañas de totoras. Cada tour desembarca en una isla donde las familias abren las puertas de sus casas para que podamos visitarlas, venden sus artesanías, y nos acompañan mientras el guía explica cómo se construyen la islas y la forma de vida de esta comunidad.

Luego hicimos con Gabriel y Carina una navegación con dos remeros en las típicas embarcaciones de totoras hasta otra isla (esta embarcación lleva hasta 15 personas) mientras Patricia viajaba en la lancha grande.
Ahí nos había un hospedaje y una especie de bar flotante donde tomamos té caliente ya que el Sol había casi desaparecido y la temperatura descendía drásticamente. En ese hospedaje nos encontramos con un mendocino que es actor de circo, y que le gustó el lugar y se quedó a cambio de trabajos como cosechar totoras en el lago a a las 6 de la mañana o muda casas de un lugar a otro de la isla cuando es necesario.

Los pobladores de las islas se bañan en el lago al mediodía que es cuando la temperatura es más soportable. Todos los chicos van a estudiar a la ciudad y algunos jóvenes van a la universidad.
Regresamos navegando ya de noche con una vista espectacular de la ciudad desde el lago.
Así terminaba un día muy largo y agitado con viajes en camión, auto, lancha y balsa de totoras.


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